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**AMARA**
El tacón de mis estiletos de aguja resonó contra el mármol del vestíbulo como una burla silenciosa, el eco perfecto de mi victoria más reciente. Me tomó exactamente tres días que el coronel retirado que mi padre había contratado como mi sombra renunciara, alegando que yo era una criatura ingobernable. Sonreí para mis adentros, deslizando el abrigo de piel de mis hombros, dejando que cayera sobre el brazo del mayordomo sin siquiera mirarlo. El aburrimiento era mi peor enemigo, y la libertad, mi único capricho no negociable. Pero la sonrisa se me congeló en los labios cuando crucé el umbral del salón principal.
Él estaba allí.
No se movió, pero su presencia llenó el espacio de inmediato, absorbiendo la luz de las lámparas de cristal. Era una mole de asfalto y hostilidad vestida con un traje oscuro que parecía contener a duras penas la brutalidad de su cuerpo. Su mandíbula era un trazo de piedra cubierto por una sombra de barba de varios días, y sus ojos, de un gris tormentoso y metálico, me barrieron de arriba abajo con una indiferencia que me caló hasta los huesos. No era el típico exmilitar estirado que mi padre solía reclutar. Este hombre apestaba a calle, a peligro, a noches sin dormir en callejones oscuros y a una violencia contenida que me hizo contraer el vientre con un escalofrío electrizante.
—Amara, por fin te dignas a llegar —la voz de mi padre rompió el trance, impregnada de su habitual tono de censura—. Este es Magnus Vance. Tu nuevo jefe de seguridad. Y te advierto que no es como los otros.
El hombre dio un paso al frente. No se inclinó. No mostró la sumisión servil de la que me alimentaba. Tenía las manos cruzadas a la espalda, los nudillos gruesos y sutilmente marcados por cicatrices viejas.
—Señorita —su voz resonó con una intensidad grave y profunda, similar al retumbar lejano de un trueno en la distancia, pero a la vez áspera, como el roce incesante y lento de dos rocas desgastadas, arrastradas y frotándose sin cesar bajo la inmensidad del agua, creando un sonido gutural y primitivo—. Verdaderamente espero, con la mayor de las seriedades, que todos sus juegos, sus pequeñas distracciones y sus caprichos hayan llegado a su fin. Mi paciencia, debo admitir, es un recurso limitado y no dispongo de ella para soportar los caprichos y los antojos propios de una cuna de oro, de alguien que no conoce las verdaderas dificultades de la vida.
Un calor súbito y violento me encendió la sangre. ¿Desprecio? ¿De un empleado? Nadie me miraba como si fuera un estorbo, nadie se atrevía. Me acerqué a él lentamente, balanceando las caderas con una parsimonia letal, obligándolo a sostener la mirada. El aroma que desprendía me golpeó la nariz: tabaco, lluvia y un almizcle masculino tan puro que me mareó. Detrás de su gélida compostura, detecté la tensión en sus hombros. No era inmune a mí. Nadie lo era.
—¿Caprichos, dice? —susurré, deteniéndome a escasos centímetros de su pecho. El tipo era un gigante; para mirarlo a la cara tuve que inclinar la cabeza hacia atrás—. Me temo que está muy mal informado, señor Vance. Yo no juego. Yo obtengo lo que quiero.
—Entonces nos llevaremos mal, porque mi único deber es mantenerla con vida, no complacer sus rabietas de niña rica —replicó él, sin parpadear, sus ojos fijos en los míos como dos cañones listos para disparar.
Una audacia ciega me poseyó. Alcé las manos despacio, con movimientos felinos, y apoyé las yemas de mis dedos sobre las solapas de su chaqueta de sastre. El tejido era rústico bajo mi tacto, pero el calor que emanaba de su cuerpo era abrasador. Deslicé las palmas hacia arriba, alisando una arruga inexistente cerca de su cuello, desafiándolo con la cercanía, invadiendo ese espacio sagrado donde solo los temerarios se atrevían a entrar. Pude ver el latido frenético de su yugular.
—Tiene la corbata un poco torcida, guapo —provoqué, y mi voz sonó más audaz de lo que pretendía, un desafío apenas velado. Al mismo tiempo, rocé deliberadamente la barbilla con mis nudillos, un gesto estudiado para desviar su atención, una pequeña irreverencia en la tensa atmósfera de su despacho. La tela de mi manga apenas rozó mi piel, pero el impacto de mi comentario, y el gesto que lo acompañaba, fue claro.
