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Capítulo 5

Autor: Salyspears
last update Fecha de publicación: 2026-04-18 12:44:28

Ángel

Entramos a un lugar donde no podrán encontrarnos tan fácilmente. Al estacionar el microbús, bajo y observo a la monjita, que duerme plácidamente. La cargo en mis brazos y entonces Georgie me mira, haciéndome un gesto.

—¿Qué vas a hacer con ella?

Lo miro fijamente y sonrío de lado.

—¿Qué crees que podría hacer con una monjita?

—Bueno, dudo mucho que tus planes sean cogértela.

—¿Cogérmela? —suelto una breve risa—. No. Ella es mi amuleto de la suerte.

—¿Tu amuleto de la suerte? ¿A qué te refieres?

—Verás… ella me salvó.

—¿Te salvó? ¿Pero cómo?

—No lo sé. Cuando me estaban siguiendo, logré llegar a una iglesia y fue la única que apareció en medio de la oscuridad. Así que, por ahora, no puedo deshacerme de ella. Es mi amuleto de la suerte… una angelita.

—Ella sí es una angelita —responde—, no como tú, que puedes perder el nombre de un ángel, pero no lo eres. Eres el mismísimo demonio. No entiendo por qué a tu madre se le ocurrió ponerte ese nombre.

—Eso suena muy raro —murmuro.

—En fin, Ángel, esto no es un juego. Necesitamos conseguir los armamentos cuanto antes. Tu suegro anda detrás de tu trasero, así que más vale que estés alerta.

—Sí… ¿ha sabido algo de ella?

—Solo me llamó preocupada, preguntando por ti. No quise hacerla pasar por más cosas por tu culpa, pero espero que esté bien y que no la descubran.

—Esperemos que así sea.

—En fin, necesito descansar. Llevaré a esta bella durmiente a la habitación. ¿Me das la llave?

—Claro. En un rato le diré a Carlota que te prepare algo de comida, mientras yo voy a vigilar cómo está todo por ahí.

—Está bien, Georgie. Gracias.

Me entrega la llave y cargo a la monjita como si fuera una pluma; no pesa absolutamente nada. Al entrar a la habitación, por fin logro exhalar el aire que mantuve atrapado todo el camino, temiendo un ataque en cualquier momento. La recuesto con cuidado sobre la cama. Está completamente laxa, como si estuviera muerta, pero sé que solo duerme. El viaje fue agotador… incluso yo estoy al borde del colapso.

Escondo la llave en un gavetero, cierro la puerta y, sin pensarlo demasiado, me dejo caer en la cama junto a ella. La observo en silencio, y con un dedo trazo líneas suaves sobre su mejilla.

¿Cómo es posible que pueda dormir tanto? No parece tener miedo… o quizá sí, pero no lo demuestra. Es una chica fuerte, decidida. Me pregunto por qué alguien como ella querría ser religiosa. En fin, eso es asunto suyo.

Por ahora, no puedo deshacerme de ella. Para salir de ese lugar, tuve que hacerlo. Y no solo eso… no entiendo por qué demonios lo hice.

Cierro los ojos, intentando dormir un poco. La sien me palpita. En este momento, lo único que deseo es descansar y olvidarme, aunque sea por un instante, de todo lo que me espera allá afuera.

Varias imágenes pasan como relámpagos por mi mente. Siento que alguien me sigue; intento despistarlo, pero mi corazón late con violencia cuando la escena se vuelve insoportable: el cuerpo de mi madre yace en el suelo, ensangrentado. Al otro extremo, mi hermana. Al levantar la mirada, lo veo, es el padre de Daniela, sostiene una navaja entre sus manos. Detrás de él,  esta ella, Ambos ríen a carcajadas.

—Pagarás por todo —dice—. Quisiste matarme, pero jamás lo lograrás. Morirán tu madre y tu querida hermana.

Aguardo en silencio. Mis manos tiemblan.

—Jamás, yo acabaré contigo primero —murmuro, confuso, atrapado en la pesadilla.

—Antes de que tú acabes conmigo, los mataré… igual que maté a tu padre.

Me incorporo sobresaltado al escuchar un grito. Abro los ojos de golpe. Es la monjita, da vueltas de un lado a otro, alterada, casi causando gracia con su desesperación. Suelto un suspiro pesado y me levanto. Entro al baño, me cepillo los dientes y me lavo el rostro, intentando borrar esas imágenes que se niegan a abandonarme.

—¿Qué demonios hago yo con usted encerrada en este lugar? —murmuro, negando con la cabeza.

La ignoro y me siento un momento en la cama. Las pesadillas siguen ahí, clavadas en mi mente. Ojalá pueda vencer a ese hombre lo antes posible y sacar a Miranda de la mansión, llevarla tan lejos como sea necesario, incluso fuera del país. Es increíble, pero ella es lo único que aún me mantiene atado a este infierno.

—¿Por qué no responde cuando le hablo? —reclama—. Debería respetar al menos a una novicia… una novicia que lo salvó.

