Share

Capítulo 004

Penulis: Daly3210
last update Terakhir Diperbarui: 2025-10-26 13:52:00

Cuando llegaron al edificio de Alejandro, el hombre la cargó como si fuera un costal de papa. Los libros quedaron olvidados en el asiento trasero del auto, mientras intentaba hacer que la liberara.

El resultado: no lo logró.

Subieron el ascensor privado que los llevaba directamente a su piso y entonces, al bajarla, su mundo se tambaleó por un par de segundos, antes de que aquel hombre se le viniera encima como un energúmeno.

—¿Te parece chistoso lo que estás haciendo, Selene? —la tomó del cuello, estampándola con fuerza en la pared más cercana.

—¿Chistoso? ¿De qué demonios estás hablando? —no entendía nada.

—De tu maldito berrinche —escupió con rabia—. ¿Desde cuándo acá tienes derecho a sentir celos? Eres mi amante, Selene. Se supone que debes estar disponible para mí, siempre que así lo requiera. Pero, ¿en su lugar qué estás haciendo? ¿Huyendo? ¿Buscando nuevos clientes?

La última pregunta le hizo hervir la sangre. Tenía clara la opinión que él tenía sobre ella. Después de todo, su comportamiento desesperado en la clínica aquel día le había ayudado a formársela. Pero de eso había pasado tanto tiempo… Se suponía que, luego de más de dos años de relación, ya debería conocerla aunque sea un poco.

«¿Pero conocerla? ¿Verdaderamente conocerla?», le rebatió su mente, dándose cuenta de que no. A ese hombre ni siquiera le importaba saber cuál era su segundo nombre.

—¿Y si estoy buscando nuevos clientes, a ti qué? —explotó—. ¿¡Qué diablos te importa!? ¡Es mi vida! ¡Es mi asunto!

—¿Con que eso es lo que haces? —su voz ahora era peligrosamente baja, mientras sus ojos grises se tornaban opacos y turbulentos, como si una espesa columna de humo acabara de alzarse.

Sí, sin duda, Alejandro Urdiales estaba en medio de un incendio.

—Ajá. Lo hago —le dijo solo para molestarlo y mostrarle que tampoco tenía derecho a hacer ese tipo de reclamos.

La mano en su cuello se apretó a un punto doloroso que le hizo abrir la boca en un intento desesperado por conseguir aire. Sin embargo, lo que encontró, lejos de oxígeno, fueron unos labios castigadores, que parecían dispuestos a devorarla.

En otras circunstancias, quizás hubiera disfrutado del beso. Pero en ese momento, donde la mano en su cuello no aflojaba su agarre, lo único que podía sentir era que todo era una especie de tortura en su contra. Comenzó a empujarlo y, al ver que no lograba quitárselo de encima, entonces lo mordió. Lo mordió fuerte.

Alejandro se alejó, limpiándose la sangre que le había sacado con el dorso de la mano, mientras ella, con la vista borrosa, lo veía apenas.

Intentó alejarse. Pero él se le abalanzó encima y, de no ser por el sonido característico del ascensor, que anunciaba que estaba a punto de abrir sus puertas, la cosa no hubiera terminado nada bien.

¿Sin embargo, la persona en el ascensor la había salvado verdaderamente o, por el contrario, había venido a hacer de todo esto algo mucho peor?

Lo único que supo fue que Alejandro reaccionó rápido. Un segundo estaba allí forcejeando y, al siguiente, se encontraba en el interior del compartimiento inferior del mueble del minibar.

El sitio era diminuto y el aire era simplemente escaso, pero Alejandro se paró frente a la puerta, obstaculizando la salida. Estaba a punto de entrar en pánico cuando entendió el motivo detrás de todo esto.

—¿Isabella? ¿Qué haces aquí? —aquel frío saludo a la persona que sabía que era su prometida la dejó helada en su lugar.

El sonido inconfundible de tacones resonó en el pulido piso, al tiempo que una voz que le pareció chillona y desagradable se apoderaba de la sala.

—Hoy no te veías bien en la sesión de fotos, cariño. Pensé que necesitarías de una visita especial esta noche.

—Debiste llamarme antes.

Alejandro seguía sin mostrarse conforme con la visita.

—¿Por qué? —Ahora la voz femenina era baja y, aparentemente, ofendida—. Seré tu esposa en unos meses, Alejandro. ¿Por qué debo pedir cita para venir a verte?

—No estás pidiendo cita para verme —rebatió con calma—. Nos vimos hace un par de horas por si no lo recuerdas.

—¿Y? ¿Unas pocas horas te bastan? Porque a mí no. Y además… te traje un regalo especial que estoy segura te ayudará a eliminar ese molesto dolor de cabeza —y entonces, el ruido de una cremallera al bajarse se escuchó con claridad—. ¿Qué te parece? ¿Me queda bien el rojo?

