Home / Romance / Pacto bajo la nieve / 3. Mi antiguo hogar

Share

3. Mi antiguo hogar

Author: Arlene
last update publish date: 2026-09-05 13:57:54

—Duerme bien, Lucía.

La voz de Nicolás rompió el silencio de la habitación.

—Mañana el teatro abre el telón y necesitaremos toda nuestra energía para no matarnos frente a la audiencia.

Lo miré desde la puerta de mi habitación.

—Entonces mantengamos la farsa, Nicolás.

Sus ojos azules permanecieron sobre mí unos segundos.

—Eso pensaba hacer.

—Al final del día, ambos sabemos que este matrimonio no es más que una herida abierta.

Una pequeña sonrisa, carente de humor, apareció en sus labios.

—Una herida que ninguno de los dos parece tener intención de dejar sanar.

No respondí.

Cerré la puerta.

Me quedé unos segundos apoyada contra ella, escuchando cómo sus pasos se alejaban por el pasillo.

No sabía qué me molestaba más.

Si sus palabras…

O que algunas fueran ciertas.

Bajé la mirada hacia mi mano.

El anillo de bodas seguía allí.

Lo observé durante unos segundos antes de quitármelo y dejarlo sobre la mesa de noche.

No quería verlo.

No quería recordar que, apenas unas horas atrás, había pronunciado el «sí» más absurdo de toda mi vida.

Me acerqué a la ventana.

La nieve caía lentamente sobre los jardines de la mansión.

Todo era demasiado grande.

Demasiado elegante.

Demasiado frío.

Pero no era el frío lo que me incomodaba.

Era la sensación de estar atrapada.

Encadenada a una vida que no había elegido.

Y entonces recordé las palabras de Nicolás.

Había cosas que era mejor no recordar.

Fruncí el ceño.

¿Por qué sabía tanto?

¿Por qué parecía conocer cosas sobre mi pasado que yo misma desconocía?

Y, sobre todo…

¿Por qué mis padres me habían mentido?

No podía quedarme allí.

Necesitaba volver.

No a cualquier lugar.

A mi casa.

Al único lugar donde quizá todavía quedaba alguna parte de la Lucía que había sido antes de Londres.

Tomé un abrigo, me puse las botas y salí de la habitación.

⸻

La mansión estaba en silencio.

Caminé por los pasillos procurando no hacer ruido. Al llegar a la entrada, tomé las llaves de uno de los automóviles.

Nadie me detuvo.

Nadie me preguntó adónde iba.

Por primera vez desde que había regresado, sentí que podía respirar.

Subí al automóvil y encendí el motor.

No le dije nada a nadie.

Solo quería irme.

Mientras la mansión desaparecía detrás de mí, sentí algo parecido al alivio.

Aunque sabía que no duraría demasiado.

⸻

El camino hacia el hotel parecía interminable.

Las montañas estaban cubiertas de nieve y una tormenta comenzaba a formarse, pero conocía cada curva.

Había recorrido aquel camino cientos de veces durante mi infancia.

Era extraño.

Había olvidado tantas cosas de mi vida.

Pero recordaba perfectamente cómo llegar a casa.

Como si mi cuerpo supiera el camino incluso cuando mi memoria se negaba a devolverme todo lo demás.

Cuando aparecieron las luces del hotel entre los árboles, sentí un nudo en la garganta.

Había llegado.

Estacioné y bajé.

Me quedé unos segundos observando el edificio.

El Hotel Di Valentí.

Mi hogar.

Durante cinco años había intentado convencerme de que aquel lugar ya no significaba nada para mí.

Pero bastó con verlo nuevamente para comprender que me había mentido.

Entré por una puerta lateral utilizando la vieja llave que todavía llevaba conmigo.

El interior estaba completamente oscuro.

Todo olía igual.

Madera.

Leña.

Café.

Sonreí sin querer.

Por un instante volví a ser una niña corriendo por aquellos pasillos, bajando las escaleras de dos en dos y escondiéndome de mis padres.

Pero la sonrisa desapareció.

Porque no todos mis recuerdos eran felices.

Había algo más.

Algo que mi cabeza seguía intentando alcanzar.

Subí lentamente las escaleras hasta el segundo piso.

