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Capítulo 1
El regreso Habían pasado cinco años desde la última vez que había visto aquel lugar. Cinco años desde que mis padres decidieron enviarme a Londres. Cinco años desde aquella noche que, por alguna razón, mi memoria se empeñaba en mantener enterrada. El automóvil avanzaba lentamente por el camino cubierto de nieve. Apoyé la cabeza contra el asiento mientras observaba los enormes pinos, las montañas blancas y el cielo gris que amenazaba con otra tormenta. Todo parecía exactamente como lo recordaba. Y, al mismo tiempo, nada lo era. A medida que avanzábamos, una enorme construcción comenzó a aparecer entre los árboles. El hotel. Mi hogar. El Hotel Di Valentí. Una imponente mezcla de piedra y madera levantada en medio de las montañas, rodeada de nieve durante prácticamente todo el año. Sus enormes ventanales iluminados destacaban contra el paisaje blanco y, por un instante, sentí una presión extraña en el pecho. Sonreí. Había extrañado ese lugar. Había extrañado la chimenea durante las noches, las pistas de esquí, los largos pasillos y hasta las discusiones con mis padres. Pero, sobre todo, había extrañado la sensación de pertenecer a algún lugar. El automóvil se detuvo frente a la entrada. Antes de que pudiera abrir la puerta, uno de los empleados se acercó para ayudarme con el equipaje. —Señorita Lucía. Reconocí aquella voz inmediatamente. —Jorge. El hombre sonrió. —Bienvenida a casa. Bajé del automóvil y, sin pensarlo demasiado, lo abracé. —No sabes cuánto extrañaba este lugar. —Nosotros también la extrañamos. Me separé de él con una sonrisa. —¿De verdad? —Claro. Aunque el hotel estuvo bastante tranquilo sin usted. Solté una pequeña risa. Durante unos segundos, todo se sintió igual que antes. Hasta que entré al hotel. El vestíbulo seguía siendo tan impresionante como lo recordaba, aunque algunos detalles habían cambiado. Los antiguos muebles habían sido reemplazados y la recepción había sido remodelada. —Han cambiado bastante. —Sus padres querían renovar algunas áreas —explicó Jorge. Entonces la vi. Mi madre estaba al otro lado del vestíbulo. Sonreía. Pero había algo extraño en su expresión. Parecía nerviosa. Demasiado nerviosa. —Lucía. Se acercó rápidamente y me abrazó. —Por fin estás aquí. —También me alegra verte, mamá. Se separó y me observó detenidamente. —Déjame mirarte. Estás más delgada. —Estoy igual. —No. Londres no te hizo bien. —Estoy perfectamente. Ella sonrió débilmente. Papá apareció detrás de ella. —Bienvenida a casa, pequeña. Sonreí. —Papá. Lo abracé. —Te hemos extrañado —murmuró. —Yo también. Por unos segundos, todo pareció normal. Como si nunca me hubiera ido. Pero aquella sensación no duró demasiado. ⸻ A la mañana siguiente bajé al comedor. Mis padres ya estaban sentados a la mesa. —Lucía, ¿qué esperas? Ven, toma asiento. Me senté frente a ellos. —¿Está todo bien? —Claro que sí. Respondió demasiado rápido. Entrecerré los ojos. —¿Segura? —Por supuesto. Tomé mi taza de café. Los observé durante unos segundos. —Hoy por fin podré subir a la montaña. Papá levantó la mirada. —¿A esquiar? —Sí. Estar lejos me hizo extrañarla muchísimo. También los extrañé a ustedes. Papá sonrió. —Nosotros también te extrañamos, querida. —Después del desayuno quiero ir a las pistas. Quizás todavía recuerde cómo esquiar. Mi madre dejó lentamente los cubiertos sobre el plato. —Creo que no sería buena idea. Fruncí el ceño. —¿Por qué? —Hace mucho que no esquías. —Precisamente por eso quiero hacerlo. —Lucía… Su tono cambió. —No. La miré confundida. —¿No? —No vas a esquiar. —¿Por qué? Papá intervino. —Tu madre solo quiere que descanses. Acabas de llegar. —Puedo descansar después. Los observé a ambos. —¿Qué están