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2. El precio de la paz

Autor: Arlene
last update Fecha de publicación: 2026-09-05 13:56:24

—¿Con Nicolás Moretti?

Repetí el nombre, intentando encontrarle algún sentido.

No lo encontré.

Mi madre permaneció en silencio. Mi padre, de pie junto a la puerta, tenía una expresión que jamás había visto en él.

Miedo.

—¿Me están diciendo que voy a casarme?

—Sí, Lucía.

La respuesta de mi padre fue tan directa que sentí un vacío en el estómago.

—¿Con un Moretti?

—Es la única manera de terminar con esto.

Solté una pequeña risa, más por nervios que por gracia.

—¿Terminar con qué?

Nadie respondió.

Los miré a ambos.

—Llevo cinco años fuera. Cinco años sin una explicación. Me enviaron a Londres, me alejaron de mi familia y ahora regreso para descubrir que mi boda ya está organizada.

—No es tan sencillo —dijo mi madre.

—Para mí sí.

Negué con la cabeza.

—No voy a casarme con un desconocido.

—No es un desconocido.

La miré fijamente.

—¿Lo conozco?

Ella dudó.

Solo un segundo.

—No exactamente.

—Entonces es un desconocido.

Mi padre suspiró.

—Nicolás Moretti es el heredero de la familia Moretti.

—Eso no responde mi pregunta.

—Es lo único que necesitas saber.

—No.

Mi voz salió más firme.

—Hace cinco años decidieron por mí. Me enviaron lejos y nunca me explicaron por qué. Ahora quieren decidir con quién voy a casarme. Esta vez quiero saber la verdad.

El silencio regresó.

—¿Qué pasó hace cinco años?

Mi padre apretó la mandíbula.

Mi madre bajó la mirada.

Entonces pronuncié el nombre que parecía provocarles miedo.

—Mateo.

Ambos levantaron la vista.

—¿Quién era Mateo?

El rostro de mi madre perdió el color.

—Lucía…

—¿Quién era?

Finalmente respondió:

—Tu hermano.

La palabra cayó sobre mí como un golpe.

Tu hermano.

No recordaba tener un hermano.

Solo tenía pequeñas imágenes que aparecían en mi cabeza sin explicación.

Una voz.

Una sonrisa.

Alguien corriendo entre la nieve.

Mi cabeza comenzó a doler.

Nieve.

Sangre.

Un grito.

Cerré los ojos.

—No…

—Lucía.

—No recuerdo.

Mi madre se acercó.

—Lo sabemos.

—Entonces, ¿por qué me enviaron lejos?

Mi padre respondió:

—Porque después de aquella noche ya no estabas segura aquí.

—¿De quién?

Me miró fijamente.

—De los Moretti.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué tienen que ver ellos?

Mi madre respiró profundamente.

—El hermano de Nicolás murió aquella misma noche.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

—Al amanecer encontraron dos cuerpos.

Su voz se quebró.

—Mateo y el hermano de Nicolás.

—¿Qué pasó?

—Nadie lo sabe. No hubo testigos.

Sentí rabia.

—Entonces, ¿por qué me están haciendo pagar por ello?

Mi padre no respondió.

—¿Me culpan?

Apartó la mirada.

No necesitaba escuchar más.

No podía apartar la mirada de mi padre.

—¿Qué significa esa mirada?

Él permaneció callado.

—¿Estaba allí aquella noche?

Mi madre cerró los ojos.

Aquella reacción me dolió más que cualquier respuesta.

—¿Estaba allí?

Nadie contestó.

—¡Necesito saberlo!

El dolor de cabeza aumentó.

Por un instante vi una mano cubierta de rojo. Después una figura alejándose entre la nieve.

Y una voz.

Mi nombre.

Lucía.

Abrí los ojos de golpe.

—¿Qué me hicieron?

Mi madre comenzó a llorar en silencio.

Solo otra mentira.

⸻

Tres semanas después

Durante esas tres semanas intenté encontrar una salida.

No de la boda.

De aquella historia.

Pregunté por Mateo.

Cada vez que pronunciaba su nombre, las conversaciones terminaban.

Pregunté por la noche en que murió.

Las respuestas siempre eran las mismas.

No sabemos.

No recuerdas.

Es mejor dejarlo atrás.

Pero yo no quería dejarlo atrás.

Era mi hermano.

