MasukDurante la semana siguiente hice todo lo posible por evitar a Nicolás.
No quería verlo, hablar con él ni pensar en aquella conversación sobre el contrato. La mansión era lo suficientemente grande como para desaparecer durante horas sin que nadie preguntara dónde estaba. O eso creía. Si bajaba temprano a desayunar, él aparecía unos minutos después. Si salía al jardín, lo encontraba en la terraza hablando por teléfono. Y si intentaba refugiarme en la biblioteca, escuchaba su voz al otro lado de la puerta. Era como si tuviera un talento especial para aparecer cuando comenzaba a sentirme tranquila. Una noche intenté salir sin que nadie me viera. No llegué al automóvil. —¿A dónde vas? —preguntó Nicolás desde una columna de la entrada. —A caminar. Miró las llaves que sostenía. —¿A medianoche y con el automóvil? —Quizás quiera cambiar de paisaje. —Claro. ¿También vas a llevarte ese bolso? —No estoy escapando. —Por supuesto. Di media vuelta y regresé al interior. Desde entonces decidí que sería más fácil ignorarlo, aunque Nicolás no parecía dispuesto a facilitarme las cosas. ⸻ Una semana después me encontraba sola en la cocina. Había descubierto que cocinar era una de las pocas cosas que conseguían mantener mi cabeza ocupada. Cuando tenía las manos ocupadas, no pensaba en Mateo, en aquella noche que no podía recordar ni en mi matrimonio. Y mucho menos en Nicolás. Cortaba algunas verduras mientras una olla hervía lentamente. Por primera vez en varios días sentía que mi cabeza estaba en silencio. Hasta que escuché una voz detrás de mí. —No sabía que sabías cocinar. Me sobresalté. El cuchillo resbaló de mis dedos. —¡Mierda! Sentí un ardor inmediato en la palma. Solté el cuchillo y levanté la mano. La sangre comenzó a aparecer entre mis dedos. —Lucía. La voz de Nicolás había perdido cualquier rastro de burla. —Estoy bien. —Eso no parece estar bien. —Es un corte. Se acercó a observar la herida. —Necesitas puntos. —No. —Lucía, la herida es profunda. —Puedo hacerlo sola. Presioné un paño limpio contra el corte, pero Nicolás tomó suavemente mi muñeca. —Déjame verla. —Mantén tu distancia. —Solo quiero ayudarte. —No necesito que me cuides. —No estoy intentando cuidarte. Estoy intentando evitar que desangres mi cocina. —Qué considerado. Me observó unos segundos y sacó una gasa del cajón. —Siéntate. —No. —Si sigues discutiendo, voy a cobrarte por cada minuto que me hagas perder. Solté una pequeña risa. —¿Y cuánto cobras? —Depende de lo insoportable que seas. Puse los ojos en blanco, pero terminé sentándome. Nicolás se colocó frente a mí y tomó mi mano. Sus dedos estaban fríos; sus movimientos, en cambio, eran sorprendentemente cuidadosos. Limpió la herida con paciencia mientras yo lo observaba en silencio. Era extraño. El mismo hombre que me culpaba por la muerte de su hermano ahora sostenía mi mano con cuidado. —¿Dónde aprendiste a hacer esto? —pregunté. —He tenido que hacerlo antes. —¿Por tus negocios? —Por mi vida. Decidí no preguntar más. Terminó de vendarme la mano y la soltó. —Listo. Miré el vendaje. —No necesitaba puntos. —Lo sé. —Entonces, ¿por qué dijiste que sí? Una pequeña sonrisa apareció en sus labios. —Quería asustarte. No pude evitar reír. —Eres un imbécil. —Y tú sigues sangrando sobre mi encimera. Miré hacia abajo. Una mancha roja había quedado en la manga de su camisa. —Lo siento. Nicolás siguió mi mirada. —¿Te estás disculpando? —No te acostumbres. —Demasiado tarde. Entonces un olor extraño llegó hasta nosotros. Nicolás frunció el ceño. —¿Y la cena? Miramos hacia la cocina. Un humo gris comenzaba a elevarse desde la sartén. —¡Mierda! ¡Se está quemando! Me levanté rápidamente mientras Nicolás apagaba el fuego. Abrí una ventana y aparté la sartén. —Perfecto —murmuré. —Tu