—Puedes callarte, por el amor de Dios —gruño—. Estoy harto de escucharte. Acabas de despertar. Ve, lávate el rostro, date una ducha.

—No tengo ropa —replica—. ¿Y usted aquí? No quiero que entre como lo hizo la otra vez.

—No te deseo en lo absoluto. Eso era una simple broma. Dúchate, no hay de otra. Iré a buscar algo de ropa.

—No pienso ponerme otra cosa que no sea mi hábito.

—Pues lo lamento mucho —respondo con frialdad—, pero tendrás que usar el hábito sucio, porque no hay otra opción.

—¿Y esa música? —pregunta de pronto.

—¿Dónde estamos?

—En una discoteca — respondí mirándola con las cejas alzadas.

—¿En una discoteca?

—Sí, en una discoteca —respondo con ironía.

—¿Cómo que una discoteca? ¿Por qué estamos aquí? ¿Qué pretende hacer conmigo? —dice, cubriéndose.

Ruedo los ojos y me acerco un poco, inclinándome hacia ella.

—Si quisiera hacerte algo, ¿crees que estaría perdiendo el tiempo? —le digo con voz baja—. Hace rato lo habría hecho.

La monjita, niega molesta y cierra los ojos.

Ella reza por su salvación, mientras yo peco por mi perdición.

Ella me empuja de inmediato y se encierra en el baño. Niego con la cabeza.

—Que Dios me perdoné por desearle mal a usted.

—Esta mujercita… —murmuro entre dientes.

Me muerdo el labio inferior.

—Dios, perdóname— pienso.  Sé que es una locura pero ¿cómo sería llevarme a la cama a una mujer como ella? Negando, le mando un mensaje a mi primo pidiéndole ropa para la monjita.

Suspiro con cansancio, necesito una ducha.

Un golpe en la puerta me saca de mis pensamientos. Es Georgi. Me entrega una maleta.

—Esto te lo manda mi esposa. Hay un hábito ahí, no es el mejor, pero es lo que hay.

—Que se ponga lo que hay —respondo sin darle importancia—. No me importa. Lo que si deseo es ir a tomarme unas copas.

—¿Y vas a llevarte a la monjita a tomar unas copas también? —pregunta burlón.

Niego y suelto una carcajada. Georgi, increíblemente, siempre logra sacarme una sonrisa.

—No, tampoco sería capaz de cometer una estupidez así. Aunque no te imaginas todo lo que se me cruza por la cabeza. Pensamientos impuros. Aún me duele la herida que ella misma se encargó de cerrar. Necesito despejar mi mente, no me siento tranquilo. Además, debemos comunicarnos cuanto antes con Joseph por el tema de las armas.

—Tranquilo, hermano —respondió—. Conseguiremos lo mejor, armas, explosivos, todo lo que pediste. Sé muy bien lo que planeas. Irás al norte del Salvador, piensas volar esa mansión en la cabaña de los Wilson.

—Lo haré. No me importa —sentencié—. Por mi padre y mi madre. Esa traición se paga con venganza. Las deudas pendientes se saldan con sangre. Si esa casa no fue para ella, no será para nadie más. Ese hombre cree que puede manipularme porque tiene a Miranda en sus manos y a mi madre oculta, lanzándome amenazas, pero eso es lo que menos temo ahora.

—Disculpe, señor —escucho, es la monja — Necesito con urgencia que me consiga unas toallas.

Alcé las cejas y miré a la muchacha que asomaba la cabeza. Me observó nerviosa.

—Unas toallas. ¿Para que?—repetí — Hay toallas para secarte en la ducha.

—Usted me metió en esto, ahora necesito que me ayude. Son toallas... ¡Uy ! porqué debo decirle todo.

Me mordí el labio inferior y negué con la cabeza.

—Bien — Le respondo y luego le hablo a Georgie— pregúntale a tu mujer si tiene toallas.

— Esta bien, pero hay toallas en los baños... Ah, ya entendí, te refieres a toallas sanitarias.

—Uh... si cosas de mujeres —murmuró—. Uno nunca las entiende.

Georgie asintió y se fue disparado.

Cerré la puerta tras de mí y, casi de inmediato, escuché los gritos furiosos de la monjita.

—¿Y ahora qué te sucede? —repliqué—. ¿Por qué gritas así?

—¡¿Por qué no me dijo que ese hombre estaba ahí?! —exclamó alterada—. Me hizo decir cosas que no debía… ¡yo no quise! ¡Maldita sea!

—Baja la voz —le advertí—. Estás gritando y maldiciendo. ¿No se suponía que eras una monjita?

—Usted me está haciendo hablar de cosas que no debo —dijo, rompiendo en llanto—. ¿Cree que merezco ser monja después de decir tantas estupideces? Me ha hecho caer de la peor manera.

Chasqueé la lengua, fastidiado, y le extendí una maleta.

—Busca algo que te sirva ahí. Vendrá una señora con las toallas, ¿de acuerdo?

No respondió. Me cerró la puerta de un golpe en la cara y se encerró.

Bufé con frustración, sin imaginar que tendría que lidiar con una chiquilla como ella.

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