INICIAR SESIÓNErin
El olor a incienso aún flotaba en el aire cuando me arrodillé en el banco de madera tratando de pedir perdón por todos mis pecados. Las campanas habían dejado de sonar, pero mi corazón seguía desbocado, como si no entendiera que la misa ya había comenzado. Y es que no estaba aquí si no mas bien en ese hombre.
No lograba concentrarme en las oraciones y en nada.
Mis manos sudaban dentro del hábito y mis dedos se entrelazaban con fuerza, casi con desesperación. Miraba una y otra vez hacia el jardín lateral, justo en la dirección donde se encontraba el ala de las habitaciones. Mi habitación y con ese hombre dentro.
Cada segundo que pasaba sentía que el secreto me quemaba por dentro. Temía que el celador notara algo extraño, que entrara, que lo encontrara que todo se viniera abajo. Tenia miedo que él, sacerdote y la madre superiora se enterraran. Ese sería mi fin de novicia.
—Concédeme calma —murmuré—. Solo un poco de calma. ¡POR LAS CHANCLAS DE MOISES, EN QUE ESTOY METIDA!
Cuando terminó la primera misa, me levanté de inmediato. No esperé a nadie. Bajé la cabeza y caminé rápido, demasiado para una novicia. Sentía las miradas, o tal vez solo era mi culpa persiguiéndome.
Miré a ambos lados antes de cruzar el jardín. No vi al celador, abrí la puerta de mi habitación y empujé la avancé y cerré con seguro.
Él estaba de pie.
—¿Qué haces? —pregunté, sobresaltada.
—Lo que debí hacer desde el principio —respondió con frialdad—. Me voy. Esta misma noche, mejor dicho, ahora.
Negué de inmediato, el pánico apretándome el pecho.
—No... no ahora. Hay mucha gente afuera. Es peligroso.
—No me importa —replicó—. Estoy harto de estar encerrado. Necesito moverme ya, debo ir lejos y tengo que llevarte.
—Esta loco. De que esta hablando.—susurré—. Yo pertenezco aquí, ya le salvé la vida. Hice todo lo que pude. Me amenazaste, te oculté… ¿qué más quieres de mí?
Sonrió de lado, levantando apenas una ceja.
—Te quemaste cuando decidiste salvarme, monjita. Ahora cargas con las consecuencias.
—Estás drogado —dije, con la voz quebrada. El hombre se acerco y me tomo de la cintura— Suéltame.
No respondió. Me tomó de la mano con fuerza.
—Tú vienes conmigo.
—¡No! —me resistí—. ¡Suélteme! ¡Yo no voy a ningún lado! El abrió la puerta de la habitación saliendo conmigo.
En ese instante, escuché la voz de alguien.
—¿Quién anda ahí?
Me quedé helada.
Antes de que pudiera reaccionar, él me atrapó y me cubrió la boca con una mano dura.
—No digas nada —susurró con amenaza.
Sentí cómo me arrastraba hacia la salida. El miedo me nubló la vista.
—Ayuda… —logré murmurar, ahogada—. Hay un hombre aquí…
El celador apareció, levantando un arma. Todo ocurrió demasiado rápido.
—¡Hay un intruso! —gritó—. ¡Está llevándose a una hermana!
—Maldita sea —murmuró él.
Un disparo resonó. Los feligreses comenzaron a gritar. El caos estalló como un relámpago dentro de la iglesia.
Intenté zafarme y lo mordí con todas mis fuerzas. Grité y corrí, pero me atrapó de nuevo, con una furia que me dejó sin aire. Me cargó sobre su hombro como si no pesara nada.
—¡Suélteme! ¡Por favor! —grité, desesperada.
Salimos al exterior yo grite pero este tipo solo me ignoró. Jamás imaginé que esto pasaría por ser bondadosa. Ahora por ayudarlo el me esta secuestrando.
Un auto apareció frente a nosotros.
—¡Vamos! —gritó alguien desde dentro—. ¡Súbela!
—¿Qué va a hacer? —logré decir, entre sollozos—. ¿Quiénes son ustedes?
—Cállate, monjita —me espetó—. O esta vez sí te mato.
—¡Basta! —dijo otra voz—. La estás asustando. ¡Apresúrate!
—¿Hay gasolina? —preguntó él.
—Suficiente. Saqué todo de la cueva. Ropa, dinero… y sí, también ropa para ella.
El motor rugió.
Mi mundo se rompía en pedazos mientras el convento quedaba atrás, junto con mi vocación, mi fe… y la vida que creía segura.
Y supe, con un terror absoluto, que ya nada volvería a ser igual.
***
El cansancio me ganó después de tanta discusión con ese hombre. No tenía idea de adónde me llevaba ni qué destino me esperaba. Todo lo que me estaba pasando lo sentía como un castigo, uno bien merecido por haberme involucrado con un desconocido, por haberlo metido en la habitación de una monjas mientras eso era un pecado horrible.
