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6. La nueva empleada

مؤلف: Arlene
last update تاريخ النشر: 2026-09-16 02:13:25

Nicolás volvió a entrar en la habitación unos minutos después.

Yo seguía sentada en el borde de la cama, con la mirada perdida en algún punto del suelo mientras intentaba reconstruir mentalmente la noche anterior.

Sin demasiado éxito.

Recordaba el vino, haber discutido con él, su camiseta y su voz. Pero había partes que seguían siendo demasiado borrosas.

Y eso me estaba volviendo loca.

—Tenemos que hablar.

Levanté la mirada.

—Eso nunca termina bien cuando lo dices tú.

Nicolás ignoró mi comentario, como siempre.

—Contraté a alguien.

Fruncí el ceño.

—¿A alguien para qué?

—Para encargarse de la casa.

Lo miré sin entender.

—¿Qué?

—Una empleada. Se ocupará de la cocina, la limpieza y de lo que necesites.

Parpadeé.

—¿Y por qué?

Su expresión permaneció seria.

—No quiero que vuelva a ocurrir lo de ayer.

Bajé la mirada hacia mi mano vendada.

—¿El accidente de la cocina?

—Exactamente. Un corte, sangre sobre la encimera, una cena arruinada y tú intentando convencerme de que no necesitabas ayuda.

—Puedo cuidarme sola.

—Eso ya quedó demostrado.

Lo miré con indignación.

—¿Contrataste a alguien para vigilarme?

—No.

—Entonces, ¿para qué?

Nicolás se acercó unos pasos.

—Para evitar que conviertas otra cena en una emergencia.

—No necesito una niñera.

—Perfecto. Considérala una cocinera.

—No quiero una cocinera.

—Pues tendrás una.

Me levanté de la cama.

—¿Siempre tomas decisiones por mí?

—Cuando la decisión afecta directamente a mi casa, sí.

—Esta también es mi casa.

Nicolás sostuvo mi mirada. Durante un segundo, ninguno dijo nada.

—Entonces compórtate como si quisieras conservarla.

Entrecerré los ojos.

—¿Eso fue una amenaza?

—Un consejo.

—Suena igual.

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

—Empiezas a conocerme.

—Desafortunadamente.

Se cruzó de brazos.

—La empleada llegará esta mañana.

—No.

—Ya está contratada.

—Nicolás.

—Lucía.

—No quiero que alguien me siga por la casa.

—No lo hará. Trabajará.

Hizo una pausa.

—Y tú intentarás no cortarte otra parte del cuerpo.

Lo miré con incredulidad.

—Qué romántico.

—Nunca prometí romance.

La noche anterior volvió a mi cabeza: la camiseta, el vino, su mirada y aquella frase sobre haber olvidado por un momento que lo odiaba.

Aparté la mirada.

—Sobre lo de ayer…

Nicolás permaneció en silencio.

—¿Qué pasó realmente?

—Ya te lo dije.

—No. Me dijiste que casi hice algo de lo que me arrepentiría. ¿Qué hice?

Sonrió ligeramente.

—No recuerdo haberte prometido una explicación.

—Nicolás.

—Lucía.

—Eres insoportable.

—Y tú tienes una memoria selectiva.

Fruncí el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Se acercó un poco más.

—Que recuerdas perfectamente todo lo que te conviene.

Sentí que mi corazón daba un pequeño salto.

—¿Estás diciendo que pasó algo entre nosotros?

Su mirada bajó un instante hacia mis labios.

Fue apenas un segundo, pero lo noté.

—Estoy diciendo que anoche estabas mucho menos interesada en odiarme.

Sentí calor en las mejillas, pero no iba a permitir que lo notara.

—Qué memoria tan selectiva tienes, Nicolás.

Sonreí.

—A veces el desespero no es más que una forma distinta de odio.

Antes de que pudiera responder, me incliné y besé su mejilla.

Fue rápido, lo suficiente para dejarlo sorprendido.

—Buenos días.

Salí de la habitación antes de que pudiera decir nada.

Pero apenas crucé el umbral, choqué de frente con alguien.

—¡Oh!

Retrocedí.

Era la empleada. Sus ojos bajaron por un instante hasta la enorme camiseta que llevaba puesta.

La camiseta de Nicolás.

Sentí cómo el calor subía hasta mis mejillas.