Para Selene, estaba bastante claro lo que estaba a punto de pasar.

—¿Y? ¿Ni una palabra? —insistió la mujer en un ronroneo erótico.

—No preguntes lo que es obvio.

—Oh, ya veo que tu amigo se ha animado mucho —no lo vio, pero pudo imaginarse lo grueso que estaba el miembro de aquel hombre—. Entonces no pierdas más tiempo, cariño. Tómame en ese sofá.

—En la habitación. Vayamos a la habitación.

—Perfecto.

Los pasos se alejaron y entonces, finalmente, la puerta dejó de tener un obstáculo.

Selene salió del pequeño compartimiento con los músculos agarrotados y con el corazón herido por una sensación de traición que no tenía ningún sentido.

«Amante. Tú eres la amante», intentó recordarse aquel título que había ostentado durante más de dos años.

Sin embargo, saber eso no impidió que sus ojos estuvieran húmedos de nuevo y no supo por qué exactamente lo hizo, pero caminó de puntillas hasta la habitación y, tras pegar el oído en la puerta, escuchó lo que le hizo comprender que para Alejandro Urdiales no significaba absolutamente nada.

El sonido inconfundible de gemidos y el rechinar de la cama la estremeció.

Se tapó la boca con una mano y contuvo apenas un sollozo, mientras se daba la vuelta y salía de ese departamento, jurándose a sí misma no volver a pisarlo jamás.

Esa noche no tuvo ni siquiera fuerzas para llamar a Marcos. Solo deambulaba por las calles durante horas, viendo cómo la noche se volvía cada vez más feroz.

Sentada en un banco de una plaza, leyó su mensaje:

“Ya se fue. Dime, ¿dónde estás?”

Gotas de agua salada caían sobre la pantalla del celular, mientras tecleaba su respuesta:

“A partir de hoy no me vuelvas a buscar. Esto se acabó, Alejandro. Puedes hacer lo que quieras. Demándame si es lo que tanto quieres. Pero, de una vez te informo, que prefiero ir a la cárcel a permitir que me vuelvas a tocar.”

Lanjutkan membaca buku ini secara gratis
Pindai kode untuk mengunduh Aplikasi

Bab terbaru

  • Obligada A Ser Su Amante   Kiara - 006

    —Le ofrezco una disculpa —siguió el general mirando directamente a Alejandro—. No como el superior de este oficial, sino como el padre de un hombre que parece haber olvidado lo que significa tener palabra.—Guarde sus disculpas, general. Las disculpas no le devuelven a mi hija el tiempo perdido —no había ningún tipo de suavidad en su voz, por el contrario, había fuego y una ira que no parecía poder ser calmada—. Y tú, escúchame bien —se giró hacia Víctor—: más te vale que te mantengas a un mundo de distancia de ella. Si vuelvo a saber que tu sombra se cruza en su camino, o que te atreves a pronunciar su nombre con esa boca mentirosa, te juro por mi vida que te despellejaré vivo. No quedará de ti ni el recuerdo.Abandonó el despacho sin que hubiera mermado ni un poco su enojo, dejando al general y su hijo solos. —Levántate, basura —escupió Rómulo.—Padre, no es lo que parece… —Se puso de pie con torpeza, limpiándose la sangre del labio. —¡Cierra la boca! —rugió el hombre, haciendo qu

  • Obligada A Ser Su Amante   Kiara - 005

    —Madame Vance, ¿puedes pedirle que se vaya? —lo señaló apenas con la barbilla sin dejar de observar a su mentora. La mujer se horrorizó visiblemente por la petición. —¡Kiara! —boqueó incrédula. En otro momento de su vida, no hubiera sido tan fría y directa. Pero ya no era la misma, así que, ¿qué importaba?—Se suponía que este sería un ensayo privado. No quiero personas que no pertenezcan a nuestro mundo merodeando por aquí. —Víctor, ¿puedes esperar afuera? —le dijo su madre, quizás comprendiendo el punto de que no estaba en sus mejores fachas tampoco.El hombre se marchó sin decir ni una palabra y entonces se sintió mejor.—No deberías tratarlo así —se acercó Madame Vance con una mirada cargada de reprimenda—. Comprendo que ustedes tuvieron un malentendido, pero solo vino aquí para ayudarme a llevar el gramófono a casa. Ya te había comentado que era hora de que regresara donde pertenece.—Lo entiendo, Madame Vance, pero su hijo es un mentiroso.—Kiara —la expresión de la mujer se

