LOGIN“Nada ha terminado”, fue la respuesta de Alejandro.
Selene tomó su teléfono con rabia y lo lanzó a la fuente de la plaza, observando con frialdad cómo se hundía en el agua hasta desaparecer. Quizás Alejandro pensara que las cosas no habían acabado, pero ella sí que había terminado de jugar a ser su amante. Le estaba agradecida por haber salvado la vida de su madre, pero ya no estaba dispuesta a permitir que la siguiera humillando. Sin importar las consecuencias de esta decisión, no daría marcha atrás. Pero la verdad era que Alejandro no estaba dispuesto a rendirse tan fácilmente. Los primeros tres días se presentó en su trabajo y en la universidad. En ninguno de esos dos sitios lo atendió. Y lo conocía, lo conocía bien como para saber que estaba a punto de explotar. En cualquier momento haría algo que la obligaría a volver a su lado, pero esta vez no iba a ceder. Y así continuaron pasando los días, hasta que una noche, saliendo de uno de sus turnos en el café, un mareo la hizo desestabilizarse y tuvo que sujetarse de una pared para no caer. Inmediatamente le echó la culpa a lo agitados que habían estado sus últimos días. Aunque no pudo ignorar del todo la alarma que se encendió en su cerebro, la misma que le decía que no era normal tener un mes de retraso y que debía revisarse. Pero no. Ella siempre se cuidaba. Tenía una inyección trimestral que todavía no se había vencido, así que… De repente, sus ojos se abrieron muy grandes cuando recordó que había olvidado por completo ir con su ginecóloga para renovarla el mes pasado. La idea de un embarazo le provocó una oleada de nervios que no supo cómo contener. De camino a casa compró cinco pruebas de embarazo y las metió en su bolso. Al llegar, su madre la saludó como de costumbre y su pequeña hermana Clarie le dio un abrazo. Se aferró a esos brazos inocentes con fuerza, mientras intentaba mantener a raya las lágrimas. —Hija, está lista la comida —le informó su madre. Pero no tenía apetito, necesitaba salir de dudas antes. —Un momento, mamá —dijo, haciendo un esfuerzo enorme por mantener la calma—. Debo ir al baño. Rápidamente, se encerró en el baño de la casa —el único que había—, dejando su bolso en el suelo, mientras sacaba la primera prueba de embarazo y cumplía al pie de la letra con las instrucciones. Dos rayas rojas se dibujaron en la pantalla y su mundo pareció derrumbarse con tan solo eso. «No, debe ser un error», pensó, sacando la siguiente prueba y repitiendo el proceso. Y así lo hizo cuatro veces más, únicamente para descubrir que todas las pruebas indicaban la misma respuesta: “positivo”. —Selene —llamó su madre—, hay un hombre buscándote. Su corazón se detuvo por un instante, porque sabía perfectamente quién era la persona de la que su madre hablaba. —Mamá, yo no… dile que no… —balbuceó, sin poder conectar las ideas de una manera cuerda. —Dígale a su hija que, si no sale ahora mismo, lo lamentará —escuchó la fría voz de Alejandro de fondo. Su rostro palideció frente al espejo porque conocía bien ese tono. Debía salir. Tenía que hacerlo. Porque, de lo contrario, seguramente le diría a su madre cosas que prefería que no conociera. —Un momento, mamá. Dile que ya salgo —soltó apresuradamente, recogiendo las pruebas de embarazo y guardándolas en su bolso. —Selene —su madre susurró contra la puerta en un tono preocupado—, ese hombre no parece tener buenas intenciones. ¿Te metiste en algún problema, hija mía? Su corazón se apretó al escucharla. Porque sí, se había metido en un problema dos años atrás, cuando estuvo dispuesta a hacer cualquier cosa con tal de salvarla. Pero su madre no necesitaba saberlo, porque, al enterarse, no se lo perdonaría a sí misma jamás. —No, mamá. Nada de eso —abrió la puerta con una falsa sonrisa en los labios—. Es una persona que conocí en el trabajo. Quiere hacerme una propuesta laboral que no me es del todo convincente. Pero ya le diré que no estoy interesada y se resolverá todo. Tranquila, ¿sí? —Está bien, cariño. Apretando su bolso contra su pecho —porque no podía dejarlo en manos de nadie más—, se dirigió a la entrada de la casa para hablar con aquel desagradable sujeto. —¿Qué demonios haces viniendo aquí? —siseó, empujándolo para que saliera de la casa, ya que su madre lo había dejado entrar. —¿Dónde está tu maldito teléfono? —intentó jalar su bolso, posiblemente