Se connecterLéon Duerme. Por fin. Un sueño de vencida agotada, profundo y pesado. Las sábanas arrugadas son un campo de batalla a nuestro alrededor. No duermo. La miro. El resplandor del alba, gris y frío, traza las curvas de su hombro descubierto, la línea de su columna vertebral, la masa oscura de sus cabellos sobre la almohada. Respira, un aliento ligero que apenas levanta las sábanas. Está ahí. Real. Bajo mi mano que reposa sobre el calor de su espalda desnuda. Una droga. La analogía es débil, demasiado química. Es más visceral, más ancestral. Es como un elemento del que mi sangre se ha acordado. Un territorio que mi cuerpo reconoce antes incluso de que mi espíritu lo cartografíe. Poseerla no apacigua la sed. La cava. Cada vez es la primera vez. Cada gemido ahogado, cada estremecimiento bajo mis dedos, cada mirada que ella intenta endurecer antes de que se vele, todo eso alimenta un hogar que creía controlar. Me lev
Célia El agua del estanque retiene el frío de la noche. Se infiltra en mis huesos, ralentiza la sangre loca que corría bajo mi piel hace apenas unos minutos. Me estremezco, inmóvil. La superficie negra y lustrosa refleja destellos de luna, rotos por mis hombros que emergen. Lo miro. Sentado al borde, pantalón oscuro remangado, pies en el agua. Él me mira a su vez. Ya no es el depredador. Es el guardián. El propietario. Su satisfacción es un fuego bajo, que se enquista bajo las cenizas. Ha encendido un brasero en mí, y ahora vigila las brasas. — Sal, dice. — Aún no. Mi voz lleva sobre el agua calmada. Un desafío minúsculo. Un estremecimiento en el aire nocturno. Sus cejas se elevan, imperceptiblemente. No insiste. Espera. Es siempre él quien espera, al final. Que ceda, que arda, que reaccione. Me zambullo. Bajo la superfic
De repente, retira su mano. El vacío es una tortura. Gimo de verdad, un sonido de distress animal que no me reconozco. Suelta mi cabello, sus dos manos se posan sobre mis caderas, apretándolas. — Ahora, dice. Y entra en mí de un golpe. Profundamente. La penetración es tan brutal, tan total que mi grito se rompe contra el muro de piedra. Mis manos se aferran al muro, buscando una presa que no existe. No se mueve, hundido en mí, dejándome absorber el choque, la plenitud desgarradora. En el espejo, su rostro está tenso, una máscara de concentración feroz. El mío está marcado por una mezcla de dolor y de éxtasis tan intensa que se vuelve grotesca. Luego comienza. Movimientos de cadera cortos, poderosos, que me golpean contra la piedra. No es un ritmo, es un martilleo. Cada embestida es una reivindicación, una palabra de su profecía escrita en mi carne. Mi mujer. Mi mujer. Mi mujer. La sensación es insosteni
La beso. Ella no responde, pero no se sustrae. Su boca es dulce, magullada, y siento el estremecimiento de todo su ser, ese conflicto entre el asco y una atracción que ya no puede negar. Bebo ese conflicto. Me nutre. — La noche ha pasado, digo separándome de ella, nuestros alientos mezclados. El primer sacrificio está hecho. Ahora, construimos. Célia Se levanta, desnudo, poderoso, un espectro pálido en la luz naciente. Se dirige al baño sin una mirada atrás, seguro de su imperio. Permanezco en la cama, las sábanas arrugadas, mancilladas de nosotros. El peso de sus palabras me aplasta tanto como su cuerpo lo hizo. Mi mujer. La madre de mis hijos. Construimos. Es una locura. Una prisión de muros de oro y de deseo. Me levanto a mi vez, vacilante. Mis piernas tiemblan. Camino hasta el gran ventanal, contemplando el jardín aún anegado de sombras azuladas. Mi reflejo me sorprende: una muje
Célia El sueño no llega. Se escabulle, una charca fugitiva en cuya superficie danzan los reflejos de lo que acaba de pasar. Mi cuerpo es un campo de batalla silencioso. Cada músculo me recuerda su presencia, su peso, su posesión. Una dulzura punzante persiste entre mis muslos, prueba tangible, íntima, de lo irrevocable. Permanezco inmóvil, envuelta por el calor de Kassian, su brazo pesado atravesado sobre mi cintura. Su respiración es regular, profunda. Duerme. Él duerme. Y yo, ardo. — ¿Me he equivocado? La pregunta gira en círculos en mi cráneo, obsesiva. ¿Me he abandonado demasiado rápido, demasiado completamente? He luchado, he escupido mi odio, y luego… y luego mi cuerpo ha traicionado todo lo demás. Ha respondido. Ha deseado. Ha tomado. Un placer tan violento, tan total, que ha borrado hasta la noción de consentimiento. ¿Fue una rendición? ¿Una capitulación de mi alma? ¿O f
Kassian Estar en ella es una revelación. Un éxtasis mucho más profundo que todo lo que había imaginado. Es de una estrechez perfecta, de un calor húmedo que me aprieta, me ciñe, me aspira. Verla bajo mí, los ojos anegados, la boca entreabierta en un aliento jadeante, marcada por mi posesión… es la cima de cinco años de espera. Permanezco así, hundido en ella, dejándola acostumbrarse a mi presencia, a esta nueva realidad de su cuerpo. Bajo la cabeza, tomo sus labios en un beso lento, profundo, buscando poner en él todo lo que no puedo decir: la obsesión, la codicia, y esa cosa más peligrosa que crece en mí al sentirla así. — Eres mía, murmuro contra su boca. Ahora y siempre. Y comienzo a moverme. Célia El movimiento es de una lentitud exasperante, exquisita. Un vaivén profundo que remodela mi universo. El dolor inicial se funde, se transforma en una sensación plena, ardiente, que invade todo mi ser. Cada embes