Caminé hasta el final del pasillo.

Y ahí estaba.

Mi antigua habitación.

Pasé los dedos por el pomo antes de abrirla.

Todo estaba casi igual.

La cama.

El escritorio.

Los libros.

Incluso algunas fotografías que había dejado atrás.

Entré lentamente.

Cinco años.

Habían pasado cinco años desde la última vez que dormí allí.

Me senté sobre la cama y recorrí la habitación con la mirada.

Esperaba sentir algo.

Un recuerdo.

Una explicación.

Cualquier cosa.

Entonces vi una fotografía.

La tomé entre mis manos.

En ella aparecía yo, sonriendo.

A mi lado había un chico.

Me quedé observándolo.

No recordaba su nombre.

Ni siquiera podía recordar con claridad su rostro.

Pero sentí una presión extraña en el pecho.

Volví a mirar la fotografía.

Y entonces una palabra apareció en mi mente.

Mateo.

La fotografía cayó de mis manos.

Me llevé una mano a la cabeza.

Nieve.

Una voz.

Un grito.

Sangre.

Una mano cubierta de rojo.

Cerré los ojos con fuerza.

—No…

La imagen desapareció.

Abrí los ojos rápidamente.

Mi respiración estaba acelerada.

Recogí la fotografía con manos temblorosas.

—¿Quién eras tú? —susurré.

No hubo respuesta.

No quería seguir.

No esa noche.

Me acosté sobre la cama.

Por primera vez en mucho tiempo no pensé en Londres.

No pensé en la boda.

No pensé en Nicolás.

Solo cerré los ojos.

Y me quedé dormida.

⸻

La luz del amanecer entró lentamente por la ventana.

Abrí los ojos.

Durante unos segundos olvidé dónde estaba.

Entonces escuché unos golpes.

Toc. Toc. Toc.

Me incorporé.

—¿Sí?

Nadie respondió.

Volvieron a golpear.

Esta vez con más fuerza.

—Ya voy.

Me levanté y abrí la puerta.

Me quedé completamente inmóvil.

Nicolás estaba frente a mí.

Su cabello estaba ligeramente desordenado. Llevaba el mismo traje negro de la noche anterior, aunque la chaqueta estaba abierta y la camisa arrugada.

Parecía furioso.

Sus ojos azules se clavaron en mí.

—¿Se puede saber qué demonios haces aquí?

Parpadeé.

—Buenos días para ti también.

—No estoy de humor para tus sarcasmos.

—Entonces no los provoques.

Nicolás dio un paso hacia mí.

—Te fuiste de la mansión en mitad de la noche.

—Sí.

—Sin avisarle a nadie.

—Correcto.

—¿Y pensabas que nadie iba a darse cuenta?

—Esperaba que no.

Su mandíbula se tensó.

—¿Tienes idea de lo que pensé cuando desperté y no estabas?

Lo miré.

—Probablemente que por fin te habías librado de mí.

Por un instante no respondió.

Su expresión cambió apenas.

—Pensé que te había pasado algo.

Aquella respuesta me tomó por sorpresa.

—Estoy perfectamente.

—Eso ya lo veo.

Miró por encima de mi hombro.

—¿Y decidiste venir aquí?

—Es mi casa.

—Ya no.

Aquellas palabras dolieron.

—Eso no lo decides tú.

Nicolás sostuvo mi mirada.

—Ahora eres una Moretti.

Bajé la mirada hacia mi mano.

El anillo no estaba.

Él lo notó.

—¿Dónde está?

—¿Dónde está qué?

—El anillo.

—En mi habitación.

—¿Por qué?

—Porque no quería dormir con él.

Nicolás soltó una pequeña risa sin humor.

—Créeme, Lucía. Yo tampoco estoy encantado de llevarlo.

Antes de que pudiera responder, escuchamos pasos.

Una empleada apareció al final del pasillo.

Al ver a Nicolás, se quedó paralizada.

—Señor Moretti…

Él ni siquiera la miró.

—Vamos.

—¿A dónde?

—A casa.

—Yo estoy en mi casa.

Sus ojos se endurecieron.

—No voy a discutir contigo delante de los empleados.

—Entonces no discutamos.

Cerré la puerta detrás de mí y caminé hacia él.

