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34 | Variable incontrolable

Author: Agnes Blanco
last update publish date: 2025-06-25 07:11:07

La Casa Blanca, aún conmocionada por la confesión del Presidente y la fuga de Rebecca Thorne, se transformó en un centro de operaciones militares silencioso y tenso.

Nathaniel Vance, a pesar del agotamiento que lo carcomía, sentía una extraña mezcla de determinación y adrenalina. Había hecho su jugada pública, se había expuesto al mundo, y era momento de recoger su premio, pero también era el momento de desmantelar a la Resistencia y de cortar la cabeza de la hidra.

En una sala de mapas discret
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Comments (2)
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soaguivera01
Está de locos la autora nos tiene todos confundidos con este último capítulo, estamos como Anastasia que no sabemos que sucedió y en qué momento despertó
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Rufina
No entendí ni A. Y el padre de ella qué?
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  • Por Amor al Presidente   Epílogo

    Transcurrieron treinta años desde esa última cena familiar en Alaska. La nieve y el frío del norte se convirtieron en el telón de fondo de una vida plena, un mundo de paz y serenidad que contrastaba con la tormenta que una vez los había envuelto. Sus hijos crecieron en ese ambiente de amor, y la vida, con su paso implacable, trajo consigo tanto alegría como dolor. Agnes se fue a la universidad en la costa, brillante y llena de sueños, mientras que David y Benjamín, después de décadas de lealtad y amistad, se retiraron y, con el tiempo, partieron, dejando un vacío que el cariño de la familia no podía llenar por completo.Y luego estaba Henry.Aunque Vance nunca le metió en la cabeza la política, Henry creció rodeado de personas que llamaban a su padre "presidente" con una reverencia que lo marcó. El deseo de que a él también lo llamaran así, se convirtió en algo tangible cuando su padre lo apoyó para postularse. Las personas, al saber de dónde venía el joven con ideas frescas, lo apoyar

  • Por Amor al Presidente   148 | Hogar

    La nieve cubría el patio delantero como un manto blanco e inmaculado. Henry, envuelto en un traje de esquí, se deslizó por la pendiente en su tabla de snowboard. Anastasia, con la pequeña Agnes de la mano miró a su hijo. Estaba preocupada de que se rompiera algún hueso. Le aterraba ver a su hijo sufrir.—¡Henry, no te lances tan fuerte! —advirtió Anastasia.—¡Estoy bien, mamá! —respondió Henry.—¡Aún no eres un profesional!Pero el sonido de un grito se instaló en el lugar, haciendo que los tres miraran al hombre que se lanzaban como bala de cañón en su propia tabla. Vance se lanzó con una sonrisa en el rostro. Su risa, una risa contagiosa, llenó al aire helado y se llevó a Henry consigo. Rodaron por la nieve y Anastasia esperó que alguno se quejara, pero en su lugar ambos gritaron y dijeron que lo harían de nuevo. Vance se llevó sobre la espalda a Henry y volvieron a subir, hundiendo los pies hasta las rodillas en la nieve.—¡Papá! —dijo Agnes, con sus palabras incompletas.Anastasia

  • Por Amor al Presidente   147 | Todos merecen una segunda oportunidad

    La oscuridad de la jaula era un infierno sin fin, un castigo agónico. Cada minuto era una eternidad, un recordatorio de lo que había hecho. Rebecca, con la mirada perdida en la oscuridad, podía escuchar el sonido de las olas romper fuera antes de salir de ese contenido y que su vida cambiara para siempre. No sabía cuánto tiempo había pasado, ni dónde estaba, solo que Anastasia debió escuchar a Vance e intercedió para que no la mataran.Días, semanas, meses. ¿Cuán llevaba en esa isla?Solo existía el sonido de las olas, el olor a sal, y la desesperación. De repente, la jaula se abrió, el sol la golpeó en el rostro. Su cuerpo, temblaba incontrolablemente. Cayó en un contenedor, y la jaula se cerró. El sonido de un candado, el sonido del miedo, el dolor.La isla desierta, con sus palmeras y su arena blanca, fue una especie de castigo. Con el poco aliento que le quedaba, Rebecca, con el corazón roto, se arrastró hasta la orilla. La sed, que se sentía como un infierno, la hizo beber de su

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    Los meses que siguieron a la declinación de Vance fueron una tormenta mediática sin precedentes.Las redes sociales se incendiaron con debates apasionados, los programas de noticias analizaban su decisión sin cesar, y las portadas de revistas clamaban por una entrevista con el hombre que había abandonado el poder más grande del mundo, pero a Vance, toda esa algarabía le parecía un ruido lejano. Había elegido, y el alivio era tan profundo que se sentía como una paz que se había ganado a pulso. Se negó a dar cualquier entrevista, a hablar con medios amarillistas, o participar de alguna conferencia. Se negó de ser parte del circo, y apoyó en lo que pudo al siguiente presidente. David y Benjamin siguieron rondando por ahí, pero ya no como asesores, sino como amigos cercanos de la familia.Durante ese primer mes, la mansión se convirtió en su refugio, un santuario en el que solo existían él, Anastasia y Henry. Dedicó sus días a cuidarla con una devoción que no había podido darle en años. C

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    El día de las elecciones, el mundo se detuvo.El conteo final de los votos se sintió como una eternidad, y cuando el nombre de Nathaniel Vance fue anunciado como el próximo presidente, la mansión estalló en un caos de alegría. Los gritos de la victoria se sintieron como una sinfonía de triunfo, el sonido del champán que se abría y las risas resonaban en las paredes. Todos lo felicitaron, lo palmeaban en la espalda, lo abrazaban. Era como ganar el Super Tazón, o mejor.Y a pesar de toda la algarabía, a pesar de que el hombre que había soñado con ese momento toda su vida estaba parado en medio de la fiesta, él estaba ajeno a todo. Podía sentir el calor de los cuerpos, el sonido de las copas de cristal chocando, pero se sentía como si estuviera flotando en el espacio, un fantasma en su propia fiesta. Su victoria, el sueño que había perseguido con cada parte de su ser, ahora se sentía vacía, hueca.—Felicitaciones —dijo Anastasia en su habitación de hospital.Ella había mirado todo por te

  • Por Amor al Presidente   144 | El fin

    El sueño de Vance fue abruptamente destrozado por el sonido estridente del teléfono. El teléfono que sonó como si el mundo se estuviese acabando, le hizo temblar. La voz de David, al otro lado de la línea, fue de una urgencia que lo hizo salir del sueño que tenía en la silla esperando noticias de la candidatura. Había pasado casi toda la noche en esa silla. La palabra "hospital" fue todo lo que escuchó. No había tiempo para preguntas. Se levantó, se colocó el saco gris plomo y corrió hacia el hospital, el corazón latiéndole como un tambor en su pecho, preocupado y asustado.La ciudad dormida se sentía como un fantasma. Las calles, como un laberinto, estaban vacías. La camioneta se movía a una velocidad elevada, las luces de la calle se desvanecían en el espejo retrovisor. El silencio en la camioneta era tan pesado que se podía escuchar el sonido de su corazón latiendo. Estaba aterrado, tanto que le pidió al chofer que acelerara para llegar más rápido.No le habían dicho nada por teléf

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