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C4. La noche de bodas.

Author: Jeda Clavo
last update Petsa ng paglalathala: 2026-02-25 10:42:36

Giovanni Ferrari.

La habitación estaba envuelta en una atmósfera de ensueño, pero la tensión entre Francesca y yo era palpable. Había deseado este momento durante tanto tiempo, y ahora que finalmente estaba aquí, me sentía como un niño en una tienda de dulces, ansioso y emocionado, pero también un poco asustado. 

Me acerqué a ella, sintiendo cómo mi corazón latía con fuerza. Francesca era hermosa, y su camisón victoriano, aunque recatado, me hacía desearla más que nunca. Con manos temblorosas, comencé a desabrochar la bata, acariciando su piel con suavidad, tratando de controlar el deseo que ardía dentro de mí. 

—Francesca —susurré, sintiendo la calidez de su cuerpo cerca del mío—. Quiero que disfrutemos de este momento juntos.

Pero, para mi sorpresa, ella tomó mis manos y las detuvo en seco.

—No, amor... así no —me dijo, su voz temblando con una mezcla de confusión y temor.

Me quedé sorprendido, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar. ¿Era una broma? ¿Acaso no entendía que este era el momento que ambos habíamos esperado? 

—Francesca, es necesario quitarte la ropa para poder disfrutar de tu cuerpo, recorrerte toda y hacerte el amor hasta que caigamos saciados unos en brazos del otro —le respondí con calma, intentando no crear de nuevo un malentendido entre nosotros.

Ella se llevó las manos a las orejas, como si lo que acababa de decir estuviera mal.

—No, no digas eso... eso debe ser pecado —replicó, su rostro enrojecido por la vergüenza.

No podía creer lo que estaba escuchando. ¿Pecado? ¿Acaso no éramos ya un matrimonio? 

—Francesca, amor, ¿por qué dices eso? Somos esposos podemos hacer el amor las veces que queramos, para eso es el matrimonio; si no estuviéramos casados, sería fornicar, pero somos marido y mujer —dije, tratando de mantener la calma, aunque mi mente estaba en un torbellino.

—Mi madre siempre lo dice... que eso no está bien —respondió, su voz temblando—, eso se llama lujuria y es uno de los siete pecados capitales.

Tomé su rostro entre mis manos, mirándola a los ojos con ternura.

—No estamos en pecado, porque tú eres mi esposa. Y si nos amamos, no hay pecado. Déjame que te quite cada una de las prendas —le dije, sintiendo cómo la frustración comenzaba a apoderarse de mí.

Ella negó con la cabeza, y su mirada se llenó de incertidumbre.

—Vamos a hacer eso, pero apagando la luz... y con mi bata puesta. Me da mucha vergüenza que me veas desnuda —dijo, su voz apenas un susurro—. Solo quiero que hagamos esto ya y punto, sin que me estés haciendo sentir todas esas cosas.

Respiré profundo, pidiendo paciencia. Sabía que esto iba a ser un gran problema, pero no podía dejar que la situación se volviera más incómoda. 

—Está bien, Francesca —respondí, sintiendo cómo la tensión se acumulaba en mi pecho—. Haremos como tú digas. Apagaré la luz.

Con un gesto, apagué las lámparas, y la habitación se sumió en la semipenumbra de la luna. Me acerqué a ella, sintiendo la suavidad de su bata bajo mis dedos. Comencé a acariciarla por encima de la tela, disfrutando de su fragancia y de la calidez de su cuerpo.

La acaricié con delicadeza, mientras le daba suaves besos. Sin poder evitarlo, el placer se agitó en mi interior. Me aparté y me quité la ropa, pero cuando iba a despojarla a ella de la bata, se opuso, recordándome su petición.

—Dije que no me la quitaras —señaló decidida, aunque con un leve temblor en su voz.

—Está bien, esposa, discúlpame.

Aunque le dejé la bata, le quité la ropa interior, mientras ella se sobresaltaba. Una vez la estuve desnuda, levanté la bata y recorrí su piel con las puntas de mis dedos.

Cuando llegué a su centro, sentí la humedad de su vagina y eso causó una explosión de deseo en mí. Me incliné y, sin pensarlo, posé mi boca en sus labios, pero apenas había rosado el elixir de su cuerpo, cuando ella pegó un grito y me detuvo.

—¡No! ¡No! ¡Así no! —exclamó asustada.

—Lo siento —respondí.

Nunca había vivido una situación más extraña; si hubiera sabido que a alguien le pasó eso, me hubiera reído a carcajadas. Intenté de nuevo tocar su centro, pero ella saltó de nuevo.

—¡No! ¡No me hagas eso!

Respiré profundo, levanté su bata, y ya. Me había dejado claro que esa noche no había preliminares. Guié mi miembro a su centro y la acaricié por encima. Y allí me di cuenta de que estaba húmeda, escuché unos suaves gemidos salir de su boca, tomé coraje y la penetré lentamente abriéndome paso en su interior, pero ella gritó del dolor.

—¡Eso duele mucho! ¡Apúrate! —protestó.

—Esposa, si lo hago lentamente, no va a dolerte; cuando te acostumbres a mi tamaño, vas a disfrutar —pero ella estaba negada a cada una de mis peticiones.

Me sentí como un inexperto; me moví adentro y afuera de su interior, hasta que la escuché gemir, para un par de minutos después correrme dentro de ella.

—¿Qué es eso? —me preguntó cuando lo caliente de mi semen se regó entre nosotros.

—Mi amor, es mi semen, mi semilla. —No dijo nada, solo se apartó.

Yo me levanté, busqué un kleenex en el baño para limpiarla, pero apenas coloqué la toalla en su centro, me volvió a rechazar.

—No, por favor, no lo hagas… yo me limpio por mí misma —dijo saliendo corriendo al baño, sin permitirme hacer más nada.

Le pedí paciencia al universo mientras la escuchaba hablar en el baño. No podía evitar sentirme mal, culpable por todo lo ocurrido. ¿Qué había hecho mal? ¿Cómo debía tratar ese asunto? Decidí esperar, pero en el fondo sabía que teníamos que hablar sobre esto si queríamos tener éxito en nuestro matrimonio. 

Encendí la luz y lancé la toallita en la papelera; luego me levanté para asearme en el otro baño, mientras pensaba en lo extraño que era todo eso.

A decir verdad, era un hombre demasiado activo sexualmente, y no creía que mi esposa estuviera dispuesta a permitirme hacerle el amor, por una segunda vez, así que al final no tuve otra opción, sino irme al otro baño, y darme placer a mí mismo, tratando de liberar la tensión acumulada. 

No estaba molesto, solo sorprendido. Esperaba poder mostrarle a Francesca lo maravillosa que era la intimidad, especialmente ahora que éramos esposos.

Mientras me encontraba allí, reflexioné sobre lo que había sucedido. Ella era una mujer dulce y pura, con una educación de antaño, y sabía que debía tener paciencia. 

La intimidad era un viaje, y estaba decidido a guiarla a través de él, mostrándole lo hermoso que podía ser compartir ese momento junto con la persona amada.

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Mga Comments (2)
goodnovel comment avatar
Mart Soto
espero que Francesca pueda disfrutar de su sexualidad que feo la ha criado su madre
goodnovel comment avatar
Omaira Calderon
esperemos que Giovanni logre que Francesca se permita disfrutar (⁠ー⁠_⁠ー⁠゛⁠)
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