Aunque mi memoria pareciera haberlo borrado, algo dentro de mí sabía que había sido importante.

Y ahora iba a casarme con el hermano del hombre que, según mi propia familia, había perdido a alguien aquella misma noche.

No podía ser una coincidencia.

El día de la boda, tuve la sensación de estar entrando en una historia que había comenzado mucho antes de que yo pudiera recordarla.

Y lo peor era que todos parecían conocer el final menos yo.

Estaba frente a un altar.

Todo había ocurrido demasiado rápido.

Las conversaciones.

Los acuerdos.

Las reuniones entre ambas familias.

Y finalmente, la boda.

No había alegría.

Aquello no era una celebración.

Era un acuerdo.

El precio de una paz que ambas familias llevaban años buscando.

La iglesia estaba llena. Los Moretti ocupaban un lado y los Di Valentí, el otro.

Nadie sonreía.

Entonces comenzó la música.

Caminé hacia el altar.

Cada paso se sintió como si me alejara de la persona que había sido.

Hasta que lo vi.

Nicolás Moretti.

Traje negro, cabello oscuro y unos ojos azules que se clavaron en mí.

No sonrió.

Yo tampoco.

Cuando llegué a su lado, el sacerdote comenzó a hablar.

Palabras sobre unión, familia y futuro.

Todo sonaba absurdo.

Llegó el momento de los votos.

—Acepto —dijo Nicolás.

El sacerdote me miró.

—Lucía Di Valentí, ¿aceptas a Nicolás Moretti como tu esposo?

Miré al hombre frente a mí.

El hombre cuyo hermano había muerto la misma noche que el mío.

—Acepto.

La palabra apenas salió de mis labios.

El contrato fue colocado frente a nosotros.

Tomé la pluma.

Firmé.

Nicolás hizo lo mismo.

Dos firmas.

Dos familias.

Una guerra terminada sobre un pedazo de papel.

Alguien comenzó a aplaudir.

Pero nadie parecía feliz.

Solo podía pensar una cosa.

Me había casado con mi enemigo.

⸻

Horas después llegamos a la mansión Moretti.

Era enorme, elegante y demasiado silenciosa.

Un empleado tomó mi equipaje y me condujo hasta el segundo piso.

—Esta será su habitación, señora Moretti.

La palabra me produjo un escalofrío.

Entré.

La habitación era enorme, decorada en tonos oscuros, con un ventanal que mostraba los jardines cubiertos de nieve.

Por primera vez pude respirar.

Hasta que lo vi.

Nicolás estaba junto al bar.

Se había quitado la chaqueta y llevaba las mangas remangadas.

Sus manos estaban manchadas de rojo.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué hiciste?

Nicolás observó sus manos.

Después me miró.

—No es asunto tuyo.

—No me importa qué hagas mientras no sea conmigo.

Una sonrisa amarga apareció en sus labios.

—Créeme, preferiría dormir con un cerdo antes que contigo.

Lo miré con incredulidad.

—Entonces vete al diablo.

—El diablo probablemente me daría una bienvenida más cálida que tú.

Se acercó al ventanal.

—Pero, lamentablemente, ambos estamos atrapados aquí.

—No elegí esto.

—Yo tampoco.

Su voz cambió.

—Mi hermano está bajo tierra por culpa de tu sangre.

Sentí que el pecho me ardía.

—¿De verdad crees que yo quería que muriera?

Nicolás guardó silencio.

—¿Crees que yo decidí lo que pasó aquella noche?

Nada.

—¡Yo tampoco sé qué pasó!

Mi voz resonó en la habitación.

—¡Mi hermano también está muerto!

Por un instante, su expresión cambió.

Dolor.

Fue apenas un segundo.

Después volvió a cerrarse.

—Eres una Di Valentí.

—Y tú eres un Moretti.

Di un paso hacia él.

—Eso no significa que sepas lo que ocurrió.

—Mi hermano murió.

—¡El mío también!

El silencio fue insoportable.

—Nuestros padres querían paz —dije—. Y nos dieron una jaula de oro.

Nicolás soltó una risa seca.

—Esto es una transacción, Lucía. No una historia de amor.

—Nunca dije que lo fuera.

—Entonces no esperes nada de mí.

—No pensaba hacerlo.

Nos quedamos mirándonos.

—Yo jamás habría querido que Mateo muriera —dije finalmente.

La expresión de Nicolás se endureció.

—No vuelvas a decir su nombre.