Pero antes de irme, me detuve.

—Quiero una respuesta.

Nicolás se giró.

—¿Cuál?

—¿Por qué todos aquí saben cosas sobre mi vida que yo no recuerdo?

Por primera vez, su expresión cambió.

—¿Qué quieres decir?

—Ayer escuché a dos empleadas hablando de una boda. También mencionaron lo ocurrido hace cinco años.

Nicolás guardó silencio.

—Y cuando pregunté por Mateo, todos se pusieron nerviosos.

Su mirada se volvió fría.

—No vuelvas a preguntar por él.

—¿Por qué?

—Porque no quieres saber la respuesta.

Sentí un escalofrío.

—Eso no te corresponde decidirlo.

Nicolás se acercó.

—Créeme, Lucía.

Su voz bajó.

—Hay cosas que es mejor no recordar.

Lo observé fijamente.

—Quizás para ti.

Pasé junto a él.

—Pero yo pienso recordar cada una de ellas.

Me detuve y miré hacia mi antigua habitación.

—Y voy a empezar aquí.

Nicolás siguió mi mirada.

Por primera vez, pareció realmente preocupado.

—Lucía…

Me giré.

—¿Qué?

Tardó unos segundos en responder.

—No sabes lo que estás buscando.

—Entonces será mejor que lo descubra.

Pasé junto a él.

Esta vez no intentó detenerme.

Mientras caminaba por aquel pasillo, tuve una extraña sensación.

Como si el hotel hubiera estado esperando mi regreso.

Como si entre aquellas paredes todavía existiera algo que pertenecía a mi pasado.

Algo que todos habían intentado esconder.

Y que ahora estaba decidido a encontrarme a mí.

Continue to read this book for free
Scan code to download App

Latest chapter

  • Pacto bajo la nieve    15. Lo que volvió con la nieve

    Desperté sobresaltada. Por unos segundos no supe dónde estaba. La habitación estaba oscura. Demasiado oscura. Parpadeé varias veces y giré la cabeza hacia la ventana. La luz que se filtraba por las cortinas no parecía la de una mañana. Fruncí el ceño y busqué mi teléfono sobre la mesa de noche. 17:03. Me quedé mirando la pantalla. —¿Qué…? Había dormido todo el día. Me incorporé lentamente. Esta vez el mundo no dio vueltas. Seguía sintiéndome cansada, pero aquella sensación pesada que había tenido por la mañana había desaparecido casi por completo. Recordé vagamente a Nicolás entrando en mi habitación. Su voz. Sus reproches. Sus brazos sosteniéndome cuando no podía mantenerme en pie. Y aquella frase. Me importa que estés viva, maldita sea. Negué con la cabeza. No. No iba a pensar en eso. Me levanté y me dirigí al baño. Después de lavarme la cara y arreglarme un poco, salí de la habitación. Lo primero que noté fue el silencio. Pero no era el m

  • Pacto bajo la nieve    14. Lo que no dices

    Habían pasado un par de días desde aquella noche en la playa. Y, por primera vez en mucho tiempo, la casa parecía tranquila. Demasiado tranquila. La mañana había transcurrido entre reuniones, llamadas y el movimiento habitual del personal. Yo había pasado buena parte del día intentando mantenerme ocupada, como si tener algo que hacer pudiera impedirme pensar demasiado. Por la tarde, llevé una taza de té hasta el despacho de Nicolás. Él apenas levantó la mirada cuando entré. —Te traje esto. Dejé la taza sobre su escritorio. —Gracias. Eso fue todo. No necesitábamos llenar cada silencio. Me quedé unos segundos observándolo. Desde aquella noche, algo había cambiado entre nosotros. No sabía exactamente qué era, pero ya no podía fingir que seguíamos siendo los mismos. Finalmente, salí del despacho. La noche anterior había tenido una pesadilla. Una de esas que no desaparecían cuando abrías los ojos. Había despertado con el corazón acelerado y la sensación de que