para buscar el aparato en cuestión. Presa del pánico, forcejeó con mayor fuerza, pero Alejandro no le dio importancia a su reacción y continuó diciendo—: Te he estado llamando hasta el cansancio estos últimos días. ¿Crees que es gracioso lo que estás haciendo? ¡Estás colmando mi paciencia, Selene! ¡Y te aseguro que lo último que quieres hacer es eso! —¡Estoy cansada de tus amenazas, Alejandro! —le pinchó el pecho con un dedo acusador—. Puedes hacer lo que quieras. Pero ya te lo dejé bastante claro el otro día, no volveré contigo. Es el final. —¿Es tu última palabra? —su mirada se oscureció hasta un punto en el que le provocó una oleada de miedo. —Sí, es mi última palabra —alzó el mentón desafiante. No le demostraría que le asustaba ni mucho menos. —Muy bien —dio un paso atrás, sonriendo de una manera que no parecía presagiar nada bueno. Para la joven fue demasiado fácil deducir que la cosa no terminaba ahí. Sin embargo, el hombre se subió a su auto y, dando un sonoro portazo, se marchó. Cuando se giró para regresar a casa, notó que su madre y su hermana estaban asomadas en la ventana. Suspiró. Alejandro Urdiales lo único que hacía siempre era meterla en problemas. Y ahora… su mano quiso moverse hacia su vientre, pero lo controló a tiempo para no levantar sospechas de parte de su madre. Lo único cierto era que ahora estaba esperando un hijo suyo, y no sabía si esa era una noticia para alegrarse o si, por el contrario, debía considerar seriamente la posibilidad de no tenerlo. [...] —Señorita Ponce, lamento informarle que su beca ha sido cancela —la voz del rector le hizo abrir muy grandes los ojos, sin poder creerse lo que le estaba diciendo. Había luchado tanto por conseguir esa beca, y ahora se la quitaban así, sin mayores explicaciones—. La única manera de que pueda seguir estudiando en nuestra universidad es que pague su matrícula como el resto. Lo siento. —Señor… debe haber un error —balbuceó, convenciéndose de que esto no era real—. Me he mantenido al día con mi promedio. Estoy entre los tres mejores. ¿A qué se debe esta decisión? —Son órdenes internas —contestó. —¿Internas? ¿No se supone que usted es la máxima autoridad en esta casa de estudio? —alzó la voz; no quería parecer altanera, pero no sabía cómo comportarse ante esta injusticia. —Señorita Ponce, entienda que hay cosas que ni siquiera yo puedo controlar —le explicó el hombre en un tono resignado—. Alguien quiso que esto fuera así. Y no hay nada que yo pueda hacer para cambiarlo. Selene no necesitó que le dijeran quién era la persona que estaba detrás. Lo sabía a la perfección: Alejandro Urdiales estaba decidido a destruir su vida con tal de obligarla a volver a ser su amante.A todos mis queridos lectores: quiero agradecerles, primeramente, por haberme acompañado a lo largo de todo el trayecto de escritura de esta bella novela. Como bien saben, la historia principal terminó hace bastante tiempo y he ido trayendo algunas mini historias de los hijos de la pareja principal para aquellos lectores más fieles. Pero, lamentablemente, ya no podré continuar escribiendo la historia de Alan; por lo menos, no en el futuro inmediato. Es una decisión que tomo con un poco de tristeza, pero creo que es la mejor, considerando que ya no cuento con el tiempo suficiente para dedicarle a esta obra. Escribirla en este momento sería hacerlos esperar demasiado por capítulos que tardaría días en subir. Entonces, para que ustedes no se estresen ni lo haga yo, he decidido ponerle una pausa. Si en el futuro decido retomarla o hacer una novela individual de Alan, lo informaré por mi página para aquellos que me siguen. Por otro lado, quiero volver a invitarlos a leer mi proyecto actu
Marcos se quedó apoyado en el marco de la puerta sin poder creer lo que estaba viendo. La mujer que, hacía solo unos meses, lo había perseguido por toda la cocina con un cuchillo de plástico, gritando que la vasectomía se la haría ella misma "en vivo y en directo", estaba durmiendo en la mecedora como un ángel. Verla así, tan frágil y maternal, con un gemelo en cada brazo, casi le hizo olvidar las tres veces que ella había intentado "asesinarlo" desde que se enteraron del embarazo doble. La primera fue con un cojín, cuando él sugirió, ingenuamente, que "tres niños no eran para tanto". La segunda, cuando lo amenazó con un trencito de Mateo, prometiendo que si él no pedía la cita para la cirugía, ella misma se encargaría con sus dientes... Y la tercera fue cuando lo atrapó desprevenido en la ducha y, con una mirada de absoluta frialdad, le mostró una tijera de cortar uñas de bebé. —Elige, Marcos —le había dicho con una calma aterradora—, o vas tú al médico mañana, o practico mi pulso
