INICIAR SESIÓNGiovanni Ferrari
Las palabras de la madre de Francesca resonaron en la sala de espera, cortantes como un cuchillo. Sentí cómo mi esposa se tensaba entre mis brazos, su cuerpo rígido por la reprimenda de su madre. Con delicadeza, la aparté un poco de mí, aunque mantuve mi mano sobre la suya en un gesto de apoyo.
—Señora Castello —comencé, intentando mantener la calma—, con todo respeto, este no es el momento para...
—¡Silencio! —me interrumpió ella, sus ojos llameantes de furia—. No te atrevas a decirme cómo debo comportarme. Mi esposo acaba de fallecer y mi hija está dando un espectáculo vergonzoso.
Francesca se encogió ante las duras palabras de su madre. Pude ver cómo las lágrimas volvían a brotar de sus ojos, esta vez no solo por el dolor de la pérdida, sino también por la humillación.
—Mamá, por favor... —suplicó Francesca con voz quebrada.
—¡Nada de "por favor"! —espetó la señora Castello—. Levántate ahora mismo y compórtate como una dama. Tu padre estaría avergonzado de verte así.
Esas últimas palabras fueron como una bofetada para Francesca. La vi palidecer y temblar, como si toda la fuerza hubiera abandonado su cuerpo. No pude contenerme más.
—Señora, entiendo que está pasando por un momento difícil —dije, poniéndome de pie y enfrentándola—, pero no permitiré que hable así a mi esposa. Francesca acaba de perder a su padre y necesita consuelo. No reproches, y usted, para ser tan abnegada y devota, no está muy afectada por la muerte de su esposo.
La madre de Francesca me miró como si fuera una cucaracha que acababa de aparecer en su impecable cocina. Su desprecio era palpable.
—Tú no tienes derecho a opinar sobre cómo trato a mi hija —siseó—. ¡Eres un extraño en esta familia! Y si no fuera por ti, mi Florella Francesca seguiría siendo la hija obediente que crié.
Sentí que la sangre me hervía en las venas. Estaba a punto de responder cuando Francesca se levantó de repente, interponiéndose entre su madre y yo.
—Basta, mamá, por favor —dijo con una voz que intentaba ser firme, pero que temblaba… Se notaba la angustia y la ansiedad en su rostro, como si no supiera qué hacer o decir. —Por favor, Giovanni, será mejor que… te vayas.
—¿Me estás echando? —pregunté con incredulidad, negándome a aceptar que mi esposa, en vez de ponerse de mi parte, se había cuadrado de parte de su madre.
No pude evitar sentir que sus palabras me golpearon como un puñetazo en el estómago. Por un momento, me quedé sin aliento, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar.
—Es lo mejor… no quiero conflicto —pronunció ella ratificando su decisión y yo suspiré con incredulidad.
—Francesca, no puedes estar hablando en serio —dije, buscando sus ojos, tratando de encontrar algún indicio de que esto era un malentendido.
Pero ella evitó mi mirada, sus ojos fijos en el suelo.
—Por favor, Giovanni. Necesito estar con mi familia ahora… Te llamaré más tarde.
La madre de Francesca sonrió con aire triunfal, sus ojos brillando con una mezcla de satisfacción y desprecio.
—Ya escuchaste a mi hija. Vete.
Sentí que la rabia y la frustración se acumulaban en mi pecho. Quería gritar, quería sacudir a Francesca y hacerla entender que yo también era su familia ahora.
Pero al ver su rostro pálido y agotado, supe que este no era el momento para una confrontación.
—Está bien —dije finalmente, mi voz tensa por la emoción contenida—. Me iré, pero estaré esperando tu llamada, Francesca.
Me di la vuelta para irme, pero antes de salir, miré una última vez a mi esposa.
—Recuerda que te amo y que estoy aquí para ti, siempre… y aunque no te parezca porque no lo has asimilado, ¡yo soy tu familia ahora!
Salí de la sala de espera con pasos pesados, sintiendo como si dejara una parte de mí atrás.
El pasillo del hospital me pareció interminable; cada paso que me alejaba de Francesca era como una puñalada en el corazón.
Afuera, el cielo estaba gris y amenazaba lluvia, como si reflejara la tormenta que se agitaba en mi interior.
Llegué al auto y despaché al chofer.
—Por favor, Genaro puede irse, yo puedo conducir… quiero estar solo —expresé, abrí mi cartera y le extendí varios billetes—, tenga para que pague el transporte.
El señor asintió y se despidió de mí. Me subí a mi auto y me quedé allí sentado por varios minutos, con las manos aferradas al volante, sin saber qué hacer o adónde ir.