  • Obligada A Ser Su Amante   Kiara - 004

    —¿Qué es? —Yo… ¿Cómo decir esto sin sonar estúpida?Era demasiado complicado porque, de cierta forma, se avergonzaba de sí misma.—Buscaré un departamento en el centro de la ciudad y me mudaré —dijo en su lugar. Eso era más sencillo que confesar que un tipo le había visto la cara de tonta.—No.—Sí —lo contradijo—. Ya no tengo cinco años. Soy una mujer y… necesito un cambio. —¿Qué tipo de cambio? ¿Qué es exactamente lo que buscas? —No lo sé —se encogió de hombros—. Solo confía en mí y déjame hacer esto, ¿si?Su padre no puso buena cara. No le gustaba la idea, era obvio. —Lo permitiré, solo si prometes que no dejarás el ballet —negoció.—Esa debería ser mi decisión, padre. No tuya. —Me entrometo porque sé que renunciar sería una decisión tomada en medio de la frustración —dijo con seguridad—. Tú no viste lo que yo vi. Pero solo sé que brillabas en el escenario y quiero verte hacer eso siempre.—Mmm —bajó la mirada hacia sus pies, pensando—. Está bien, papá. Tengo tu apoyo, entonc

  • Obligada A Ser Su Amante   Kiara - 003

    Llorar por tonterías era algo que no había podido evitar hacer desde su niñez. Llorar, más allá de un acto de desahogo, se había convertido en su forma habitual de expresión. No importaba si el motivo era por felicidad o por tristeza; las lágrimas siempre estaban allí, brillando en sus ojos. Pero ya no. Ya no lloraría.El viaje en auto fue silencioso. Su padre no dejaba de observarla desde el espejo retrovisor, mientras Selene comentaba sin parar lo mucho que le había encantado su presentación. El ballet fue la manera que sus padres encontraron para sacarla de su constante depresión.Sus hermanos actualmente estudiaban en la Universidad de Oxford, ambos aspirando a carreras brillantes, a futuros prometedores. Ella, en cambio, estaba allí, persiguiendo un sueño fantasioso.Posiblemente sus padres pensaban que lo que estaba haciendo no era más que una tontería, una pérdida de tiempo considerando el mundo competitivo en el que se desenvolvía. Pero nunca se lo dirían. Por el contrario

  • Obligada A Ser Su Amante   Kiara - 002

    Quiso saltar de la tarima, no podía negarlo.Eran ocho años sin verlo.Ya no era el mismo joven que recordaba, nada de eso, ahora era todo un hombre y… ¡Oh cielos, no podía dejar de mirarlo! El uniforme de gala oscuro lo hacía parecer más alto e intimidante; las medallas brillaban sobre su pecho y tenía una postura de acero propia de alguien que había dictado el destino de mil hombres.Recibió las flores que eran parte del protocolo, se inclinó una última vez hacia el público y sonrió a sus padres, quienes no dejaban de aplaudirla desde el palco designado para ellos. No pudo esperar más. Bajó de la tarima sin cambiarse; tenía un solo objetivo en este momento y este se dirigía específicamente a la zona restringida junto con su madre.No sabía exactamente qué estaba esperando recibir cuando se paró frente a él con su tutú de tul blanco y su corazón latiendo desbocado; su lado tonto y enamoradizo le decía que lo mínimo tenía que ser un abrazo. Pero no. Víctor Turner no la determinó, haci

  • Obligada A Ser Su Amante   Kiara - 001

    Durante ocho años, religiosamente, había estado enviando una carta a la base militar cada mes. Era anticuado, lo sabía. Actualmente, las redes sociales eran un medio más efectivo para comunicarse, pero no podía dejar de lado ese modo tonto y romántico que había adquirido en su adolescencia.Lastimosamente, ninguna de sus cartas fue contestada. Pero siempre lo justificó: “Seguro está muy ocupado”, “Seguro ni siquiera le permiten recibir correspondencia”. Las excusas fueron interminables, de la misma forma en que se conformó con migajas de información.Su manager y entrenadora, Alessandra Vance, o Madame Vance como le gustaba que le llamaran, era la madre del hombre que durante más de una década ocupó su corazón. Lo conoció a los trece, cuando Madame Vance lo arrastró a los ensayos debido a que su padre estricto no pudo cuidarlo.Desde entonces quedó flechada por Víctor Turner. No supo exactamente qué le gustó. Si su mirada azulada, o ese cabello rubio como el sol; el punto fue que su e

Bab Lainnya
Jelajahi dan baca novel bagus secara gratis
Akses gratis ke berbagai novel bagus di aplikasi GoodNovel. Unduh buku yang kamu suka dan baca di mana saja & kapan saja.
Baca buku gratis di Aplikasi
Pindai kode untuk membaca di Aplikasi
DMCA.com Protection Status