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Capítulo 3 : El Rey de las Sombras

Author: Déesse
last update publish date: 2026-09-06 03:19:29

Blanche

Conozco su nombre por cuatro meses de investigación encarnizada. Cuarenta y dos años. Fortuna estimada en nueve cifras, quizá diez, las fuentes divergen. Propietario de El Ojo, pero también de clubes similares en Londres, Tokio, Dubái, establecimientos que funcionan con el mismo modelo: ultraselectos, underground, intocables legalmente gracias a un entramado de sociedades pantalla y protecciones en altas esferas. Ninguna foto utilizable en mis expedientes. Las raras instantáneas que he podido encontrar son borrosas, lejanas, inservibles. Ninguna entrevista, jamás. Un fantasma de la alta sociedad que no frecuenta ni galas benéficas ni cenas mundanas. Un nombre murmurado en ciertos círculos con una mezcla de fascinación y terror.

Helo aquí en carne y hueso.

Y las fotos no le hacen justicia.

Guapo como un ángel caído. No la belleza lisa de los modelos de revista. Una belleza peligrosa, angulosa, que parece tallada en la misma piedra negra que el mármol de su club. Cabello negro azabache, espeso, peinado hacia atrás, ligeramente plateado en las sienes. Mandíbula cuadrada, voluntariosa, de esas que no conocen la duda. Pómulos altos y prominentes bajo una piel mate. Cejas negras, espesas, que dominan unos ojos tan oscuros que no se distingue el iris de la pupila. Dos pozos sin fondo que absorben la luz y no devuelven nada.

Viste un traje negro, corte italiano, camisa blanca sin corbata, el cuello abierto sobre un cuello poderoso donde late una vena que vislumbro cuando gira la cabeza. El cuello entreabierto deja adivinar la parte superior de un torso que imagino más duro que la piedra, esculpido por años de disciplina. Sin joyas. Sin reloj visible. No necesita exhibir su riqueza. Emana de él como el calor de un brasero.

Una mujer se acerca a su estrado.

Es magnífica según los cánones de este lugar. Pelirroja, la piel lechosa salpicada de pecas, vestida con un mono de látex negro que se ciñe a cada curva con la precisión de un guante quirúrgico. Sus formas están moldeadas, expuestas, ofrecidas. Se arrodilla al pie de los tres escalones sin una palabra, la cabeza tan baja que su frente casi toca el mármol. Su cabello rojo cae en cascada sobre sus hombros, barre el suelo.

Él no la mira.

Un tiempo interminable. Cuento los segundos en mi cabeza, viejo reflejo de periodista para medir los silencios. Treinta segundos. Un minuto. La mujer no se mueve, estatua de carne y látex, sus muslos que tiemblan ligeramente bajo el esfuerzo de la inmovilidad. Su espalda está perfectamente recta. Sus manos están cruzadas en la parte baja de la espalda, muñecas ofrecidas.

Luego, sin una palabra, sin un gesto visible, inclina la cabeza un milímetro. Casi nada. Un parpadeo a la escala de su cuerpo. Pero es suficiente. El permiso. La mujer sube los tres escalones a cuatro patas, sin levantar jamás la cabeza, y se tumba a sus pies contra el mármol frío. Apoya su sien contra su zapato, inmóvil de nuevo. Una ofrenda aceptada.

Clavo la mirada en la escena, hipnotizada a mi pesar, incapaz de apartar los ojos. La dominación absoluta. El poder que ni siquiera necesita ejercerse para ser sentido, que planea sobre la sala como un olor a ozono antes de la tormenta.

Y es en ese momento preciso, cuando aún estoy bajo el influjo de esta demostración muda de control, cuando él gira la cabeza.

Su mirada recorre la sala, distraída, imperial. Se desliza sobre los cuerpos entrelazados, los rostros extáticos o sumisos, los Amos y las esclavas, sin detenerse jamás. Nada le interesa. Nada merece un segundo de su atención. Observa su reino con el aburrimiento de un príncipe que ya lo ha visto todo, poseído todo, destruido todo.

Entonces me encuentra.

Y todo se detiene.

Su mirada no se desliza sobre mí. Impacta. Excava. Desnuda con una violencia que me corta el aliento como un puñetazo en el plexo.

Ya no puedo moverme. Mis piernas son plomo fundido en el mármol del suelo. Mi respiración se bloquea a la altura de la garganta, como si el collar que aún no llevo se hubiera materializado de repente para estrangularme. Mi corazón late tan fuerte que lo oigo en mis oídos, un tambor desbocado que debe verse a través de mi vestido.

Ya no soy Eva, ya no soy Blanche, ya no soy nada más que un cuerpo atravesado por dos cuchillas negras que me seccionan por dentro, que hurgan en mis secretos, mis mentiras, mis deseos inconfesados.

Me evalúa. Me sopesa. Me juzga como se juzga una mercancía de la que aún no se sabe si se va a comprar, coleccionar o destruir. Su mirada desciende por mi garganta, se detiene en mi pecho que se eleva demasiado rápido, se desliza por mi cintura, mis caderas, mis piernas. No se esconde. No finge cortesía. Toma lo que quiere de mi imagen con el desapego de un hombre que ha poseído mujeres más bellas, más sumisas, más consentidoras que yo.

Una fracción de segundo. Tres, quizá cuatro. El tiempo de un latido, estirado en eternidad por el terror.

Luego aparta la cabeza.

El contacto se rompe como un cable de acero que cede bajo una tensión demasiado fuerte. Retoma su vigilia, su aburrimiento, su vaso de whisky intacto. La mujer a sus pies no se ha movido un milímetro. La música no ha cambiado. El mundo sigue girando alrededor de su eje oscuro.

Pero yo, sí.

Retrocedo hasta la barra, casi atropellando a una pareja enlazada sin disculparme. Mis piernas son de algodón, mi corazón está hecho trizas, mis pensamientos en jirones. Cuando alcanzo el mostrador de caoba, mis manos tiemblan tanto que debo apoyarlas planas sobre el zinc frío para impedir que salgan volando. El barman, un hombre de unos cincuenta años de rostro impasible, me desliza un vaso sin que tenga que pedirlo. Whisky. Seco. De un trago.

Lo bebo de golpe. El alcohol quema mi garganta, mi esófago, baja a mi estómago vacío como un torrente de lava. No calienta nada. No calma nada. Solo añade una capa de confusión al terror puro que me ha invadido.

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