ocultando? —No estamos ocultando nada —respondió mi madre. —Entonces déjenme ir. —No. Suspiré y dejé la taza sobre la mesa. —Está bien. Intenté sonreír. —Seguro se me ocurre otra cosa que hacer. Me levanté. —Cinco años lejos no se recuperan de la nada. Regresé a mi habitación, cerré la puerta y me dejé caer sobre la cama. Había algo extraño en la actitud de mis padres. No era solo que no quisieran que esquiara. Era la forma en que mi madre había reaccionado. Como si la simple idea de verme nuevamente en aquella montaña le provocara miedo. Cerré los ojos. Y entonces ocurrió. Un recuerdo. Pequeño. Fragmentado. ⸻ Cinco años atrás —¡Lucía! La voz de mamá resonó por toda la habitación. Yo estaba sentada sobre la cama, con la muñeca vendada. —¿Qué? —¿En qué estabas pensando? —Fue un accidente. —¡Pudiste haber muerto! —Pero no pasó. Mamá comenzó a caminar de un lado a otro. —Esto tiene que terminar. Fruncí el ceño. —¿Qué cosa? Se detuvo frente a mí. Su expresión había cambiado. Ya no parecía enfadada. Parecía asustada. —Ya tomé una decisión. —¿Qué decisión? —Te irás a Londres. Sentí que el corazón se me detenía. —¿Qué? —A un internado. —No. —Lucía… —¡No quiero ir! Me levanté de la cama. —Este es mi hogar. —Es por tu bien. —¿Por mi bien? ¿Y qué tiene de malo mi vida aquí? —Has pasado gran parte de tu vida en este hotel. Es momento de que conozcas el mundo. —¿Y el hotel? —Tu padre y yo nos encargaremos. —Yo quiero quedarme. Mamá negó con la cabeza. —Algún día entenderás. —No quiero entender. Quiero quedarme. Ella se acercó y tomó mi rostro entre sus manos. —En algunos años me lo agradecerás. ⸻ Abrí los ojos. El recuerdo desapareció tan rápido como había llegado. Me quedé inmóvil sobre la cama. ¿Por qué había sido tan importante alejarme? ¿Por qué mis padres habían insistido tanto en enviarme lejos? Y, sobre todo… ¿Qué había ocurrido aquella noche? Sacudí la cabeza. No tenía sentido seguir buscando respuestas dentro de recuerdos incompletos. Me levanté. Si quería saber qué había cambiado, tendría que empezar por recorrer el hotel. Salí de mi habitación y comencé a caminar por los pasillos. Todo me resultaba familiar y extraño al mismo tiempo. Entonces escuché unas voces. Me detuve. Dos mucamas conversaban en voz baja unos metros más adelante. —Sí, escuché que está de regreso. —Yo también. —Y dicen que habrá boda. Fruncí el ceño. —¿Crees que sepa lo que pasó? —¿Qué cosa? —Lo de hace cinco años. Sentí un escalofrío. Di un paso hacia ellas. —¿Pasa algo? Las dos se quedaron completamente paralizadas. —Señorita… —Hola. ¿Puedo saber de qué hablaban? Ambas intercambiaron una mirada. —Nada importante. —Sí. Solo hablábamos de unos clientes. No les creí. —¿Seguras? —Completamente, señorita. Una de ellas bajó la mirada. La otra tomó rápidamente el carrito de limpieza. —Tenemos trabajo. Y ambas se marcharon. Me quedé observándolas desaparecer por el pasillo. Boda. Habían dicho que habría una boda. ¿Por qué? Y, más importante… ¿Qué había ocurrido hacía cinco años? ⸻ Bajé hasta la cocina. Encontré a una de las encargadas preparando algunos postres. —¿Desde cuándo celebramos bodas en el hotel? La mujer se quedó completamente quieta. —¿Bodas? —Sí. Escuché a las mucamas hablar de una. Ella evitó mi mirada. —Ah… —¿De quién es? Silencio. —¿Qué está pasando? La mujer dejó lentamente lo que tenía entre las manos. —Lucía… —¿Sí? Dudó antes de hablar. —¿Recuerdas lo que dijiste hace años? Fruncí el ceño. —¿Qué dije? —Que darías hasta tu propia vida por Mateo. El nombre hizo que todo a mi alrededor pareciera detenerse. —¿Mateo? Una punzada atravesó mi cabeza. Y entonces lo vi. Nieve. Sangre. Un grito. Una mano cubierta de rojo. Parpadeé. La imagen desapareció. Me llevé una mano a la sien. —¿Qué…? La mujer