INICIAR SESIÓNNo sabía qué hacer. Estaba entre la espada y la pared.
El hombre al que había salvado ya se veía mejor; las pastillas que conseguí en la farmacia habían surtido efecto. Pero ahora… ahora había cometido un pecado: mentir. ¿Cómo iba a decirle al sacerdote que tenía a un hombre escondido en mi habitación… y que además estaba armado? No, no podía. Si lo descubría, podría matarnos a todos. Sería el fin.
—Por las sandalias de Moisés… —murmuré—. Mejor sigo ocultándolo.
—Hermana Erin, la misa ya ha terminado.
—Sí… hermana —respondí, sobresaltada—. Iré a mi habitación a rezar.
Mentí. Y el nerviosismo me traicionó, algo que nunca me había pasado. Jamás imaginé que, estando aquí, terminaría metida en un lío así… y mucho menos mintiendo de esta manera. La hermana me observó unos segundos, sonrió con dulzura y se alejó.
Me llevé las manos al rostro. Ya no podía más con esto.
¿Qué iba a hacer? No tenía idea. El miedo me oprimía el pecho: miedo a que descubrieran al desconocido, miedo a lo que pensarían de mí el sacerdote y las demás monjas. Yo apenas era una novicia, estudiando para convertirme en monja, un deseo que había tenido desde siempre.
Caminé por el jardín, observando aquel lugar tan hermoso que antes me transmitía paz. Pero ahora sentía que esa calma se me escapaba de las manos, como lluvia de mayo. Todo por culpa de ese hombre escondido en mi habitación, sin que yo supiera cómo sacarlo de allí.
Suspiré con fuerza; mi corazón latía desbocado. Si seguía guardando ese secreto, mis días aquí estaban contados. Y lo peor era saber que nada se oculta ante los ojos de Dios. ¿Cómo una futura monja podía estar metida en algo tan peligroso solo por querer hacer el bien?
—¿Qué sucede contigo, niña?
Me sobresalté tanto que llevé la mano al pecho. Frente a mí estaba la madre superiora, observándome con atención.
—Madre superiora… —tragué saliva—. Estaba mirando el jardín… y noté que las aves no han venido a cantar.
Ella me miró fijamente, como si buscara una grieta en mi mentira.
Cuando estaba a punto de decir algo, apareció el sacerdote Miguel.
—Madre superiora, necesito hablar con usted de algo importante.
—Hola, hermana Erin. ¿Todo bien?—Sí, padre. Todo bien. Iré a prepararme para las clases bíblicas.
—Está bien, hija. Ten cuidado.
—Con permiso.
Me alejé a toda prisa. Corrí como nunca, con el corazón a punto de salírseme del pecho. Entré a mi habitación y cerré con seguro. Apenas me giré, unas manos grandes cubrieron mi boca.
—Cuidado —susurró él—. Si me traicionas o dices algo que no debes, te cortaré la lengua.
—No he dicho nada —respondí, temblando—. Te lo juro.
—Necesito salir de aquí esta misma noche.
Tragué saliva. Miré el plato de comida intacto.
—¿Por qué no comió nada de lo que le traje?
Chasqueó la lengua y me miró con desconfianza.
—Tal vez intentas envenenarme. No confío en ti.
Suspiré. Tomé un poco de pan y comí frente a él, luego hice una mueca.
—¿De verdad cree que sería capaz de envenenarlo? Yo lo salvé, y aun así me acusa de cosas que no existen.
Le hablé molesta, cansada. Me senté en la cama sin saber cómo sacarlo de allí. Ahora todo el convento estaba vigilado: el celador, las hermanas de turno… ¿por qué tenía que pasarme esto justo en mis noches de guardia?
De pronto sentí unas manos rodeando mi cintura. Me levanté de inmediato, exaltada.
—¿Qué está haciendo?
—¿Por qué te asustas? —sonrió—. ¿Te da miedo… o te gusta?
—¿Pero qué está diciendo? —susurré, furiosa—. Está loco.
Me tapé la boca al darme cuenta de la palabrota. Él sonrió de lado, pero enseguida se puso serio.
—Necesito que me saques de aquí. Si no es hoy, será mañana. ¿Qué día es?
—Mañana es domingo por la noche —respondí—. Hay una misa especial. Tal vez sea mejor entonces. Hoy ya estoy en problemas por su culpa. Si se dan cuenta de lo que hice, lo perderé todo. Mi vocación… mi sueño de ser monja… Solo quise hacer lo correcto, y ahora parece que todo estuvo mal.
Silbó suavemente. Me acerqué y le tapé la boca de inmediato, mirando hacia la puerta.
—No haga eso —le susurré—. Me va a meter en serios problemas.
