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CAPÍTOLU 2: EL TRONO VACIO

Auteur: Daria R
last update Date de publication: 2026-04-10 05:22:08

—¿Dónde está ella, señora Gable? —gritó Elias mientras irrumpía en la cocina la mañana siguiente. La casa estaba anormalmente quieta, sin el suave zumbido de la lista de jazz matutina de Clara ni el aroma de café recién hecho. Había trabajado hasta las cuatro de la mañana y esperaba encontrarla sentada junto a la ventana con un libro.

El ama de llaves lo miró con una mezcla de lástima y temor mientras dejaba una bandeja de plata.  

—Se fue antes del amanecer, señor Thorne, y no se llevó el Mercedes ni al chofer privado —susurró, con las manos temblorosas—. Solo llevaba una pequeña bolsa de lona y dejó su anillo de boda en el tocador del dormitorio principal.

Elias sintió una fría descarga de adrenalina en las venas mientras corría escaleras arriba hacia el dormitorio. Encontró el anillo exactamente donde la señora Gable había dicho, descansando sobre una sola hoja de papel crema. El diamante parecía opaco y burlón bajo el sol duro de la mañana que entraba por los ventanales del suelo al techo.

Abrió la nota con las manos temblorosas por primera vez en su vida calculada y adulta.  

*Estoy cansada de ser un fantasma en tu casa y un trofeo en tu estantería*, decía la letra cursiva y pulcra. *Puedes quedarte con el imperio, Elias, porque por fin voy a encontrar una vida que realmente me pertenezca.*

Sacó el teléfono y marcó frenéticamente su número, pero la llamada fue directamente a una línea desconectada. En un arrebato de rabia rara y descontrolada, lanzó el costoso aparato contra la pared de mármol y vio cómo la pantalla se hacía añicos. Ella había planeado esta huida con una precisión que reflejaba sus estrategias empresariales más agresivas y exitosas.

—Encuéntrala —ladró a su jefe de seguridad por el intercomunicador un momento después, con voz baja y peligrosa—. No me importa lo que cueste ni cuántos investigadores privados tengas que contratar. Usa todos los recursos del Grupo Thorne para traer a mi esposa de vuelta a casa, donde pertenece, inmediatamente.

Marcus, su jefe de seguridad, apareció en la puerta tres minutos después con una tablet y expresión sombría.  

—No usó ninguna tarjeta de crédito y su pasaporte sigue en la caja fuerte —informó—. Tomó cinco mil dólares en efectivo y desapareció en el sistema de transporte de la ciudad, probablemente cambiando de autobús varias veces para despistarnos.

Elias se sentó en el borde de la cama. La realidad de la habitación vacía empezaba por fin a asentarse. Miró el armario y se dio cuenta de que todas las cosas que había comprado para hacerla feliz seguían intactas. Había construido un museo para una mujer que solo quería un hogar, y ahora él era el único objeto expuesto.

—No puede sobrevivir con cinco mil dólares —dijo Elias, más para sí mismo que para Marcus—. Se dará cuenta de lo dura que es la vida real y volverá arrastrándose en menos de una semana buscando su antigua vida.

—Con todo respeto, señor, no parecía una mujer que fuera a volver —respondió Marcus en voz baja—. Parecía alguien que por fin había encontrado la salida y que no planeaba mirar atrás nunca más.

Elias se levantó y caminó hasta la ventana, mirando la ciudad que creía haber conquistado. Sintió un vacío doloroso en el pecho que ni todo el dinero ni el poder podían llenar. Había pasado años ignorando su presencia, y ahora su ausencia era lo único que podía sentir.

—Es una Thorne —murmuró Elias, apretando la mandíbula mientras miraba el horizonte—. Pertenece aquí, conmigo, y la encontraré aunque tenga que quemar esta ciudad hasta los cimientos.

Pero a medida que los días se convertían en semanas, el silencio en el ático creció hasta hacerse ensordecedor. Encontró sus dibujos en la basura: bocetos de pájaros con alas cortadas y jaulas doradas que le hicieron estremecerse. Empezó a darse cuenta de que en realidad no conocía a la mujer que había compartido su cama durante medio decenio.

Cada noche se sentaba en su despacho, pero los números en la pantalla ya no tenían sentido. Se sorprendía mirando la silla vacía de ella, esperando el susurro de la seda que nunca llegaba. El rey seguía en su trono, pero el palacio nunca había parecido más una tumba.

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