تسجيل الدخولHabía pasado casi una semana desde la última vez que había visto a Nicolás. No sabía exactamente cuánto tiempo estaría fuera. Tampoco había preguntado. Bueno… quizá sí había preguntado. A Luca. Y a Marcos. Pero ninguno había querido decirme demasiado. —¿Cuándo vuelve? —pregunté una tarde, intentando fingir que solo era curiosidad. —Cuando termine lo que tiene que hacer —respondió Luca. —Qué respuesta tan específica. Marcos soltó una pequeña risa. —Es la respuesta que nos dieron. Rodé los ojos y continué con lo que estaba haciendo. No iba a admitir que lo extrañaba. Ni siquiera conmigo misma. La casa se había sentido demasiado silenciosa durante esos días. Me había acostumbrado a sus discusiones, a sus comentarios irritantes y a esa manera suya de mirarme como si pudiera descubrir cada uno de mis pensamientos. Su ausencia había dejado un vacío extraño. Quizá porque Nicolás Moretti se había convertido en una presencia demasiado habitual en mi vida. O
La mañana llegó demasiado rápido. Había pasado gran parte de la noche pensando en lo ocurrido en la montaña: aquella sensación de familiaridad, el miedo y la voz que todavía no conseguía recordar. También pensaba en Nicolás y en su promesa de que no tendría que enfrentar sola lo que descubriera. Había aceptado hablar con una psicóloga, no porque estuviera convencida de que funcionaría, sino porque ya no quería sentir que una parte de mi vida les pertenecía a todos menos a mí. Bajé a desayunar y encontré a Nicolás junto a la ventana, hablando por teléfono. —Sí. Hazlo antes de que llegue. Hizo una pausa. —No. No voy a esperar. Al verme, cambió ligeramente de expresión. —Tengo que colgar. Guardó el teléfono y se volvió hacia mí. —Buenos días. —Buenos días. Me senté frente a él. —¿Te vas? —Sí. Fuera de la ciudad. —¿Por cuánto tiempo? —Unos días. Dejé la taza sobre la mesa. —¿Problemas? —Nada que no pueda manejar. —¿Cuándo te vas? —En unas hora
Los días siguientes fueron extraños. Después de lo ocurrido en la montaña, Nicolás no volvió a mencionar la crisis. Yo tampoco. Era como si ambos hubiéramos decidido fingir que aquello no había sucedido. Pero no podía olvidarlo. Cada vez que cerraba los ojos, podía sentir nuevamente el frío, la nieve bajo mis manos, mi respiración acelerándose y aquella sensación de que ya había estado allí. De que una parte de mí conocía aquel lugar mucho mejor de lo que yo quería admitir. La idea de hablar con un psicólogo tampoco dejaba de rondarme la cabeza. Al principio no estaba convencida. No me gustaba hablar de mis problemas con desconocidos, mucho menos de algo que ni siquiera podía recordar. Pero después de lo ocurrido en la montaña, había entendido que quizá no podía seguir intentando resolverlo sola. Lo que más me asustaba no era descubrir que había olvidado algo. Era descubrir qué. Aquella mañana bajé a desayunar. Nicolás ya estaba allí, sentado frente a su ta
El doctor llegó poco después. Yo seguía en mi despacho, mirando por la ventana, cuando escuché unos pasos acercándose por el pasillo. La puerta se abrió. —Señor Moretti. Me giré. —¿Cómo está? El doctor dejó su maletín sobre una de las sillas y se quitó el abrigo. —Está dormida. —Eso ya lo sé. —Entonces supongo que quiere saber por qué. No respondí. El hombre me observó unos segundos antes de continuar. —La revisé. No presenta ninguna lesión importante. Su respiración está estable y sus signos vitales también. —Entonces, ¿qué fue lo que pasó? El doctor guardó silencio por un instante. —¿Qué ocurrió exactamente? Le conté lo que había visto. Cómo había estado esquiando. Cómo se había reído. Cómo todo cambió cuando llegué a la parte baja de la montaña. —¿Dijo algo? Asentí. —Me pidió que la sacara de allí. —¿Algo más? Recordé su rostro, las lágrimas y la forma en que había temblado entre mis brazos. —Dijo que no quería estar allí. El do
Habían pasado varios días desde lo ocurrido en el muelle. Y el caos todavía no había terminado. La casa Moretti ya no se sentía igual. Había hombres entrando y saliendo constantemente, llamadas a todas horas y reuniones que parecían no tener fin. Nicolás estaba prácticamente desaparecido. No porque se hubiera ido. Peor. Estaba allí, pero demasiado ocupado para prestarme atención. Desde aquella tarde apenas habíamos tenido conversaciones que duraran más de unos minutos. —¿Vas a cenar? —No lo sé. —¿Cuándo volverás? —Tarde. —Nicolás… —Lucía, tengo trabajo. Y se marchaba. Al principio intenté entenderlo. Después me molesté y, finalmente, me aburrí. Estaba acostumbrada a que Nicolás fuera distante, pero aquello era diferente. Parecía tener la cabeza en otro lugar. En el muelle. En la medalla. En Damián. En aquella noche que ninguno de los dos parecía capaz de dejar atrás. Una tarde, finalmente, decidí enfrentarlo. Entré a su despacho sin llamar
Desperté sobresaltada. Por unos segundos no supe dónde estaba. La habitación estaba oscura. Demasiado oscura. Parpadeé varias veces y giré la cabeza hacia la ventana. La luz que se filtraba por las cortinas no parecía la de una mañana. Fruncí el ceño y busqué mi teléfono sobre la mesa de noche. 17:03. Me quedé mirando la pantalla. —¿Qué…? Había dormido todo el día. Me incorporé lentamente. Esta vez el mundo no dio vueltas. Seguía sintiéndome cansada, pero aquella sensación pesada que había tenido por la mañana había desaparecido casi por completo. Recordé vagamente a Nicolás entrando en mi habitación. Su voz. Sus reproches. Sus brazos sosteniéndome cuando no podía mantenerme en pie. Y aquella frase. Me importa que estés viva, maldita sea. Negué con la cabeza. No. No iba a pensar en eso. Me levanté y me dirigí al baño. Después de lavarme la cara y arreglarme un poco, salí de la habitación. Lo primero que noté fue el silencio. Pero no era el m