El día que conoció a su hijo Mateo fue el día más feliz de su vida. No solo para ella, también para Marcos, que no dejaba de admirarlos a ambos con ojos brillantes de emoción. Su pequeño era luz, vida, todo lo que estaba bien en el mundo y, aunque no fue fácil la experiencia de la maternidad, especialmente los primeros meses, poco a poco fueron consiguiendo un ritmo que funcionara para los dos. Su bebé tenía siete meses de edad cuando se encerró en el baño de la habitación sosteniendo una prueba de embarazo en la mano. Había comenzado a tenerle fobia a esas cosas, en serio, pero en este momento no tenía más opción que hacérsela, ya que había escuchado una conversación muy preocupante en la última consulta pediátrica de su hijo. —No lo hago, simplemente sobrevivo —le decía una madre a la otra, mientras ella escuchaba atentamente, como si fuera asunto suyo—. ¿Sabes qué es lo peor? Que yo me cuidaba. O eso creía. Dos meses después de parir al primero, empecé a sentirme extraña. Pensé qu
La declaración no sorprendió a nadie. O al menos no a Aitara, quien ya había visto la carencia de parecido de la bebé con Marcos. Pero era un engaño al fin de cuentas y, podría decirse, que su marido estaba ilusionado.—¡Es mentira! ¡Marcos, no le creas, este hombre está loco! —gritó Sofía, tropezando fuera de la cama. La mujer se balanceó a punto de caerse—. ¡No me toques! —chilló cuando el extraño intentó sostenerla y evitarle el golpe.—¡Eso no me decías cuando me buscaste para acostarnos, Sofía! —le sacó en cara—. ¡No vengas a fingir ahora que no te gusta mi toque!—¡No te conozco! ¡Marcos, te juro que no lo conozco! —siguió acercándose a un Marcos que ni siquiera la miraba.La expresión del hombre estaba fija en la bebé antes de posarse en el extraño con una sonrisa irónica. Quitando de su camino a una molesta Sofía, que no dejaba de inventar mentiras, se dirigió al desconocido y le entregó a la bebé.—Felicidades —le dijo Marcos, extendiendo los brazos para entregarle el bultito
Cuatro meses después… Aitara estaba durmiendo abrazada a su marido, cuando el teléfono de Marcos comenzó a sonar en la mesita de noche. El ruido los despertó a ambos, haciendo que se enderezaran y miraran al aparato que brillaba con un nombre: «Sofía». No pudo evitar rodar los ojos, mientras el hombre salía de la cama atendiendo la llamada. No era la primera vez que los despertaban con esa molesta alarma. Siempre era algo diferente: «Marcos, perdón por la hora, pero siento un pinchazo muy fuerte en el bajo vientre que no me deja ni caminar. Tengo miedo de que algo esté mal con el bebé». «Vi una manchita sospechosa y estoy hiperventilando, no sé si ir a urgencias sola o esperar, por favor ven». «Me levanté al baño y se me oscureció todo, casi me desmayo y me golpeo la panza. Estoy en el suelo y no me atrevo a moverme». Detestaba tanto a esa mujer. Ella también estaba embarazada y no andaba con esos constantes dramas sin sentido. «Tonta, mil veces tonta», la maldijo. —¿Y ahora qué
Aitara suspiró, sintiendo cómo el gel frío era aplicado sobre su vientre. Esta era la segunda consulta a la que asistía con Marcos, pero el hombre no dejaba de comportarse como la primera vez. Sus ojos estaban fijos en la pantalla; tanto, que parecía querer teletransportarse y entrar en ella. —¿Eso es la cabeza? —preguntó él con asombro—. ¿Por qué se mueve tanto? ¿Es normal que sea tan activo a las quince semanas? —Es perfectamente normal, Sr. Núñez —el doctor soltó una pequeña risa ante su entusiasmo—. Está ganando fuerza en sus extremidades. Mire, aquí está el perfil... y estas son las manos. —¿Y el corazón? —insistió Marcos sin soltarla. Esta era la rutina: siempre atormentaba al doctor a punta de preguntas—. El ritmo... ¿está dentro de los parámetros correctos para su tamaño? He leído que el desarrollo pulmonar empieza a acelerarse ahora. —Todo está impecable —aseguró el médico, moviendo el transductor con destreza—. El flujo sanguíneo es óptimo y el crecimiento es constant







