Home / Romance / Pacto bajo la nieve / 4. La cláusula

Share

4. La cláusula

Author: Arlene
last update publish date: 2026-09-06 22:45:50

Cuando regresamos a la mansión, ninguno de los dos dijo una palabra.

El trayecto había sido demasiado silencioso.

Yo permanecía junto a la ventana, observando cómo las luces de la ciudad desaparecían detrás de nosotros. Afuera, la nieve comenzaba a caer con más fuerza, cubriendo las calles y los árboles.

Nicolás conducía con ambas manos sobre el volante.

No necesitaba mirarlo para saber que estaba molesto.

Yo tampoco estaba precisamente tranquila.

¿El matrimonio? ¿Mis padres? ¿Nicolás?

¿O todos aquellos secretos que parecían multiplicarse cada vez que intentaba encontrar una respuesta?

Las palabras que me había dicho en el hotel seguían dando vueltas en mi cabeza.

No sabes lo que estás buscando.

Quizás tenía razón.

Pero eso no significaba que fuera a detenerme.

Había pasado cinco años viviendo con un vacío en la memoria sin siquiera saber por qué. Ahora que comenzaba a recuperar pequeños fragmentos, no pensaba volver a cerrar los ojos.

El automóvil finalmente se detuvo frente a la mansión.

Abrí la puerta, pero la voz de Nicolás me detuvo.

—Lucía.

Cerré los ojos un instante antes de girarme.

—¿Qué?

Había bajado del automóvil y permanecía junto a la puerta.

—El abogado llamó hace una hora.

Fruncí el ceño.

—¿Y?

Se acercó unos pasos.

—Hay detalles del contrato que no leíste.

Solté una pequeña risa, incrédula.

—¿Detalles?

—Sí. Detalles que harán que esta herida abierta supure mucho más de lo que imaginas.

La sonrisa desapareció de mi rostro.

—¿Qué clase de cláusula?

Nicolás suspiró y se pasó una mano por el cabello.

Por primera vez, parecía estar buscando cuidadosamente las palabras.

—Parece que nuestros padres no solo querían una tregua.

—Entonces, ¿qué querían?

Sus ojos se encontraron con los míos.

—Una garantía.

—¿De qué?

—De que la sangre no volvería a correr.

Sentí un escalofrío.

—¿Y cómo pensaban conseguir eso?

Nicolás guardó silencio unos segundos.

Después respondió:

—De la manera más literal posible.

—¿Qué significa eso?

Su mirada bajó por un instante.

—El contrato exige un heredero.

Sentí que algo dentro de mí se detenía.

—¿Qué?

—Un hijo.

El aire pareció abandonar mis pulmones.

Lo miré, esperando que en cualquier momento dijera que se trataba de una broma.

Pero no sonreía.

—No.

Mi voz salió apenas como un susurro.

—¿En cuánto tiempo?

—Menos de un año.

Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.

—¿Estás hablando en serio?

—Completamente.

—No pueden hacer eso.

—Ya lo hicieron.

—Pero yo no acepté.

—Firmaste.

Bajé la mirada hacia mi mano.

El anillo ya no estaba allí.

Aquel pequeño espacio vacío parecía recordarme que, de alguna manera, había permitido que todo aquello sucediera.

—No sabía lo que estaba firmando.

Nicolás guardó silencio.

—Lo sé.

Levanté la mirada.

—¿Lo sabes?

Asintió lentamente.

—Yo tampoco leí todas las cláusulas.

Lo observé durante unos segundos.

—Entonces estamos en la misma situación.

—No exactamente.

—¿Qué quieres decir?

Nicolás desvió la mirada.

—Yo sabía que habría condiciones.

Solté una carcajada incrédula.

—¿Y esto te parece una condición?

Mi voz se elevó.

—¡Están hablando de un hijo como si fuera una firma más!

—Lo sé.

—No, Nicolás. No lo sabes.

Di un paso hacia él.

—Si lo entendieras, sabrías que no pienso permitir que decidan algo así por mí.

Él permaneció en silencio.

—No soy una pieza de ajedrez.

—Nunca dije que lo fueras.

—¡Pero eso es exactamente lo que están haciendo!

Señalé hacia la mansión.

—Primero deciden dónde debo vivir. Después, con quién debo casarme. Ahora también quieren decidir cuándo debo tener un hijo.

Respiré profundamente.

—¿Qué sigue después? ¿También decidirán qué nombre debe llevar?

Nicolás apretó la mandíbula.