me observaba con el rostro completamente pálido. —¿Qué tiene que ver Mateo con una boda? —Nada. —Entonces explícame qué está pasando. No respondió. —¿Quién es Mateo? La mujer abrió la boca, pero escuchamos unos pasos detrás de nosotras. —Lucía. Me giré. Mi madre estaba en la entrada de la cocina. La miré directamente. —¿Qué está pasando? Ella respiró profundamente. —Nada que deba preocuparte. Solté una pequeña risa sin humor. —Todos dicen lo mismo. Mamá se acercó y tomó mis manos. —Hija… —¿Quién se casa? No respondió. —¿Quién? Su mirada se volvió triste. Por unos segundos pareció debatirse entre decirme la verdad o volver a mentirme. Finalmente habló. —Tú. Me quedé completamente inmóvil. —¿Qué? —La boda está prácticamente organizada. Retrocedí un paso. —No entiendo. —Es un acuerdo entre familias. —¿Qué familias? Mamá cerró los ojos durante unos segundos. —Los Moretti. El apellido me resultó familiar. Demasiado familiar. Sentí nuevamente aquella presión en la cabeza. —¿Con quién voy a casarme? Mi madre me miró. —Con Nicolás Moretti. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Nicolás. No sabía quién era. Pero una parte de mí parecía conocerlo. Y entonces, por primera vez en cinco años, un recuerdo apareció completo. La nieve. Dos hombres. Sangre. Un cuerpo tendido en el suelo. Y una voz masculina susurrando mi nombre. —Lucía… Abrí los ojos de golpe. Mi respiración se había acelerado. Miré a mi madre. —¿Quién era? Ella se quedó pálida. Completamente pálida. Y en ese instante lo entendí. No acababa de hacer una pregunta cualquiera. Acababa de preguntar por aquello que todos habían pasado cinco años intentando ocultarme.Desperté sobresaltada. Por unos segundos no supe dónde estaba. La habitación estaba oscura. Demasiado oscura. Parpadeé varias veces y giré la cabeza hacia la ventana. La luz que se filtraba por las cortinas no parecía la de una mañana. Fruncí el ceño y busqué mi teléfono sobre la mesa de noche. 17:03. Me quedé mirando la pantalla. —¿Qué…? Había dormido todo el día. Me incorporé lentamente. Esta vez el mundo no dio vueltas. Seguía sintiéndome cansada, pero aquella sensación pesada que había tenido por la mañana había desaparecido casi por completo. Recordé vagamente a Nicolás entrando en mi habitación. Su voz. Sus reproches. Sus brazos sosteniéndome cuando no podía mantenerme en pie. Y aquella frase. Me importa que estés viva, maldita sea. Negué con la cabeza. No. No iba a pensar en eso. Me levanté y me dirigí al baño. Después de lavarme la cara y arreglarme un poco, salí de la habitación. Lo primero que noté fue el silencio. Pero no era el m
Habían pasado un par de días desde aquella noche en la playa. Y, por primera vez en mucho tiempo, la casa parecía tranquila. Demasiado tranquila. La mañana había transcurrido entre reuniones, llamadas y el movimiento habitual del personal. Yo había pasado buena parte del día intentando mantenerme ocupada, como si tener algo que hacer pudiera impedirme pensar demasiado. Por la tarde, llevé una taza de té hasta el despacho de Nicolás. Él apenas levantó la mirada cuando entré. —Te traje esto. Dejé la taza sobre su escritorio. —Gracias. Eso fue todo. No necesitábamos llenar cada silencio. Me quedé unos segundos observándolo. Desde aquella noche, algo había cambiado entre nosotros. No sabía exactamente qué era, pero ya no podía fingir que seguíamos siendo los mismos. Finalmente, salí del despacho. La noche anterior había tenido una pesadilla. Una de esas que no desaparecían cuando abrías los ojos. Había despertado con el corazón acelerado y la sensación de que