Genial. Simplemente genial.

—Buenos días —murmuré, intentando recuperar algo de dignidad.

—Buenos días, señora Moretti.

La mujer intentó mantener una expresión profesional, pero noté su sorpresa. No la culpaba. Yo probablemente habría pensado lo mismo.

Detrás de mí escuché una risa baja.

La reconocería en cualquier parte.

Cerré los ojos.

—No digas nada.

—Ni siquiera he dicho nada.

Me giré. Nicolás seguía en la puerta, apoyado tranquilamente contra el marco, con aquella sonrisa arrogante que empezaba a resultarme insoportable.

—Tu expresión lo dice todo.

—¿Qué puedo decir? La valentía de los Di Valentí parece desaparecer cuando hay testigos.

—Cállate.

Me volví hacia la empleada.

—¿Podría…?

—Por supuesto, señora.

La mujer desapareció rápidamente por el pasillo.

Esperé a que se alejara antes de volver a entrar en la habitación. Cerré la puerta.

—Esto es culpa tuya.

Nicolás arqueó una ceja.

—¿Mía?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque me dejaste salir usando tu camiseta.

—No recuerdo haberte obligado.

—No empieces.

Soltó una risa baja.

—¿Ya terminaste de huir?

Lo miré fijamente.

—No estaba huyendo.

—Claro que no. Solo corriste por el pasillo con mi camiseta puesta después de besarme la mejilla.

—Fue un beso de despedida.

—¿Así llamas ahora a tus provocaciones?

—Así llamo a no tener ganas de escucharte.

Me crucé de brazos. No sabía exactamente por qué estaba tan empeñada en provocarlo. Quizás porque era la única forma de recuperar el control cuando él conseguía descolocarme. O quizá porque quería descubrir cuánto podía acercarme antes de que alguno de los dos perdiera el control.

Entonces tuve una idea.

Si quería jugar, jugaríamos.

—Y si tanto quieres tu camiseta…

Tomé el borde de la prenda.

Nicolás dejó de sonreír.

—Lucía…

—Ten.

Me quité la camiseta de un movimiento y la lancé sobre la cama.

El silencio fue inmediato.

Quedé únicamente en ropa interior.

La expresión de Nicolás cambió por completo. Sus ojos se quedaron sobre mí un instante antes de volver lentamente a mi rostro.

—¿Qué haces?

—Te devuelvo lo que es tuyo.

—Lucía…

Su tono había cambiado. Ya no sonaba divertido.

—¿No era eso lo que querías?

Di un paso hacia él.

Nicolás permaneció inmóvil. Por primera vez desde que lo conocía, parecía haber perdido una respuesta.

—Eres una criatura suicida.

Sonreí.

—Eso ya me lo dijiste.

—Y aparentemente no aprendiste.

Dio un paso hacia mí. Yo no retrocedí. Otro, hasta que mi espalda quedó contra la pared.

Apoyó una mano junto a mi cabeza, acortando la distancia entre nosotros. Su mirada se volvió intensa.

—Tentar a un hombre hambriento con el festín servido no es precisamente una estrategia de poder, Lucía.

Tragué saliva, pero mantuve la sonrisa.

—¿Quién dijo que estoy intentando tener poder sobre ti?

—Tú.

—Entonces quizás deberías aprender a distinguir una provocación de una invitación.

Sus ojos recorrieron mi rostro.

—Créeme, sé perfectamente la diferencia.

Su otra mano se apoyó contra la pared, dejándome rodeada por él. Podía sentir su respiración cerca. El corazón comenzó a golpearme el pecho con demasiada fuerza.

Y, aun así, no quería apartarme.

—¿Entonces esto es lo que quieres? —pregunté.

Nicolás sostuvo mi mirada.

—No.

La respuesta fue inmediata.

Parpadeé.

—¿No?

—Quiero que dejes de jugar conmigo.

Sonreí.

—¿Y si me gusta jugar?

Inclinó ligeramente el rostro.

—Entonces estás jugando con fuego.

—Quizás me guste quemarme.

Una sonrisa peligrosa apareció en sus labios.

—No tienes idea de lo que estás diciendo.

—¿Y tú sí?

—Demasiado.

El silencio entre ambos se volvió insoportable. Podía escuchar los latidos de mi propio corazón.

Nicolás bajó la mirada hacia mis labios y después volvió a mis ojos.