—Lucía…

—No. No voy a aceptar esto.

—¿Y qué propones hacer?

Me quedé callada.

Porque, por primera vez, no tenía una respuesta.

Nicolás aprovechó mi silencio.

—Si no cumplimos con el acuerdo, la tregua termina.

—¿Y eso qué significa exactamente?

—Que los territorios vuelven a dividirse. Las alianzas se rompen.

Hizo una pausa.

—Y las familias volverán a hacer lo que llevan generaciones haciendo.

Sentí un escalofrío.

—¿Matarse?

Nicolás no respondió.

No necesitaba hacerlo.

Miré hacia la enorme mansión.

Todo parecía construido sobre una historia de odio que yo ni siquiera recordaba.

Y ahora pretendían que un niño fuera el precio de la paz.

Solté una risa amarga.

—Esto es una locura.

—Bienvenida a nuestra familia.

Lo miré con rabia.

—¿Esperan que sacrifique mi libertad para mantener en pie el imperio de tu familia?

Nicolás soltó una risa seca.

—¿Tu libertad?

Se acercó lentamente.

—Lucía, la perdiste el día que firmaste ese papel.

Señaló mi mano.

—Ahora llevas mi apellido.

—Eso no significa que seas dueño de mí.

Sus ojos azules se endurecieron.

—Nunca dije que lo fuera.

—Lo estás insinuando.

—No estoy loco. Soy realista.

—Qué conveniente.

Nicolás respiró profundamente.

—Ellos sabían que nos odiamos. Sabían que ninguno de los dos aceptaría esto voluntariamente.

—Entonces encontraron una forma de obligarnos.

—Exactamente.

Lo miré fijamente.

—¿Y tú estás dispuesto a aceptarlo?

Nicolás no respondió.

—¿De verdad vas a cumplir con ese contrato?

Esta vez tardó más en contestar.

—No lo sé.

Aquella respuesta me sorprendió.

—¿No lo sabes?

Negó lentamente.

—No.

Por primera vez desde que lo conocía, parecía cansado.

No enojado.

No frío.

Simplemente cansado.

—Pero sé algo.

Levantó la mirada.

—Si rompemos este acuerdo, no serán nuestros padres quienes paguen las consecuencias.

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Entonces quién?

—Todos.

Una sola palabra.

Pero fue suficiente.

—La guerra no terminó porque nos casamos —continuó—. Solo se detuvo.

—¿Y un hijo la mantendría detenida?

—Eso es lo que creen.

—¿Y tú?

Nicolás sostuvo mi mirada.

Por unos segundos, ninguno de los dos dijo nada.

—Yo creo que un niño no debería nacer para pagar las deudas de sus padres.

No esperaba aquella respuesta.

Por un instante, algo cambió entre nosotros.

No era confianza.

Mucho menos cariño.

Pero sí una especie de entendimiento.

Por primera vez desde que nos habíamos conocido, estábamos de acuerdo en algo.

—Entonces estamos de acuerdo en una cosa.

Nicolás arqueó ligeramente una ceja.

—No te acostumbres.

Puse los ojos en blanco.

—No estaba pensando hacerlo.

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

Desapareció casi inmediatamente.

El silencio volvió a instalarse.

Pero esta vez había una pregunta que llevaba demasiado tiempo dando vueltas en mi cabeza.

—¿Por qué?

Nicolás frunció el ceño.

—¿Qué?

—Si nuestros padres querían tanto esta paz, ¿por qué esperaron cinco años?

Su expresión cambió.

—¿Qué quieres decir?

—Me enviaron a Londres después de la muerte de Mateo. Me alejaron de mi casa y me obligaron a empezar una vida lejos de aquí.

Nicolás permaneció en silencio.

—Y ahora regreso y descubro que mi matrimonio ya estaba decidido.

Lo miré directamente.

—¿Por qué no me casaron hace cinco años?

No respondió.

—¿Qué cambió?

Sus ojos se clavaron en los míos.

Durante unos segundos tuve la sensación de que había hecho una pregunta que incluso él prefería evitar.

—Eso deberías preguntárselo a tus padres.

—Ya lo hice.

—Entonces vuelve a preguntar.

—¿Y tú? ¿Qué sabes?

Nicolás apartó la mirada.

—Más de lo que debería.

Sentí un escalofrío.

—¿Sobre aquella noche?

No respondió.

—Nicolás.

—No voy a hablar de eso.

—¿Por qué?

—Porque todavía no sé qué parte de la historia es verdad.

Aquellas palabras me dejaron inmóvil.