primer intento de cocinar para tu esposo y casi incendias la casa. —No estaba cocinando para ti. —Eso me tranquiliza. —Era mi cena. Soltó una pequeña carcajada. —Entonces tendremos que buscar otra cosa. —Puedo preparar algo más. —No. —¿Por qué? —Porque acabas de cortarte la mano. Levanté la otra. —Tengo otra. Nicolás me miró como si estuviera decidiendo si reírse o desesperarse. —Eres imposible. —Y tú eres exagerado. Tomó su chaqueta. —Vamos. —¿A dónde? —A cenar. —No pienso salir contigo. —No te estoy dando una opción. —¿Siempre eres así? —Generalmente. —Qué horror. —Te acostumbrarás. —No cuentes con ello. ⸻ El restaurante era elegante y apartado, lejos del ruido de la ciudad. Por primera vez desde la boda, estábamos sentados frente a frente sin discutir. —¿Siempre vienes aquí? —pregunté. —Cuando necesito tranquilidad. —Entonces no vienes muy seguido. Levantó una ceja. —¿Por qué? —Pareces incapaz de estar tranquilo. —Y tú, de quedarte callada. —Alguien tiene que mantener la conversación. No hablamos demasiado después de eso. Él bebió una copa de vino. Yo bebí otra y después una tercera. Nicolás levantó una ceja. —Creo que deberías parar. —¿Ahora eres mi padre? —No. Pero mañana no quiero escuchar que tu cabeza está intentando matarte. —Puedo soportarlo. —Eso dijiste cuando te cortaste. —Y sobreviví. —Por poco. Sonreí. —Admite que te preocupaste. Nicolás me observó. Esperé que negara la acusación, pero no lo hizo. —Quizás. La palabra me sorprendió. —¿Quizás? —No te emociones. Aparté la mirada. —No lo haré. La cena continuó sin reproches ni conversaciones sobre nuestras familias. Por primera vez pude disfrutar un poco de su compañía. No significaba nada. ⸻ Al salir, el frío golpeó mi rostro. —¿Puedes caminar? —preguntó Nicolás. —Por supuesto. Di dos pasos y resbalé sobre el hielo. Me sostuvo del brazo. —Fue el suelo —protesté. —Terrible construcción. —Te estás burlando de mí. —Un poco. —Idiota. —Eso ya me lo habías dicho. ⸻ El trayecto de regreso fue silencioso. Apoyé la cabeza contra el asiento y observé las luces de la ciudad pasar por la ventana. Bajé la mirada hacia mi mano vendada. —¿Crees que debería ir a un hospital? —Ahora decides preguntar. —Solo pregunto. —Si mañana sigue doliendo, iremos. —¿Iremos? —Sí. —Pensé que no te importaba. Sus manos se tensaron sobre el volante. —No pongas palabras en mi boca. —Entonces dime qué te importa. Nicolás guardó silencio. Aquella ausencia de respuesta me afectó más de lo que debería. Volví a mirar por la ventana. ⸻ Cuando llegamos a la mansión, intenté bajar del automóvil. El suelo pareció moverse bajo mis pies. Nicolás suspiró. —Ven. —Puedo caminar. —Ya lo intentaste. —Y casi funcionó. Negó con la cabeza. —Eres un desastre. —Tú te casaste conmigo. Me miró. —Ese fue mi peor negocio. Aun así, pasó un brazo por mi espalda para ayudarme a entrar. No discutí. Quizás estaba cansada; quizás el vino había conseguido silenciar durante unas horas todo aquello que normalmente gritaba dentro de mi cabeza. En la habitación me dejó sentada sobre la cama. —Duerme. —¿Y tú? —Tengo cosas que hacer. —¿Siempre trabajas? —Casi siempre. —Nicolás… Gracias. Su expresión cambió ligeramente. —No te acostumbres a decirlo. Sonreí y él salió. ⸻ Desperté a la mañana siguiente con un dolor de cabeza terrible. Abrí los ojos lentamente. Durante unos segundos no reconocí el techo. Me incorporé y miré alrededor. Entonces bajé la mirada. Llevaba una camiseta enorme que definitivamente no era mía. —¿Qué demonios…? La puerta se abrió. Nicolás entró con una taza de café en la mano. Al verme, se quedó quieto y después comenzó a reír. —No. Fruncí el ceño. —¿Qué? —Tu cara. —¿Qué pasa con mi cara? —Parece que acabas de descubrir que estás en otro planeta. Miré