La noche había caído por completo cuando unos golpes suaves en la puerta me despertaron. Abrí los ojos con dificultad. La oscuridad se extendía por las paredes y, más allá de los cristales, apenas distinguía el reflejo de la luna sobre la nieve. —Lucía. Abre. Reconocí aquella voz de inmediato. —¿Qué quieres? —No he pasado toda la noche revisando informes para que ahora pretendas que el mar te ha tragado en tus sueños. Fruncí el ceño. —¿Me estás invitando a la playa a estas horas? —Si tanto querías ver el agua, levántate. Hubo una pausa. —La luna está lo suficientemente alta como para que no necesites permiso de nadie… ni siquiera el mío. —¿Eso es una invitación o debo esperar a que cambies de opinión a mitad de camino? Escuché una risa baja al otro lado de la puerta. —Considéralo una orden disfrazada de cortesía, cara. Negué con la cabeza y me levanté. Cuando abrí, Nicolás estaba apoyado contra el marco. Llevaba la camisa blanca ligeramente desabrochada
Pasaron cuatro meses. Cuatro meses en los que mi relación con Nicolás se convirtió en algo que ninguno de los dos sabía cómo nombrar. Había días en los que prácticamente no nos dirigíamos la palabra. Él podía pasar junto a mí sin siquiera mirarme, como si yo fuera parte de los muebles de aquella enorme mansión. Y otros días… Otros días terminábamos demasiado cerca. Una discusión podía empezar durante el desayuno y terminar horas después en una habitación, olvidando por un momento todo aquello que se suponía que nos separaba. Después volvían las discusiones. Las miradas. La distancia. Y otra vez el mismo ciclo. Era agotador, pero, de alguna manera, también se había convertido en nuestra forma de convivir. Nicolás seguía sin entender por qué, después de casi nueve meses de matrimonio, todavía no había un heredero. Yo sí sabía la razón. Cada noche, antes de dormir, tomaba una pastilla. Y cada mañana fingía que nada estaba pasando. Nunca se lo había dicho.
El agua de la ducha comenzó a escucharse detrás de la puerta. Me quedé quieta unos segundos, todavía con la mano apoyada en el marco del baño. Había dicho que solo entraría para lavarme las manos. Una excusa bastante pobre, especialmente porque llevaba varios minutos allí sin hacer absolutamente nada. Solté el aire lentamente y entré. El baño estaba cubierto por una ligera capa de vapor. Dejé que mis ojos se acostumbraran antes de acercarme al lavabo. Abrí el grifo y me lavé las manos, aunque ni siquiera necesitaba hacerlo. Era absurdo. Todo aquello era absurdo. Después de lo que había ocurrido entre nosotros durante las últimas semanas, después de cada discusión, cada provocación y cada momento en el que habíamos estado demasiado cerca, debería haber aprendido a mantener cierta distancia. Pero ahí estaba. En su baño. Mientras él estaba detrás de la puerta de cristal de la ducha. —¿Vas a quedarte ahí mucho tiempo? —preguntó Nicolás. Me sobresalté ligerament
La noche cayó sobre la mansión mucho antes de que estuviera preparada para dormir. Desde el sofá, observaba cómo las últimas luces del día desaparecían detrás de los enormes ventanales de la sala. El jardín, que durante el día parecía perfectamente cuidado, adquiría un aspecto diferente cuando el sol se ocultaba. Más oscuro. Más silencioso. Casi inquietante. Llevaba varios minutos mirando la televisión sin prestar atención a lo que ocurría en la pantalla. Mi mente seguía en la cocina, recordando aquella mañana, la forma en que Nicolás me había mirado y la facilidad con la que ambos habíamos terminado discutiendo después de estar demasiado cerca de admitir algo que ninguno quería reconocer. Suspiré y tomé una de las galletas que había guardado. —Ni siquiera sé por qué estoy guardándole galletas. Negué con la cabeza. —Definitivamente, no se las merece. Una pequeña sonrisa apareció en mis labios. Justo entonces, el teléfono que Nicolás había dejado sobre la mesita