Sentía el movimiento apresurado del auto, brusco, constante. No sabía hacia dónde íbamos, pero una idea horrible se instaló en mi pecho, tal vez todo estaba por terminar. Tal vez iba a morir. Y ni siquiera había pedido perdón, ni me había confesado con un sacerdote. ¿Tendría perdón? No creía ser tan pecadora lo único que hice fue confiar, querer salvar a un hombre. Y él me hacía esto.
Soy la única culpable de todo lo que me sucede. No hay a quién culpar, no hay justificación posible. Somos adultos y cada quien sabe lo que hace.
Abrí los ojos lentamente y me sobresalté. Ya no estábamos en la ciudad.
—¿Dónde demonios estamos? —pregunté exaltada.
Me di cuenta de que estaba recostada sobre él. Me incorporé de inmediato y él me regaló una sonrisa descarada.
—Estamos dando un paseo.
—¿Un paseo? —bufé—. Usted está loco. Ya amaneció…
—Dormiste bien, ¿monjita? —preguntó con sarcasmo.
—Sí, claro, como una princesa —respondí con ironía, arrugando la cara.
Algo no estaba bien. Lo sentía en todo el cuerpo. Él intentó acariciar mi rostro, pero me aparté por instinto.
—Pronto vamos a llegar a comer algo —dijo—. Así te das una ducha o quizás nos damos una juntos.
—Usted está loco. La policía debe estar buscándolo por secuestrador. Dios lo va castigar por atrevido.
—Cállate. Dormida estabas más bonita —respondió sin pudor—. Te traje para que vieras el lugar. Ya no estamos en la ciudad, así que no hay de qué preocuparse.
Hice una mueca. Sentí el nudo en la garganta, como si en cualquier momento fuera a romper en llanto. Me cubrí el rostro sin saber qué hacer. Era verdad, no había edificios, no había nada. Solo carretera, campos, vacío. Parecía un condado… aunque ni siquiera sabía con certeza qué era un condado.
—Sé que te estás haciendo mil preguntas —dijo—. Que si te voy a matar, que si estamos lejos… Digamos que sí, estamos lejos. Dormiste más de diez horas. Eso significa que casi no duermes, querida hermanita.
—No soy su hermana, eso significa que ya no estamos cerca de la catedral—espeté y el negó con una sonrisa cargada de burla.
—Ahora eres libre ya no estarás ahí. Seguramente no querías ser monja.
—Deje de decir estupideces. Usted es un secuestrador.
—Tranquila, cariño. No te va a pasar nada malo. Aquí serás más libre, más feliz. Quítate ese hábito. Vamos a comprarte ropa.
—No voy a quitarme mi hábito.
—Pues tendrás que hacerlo. No voy a andar con una monja de paseo.
—Entonces regrésenme a mi lugar. Usted es un depravado.
—No lo soy —sonrió—. Tranquila, que así te ves más bonita. Mejor duérmete otra vez, me estás incomodando.
Giré el rostro hacia la ventana y observé la carretera, desilusionada, decepcionada conmigo misma por haber sido tan buena, por rescatar a un hombre que resultó peor que un ángel caído. Fruncí el ceño y lo miré con rabia, luego decidí ignorarlo.
Quise llorar, las lagrimas bajaron lentamente y luego las limpie, ni siquiera vale la pena hacerlo, ya no estaba cerca del país.
Así que me aguanté.
ErinNo sabía por qué estaba aceptando que Ángel me besara de esa manera. Ni yo misma podía controlarme. En mi vida, jamás un hombre me había besado, pero con él todo estaba cruzando límites peligrosos.Sentí sus manos apretando mis pechos y un gemido involuntario escapó de mi boca. Estaba completamente desbordada. Mi cuerpo reaccionaba a sus caricias como si tuviera voluntad propia, como si miles de chispas eléctricas recorrieran cada rincón de mi piel. No podía controlarme.«Perdóname señor»Esa era la única palabra que repetía mi mente. Cerré los ojos, incapaz de creer lo que estaba pasando. Luego sentí su boca descender por mi ombligo, bajando con lentitud por la línea de mi pantalón y entonces esa sensación húmeda y ardiente me hizo contener la respiración.Al abrir los ojos, vi su cabeza moviéndose entre mis piernas. Me mordí el labio inferior para no gemir otra vez.Mi monte de Venus ardía, invadido por una oleada de sensaciones que me hicieron apretar las sábanas con fuerza, i
ÁngelMe pregunto ¿cómo demonios terminé besando a la monjita?No estaba ebrio. Quizá por eso mismo no tengo excusa. Tampoco puedo decir que bebí demasiado; a mí el alcohol no me tumba tan fácil. Sinceramente, fue una estupidez.Pero no voy a negar que sus labios suaves e inexpertos, hicieron volar mi imaginación hasta Júpiter.¿Qué demonios me pasa?Tal vez llevo demasiado tiempo sin estar con una mujer. Pero aun así… no debía hacerle eso a ella. Ni siquiera entiendo cómo terminé raptándola y trayéndola conmigo.Maldición, mi cabeza es una bomba a punto de estallar. Estoy más loco de lo que pensaba.En fin, debo quitarme esa idea absurda de querer corromper a la monja. Ella no tiene la culpa de mi desdicha. Debería estar agradecido: me salvó la vida aquella noche.Pero, inevitablemente no puedo alejarla de mí.Suspiro, harto de este encierro. Necesito salir mientras espero la llamada de Joseph.La puerta se abre bruscamente.Es ella.Mis ojos se abren de par en par al verla. Lleva un