  • Pacto bajo la nieve    13. Bajo la luna

    La noche había caído por completo cuando unos golpes suaves en la puerta me despertaron. Abrí los ojos con dificultad. La oscuridad se extendía por las paredes y, más allá de los cristales, apenas distinguía el reflejo de la luna sobre la nieve. —Lucía. Abre. Reconocí aquella voz de inmediato. —¿Qué quieres? —No he pasado toda la noche revisando informes para que ahora pretendas que el mar te ha tragado en tus sueños. Fruncí el ceño. —¿Me estás invitando a la playa a estas horas? —Si tanto querías ver el agua, levántate. Hubo una pausa. —La luna está lo suficientemente alta como para que no necesites permiso de nadie… ni siquiera el mío. —¿Eso es una invitación o debo esperar a que cambies de opinión a mitad de camino? Escuché una risa baja al otro lado de la puerta. —Considéralo una orden disfrazada de cortesía, cara. Negué con la cabeza y me levanté. Cuando abrí, Nicolás estaba apoyado contra el marco. Llevaba la camisa blanca ligeramente desabrochada

  • Pacto bajo la nieve    12. Lo que me debes

    Pasaron cuatro meses. Cuatro meses en los que mi relación con Nicolás se convirtió en algo que ninguno de los dos sabía cómo nombrar. Había días en los que prácticamente no nos dirigíamos la palabra. Él podía pasar junto a mí sin siquiera mirarme, como si yo fuera parte de los muebles de aquella enorme mansión. Y otros días… Otros días terminábamos demasiado cerca. Una discusión podía empezar durante el desayuno y terminar horas después en una habitación, olvidando por un momento todo aquello que se suponía que nos separaba. Después volvían las discusiones. Las miradas. La distancia. Y otra vez el mismo ciclo. Era agotador, pero, de alguna manera, también se había convertido en nuestra forma de convivir. Nicolás seguía sin entender por qué, después de casi nueve meses de matrimonio, todavía no había un heredero. Yo sí sabía la razón. Cada noche, antes de dormir, tomaba una pastilla. Y cada mañana fingía que nada estaba pasando. Nunca se lo había dicho.

  • Pacto bajo la nieve    11. Sin excusas

    El agua de la ducha comenzó a escucharse detrás de la puerta. Me quedé quieta unos segundos, todavía con la mano apoyada en el marco del baño. Había dicho que solo entraría para lavarme las manos. Una excusa bastante pobre, especialmente porque llevaba varios minutos allí sin hacer absolutamente nada. Solté el aire lentamente y entré. El baño estaba cubierto por una ligera capa de vapor. Dejé que mis ojos se acostumbraran antes de acercarme al lavabo. Abrí el grifo y me lavé las manos, aunque ni siquiera necesitaba hacerlo. Era absurdo. Todo aquello era absurdo. Después de lo que había ocurrido entre nosotros durante las últimas semanas, después de cada discusión, cada provocación y cada momento en el que habíamos estado demasiado cerca, debería haber aprendido a mantener cierta distancia. Pero ahí estaba. En su baño. Mientras él estaba detrás de la puerta de cristal de la ducha. —¿Vas a quedarte ahí mucho tiempo? —preguntó Nicolás. Me sobresalté ligerament

  • Pacto bajo la nieve    10. Heridas

    La noche cayó sobre la mansión mucho antes de que estuviera preparada para dormir. Desde el sofá, observaba cómo las últimas luces del día desaparecían detrás de los enormes ventanales de la sala. El jardín, que durante el día parecía perfectamente cuidado, adquiría un aspecto diferente cuando el sol se ocultaba. Más oscuro. Más silencioso. Casi inquietante. Llevaba varios minutos mirando la televisión sin prestar atención a lo que ocurría en la pantalla. Mi mente seguía en la cocina, recordando aquella mañana, la forma en que Nicolás me había mirado y la facilidad con la que ambos habíamos terminado discutiendo después de estar demasiado cerca de admitir algo que ninguno quería reconocer. Suspiré y tomé una de las galletas que había guardado. —Ni siquiera sé por qué estoy guardándole galletas. Negué con la cabeza. —Definitivamente, no se las merece. Una pequeña sonrisa apareció en mis labios. Justo entonces, el teléfono que Nicolás había dejado sobre la mesita

More Chapters
Explore and read good novels for free
Free access to a vast number of good novels on GoodNovel app. Download the books you like and read anywhere & anytime.
Read books for free on the app
SCAN CODE TO READ ON APP
DMCA.com Protection Status