Sentí un nudo en la garganta.

—No puedes culparme por algo que ni siquiera recuerdo.

—No sabes nada de aquella noche.

—Precisamente. Porque nadie me dice la verdad.

Nicolás permaneció en silencio.

Me giré hacia la puerta.

—Si tanto me odias, ¿por qué aceptaste este matrimonio?

—Porque nuestras familias lo decidieron.

—Entonces estamos igual.

Puse la mano sobre el picaporte.

—Los dos estamos pagando por algo que no elegimos.

—Lucía.

Me detuve.

Su voz había cambiado.

—Si quieres saber qué ocurrió aquella noche…

Me giré lentamente.

—Deja de buscar respuestas en tu familia.

Lo miré.

—¿Por qué?

Nicolás sostuvo mi mirada.

—Porque ellos fueron los primeros en mentirte.

Abrí la puerta.

Y mientras entraba en la habitación, una idea comenzó a tomar forma en mi cabeza.

Quizás mis padres no me habían enviado a Londres para protegerme.

Quizás me habían enviado allí para asegurarse de que nunca recordara.

⸻

Después de cerrar la puerta de la habitación, apoyé la espalda contra ella.

Respiré profundamente.

Mi matrimonio había comenzado hacía apenas unas horas y ya sabía que nada sería sencillo.

Escuché pasos al otro lado.

Nicolás no entró.

Solo se detuvo frente a la puerta.

—Lucía.

No respondí.

—No confíes en todo lo que te digan.

Abrí los ojos.

—¿Eso incluye lo que tú me dices?

Hubo silencio.

—Especialmente lo que yo te diga.

Sus pasos comenzaron a alejarse.

Me quedé inmóvil.

Por primera vez, no sabía si Nicolás era mi enemigo, mi única pista o ambas cosas.

Y mientras miraba por la ventana la nieve caer sobre la mansión, una certeza se instaló en mi pecho.

La verdad seguía enterrada en aquella montaña.

Y alguien estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para mantenerla allí.

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Último capítulo

  • Pacto bajo la nieve    20. Una noche en casa

    Había pasado casi una semana desde la última vez que había visto a Nicolás. No sabía exactamente cuánto tiempo estaría fuera. Tampoco había preguntado. Bueno… quizá sí había preguntado. A Luca. Y a Marcos. Pero ninguno había querido decirme demasiado. —¿Cuándo vuelve? —pregunté una tarde, intentando fingir que solo era curiosidad. —Cuando termine lo que tiene que hacer —respondió Luca. —Qué respuesta tan específica. Marcos soltó una pequeña risa. —Es la respuesta que nos dieron. Rodé los ojos y continué con lo que estaba haciendo. No iba a admitir que lo extrañaba. Ni siquiera conmigo misma. La casa se había sentido demasiado silenciosa durante esos días. Me había acostumbrado a sus discusiones, a sus comentarios irritantes y a esa manera suya de mirarme como si pudiera descubrir cada uno de mis pensamientos. Su ausencia había dejado un vacío extraño. Quizá porque Nicolás Moretti se había convertido en una presencia demasiado habitual en mi vida. O

  • Pacto bajo la nieve    19. La melodía olvidada

    La mañana llegó demasiado rápido. Había pasado gran parte de la noche pensando en lo ocurrido en la montaña: aquella sensación de familiaridad, el miedo y la voz que todavía no conseguía recordar. También pensaba en Nicolás y en su promesa de que no tendría que enfrentar sola lo que descubriera. Había aceptado hablar con una psicóloga, no porque estuviera convencida de que funcionaría, sino porque ya no quería sentir que una parte de mi vida les pertenecía a todos menos a mí. Bajé a desayunar y encontré a Nicolás junto a la ventana, hablando por teléfono. —Sí. Hazlo antes de que llegue. Hizo una pausa. —No. No voy a esperar. Al verme, cambió ligeramente de expresión. —Tengo que colgar. Guardó el teléfono y se volvió hacia mí. —Buenos días. —Buenos días. Me senté frente a él. —¿Te vas? —Sí. Fuera de la ciudad. —¿Por cuánto tiempo? —Unos días. Dejé la taza sobre la mesa. —¿Problemas? —Nada que no pueda manejar. —¿Cuándo te vas? —En unas hora