—El poder es control, Lucía.

Su voz descendió hasta convertirse casi en un susurro.

—Y lo que siento ahora mismo es exactamente lo contrario.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Por primera vez, aquello dejó de parecerme un simple juego.

Había algo real detrás de sus palabras.

Algo que ninguno quería nombrar.

—Entonces quizás deberías alejarte.

Nicolás sostuvo mi mirada. Durante unos segundos pensé que no lo haría.

Pero finalmente se apartó.

Retrocedió un paso y tomó la camiseta de la cama.

Me la extendió.

—Póntela.

Fruncí el ceño.

—¿Qué pasó con todo ese discurso?

—Que todavía tengo suficiente control para saber cuándo detenerme.

Tomé la camiseta. Aquella respuesta consiguió dejarme sin palabras.

Porque, aunque jamás se lo diría, una parte de mí esperaba que siguiera acercándose.

Y que se hubiera detenido por decisión propia me provocó una sensación extraña.

—Cobarde.

Nicolás sonrió.

—Y tú eres demasiado peligrosa cuando crees que has ganado.

Me puse nuevamente la camiseta.

—Jódete, Nicolás.

Me giré para salir.

—Y, Lucía…

Me detuve y lo miré por encima del hombro.

—¿Qué?

Su sonrisa desapareció.

—La próxima vez que quieras provocarme, asegúrate de estar preparada para las consecuencias.

Sentí una sonrisa aparecer en mis labios.

—Quizás la próxima vez sea precisamente lo que estoy esperando.

Salí de la habitación.

Solo cuando cerré la puerta detrás de mí me permití apoyar la espalda contra ella.

Respiré profundamente.

Había querido provocarlo. Había querido demostrarle que no podía intimidarme.

Pero ahora tenía un problema.

Porque, por primera vez, comenzaba a sospechar que quizá no era Nicolás quien estaba perdiendo el control.

Quizás era yo.

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  • Pacto bajo la nieve    20. Una noche en casa

    Había pasado casi una semana desde la última vez que había visto a Nicolás. No sabía exactamente cuánto tiempo estaría fuera. Tampoco había preguntado. Bueno… quizá sí había preguntado. A Luca. Y a Marcos. Pero ninguno había querido decirme demasiado. —¿Cuándo vuelve? —pregunté una tarde, intentando fingir que solo era curiosidad. —Cuando termine lo que tiene que hacer —respondió Luca. —Qué respuesta tan específica. Marcos soltó una pequeña risa. —Es la respuesta que nos dieron. Rodé los ojos y continué con lo que estaba haciendo. No iba a admitir que lo extrañaba. Ni siquiera conmigo misma. La casa se había sentido demasiado silenciosa durante esos días. Me había acostumbrado a sus discusiones, a sus comentarios irritantes y a esa manera suya de mirarme como si pudiera descubrir cada uno de mis pensamientos. Su ausencia había dejado un vacío extraño. Quizá porque Nicolás Moretti se había convertido en una presencia demasiado habitual en mi vida. O

  • Pacto bajo la nieve    19. La melodía olvidada

    La mañana llegó demasiado rápido. Había pasado gran parte de la noche pensando en lo ocurrido en la montaña: aquella sensación de familiaridad, el miedo y la voz que todavía no conseguía recordar. También pensaba en Nicolás y en su promesa de que no tendría que enfrentar sola lo que descubriera. Había aceptado hablar con una psicóloga, no porque estuviera convencida de que funcionaría, sino porque ya no quería sentir que una parte de mi vida les pertenecía a todos menos a mí. Bajé a desayunar y encontré a Nicolás junto a la ventana, hablando por teléfono. —Sí. Hazlo antes de que llegue. Hizo una pausa. —No. No voy a esperar. Al verme, cambió ligeramente de expresión. —Tengo que colgar. Guardó el teléfono y se volvió hacia mí. —Buenos días. —Buenos días. Me senté frente a él. —¿Te vas? —Sí. Fuera de la ciudad. —¿Por cuánto tiempo? —Unos días. Dejé la taza sobre la mesa. —¿Problemas? —Nada que no pueda manejar. —¿Cuándo te vas? —En unas hora