—¿Qué significa eso?

Nicolás volvió a mirarme.

—Significa que tú no eres la única persona a la que le han mentido.

El corazón me dio un vuelco.

Antes de que pudiera preguntarle algo más, comenzó a subir las escaleras.

—¿A dónde vas?

—A dormir.

—¡No puedes decirme algo así y luego irte!

Nicolás se detuvo en el primer escalón.

Giró ligeramente el rostro.

—Puedo.

—Eres insoportable.

—Y tú haces demasiadas preguntas.

—Porque nadie quiere responderme.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—Quizás ese sea precisamente el problema.

—¿Cuál?

Me miró por encima del hombro.

—Que estás empezando a hacer las preguntas correctas.

Y siguió subiendo.

Me quedé sola en medio del enorme vestíbulo.

Las palabras continuaron resonando en mi cabeza.

Las preguntas correctas.

Miré mi mano, al lugar donde debería estar el anillo.

Después pensé en Mateo.

En el hermano de Nicolás.

En aquella noche que ninguno parecía dispuesto a contarme.

Y finalmente, en la cláusula.

Un heredero.

Menos de un año.

No.

Había algo más detrás de todo aquello.

Algo que todavía no podía ver.

Porque si nuestros padres estaban dispuestos a obligarnos a tener un hijo para mantener la paz, entonces la verdadera pregunta no era qué querían conseguir.

Era qué tenían tanto miedo de perder.

Subí lentamente las escaleras.

Cada peldaño parecía llevarme un poco más cerca de una verdad que todavía no estaba preparada para descubrir.

No sabía qué había ocurrido aquella noche.

No sabía por qué había perdido mis recuerdos.

No sabía por qué Nicolás parecía conocer cosas que yo desconocía.

Pero había algo que empezaba a comprender.

Cada respuesta que encontraba abría una nueva pregunta.

Y, por primera vez, comenzaba a sospechar que mi matrimonio con Nicolás no había sido una decisión tomada después de la muerte de nuestros hermanos.

Quizás había sido planeado desde mucho antes.

Mucho antes de aquella noche.

Mucho antes de que me enviaran a Londres.

Mucho antes de que yo siquiera supiera que Nicolás Moretti existía.

Continue to read this book for free
Scan code to download App

Latest chapter

  • Pacto bajo la nieve    15. Lo que volvió con la nieve

    Desperté sobresaltada. Por unos segundos no supe dónde estaba. La habitación estaba oscura. Demasiado oscura. Parpadeé varias veces y giré la cabeza hacia la ventana. La luz que se filtraba por las cortinas no parecía la de una mañana. Fruncí el ceño y busqué mi teléfono sobre la mesa de noche. 17:03. Me quedé mirando la pantalla. —¿Qué…? Había dormido todo el día. Me incorporé lentamente. Esta vez el mundo no dio vueltas. Seguía sintiéndome cansada, pero aquella sensación pesada que había tenido por la mañana había desaparecido casi por completo. Recordé vagamente a Nicolás entrando en mi habitación. Su voz. Sus reproches. Sus brazos sosteniéndome cuando no podía mantenerme en pie. Y aquella frase. Me importa que estés viva, maldita sea. Negué con la cabeza. No. No iba a pensar en eso. Me levanté y me dirigí al baño. Después de lavarme la cara y arreglarme un poco, salí de la habitación. Lo primero que noté fue el silencio. Pero no era el m

  • Pacto bajo la nieve    14. Lo que no dices

    Habían pasado un par de días desde aquella noche en la playa. Y, por primera vez en mucho tiempo, la casa parecía tranquila. Demasiado tranquila. La mañana había transcurrido entre reuniones, llamadas y el movimiento habitual del personal. Yo había pasado buena parte del día intentando mantenerme ocupada, como si tener algo que hacer pudiera impedirme pensar demasiado. Por la tarde, llevé una taza de té hasta el despacho de Nicolás. Él apenas levantó la mirada cuando entré. —Te traje esto. Dejé la taza sobre su escritorio. —Gracias. Eso fue todo. No necesitábamos llenar cada silencio. Me quedé unos segundos observándolo. Desde aquella noche, algo había cambiado entre nosotros. No sabía exactamente qué era, pero ya no podía fingir que seguíamos siendo los mismos. Finalmente, salí del despacho. La noche anterior había tenido una pesadilla. Una de esas que no desaparecían cuando abrías los ojos. Había despertado con el corazón acelerado y la sensación de que