La voz de mi tía resonó en mi mente, recordándome sus advertencias sobre las diferencias entre Francesca y yo. ¿Acaso tenía razón? ¿Estábamos destinados a chocar debido a nuestros distintos orígenes y crianzas?
No, me dije a mí mismo. No podía permitirme pensar así. Amaba a Francesca y sabía que ella me amaba a mí. Esto era solo un obstáculo más que tendríamos que superar juntos.
Siempre los inicios eran difíciles; con el tiempo lograríamos un equilibrio y todo estaría bien.
Arranqué el auto y conduje sin rumbo fijo, hasta que, sin darme cuenta, llegué a un centro nocturno que visitaba cuando estaba soltero. Lo pensé por un momento y finalmente bajé.
Apenas entré, el ambiente del club nocturno me envolvió como una neblina densa, trayendo recuerdos de una vida que creía haber dejado atrás.
Las luces parpadeantes y la música estridente contrastaban bruscamente con la solemnidad del hospital que acababa de dejar. Me sentí desorientado, como si hubiera cruzado a una dimensión alterna.
Me senté en la barra, pidiendo un whisky doble. El barman me miró con curiosidad, probablemente reconociéndome de mis días de soltero.
—¿Noche difícil, señor Ferrari? —preguntó mientras me servía la bebida.
Asentí sin ganas de entrar en detalles.
—¿No va a ir a su reservado?
Negué con la cabeza mientras tomaba otro trago; el alcohol quemó mi garganta, pero no logró aliviar el nudo que sentía en el pecho.
De repente, una voz familiar me sobresaltó.
—¡Giovanni! ¡Qué sorpresa verte aquí!
Me giré para encontrarme cara a cara con Giulia, una ex amante con la que había compartido más de una noche de pasión en el pasado. Su vestido escarlata dejaba poco a la imaginación, y su sonrisa era una invitación abierta.
—Giulia —respondí secamente, sintiendo una mezcla de incomodidad y una chispa de deseo que me avergonzó instantáneamente.
—¿Escuché que te casabas ayer? ¿Qué pasó? —dijo, deslizándose en el taburete junto al mío. —¿Acaso hay problemas en el paraíso tan pronto?
Sus palabras, aunque dichas en tono juguetón, tocaron una fibra sensible. ¿Acaso era tan obvio que las cosas no iban bien?
—Las cosas son... complicadas —murmuré, tomando otro trago de mi whisky.
Giulia se acercó más, su perfume invadiendo mis sentidos.
—Sabes, siempre estoy aquí si necesitas... consuelo —susurró, su mano rozando mi brazo.
La tentación me abrumó. Sería tan fácil caer en viejos hábitos, perderme en la familiaridad de los brazos de Giulia y olvidar los problemas que estaba viviendo, me dije, mientras se iniciaba una lucha en mi interior, entre el yo que era antes de Francesca y el de ahora.
Tres años después.Giovanni FerrariTres años. Treinta y seis meses en los que la villa Ferrari volvió a funcionar con la precisión de un reloj suizo. Sebastián había cumplido cada una de sus promesas. A sus diecisiete años, ya manejaba los manifiestos de la aduana y los reportes de nuestras fábricas de coches con la misma frialdad que yo. Se había convertido en un Ferrari completo: implacable, silencioso y dedicado por entero a la diversidad de empresas de la familia. Se movía con la seguridad de saberse el heredero de un imperio con siglos de historia.Durante todo este tiempo, Alicia y yo seguimos siendo estrictamente secretaria y jefe. Trabajábamos codo a codo en las oficinas, manteniendo la distancia profesional que las reglas exigían. Sin embargo, en las largas jornadas de papeleo y balances industriales, la confianza mutua creció. Entre carpetas y firmas, yo le contaba la profunda soledad que arrastraba desde la muerte de Francesca, y ella me escuchaba, hablándome con una fra
Giovanni FerrariEl amanecer sobre el puerto de Palermo no traía los colores vivos del verano mediterráneo. Era una franja gris, cortada por las siluetas de las grúas de carga que se alzaban como gigantes de hierro contra el cielo de Sicilia. El viento soplaba con fuerza, arrastrando el olor a salitre, gasóleo y madera mojada de los muelles. Aparqué el coche frente a la zona de acceso privado de las oficinas aduaneras de la empresa Ferrari.Miré de reojo al asiento del copiloto. Sebastián estaba allí, inmóvil, con la mirada fija en el parabrisas. Llevaba el abrigo oscuro abrochado hasta el cuello y los puños metidos en los bolsillos. Su rostro de catorce años no mostraba cansancio, sino una rigidez gélida que se había vuelto su nueva facción permanente desde el entierro de Francesca.—Es aquí, hijo —dije, apagando el motor—. Detrás de estas verjas se mueve el dinero real de Palermo. Aquí es una parte importante donde los Ferrari mandamos.Sebastián asintió sin decir una palabra. Abrió