nuevamente la camiseta y después a él. —¿Por qué llevo tu ropa? Nicolás dejó la taza sobre la mesa. —Porque anoche derramaste vino sobre tu blusa. Abrí los ojos. —¿Qué? —Y te negaste a dormir con ella. —No recuerdo eso. —Lo sé. Tampoco recuerdas que intentaste convencerme de que una de las lámparas de la mansión te estaba observando. Lo miré horrorizada. —Yo no hice eso. —Lo hiciste. —Estás mintiendo. —Ojalá. Me llevé ambas manos al rostro. —Dios mío. Nicolás soltó otra carcajada. —Tranquila. No pasó nada. Te ayudé a cambiarte porque estabas cubierta de vino y después te dejé dormir. Sentí alivio. —Gracias. —De nada. Aunque verte intentando recordar la noche es bastante divertido. —No te burles. —Es difícil no hacerlo. Lo miré fijamente. —¿Qué pasó después de la cena? Nicolás dejó de sonreír. —Nada importante. —¿Seguro? —Sí. Había algo en su expresión. Algo que no estaba diciendo. —¿Nicolás? —¿Qué? —¿Pasó algo más? Su mandíbula se tensó. —Casi. Fruncí el ceño. —¿Casi qué? Se acercó lentamente. Mi corazón comenzó a latir un poco más rápido. —Casi hiciste algo de lo que probablemente te habrías arrepentido esta mañana. —¿Qué hice? Nicolás sonrió apenas. —Eso tendrás que preguntártelo a ti misma. —No recuerdo. —Precisamente. Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. —Nicolás. Se detuvo. —¿Qué? —¿Qué casi hice? Giró ligeramente el rostro. Sus ojos azules encontraron los míos. —Casi olvidaste por un momento que me odias. Y salió de la habitación. Me quedé completamente inmóvil. No sabía qué había ocurrido la noche anterior. Pero, por alguna razón, una parte de mí tenía miedo de descubrirlo. Y otra parte quería recordarlo.Desperté sobresaltada. Por unos segundos no supe dónde estaba. La habitación estaba oscura. Demasiado oscura. Parpadeé varias veces y giré la cabeza hacia la ventana. La luz que se filtraba por las cortinas no parecía la de una mañana. Fruncí el ceño y busqué mi teléfono sobre la mesa de noche. 17:03. Me quedé mirando la pantalla. —¿Qué…? Había dormido todo el día. Me incorporé lentamente. Esta vez el mundo no dio vueltas. Seguía sintiéndome cansada, pero aquella sensación pesada que había tenido por la mañana había desaparecido casi por completo. Recordé vagamente a Nicolás entrando en mi habitación. Su voz. Sus reproches. Sus brazos sosteniéndome cuando no podía mantenerme en pie. Y aquella frase. Me importa que estés viva, maldita sea. Negué con la cabeza. No. No iba a pensar en eso. Me levanté y me dirigí al baño. Después de lavarme la cara y arreglarme un poco, salí de la habitación. Lo primero que noté fue el silencio. Pero no era el m
Habían pasado un par de días desde aquella noche en la playa. Y, por primera vez en mucho tiempo, la casa parecía tranquila. Demasiado tranquila. La mañana había transcurrido entre reuniones, llamadas y el movimiento habitual del personal. Yo había pasado buena parte del día intentando mantenerme ocupada, como si tener algo que hacer pudiera impedirme pensar demasiado. Por la tarde, llevé una taza de té hasta el despacho de Nicolás. Él apenas levantó la mirada cuando entré. —Te traje esto. Dejé la taza sobre su escritorio. —Gracias. Eso fue todo. No necesitábamos llenar cada silencio. Me quedé unos segundos observándolo. Desde aquella noche, algo había cambiado entre nosotros. No sabía exactamente qué era, pero ya no podía fingir que seguíamos siendo los mismos. Finalmente, salí del despacho. La noche anterior había tenido una pesadilla. Una de esas que no desaparecían cuando abrías los ojos. Había despertado con el corazón acelerado y la sensación de que