El movimiento fue tan rápido que mi cerebro tardó un segundo en procesarlo.
Magnus me apresó las muñecas. Su agarre fue una mordaza de hierro, áspera y despiadada. No me lastimó, pero la presión de sus dedos me inmovilizó por completo, obligándome a bajar los brazos hasta el espacio que nos separaba. Sus manos eran enormes, calientes, capaces de romperme con un solo giro. Se inclinó hacia mí, tanto que su aliento cálido me acarició los labios, el ceño fruncido en una línea de pura furia reprimida.
—Escúchame bien, muñeca de porcelana —mascó, su tono descendiendo a un registro peligroso, áspero como la lija—. Vengo de un lugar donde la gente como tú no sobreviviría ni cinco minutos. No me toques. No me provoques. Porque si juegas con fuego conmigo, no te vas a quemar… te vas a consumir entera. ¿Está claro?
—Eres, en verdad, una persona bastante quisquillosa y detallista. Precisamente, ese tipo de individuos, con su particular manera de ser y de fijarse en cada pequeño aspecto, suelen ser los que terminan cediendo y cayendo más fácilmente. —dije con un notorio brillo de picardía en mis ojos, acompañando mis palabras con una sonrisa sugerente que dejaba entrever mis intenciones.
Me quedé sin aire, el corazón golpeándome las costillas como un animal enjaulado. El dolor sordo en mis muñecas por su fuerza cruda solo alimentó un fuego nuevo, una fijación oscura que jamás había sentido por nadie. Sus ojos grises estaban encendidos, una tormenta de control a punto de romperse.
Me soltó de golpe, dando un paso atrás y recuperando su postura militar como si nada hubiera pasado. Mis manos temblaron levemente, pero me las llevé a la espalda para que no lo notara. Le sostuve la mirada con una sonrisa altiva, aunque por dentro todo mi mundo se había sacudido.
Este hombre se convertirá en mío, de eso no cabe duda. Haré lo que sea necesario para conseguirlo, incluso si el camino para unirnos implica la destrucción de todo lo que conocemos, incluyéndonos a nosotros mismos. No me detendré ante nada en mi búsqueda por poseer su corazón y su alma.
**AMARA**Las luces frías del quirófano me encandilaban la vista, pero la silueta colosal del gigante a mi costado cubría la mitad del mundo. La marea de contracciones me desgarraba las caderas en olas rabiosas, continuas, quemándome las entrañas con una violencia que jamás creí experimentar.—¡Una vez más, señorita Sterling! —ordenó la doctora Charlotte al pie de la camilla, la voz firme entre el pitido acelerado de los monitores.Apreté los dientes con una saña feroz, clavándole las uñas en la muñeca a Magnus con tanta rabia que sentí su piel ceder bajo mis dedos. Arqueé la espalda, soltando un grito ahogado, desgarrador, que retumbó en las paredes de cristal del hospital.—¡Eso es, mocosa, sáquelo de una vez! —me rugió Magnus a un milímetro del oído, la voz rota por un dolor compartido, apretándome el rostro con su mano gigantesca para obligarme a mirarlo—. ¡Míreme a mí, Amara! ¡Míreme a los ojos y no se me rinda ahora!—¡Le estoy dando un imperio a tu sangre, salvaje! —jadeé entre
**AMARA**"Estar condenada al reposo absoluto en la suite principal de Surrey bajo la guardia de un salvaje de Glasgow es la tortura más dulce y sofocante que me ha tocado vivir".Llevaba tres días encerrada entre las sábanas de seda negra. El médico había sido drástico y Magnus había llevado la orden al límite militar: nada de llamadas, nada de documentos de la bolsa y, sobre todo, nada de caminatas por la casona. El gigante había trasladado su despacho improvisado directamente a la esquina de la habitación, donde trabajaba en silencio desde una pequeña mesa de caoba para no perderme de vista ni un solo segundo.Me acomodé sobre las almohadas, sintiendo el peso maduro y firme de mi vientre bajo la bata de seda roja. La luz dorada del atardecer se filtraba entre los ventanales de Surrey, pintando el ambiente de una alta tensión íntima que me estaba carcomiendo la paciencia.