Sentí las manos del hombre aferrarse a mi cuerpo con brusquedad y, sin darme tiempo a reaccionar, me lanzó sobre la cama. Mi cuerpo comenzó a temblar de miedo mientras él sonreía al observarme. Luego, bajó la mano con descaro, y las palabras se me quedaron atrapadas en la garganta; el hipo me traicionó, cortándome la respiración.
—Tan tierna… pero hace un momento gritabas —dijo con burla—. Imagínate qué tiene de malo que alguien haya silbado. Nadie vendrá. Tu boca es demasiado altiva, así que despreocúpate.
—Levántese, está encima de mí… además, su herida aún no está bien —le pedí con un nerviosismo que apenas me permitía hablar.
Pero hizo caso omiso. Sentí algo duro presionándome y el miedo se apoderó por completo de mí.
—¿Qué es eso? —pregunté con la voz quebrada.
Él bajó la mirada y se movió con descaro sobre mí.
—Mierda… no puedo creer que una fea con ese traje me esté provocando, y más en esta posición prohibida.
Lo miré con sorpresa, quise apartarlo, pero no me lo permitió. Bajó el rostro hasta mi cuello y me sostuvo con fuerza. Sentí cómo se frotaba contra mí, y lo peor llegó cuando su mano se deslizó por debajo de mi falda y tocó mi piel desnuda.
—¡Está mal! ¿No se da cuenta de lo que está haciendo? ¡Soy novicia! —le exigí, intentando apartar su mano.
Fue inútil. Sentí sus labios sobre los míos, fríos y suaves. En un impulso, lo mordí. Él se levantó de inmediato, sacó una navaja y la mostró con furia contenida.
—¿Por qué me mordiste? ¿Estás loca? —gruñó—. Con todo el ruido que hiciste, estuviste a punto de arruinarlo todo.
—¿No puede respetar mi devoción? Yo lo apoyé… ¿y ahora recibo esto? ¿Pretende abusar de mí?
Él negó, como si quisiera reírse de la situación. Yo lo miré con rabia mientras me arreglaba la ropa. Mi pulso iba desbocado. ¿Cómo era posible que hubiera besado a un hombre? Necesitaba confesarme cuanto antes, pero ¿cómo hacerlo si estaba atrapada en esa habitación, metiéndome en problemas cada vez más graves?
Quería gritar. Quería llorar. Todo por una estupidez que jamás debió ocurrir.
—Sí, admito que me provocaste —dijo con desdén—, pero no iba a hacerte nada. Aunque ese beso diga lo contrario… eres tan confundida que, como mujer, mejor deberías hacerte monja.
—Usted es un… —me detuve.
No terminé la frase. No permitiría que de mi boca saliera una palabra más, y menos una tan sucia. Ya había aprendido demasiado de ese mundo que no deseaba. Lo miré con enojo, sintiendo aún el corazón golpeando con fuerza contra mi pecho.
¿Cómo iba a dormir esa noche? ¿Cerca de ese hombre? Como las noches anteriores, él dormiría en el sillón, pero ahora el miedo era distinto. Un miedo más profundo… miedo a que cometiera una locura.
Y lo más aterrador de todo, era el miedo a que esa locura pudiera gustarme.
ErinNo sabía por qué estaba aceptando que Ángel me besara de esa manera. Ni yo misma podía controlarme. En mi vida, jamás un hombre me había besado, pero con él todo estaba cruzando límites peligrosos.Sentí sus manos apretando mis pechos y un gemido involuntario escapó de mi boca. Estaba completamente desbordada. Mi cuerpo reaccionaba a sus caricias como si tuviera voluntad propia, como si miles de chispas eléctricas recorrieran cada rincón de mi piel. No podía controlarme.«Perdóname señor»Esa era la única palabra que repetía mi mente. Cerré los ojos, incapaz de creer lo que estaba pasando. Luego sentí su boca descender por mi ombligo, bajando con lentitud por la línea de mi pantalón y entonces esa sensación húmeda y ardiente me hizo contener la respiración.Al abrir los ojos, vi su cabeza moviéndose entre mis piernas. Me mordí el labio inferior para no gemir otra vez.Mi monte de Venus ardía, invadido por una oleada de sensaciones que me hicieron apretar las sábanas con fuerza, i
ÁngelMe pregunto ¿cómo demonios terminé besando a la monjita?No estaba ebrio. Quizá por eso mismo no tengo excusa. Tampoco puedo decir que bebí demasiado; a mí el alcohol no me tumba tan fácil. Sinceramente, fue una estupidez.Pero no voy a negar que sus labios suaves e inexpertos, hicieron volar mi imaginación hasta Júpiter.¿Qué demonios me pasa?Tal vez llevo demasiado tiempo sin estar con una mujer. Pero aun así… no debía hacerle eso a ella. Ni siquiera entiendo cómo terminé raptándola y trayéndola conmigo.Maldición, mi cabeza es una bomba a punto de estallar. Estoy más loco de lo que pensaba.En fin, debo quitarme esa idea absurda de querer corromper a la monja. Ella no tiene la culpa de mi desdicha. Debería estar agradecido: me salvó la vida aquella noche.Pero, inevitablemente no puedo alejarla de mí.Suspiro, harto de este encierro. Necesito salir mientras espero la llamada de Joseph.La puerta se abre bruscamente.Es ella.Mis ojos se abren de par en par al verla. Lleva un