La noche había caído por completo cuando unos golpes suaves en la puerta me despertaron. Abrí los ojos con dificultad. La oscuridad se extendía por las paredes y, más allá de los cristales, apenas distinguía el reflejo de la luna sobre la nieve. —Lucía. Abre. Reconocí aquella voz de inmediato. —¿Qué quieres? —No he pasado toda la noche revisando informes para que ahora pretendas que el mar te ha tragado en tus sueños. Fruncí el ceño. —¿Me estás invitando a la playa a estas horas? —Si tanto querías ver el agua, levántate. Hubo una pausa. —La luna está lo suficientemente alta como para que no necesites permiso de nadie… ni siquiera el mío. —¿Eso es una invitación o debo esperar a que cambies de opinión a mitad de camino? Escuché una risa baja al otro lado de la puerta. —Considéralo una orden disfrazada de cortesía, cara. Negué con la cabeza y me levanté. Cuando abrí, Nicolás estaba apoyado contra el marco. Llevaba la camisa blanca ligeramente desabrochada
Pasaron cuatro meses. Cuatro meses en los que mi relación con Nicolás se convirtió en algo que ninguno de los dos sabía cómo nombrar. Había días en los que prácticamente no nos dirigíamos la palabra. Él podía pasar junto a mí sin siquiera mirarme, como si yo fuera parte de los muebles de aquella enorme mansión. Y otros días… Otros días terminábamos demasiado cerca. Una discusión podía empezar durante el desayuno y terminar horas después en una habitación, olvidando por un momento todo aquello que se suponía que nos separaba. Después volvían las discusiones. Las miradas. La distancia. Y otra vez el mismo ciclo. Era agotador, pero, de alguna manera, también se había convertido en nuestra forma de convivir. Nicolás seguía sin entender por qué, después de casi nueve meses de matrimonio, todavía no había un heredero. Yo sí sabía la razón. Cada noche, antes de dormir, tomaba una pastilla. Y cada mañana fingía que nada estaba pasando. Nunca se lo había dicho.
El agua de la ducha comenzó a escucharse detrás de la puerta. Me quedé quieta unos segundos, todavía con la mano apoyada en el marco del baño. Había dicho que solo entraría para lavarme las manos. Una excusa bastante pobre, especialmente porque llevaba varios minutos allí sin hacer absolutamente nada. Solté el aire lentamente y entré. El baño estaba cubierto por una ligera capa de vapor. Dejé que mis ojos se acostumbraran antes de acercarme al lavabo. Abrí el grifo y me lavé las manos, aunque ni siquiera necesitaba hacerlo. Era absurdo. Todo aquello era absurdo. Después de lo que había ocurrido entre nosotros durante las últimas semanas, después de cada discusión, cada provocación y cada momento en el que habíamos estado demasiado cerca, debería haber aprendido a mantener cierta distancia. Pero ahí estaba. En su baño. Mientras él estaba detrás de la puerta de cristal de la ducha. —¿Vas a quedarte ahí mucho tiempo? —preguntó Nicolás. Me sobresalté ligerament
La noche cayó sobre la mansión mucho antes de que estuviera preparada para dormir. Desde el sofá, observaba cómo las últimas luces del día desaparecían detrás de los enormes ventanales de la sala. El jardín, que durante el día parecía perfectamente cuidado, adquiría un aspecto diferente cuando el sol se ocultaba. Más oscuro. Más silencioso. Casi inquietante. Llevaba varios minutos mirando la televisión sin prestar atención a lo que ocurría en la pantalla. Mi mente seguía en la cocina, recordando aquella mañana, la forma en que Nicolás me había mirado y la facilidad con la que ambos habíamos terminado discutiendo después de estar demasiado cerca de admitir algo que ninguno quería reconocer. Suspiré y tomé una de las galletas que había guardado. —Ni siquiera sé por qué estoy guardándole galletas. Negué con la cabeza. —Definitivamente, no se las merece. Una pequeña sonrisa apareció en mis labios. Justo entonces, el teléfono que Nicolás había dejado sobre la mesita