  • Pacto bajo la nieve    13. Bajo la luna

    La noche había caído por completo cuando unos golpes suaves en la puerta me despertaron. Abrí los ojos con dificultad. La oscuridad se extendía por las paredes y, más allá de los cristales, apenas distinguía el reflejo de la luna sobre la nieve. —Lucía. Abre. Reconocí aquella voz de inmediato. —¿Qué quieres? —No he pasado toda la noche revisando informes para que ahora pretendas que el mar te ha tragado en tus sueños. Fruncí el ceño. —¿Me estás invitando a la playa a estas horas? —Si tanto querías ver el agua, levántate. Hubo una pausa. —La luna está lo suficientemente alta como para que no necesites permiso de nadie… ni siquiera el mío. —¿Eso es una invitación o debo esperar a que cambies de opinión a mitad de camino? Escuché una risa baja al otro lado de la puerta. —Considéralo una orden disfrazada de cortesía, cara. Negué con la cabeza y me levanté. Cuando abrí, Nicolás estaba apoyado contra el marco. Llevaba la camisa blanca ligeramente desabrochada

  • Pacto bajo la nieve    12. Lo que me debes

    Pasaron cuatro meses. Cuatro meses en los que mi relación con Nicolás se convirtió en algo que ninguno de los dos sabía cómo nombrar. Había días en los que prácticamente no nos dirigíamos la palabra. Él podía pasar junto a mí sin siquiera mirarme, como si yo fuera parte de los muebles de aquella enorme mansión. Y otros días… Otros días terminábamos demasiado cerca. Una discusión podía empezar durante el desayuno y terminar horas después en una habitación, olvidando por un momento todo aquello que se suponía que nos separaba. Después volvían las discusiones. Las miradas. La distancia. Y otra vez el mismo ciclo. Era agotador, pero, de alguna manera, también se había convertido en nuestra forma de convivir. Nicolás seguía sin entender por qué, después de casi nueve meses de matrimonio, todavía no había un heredero. Yo sí sabía la razón. Cada noche, antes de dormir, tomaba una pastilla. Y cada mañana fingía que nada estaba pasando. Nunca se lo había dicho.

  • Pacto bajo la nieve    11. Sin excusas

    El agua de la ducha comenzó a escucharse detrás de la puerta. Me quedé quieta unos segundos, todavía con la mano apoyada en el marco del baño. Había dicho que solo entraría para lavarme las manos. Una excusa bastante pobre, especialmente porque llevaba varios minutos allí sin hacer absolutamente nada. Solté el aire lentamente y entré. El baño estaba cubierto por una ligera capa de vapor. Dejé que mis ojos se acostumbraran antes de acercarme al lavabo. Abrí el grifo y me lavé las manos, aunque ni siquiera necesitaba hacerlo. Era absurdo. Todo aquello era absurdo. Después de lo que había ocurrido entre nosotros durante las últimas semanas, después de cada discusión, cada provocación y cada momento en el que habíamos estado demasiado cerca, debería haber aprendido a mantener cierta distancia. Pero ahí estaba. En su baño. Mientras él estaba detrás de la puerta de cristal de la ducha. —¿Vas a quedarte ahí mucho tiempo? —preguntó Nicolás. Me sobresalté ligerament

  • Pacto bajo la nieve    10. Heridas

    La noche cayó sobre la mansión mucho antes de que estuviera preparada para dormir. Desde el sofá, observaba cómo las últimas luces del día desaparecían detrás de los enormes ventanales de la sala. El jardín, que durante el día parecía perfectamente cuidado, adquiría un aspecto diferente cuando el sol se ocultaba. Más oscuro. Más silencioso. Casi inquietante. Llevaba varios minutos mirando la televisión sin prestar atención a lo que ocurría en la pantalla. Mi mente seguía en la cocina, recordando aquella mañana, la forma en que Nicolás me había mirado y la facilidad con la que ambos habíamos terminado discutiendo después de estar demasiado cerca de admitir algo que ninguno quería reconocer. Suspiré y tomé una de las galletas que había guardado. —Ni siquiera sé por qué estoy guardándole galletas. Negué con la cabeza. —Definitivamente, no se las merece. Una pequeña sonrisa apareció en mis labios. Justo entonces, el teléfono que Nicolás había dejado sobre la mesita

More Chapters
Explore and read good novels for free
Free access to a vast number of good novels on GoodNovel app. Download the books you like and read anywhere & anytime.
Read books for free on the app
SCAN CODE TO READ ON APP
DMCA.com Protection Status