Giovanni FerrariLa villa Ferrari continuaba sumergida en ese silencio pesado que deja la muerte cuando los visitantes finalmente se marchan. Habían pasado apenas unas horas desde que regresamos del cementerio. Sebastián se había encerrado en su habitación a descansar, tal como le pedí, extenuado por la guardia que hizo frente a la fosa. Me encontraba solo en el gran salón de mármol, sirviéndome un trago de whisky para intentar quemar el frío que llevaba metido en el pecho, cuando el sonido metálico del portón principal rompió la calma de la tarde.Gero no tardó en aparecer en el umbral del salón. Su rostro maduro lucía tenso, y sus manos se mantenían rígidas a los costados.—Signore... hay alguien en la entrada —anunció en voz baja, con un tono que me encendió las alarmas—. Es Ágata Rosso. Se enteró de la muerte de la signora Francesca y exige pasar.El vaso de cristal estuvo a punto de estallar entre mis dedos. Sentí cómo la sangre me subía a la cabeza con una violencia salvaje. De
Giovanni FerrariLa villa Ferrari se había transformado en un santuario frío durante el velatorio. El olor espeso de los cirios y las coronas de flores llenaba el gran salón de mármol. Políticos, empresarios, socios y trabajadores de la empresa desfilaban frente al ataúd de Francesca, dejando un murmullo constante de pésames falsos que me revolvía el estómago. Yo me mantenía de pie junto al féretro, con la mandíbula tensa y el traje negro impecable, sosteniendo el peso de las miradas de todo Palermo.Sebastián no se había apartado de mi lado en toda la noche. Su rostro de catorce años lucía pálido, rígido, congelado en una madurez que el dolor le había impuesto de golpe.Sentí una vibración constante en el bolsillo interior de mi chaqueta. Gero me miró de reojo, cubriéndome el espacio mientras yo daba tres pasos largos hacia el pasillo lateral, buscando la penumbra del jardín de invierno para contestar. Saqué el aparato. El nombre en la pantalla me aceleró las pulsaciones.Alicia.—Gi
Sebastián FerrariEl dolor me arrancó el suelo bajo los pies, pero esta vez no busqué culpables. La imagen de mi padre destrozado, llorando con los hombros hundidos sobre el cuerpo de mi madre, me hizo comprender que él la amaba tanto como yo. El monstruo egoísta que la abuela Ágata me había dibujado no existía. Solo quedaba un hombre roto, mi papá, sosteniéndome con fuerza mientras la villa se inundaba de un silencio definitivo.Gero se acercó despacio, avisando que los médicos ya estaban en la entrada de la propiedad. Mi padre no me soltó, y yo tampoco quise apartarme de él. Nos quedamos unidos en ese abrazo áspero, compartiendo el peso de un luto que nos pertenecía a los dos.—Estoy aquí, papá —le dije con la voz rota contra su oreja—. No te voy a dejar solo.Él asintió con la cabeza, apretando sus dedos grandes en mi espalda. La tregua que habíamos firmado unas horas antes en el gran comedor no se rompió con la muerte de mamá; al contrario, se selló con sus últimas lágrimas. Mi ma
Sebastián FerrariEl metal del pomo me congeló la palma de la mano. La puerta no tenía la llave puesta. Empujé la madera pesada despacio, esperando que el chirrido de las bisagras no rompiera el silencio sepulcral que dominaba la planta alta. La luz azulada del televisor seguía encendida, proyectando sombras alargadas sobre las paredes de mármol y las sábanas blancas. —¿Mamá? —susurré. Mi propia voz me sonó extraña, pequeña, asustada. Nadie respondió. Di dos pasos hacia el interior de la alcoba. Mis pies descalzos se hundieron en la alfombra. Mi padre estaba acostado de lado, de espaldas a la puerta, con un brazo pesado rodeando la cintura de mi madre. Parecían dormidos, atrapados en el cansancio de las últimas semanas. Pero el ambiente no estaba caliente; se sentía un frío espeso que me erizó los pelos de la nuca. Me acerqué al borde del colchón. La cabeza de mi madre estaba apoyada en la almohada, de perfil. Sus ojos estaban cerrados, su rostro lucía completamente relajado,