ErinMiraba a la señora mientras intentaba tranquilizarme. Decía que no debía preocuparme, que no me pasaría nada, que nadie iba a venderme ni a hacerme daño. Aun así, el miedo no desaparecía. Un hombre que salve, había intentado secuestrarme y yo no tenía idea de cuáles eran sus verdaderas intenciones. Eso me aterraba.—Hablaré por ti para que te lleven nuevamente al convento —dijo con calma—. Discúlpanos, a veces mi esposo y Ángel, cometen locuras sin pensarlas.Sus palabras no lograban aliviar del todo mi angustia. Pensé en Dios, en soltar el peso que oprimía mi alma, en toda la maldad que existe allá afuera. Aquel hombre había sido un completo desconsiderado. Me secuestró y me trajo a este lugar, sin importarle nada, se notaba que no le temia a Dios, yo seguía molesta por su atrevimiento, sabía que ahora ya no había marcha atrás. Este hombre me alejo de mi hogar.—¿Te gustaría comer algo? —preguntó de pronto, sacándome de mis pensamientos.La miré y suspiré, negando con la cabeza
ÁngelEntramos a un lugar donde no podrán encontrarnos tan fácilmente. Al estacionar el microbús, bajo y observo a la monjita, que duerme plácidamente. La cargo en mis brazos y entonces Georgie me mira, haciéndome un gesto.—¿Qué vas a hacer con ella?Lo miro fijamente y sonrío de lado.—¿Qué crees que podría hacer con una monjita?—Bueno, dudo mucho que tus planes sean cogértela.—¿Cogérmela? —suelto una breve risa—. No. Ella es mi amuleto de la suerte.—¿Tu amuleto de la suerte? ¿A qué te refieres?—Verás… ella me salvó.—¿Te salvó? ¿Pero cómo?—No lo sé. Cuando me estaban siguiendo, logré llegar a una iglesia y fue la única que apareció en medio de la oscuridad. Así que, por ahora, no puedo deshacerme de ella. Es mi amuleto de la suerte… una angelita.—Ella sí es una angelita —responde—, no como tú, que puedes perder el nombre de un ángel, pero no lo eres. Eres el mismísimo demonio. No entiendo por qué a tu madre se le ocurrió ponerte ese nombre.—Eso suena muy raro —murmuro.—En f
ErinEl olor a incienso aún flotaba en el aire cuando me arrodillé en el banco de madera tratando de pedir perdón por todos mis pecados. Las campanas habían dejado de sonar, pero mi corazón seguía desbocado, como si no entendiera que la misa ya había comenzado. Y es que no estaba aquí si no mas bien en ese hombre.No lograba concentrarme en las oraciones y en nada.Mis manos sudaban dentro del hábito y mis dedos se entrelazaban con fuerza, casi con desesperación. Miraba una y otra vez hacia el jardín lateral, justo en la dirección donde se encontraba el ala de las habitaciones. Mi habitación y con ese hombre dentro.Cada segundo que pasaba sentía que el secreto me quemaba por dentro. Temía que el celador notara algo extraño, que entrara, que lo encontrara que todo se viniera abajo. Tenia miedo que él, sacerdote y la madre superiora se enterraran. Ese sería mi fin de novicia.—Concédeme calma —murmuré—. Solo un poco de calma. ¡POR LAS CHANCLAS DE MOISES, EN QUE ESTOY METIDA!Cuando ter
Ángel Escucho el campanado de la iglesia.Suena como un lamento viejo, y aburrido.Solté un bufido, cargado de rabia y de deseos peores.Si esta noche no hubiera misa, me iria sin pensarlo. Pero no puedo. Hay demasiadas personas allá afuera, y eso sería perjudicar a la mongita. Aunque, por ahora, no me da igual quién salga perjudicado. Lo único que quiero es liberarme, necesito irme al salvador lo más pronto posible.Sé muy bien que me están buscando para matarme.Pero no saben con quién demonios se están metiendo, quisieron jugar conmigo y apuñalarme por la espalda. Pero fui más rápido qué ellos.Que no crean que por tener el nombre de Ángel soy un bueno.Soy peor que eso.Miro la hora en el reloj de pared de esta habitación miserable.Las manecillas avanzan lento, como si se burlaran de mí.La puerta se abre y me escondo rápidamente detrás del ropero, conteniendo la respiración.Pero es la monjita. Entra con cuidado y cierra con llave.Me levanto despacio de mi escondite y la obser