  • Pacto bajo la nieve    18. Fragmentos del pasado

    Los días siguientes fueron extraños. Después de lo ocurrido en la montaña, Nicolás no volvió a mencionar la crisis. Yo tampoco. Era como si ambos hubiéramos decidido fingir que aquello no había sucedido. Pero no podía olvidarlo. Cada vez que cerraba los ojos, podía sentir nuevamente el frío, la nieve bajo mis manos, mi respiración acelerándose y aquella sensación de que ya había estado allí. De que una parte de mí conocía aquel lugar mucho mejor de lo que yo quería admitir. La idea de hablar con un psicólogo tampoco dejaba de rondarme la cabeza. Al principio no estaba convencida. No me gustaba hablar de mis problemas con desconocidos, mucho menos de algo que ni siquiera podía recordar. Pero después de lo ocurrido en la montaña, había entendido que quizá no podía seguir intentando resolverlo sola. Lo que más me asustaba no era descubrir que había olvidado algo. Era descubrir qué. Aquella mañana bajé a desayunar. Nicolás ya estaba allí, sentado frente a su ta

  • Pacto bajo la nieve    17. Lo que no recuerdo

    El doctor llegó poco después. Yo seguía en mi despacho, mirando por la ventana, cuando escuché unos pasos acercándose por el pasillo. La puerta se abrió. —Señor Moretti. Me giré. —¿Cómo está? El doctor dejó su maletín sobre una de las sillas y se quitó el abrigo. —Está dormida. —Eso ya lo sé. —Entonces supongo que quiere saber por qué. No respondí. El hombre me observó unos segundos antes de continuar. —La revisé. No presenta ninguna lesión importante. Su respiración está estable y sus signos vitales también. —Entonces, ¿qué fue lo que pasó? El doctor guardó silencio por un instante. —¿Qué ocurrió exactamente? Le conté lo que había visto. Cómo había estado esquiando. Cómo se había reído. Cómo todo cambió cuando llegué a la parte baja de la montaña. —¿Dijo algo? Asentí. —Me pidió que la sacara de allí. —¿Algo más? Recordé su rostro, las lágrimas y la forma en que había temblado entre mis brazos. —Dijo que no quería estar allí. El do

  • Pacto bajo la nieve    16. Lo que la nieve recuerda

    Habían pasado varios días desde lo ocurrido en el muelle. Y el caos todavía no había terminado. La casa Moretti ya no se sentía igual. Había hombres entrando y saliendo constantemente, llamadas a todas horas y reuniones que parecían no tener fin. Nicolás estaba prácticamente desaparecido. No porque se hubiera ido. Peor. Estaba allí, pero demasiado ocupado para prestarme atención. Desde aquella tarde apenas habíamos tenido conversaciones que duraran más de unos minutos. —¿Vas a cenar? —No lo sé. —¿Cuándo volverás? —Tarde. —Nicolás… —Lucía, tengo trabajo. Y se marchaba. Al principio intenté entenderlo. Después me molesté y, finalmente, me aburrí. Estaba acostumbrada a que Nicolás fuera distante, pero aquello era diferente. Parecía tener la cabeza en otro lugar. En el muelle. En la medalla. En Damián. En aquella noche que ninguno de los dos parecía capaz de dejar atrás. Una tarde, finalmente, decidí enfrentarlo. Entré a su despacho sin llamar

  • Pacto bajo la nieve    15. Lo que volvió con la nieve

    Desperté sobresaltada. Por unos segundos no supe dónde estaba. La habitación estaba oscura. Demasiado oscura. Parpadeé varias veces y giré la cabeza hacia la ventana. La luz que se filtraba por las cortinas no parecía la de una mañana. Fruncí el ceño y busqué mi teléfono sobre la mesa de noche. 17:03. Me quedé mirando la pantalla. —¿Qué…? Había dormido todo el día. Me incorporé lentamente. Esta vez el mundo no dio vueltas. Seguía sintiéndome cansada, pero aquella sensación pesada que había tenido por la mañana había desaparecido casi por completo. Recordé vagamente a Nicolás entrando en mi habitación. Su voz. Sus reproches. Sus brazos sosteniéndome cuando no podía mantenerme en pie. Y aquella frase. Me importa que estés viva, maldita sea. Negué con la cabeza. No. No iba a pensar en eso. Me levanté y me dirigí al baño. Después de lavarme la cara y arreglarme un poco, salí de la habitación. Lo primero que noté fue el silencio. Pero no era el m

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