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CAPÍTOLU 5: EL MECENAS ANÓNIMOO

Auteur: Daria R
last update Date de publication: 2026-04-10 05:26:59

—Te lo digo, Clara, alguien te está cuidando de una forma que parece un cuento de hadas o una racha de mucha suerte —dijo Martha mientras se inclinaba sobre el mostrador de la galería a la mañana siguiente. Sostenía un sobre grueso de color crema que alguien había metido por error bajo la puerta del diner. Clara tomó el sobre con el ceño fruncido por la confusión y notó el peso del grueso y caro papel que parecía completamente fuera de lugar en aquel pueblo costero.

Dentro había un cheque de caja por diez mil dólares y una breve nota escrita a máquina, sin firma ni remitente.  

*Por la luz que has devuelto a la costa*, decía el mensaje con una tipografía limpia y profesional. Clara sintió que las rodillas le fallaban y tuvo que agarrarse al borde del escritorio de caoba para no tambalearse. Esa cantidad bastaba para pagar un año de alquiler y mejorar el sistema de ventilación para sus óleos.

—Esto no puede ser real, Martha; la gente no deja diez mil dólares porque le gusten unos cuantos paisajes marinos y un boceto de faro —susurró Clara. Miró alrededor de la pequeña galería y de pronto se sintió expuesta, como si unos ojos invisibles siguieran cada uno de sus movimientos. Su mente voló inmediatamente a Seattle, al hombre que usaba el dinero como arma y como correa para mantenerla en su sitio.

—Quizá fueron aquella pareja elegante de Portland que se quedó en la posada anoche y pasó una hora mirando tu obra «Pájaro de la tormenta» —sugirió Martha. Le dio una palmadita en la mano con una mirada de orgullo maternal que hizo que el corazón de Clara se encogiera con una mezcla de gratitud y sospecha. Pero Clara conocía a la pareja de Portland; habían regateado por una impresión de cincuenta dólares, no por cheques anónimos de cinco cifras.

Al otro lado de la calle, apostado en el rincón oscuro de la ventana del segundo piso de la biblioteca, Elias Thorne observaba a su esposa con unos potentes binoculares. Vio cómo sostenía el cheque y vio el destello de miedo que cruzó su hermoso rostro antes de que llegara el alivio. Se recostó contra la fría pared de piedra; su corazón latía con una intensidad dolorosa y rítmica que le hacía sentir los pulmones demasiado pequeños.

Había pasado toda la noche organizando aquella transferencia a través de una serie de empresas fantasma para que el apellido Thorne permaneciera completamente intrazable. Era la primera vez que usaba su riqueza para empoderarla en lugar de controlarla, y la sensación era extrañamente embriagadora. No quería su gratitud, y desde luego no quería que supiera que era él; solo quería que pudiera dormir sin preocuparse por el alquiler.

—Está sospechando, Elias, tal como te advertí que pasaría si movías el dinero demasiado rápido —dijo Marcus por el auricular. El jefe de seguridad estaba apostado en las afueras del pueblo, monitorizando los escáneres policiales locales y asegurándose de que nadie molestara a la «vulnerable» artista. Elias ignoró el comentario; sus ojos seguían fijos en Clara mientras ella caminaba hasta el ventanal de su tienda y miraba el mar gris y agitado.

—Necesita seguridad, Marcus, y soy el único que puede proporcionársela, aunque tenga que hacerlo desde las sombras —respondió Elias. Su voz era un gruñido bajo y áspero, el sonido de un hombre que estaba perdiendo lentamente la cordura en un exilio autoimpuesto. Vio cómo Julian, el pescador, se acercaba a la puerta de la galería y llamaba, con una amplia y fácil sonrisa en su rostro bronceado por el sol.

Elias observó a Clara abrir la puerta y mostrarle el cheque a Julian; su rostro se iluminó con una emoción que Elias no había provocado en años. Vio al pescador abrazarla brevemente en celebración, sus grandes manos apoyadas en la cintura de ella un segundo de más. Apretó los binoculares con tanta fuerza que el plástico crujió; una oleada primitiva de celos rugió por sus venas como un incendio forestal fuera de control.

—Voy a matarlo —murmuró Elias, con los nudillos blancos mientras veía a Julian reír y hacer girar a Clara en la pequeña tienda. Quiso revelarse en ese mismo instante, cruzar la calle y recordarles a ambos el poder que podía ejercer con una sola llamada. Pero se obligó a permanecer en la oscuridad; la fría piedra de la pared de la biblioteca se le clavaba en la espalda mientras veía la vida que deseaba ser vivida por otro.

Clara, mientras tanto, sintió un escalofrío repentino que la hizo apartarse del abrazo de Julian; sus ojos se dirigieron hacia la biblioteca al otro lado de la calle. No vio a nadie, pero la sensación de ser observada era tan pesada que parecía un peso físico contra su pecho. Forzó una sonrisa para Julian, pero la alegría del regalo se vio de pronto empañada por un frío y persistente temor que no conseguía nombrar.

—¿Estás bien, Clara? Pareces como si acabaras de ver un fantasma en pleno mediodía —preguntó Julian, con voz llena de preocupación sincera. Siguió su mirada hacia la biblioteca, pero las ventanas estaban oscuras y solo reflejaban el cielo gris y nublado de la costa de Oregón. Clara negó con la cabeza y guardó el cheque en el bolsillo, intentando convencerse de que por fin estaba a salvo de su pasado.

—Estoy bien, Julian; solo es mucha emoción para una mañana y creo que necesito volver al trabajo —dijo en voz baja. Lo vio marcharse; su sonrisa se desvaneció en cuanto la puerta se cerró con un clic y el silencio regresó a la galería. Caminó hasta su caballete, tomó una espátula, pero su mano temblaba demasiado para dar una sola pincelada firme.

En lo más profundo de la biblioteca, Elias la observó hasta que ella apagó las luces y se retiró al pequeño apartamento del fondo del estudio. No se movió durante mucho rato; la oscuridad de la habitación lo envolvió por completo mientras contemplaba la distancia que los separaba. Le había dado un futuro, pero él seguía siendo un hombre atrapado en un pasado que ella intenta

ba desesperadamente olvidar.

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