  • Pacto bajo la nieve    18. Fragmentos del pasado

    Los días siguientes fueron extraños. Después de lo ocurrido en la montaña, Nicolás no volvió a mencionar la crisis. Yo tampoco. Era como si ambos hubiéramos decidido fingir que aquello no había sucedido. Pero no podía olvidarlo. Cada vez que cerraba los ojos, podía sentir nuevamente el frío, la nieve bajo mis manos, mi respiración acelerándose y aquella sensación de que ya había estado allí. De que una parte de mí conocía aquel lugar mucho mejor de lo que yo quería admitir. La idea de hablar con un psicólogo tampoco dejaba de rondarme la cabeza. Al principio no estaba convencida. No me gustaba hablar de mis problemas con desconocidos, mucho menos de algo que ni siquiera podía recordar. Pero después de lo ocurrido en la montaña, había entendido que quizá no podía seguir intentando resolverlo sola. Lo que más me asustaba no era descubrir que había olvidado algo. Era descubrir qué. Aquella mañana bajé a desayunar. Nicolás ya estaba allí, sentado frente a su ta

  • Pacto bajo la nieve    17. Lo que no recuerdo

    El doctor llegó poco después. Yo seguía en mi despacho, mirando por la ventana, cuando escuché unos pasos acercándose por el pasillo. La puerta se abrió. —Señor Moretti. Me giré. —¿Cómo está? El doctor dejó su maletín sobre una de las sillas y se quitó el abrigo. —Está dormida. —Eso ya lo sé. —Entonces supongo que quiere saber por qué. No respondí. El hombre me observó unos segundos antes de continuar. —La revisé. No presenta ninguna lesión importante. Su respiración está estable y sus signos vitales también. —Entonces, ¿qué fue lo que pasó? El doctor guardó silencio por un instante. —¿Qué ocurrió exactamente? Le conté lo que había visto. Cómo había estado esquiando. Cómo se había reído. Cómo todo cambió cuando llegué a la parte baja de la montaña. —¿Dijo algo? Asentí. —Me pidió que la sacara de allí. —¿Algo más? Recordé su rostro, las lágrimas y la forma en que había temblado entre mis brazos. —Dijo que no quería estar allí. El do

  • Pacto bajo la nieve    16. Lo que la nieve recuerda

    Habían pasado varios días desde lo ocurrido en el muelle. Y el caos todavía no había terminado. La casa Moretti ya no se sentía igual. Había hombres entrando y saliendo constantemente, llamadas a todas horas y reuniones que parecían no tener fin. Nicolás estaba prácticamente desaparecido. No porque se hubiera ido. Peor. Estaba allí, pero demasiado ocupado para prestarme atención. Desde aquella tarde apenas habíamos tenido conversaciones que duraran más de unos minutos. —¿Vas a cenar? —No lo sé. —¿Cuándo volverás? —Tarde. —Nicolás… —Lucía, tengo trabajo. Y se marchaba. Al principio intenté entenderlo. Después me molesté y, finalmente, me aburrí. Estaba acostumbrada a que Nicolás fuera distante, pero aquello era diferente. Parecía tener la cabeza en otro lugar. En el muelle. En la medalla. En Damián. En aquella noche que ninguno de los dos parecía capaz de dejar atrás. Una tarde, finalmente, decidí enfrentarlo. Entré a su despacho sin llamar

  • Pacto bajo la nieve    15. Lo que volvió con la nieve

    Desperté sobresaltada. Por unos segundos no supe dónde estaba. La habitación estaba oscura. Demasiado oscura. Parpadeé varias veces y giré la cabeza hacia la ventana. La luz que se filtraba por las cortinas no parecía la de una mañana. Fruncí el ceño y busqué mi teléfono sobre la mesa de noche. 17:03. Me quedé mirando la pantalla. —¿Qué…? Había dormido todo el día. Me incorporé lentamente. Esta vez el mundo no dio vueltas. Seguía sintiéndome cansada, pero aquella sensación pesada que había tenido por la mañana había desaparecido casi por completo. Recordé vagamente a Nicolás entrando en mi habitación. Su voz. Sus reproches. Sus brazos sosteniéndome cuando no podía mantenerme en pie. Y aquella frase. Me importa que estés viva, maldita sea. Negué con la cabeza. No. No iba a pensar en eso. Me levanté y me dirigí al baño. Después de lavarme la cara y arreglarme un poco, salí de la habitación. Lo primero que noté fue el silencio. Pero no era el m

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