—Magnus… —Ronroneé con una picardía insaciable, estirando una pierna desnuda por fuera de las cobijas para llama
**MAGNUS**"Ver a los leguleyos de Mayfair intentar congelar el futuro de mi hijo en un pedazo de papel es la excusa perfecta para enseñarles cómo se resuelven los negocios en los muelles".Irrumpí en la sede del banco matriz en el distrito financiero de Londres a las diez y media. Donny y cuatro de mis muchachos de Glasgow me cubrían las espaldas, abriendo paso entre los ejecutivos de corbata fina que se apartaban aterrorizados al ver mi envergadura colosal avanzar por el vestíbulo de mármol.Entré a la oficina del auditor general sin tocar la puerta. El tipo, un sujeto de anteojos y traje impecable, casi se ahoga con su café al verme aparecer como una pared de granito gris.—Señor Vance… esto es una reunión privada del consejo —balbuceó el auditor, intentando cubrir los folios sobre su escritorio.Me acerqué a pasos salvajes, apoyé ambas manos sobre la madera importada y me incliné sobre su cara, reduciendo la fijeza gris de mis ojos a dos esquirlas de puro acero asesino.—Tiene tre
**AMARA**"Creen que pueden acorralarme con lentes y preguntas estúpidas desde la calle. No entienden que el circo de Mayfair lo dirijo yo desde mi balcón".El murmullo distante de los motores y los destellos lejanos de los flashes rompieron mi descanso a las siete de la mañana. Me incorporé despacio sobre la cama de plumas de la suite principal, ajustándome el camisón de seda crema que apenas lograba cubrir la curva firme y prominente de mi abdomen.Giré la cabeza y noté que el lado de Magnus en la cama ya estaba frío. El salvaje llevaba horas despierto, renegando con Donny y pretendiendo mantenernos a salvo en una jaula de cristal.Sonreí con una picardía insaciable. A mí nadie me mantenía encerrada en mi propio castillo.Me puse encima una bata corta de seda negra, dejando el cinturón ligeramente suelto para que la silueta de mi embarazo fuera absolutamente innegable. Descalza y con el cabello cayéndome en ondas desordenadas sobre los hombros, bajé la escalinata principal con pasos
**MAGNUS**"Pensar por cinco segundos en complacer a la panda de estirados de Mayfair vestidito de novio fue el mayor bajón de tensión de toda mi vida".La invitación en papel de hilo grabado en oro descansaba sobre la mesa provisional del comedor. Una tarjeta de la alta sociedad británica para la gala anual en la galería Tate, donde el tema central en boca de todos los chismosos de Londres era si el salvaje de Glasgow y la rebelde de Mayfair iban a anunciar su boda para taparle la boca al registro civil.Me quedé mirándola con la taza de café cargado entre las manos, masticando el asunto con la rabia de quien sabe que un anillo resolvería los titulares de la prensa de un solo plumazo.Amara bajó a la terraza descalza, envuelta en una bata de seda roja que le marcaba el contorno curvo del vientre. Se acercó por detrás, tomó la tarjeta entre sus dedos perfectos y soltó una carcajada limpia, afilada como un bisturí, que me retumbó en las costillas.—¿De verdad estás pensando en ponerte
**AMARA**Entramos a la oficina principal a pasos firmes. El abogado de la familia ya tenía los documentos extendidos sobre la mesa de caoba. Los papeles del registro civil, el desistimiento de la demanda de tutela y la cesión definitiva de la residencia de Mayfair a favor de la cuenta matriz del bebé estaban listos para la firma.Magnus se instaló detrás de mí como una pared de granito, cruzado de brazos y con la sombra gigante llenando la habitación.—Firme de una vez, viejo —mascó el gigante en un trueno cavernoso, tosco como la lija—. Tengo a mi mujer de pie hace media hora y no voy a aguantarme sus antojos por culpa de sus berrinches legales.Alistair agarró la pluma con los dedos temblorosos. Sabía que no tenía salida. Las cuentas bancarias en Fráncfort estaban congeladas y la orden de embargo sobre su mansión ejecutada. Firmó cada hoja con una furia impotente, tirando la pluma sobre la mesa al terminar.—Te vas a arrepentir de esto, Amara —amenazó el viejo, mirándome con puro v