ErinMiraba a la señora mientras intentaba tranquilizarme. Decía que no debía preocuparme, que no me pasaría nada, que nadie iba a venderme ni a hacerme daño. Aun así, el miedo no desaparecía. Un hombre que salve, había intentado secuestrarme y yo no tenía idea de cuáles eran sus verdaderas intenciones. Eso me aterraba.—Hablaré por ti para que te lleven nuevamente al convento —dijo con calma—. Discúlpanos, a veces mi esposo y Ángel, cometen locuras sin pensarlas.Sus palabras no lograban aliviar del todo mi angustia. Pensé en Dios, en soltar el peso que oprimía mi alma, en toda la maldad que existe allá afuera. Aquel hombre había sido un completo desconsiderado. Me secuestró y me trajo a este lugar, sin importarle nada, se notaba que no le temia a Dios, yo seguía molesta por su atrevimiento, sabía que ahora ya no había marcha atrás. Este hombre me alejo de mi hogar.—¿Te gustaría comer algo? —preguntó de pronto, sacándome de mis pensamientos.La miré y suspiré, negando con la cabeza
ÁngelEntramos a un lugar donde no podrán encontrarnos tan fácilmente. Al estacionar el microbús, bajo y observo a la monjita, que duerme plácidamente. La cargo en mis brazos y entonces Georgie me mira, haciéndome un gesto.—¿Qué vas a hacer con ella?Lo miro fijamente y sonrío de lado.—¿Qué crees que podría hacer con una monjita?—Bueno, dudo mucho que tus planes sean cogértela.—¿Cogérmela? —suelto una breve risa—. No. Ella es mi amuleto de la suerte.—¿Tu amuleto de la suerte? ¿A qué te refieres?—Verás… ella me salvó.—¿Te salvó? ¿Pero cómo?—No lo sé. Cuando me estaban siguiendo, logré llegar a una iglesia y fue la única que apareció en medio de la oscuridad. Así que, por ahora, no puedo deshacerme de ella. Es mi amuleto de la suerte… una angelita.—Ella sí es una angelita —responde—, no como tú, que puedes perder el nombre de un ángel, pero no lo eres. Eres el mismísimo demonio. No entiendo por qué a tu madre se le ocurrió ponerte ese nombre.—Eso suena muy raro —murmuro.—En f
ErinEl olor a incienso aún flotaba en el aire cuando me arrodillé en el banco de madera tratando de pedir perdón por todos mis pecados. Las campanas habían dejado de sonar, pero mi corazón seguía desbocado, como si no entendiera que la misa ya había comenzado. Y es que no estaba aquí si no mas bien en ese hombre.No lograba concentrarme en las oraciones y en nada.Mis manos sudaban dentro del hábito y mis dedos se entrelazaban con fuerza, casi con desesperación. Miraba una y otra vez hacia el jardín lateral, justo en la dirección donde se encontraba el ala de las habitaciones. Mi habitación y con ese hombre dentro.Cada segundo que pasaba sentía que el secreto me quemaba por dentro. Temía que el celador notara algo extraño, que entrara, que lo encontrara que todo se viniera abajo. Tenia miedo que él, sacerdote y la madre superiora se enterraran. Ese sería mi fin de novicia.—Concédeme calma —murmuré—. Solo un poco de calma. ¡POR LAS CHANCLAS DE MOISES, EN QUE ESTOY METIDA!Cuando ter
Ángel Escucho el campanado de la iglesia.Suena como un lamento viejo, y aburrido.Solté un bufido, cargado de rabia y de deseos peores.Si esta noche no hubiera misa, me iria sin pensarlo. Pero no puedo. Hay demasiadas personas allá afuera, y eso sería perjudicar a la mongita. Aunque, por ahora, no me da igual quién salga perjudicado. Lo único que quiero es liberarme, necesito irme al salvador lo más pronto posible.Sé muy bien que me están buscando para matarme.Pero no saben con quién demonios se están metiendo, quisieron jugar conmigo y apuñalarme por la espalda. Pero fui más rápido qué ellos.Que no crean que por tener el nombre de Ángel soy un bueno.Soy peor que eso.Miro la hora en el reloj de pared de esta habitación miserable.Las manecillas avanzan lento, como si se burlaran de mí.La puerta se abre y me escondo rápidamente detrás del ropero, conteniendo la respiración.Pero es la monjita. Entra con cuidado y cierra con llave.Me levanto despacio de mi escondite y la obser







