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Capítulo 2 : La Máscara 2

Penulis: Déesse
last update Tanggal publikasi: 2026-09-06 03:18:32

Blanche

No controlo nada.

No domino nada.

Cada movimiento que hago es una información que doy. Cada mirada que poso, cada sobresalto que reprimo, cada rubor que sube a mis mejillas es una confesión involuntaria. Soy una presa que acaba de entrar en la guarida del lobo creyéndose cazadora.

Y sin embargo.

Bajo el miedo. Bajo la repulsión que debería sentir, que siento, que quiero sentir. Bajo la voz profesional que me dicta permanecer lúcida, tomar notas mentales, mantener la distancia clínica del reportero ante su tema. Bajo todo eso, algo late. Algo más turbio, más vergonzoso, más verdadero quizá.

Una curiosidad malsana.

Un calor que me niego a nombrar.

Soy periodista. Estoy aquí para denunciar este lugar, para exponer a plena luz lo que se trama en esta catedral de perversión. Mi artículo será portada del Chronicle. Provocará investigaciones, quizá comisiones parlamentarias. Hará caer cabezas, reputaciones, fortunas. Estoy del lado de la justicia, de la moral, de la luz.

Pero al mirar a la mujer con correa pasar ante mí por segunda vez, su piel brillante de sudor bajo los candelabros, su mirada vacía y sin embargo extrañamente pacífica, una pregunta que no quería hacerme se insinúa en mi cráneo como un gusano en una fruta madura. Se arrastra, excava, se instala.

¿Qué se siente al abandonarse hasta ese punto?

¿Qué se siente al no ser ya responsable de nada, culpable de nada, nada más que un cuerpo que se guía y se utiliza?

Ahuyento el pensamiento con un movimiento brusco de cabeza. No he venido para eso. No soy como esas mujeres. No estoy aquí por deseo, por necesidad, por carencia. Estoy aquí por deber. Punto.

La música cambia. Un nuevo tema, más lento, más pesado. Los bajos descienden una octava, vibran en mi caja torácica, modifican mi respiración sin mi consentimiento. Siento el tempo en mis huesos, en mi vientre, en ese punto secreto que no me atrevo a nombrar. Las miradas en mi espalda son quemaduras. El collar que aún no llevo pero que ya me aprieta la garganta es más real que el aire que respiro.

Soy Eva.

Eva no tiene miedo.

Eva no ha venido para nada.

Eva ha venido a ver hasta dónde llega la noche, y la noche apenas comienza.

Blanche

Lo veo antes de saber quién es.

No porque me lo señalen. No porque un camarero o una iniciada me lo indique con esa reverencia temerosa que observo en los habituales. Sino porque todo se organiza a su alrededor sin que él tenga que mover un dedo. Como un sol negro en torno al cual gravita toda una galaxia de cuerpos y deseos.

Está sentado en una alcoba elevada, apartado del foso bullente. Tres escalones de mármol negro aíslan su territorio del resto del club. Un sillón que parece un trono, respaldo alto de madera tallada, reposabrazos anchos donde sus manos reposan con la inmovilidad de la piedra. Una mesa baja a su derecha, un vaso de whisky posado sobre ella, ámbar, intacto. Sin hielo. Sin agua. Un single malt que nadie beberá, dejado allí como una ofrenda a algún dios oscuro.

Ninguna mujer a sus pies. Ningún invitado a su lado. Un espacio vacío de al menos dos metros de radio alrededor de su estrado, como una zona de cuarentena invisible que nadie se atreve a franquear. Los cuerpos, las danzas, las sumisiones, todo se detiene en la frontera de su silencio.

Él mira.

Es todo lo que hace. Sus manos inmóviles sobre los reposabrazos. Su rostro impasible. Sus ojos recorren la sala con la lentitud de un reflector de prisión. Y es lo más intimidante que he visto jamás. Ni gestos, ni palabras, ni amenazas. Solo una presencia que pesa sobre la estancia como una losa de plomo.

Damien Cross.

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