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CAPÍTOLU 6: EL ROSTRO EN LA LLUVIA

Autor: Daria R
last update Data de publicação: 2026-04-10 05:28:14

—¿Eres el hombre que compró la vieja propiedad de los Miller, verdad? —preguntó Clara, su voz cortando el ritmo constante de la lluvia que golpeaba el toldo de la tienda de comestibles. Luchaba con dos pesadas bolsas de suministros, el rostro enrojecido por el esfuerzo y el aire húmedo de Oregón. Elias se quedó congelado, con la mano suspendida sobre la manija de la puerta de su camioneta oxidada; el corazón se le subió a la garganta al oír su voz.

Se giró lentamente, manteniendo la cabeza baja para que el ala del sombrero y su espesa barba actuaran como escudo. La vio allí de pie, más pequeña de lo que recordaba, pero al mismo tiempo más sustancial y real que la mujer del ático de Seattle. Sus ojos buscaban su rostro con una curiosidad vecinal que le quemaba la piel como un hierro candente.  

—Soy Eli —logró decir con voz ronca; incluso a él le sonó extraña.

Clara sonrió, una expresión sincera y cansada que le llegó hasta los ojos y que, por un instante, hizo que las rodillas de Elias se tambalearan peligrosamente.  

—Soy Clara, y soy la que intenta convertir esa vieja tienda de cebos en una galería, aunque hoy parece más bien una piscina —dijo. Cambió el peso de las bolsas y Elias por fin se movió; su instinto protector superó el miedo a ser reconocido. Dio un paso adelante y tomó las pesadas bolsas; sus dedos rozaron accidentalmente la mano fría y húmeda de ella.

Una descarga eléctrica lo atravesó, una sensación tan aguda y familiar que casi dejó caer las compras allí mismo en la acera. Clara no se apartó de inmediato; miró su mano —grande, callosa y marcada por el trabajo manual reciente— y luego levantó la vista hacia su rostro.  

—Gracias, Eli —susurró, frunciendo ligeramente el ceño como si intentara recordar una melodía que había oído hace mucho tiempo. Elias no se fiaba de sí mismo para hablar de nuevo, así que simplemente asintió y llevó las bolsas hacia el pequeño y destartalado sedán de ella.

Colocó las compras en el asiento trasero con una precisión casi excesiva para un simple vecino del pueblo. Sintió la mirada de Clara en su espalda, un peso pesado de escrutinio que le erizó el vello de la nuca en una advertencia primitiva. Mantuvo los movimientos lentos y torpes, un contraste deliberado con la gracia afilada y eficiente que había tenido como CEO de Thorne Industries. Cuando se volvió hacia ella, Clara estaba apoyada contra la puerta del coche, con una expresión indescifrable bajo la luz gris de la tarde.

—Tienes unos ojos muy amables para alguien que parece haber pasado por una guerra, Eli —dijo Clara con suavidad, su voz apenas audible por encima de la lluvia. Elias sintió que se le formaba un nudo en la garganta, un trozo irregular de arrepentimiento que no conseguía tragar por más que lo intentara. Él la había sometido a una guerra: una guerra silenciosa y psicológica de abandono y frialdad, y ahora se escondía entre sus ruinas. Se tocó el ala del sombrero en un silencioso adiós y regresó a su camioneta.

Mientras se subía al asiento del conductor, la vio alejarse por el espejo retrovisor; las luces traseras se desvanecían en la niebla como dos brasas moribundas. Apretó el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos; su respiración salía en jadeos entrecortados y superficiales que empañaban el parabrisas. Había estado a centímetros de ella, había olido la vainilla de su piel y había visto la luz en sus ojos, y sin embargo nunca se había sentido más lejos. Comprendió entonces que «Eli» era la única versión de sí mismo que ella volvería a permitir que se acercara.

Condujo de vuelta a su casita destartalada; el silencio del vehículo estaba lleno de los ecos de la risa de Clara en el diner de aquella semana. Sacó el pequeño cuaderno de bocetos que había rescatado de la basura en Seattle y pasó a una página donde ella había dibujado un pájaro con las alas atadas. Tomó un lápiz y, por primera vez en años, empezó a dibujar; su mano temblaba mientras trazaba el contorno del rostro de ella. No dibujó a la socialité; dibujó a la mujer bajo la lluvia, a la que no necesitaba un multimillonario para salvarla.

—Voy a perderte de nuevo, ¿verdad? —susurró a la habitación vacía. La única respuesta fue el crujido de las viejas tablas del suelo. Sabía que cada día que pasaba como «Eli» era una bomba de relojería, una mentira que acabaría explotando y destruyendo el frágil puente que estaba construyendo. Pero al mirar el boceto, supo que no podía parar, porque incluso una vida construida sobre una mentira era mejor que una vida sin ella. Sería el carpintero, el vecino o el fantasma… lo que hiciera falta para permanecer en su órbita.

Aquella noche la tormenta se intensificó; el viento aullaba a través de las rendijas de las ventanas como un animal herido que busca entrar. Elias se quedó sentado en la oscuridad, observando las luces de la galería de ella al otro lado de la calle: un faro solitario en la vasta e implacable oscuridad de la costa. Vio su sombra moverse contra el cristal, una silueta de gracia que una vez había poseído y que había derrochado por completo. Le prometió a la oscuridad que ganaría su perdón, aunque le costara cien capítulos y mil mentiras

más para conseguirlo.

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