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Por error, embarazada de un millonario
Por error, embarazada de un millonario
Author: sheyla garcia

Prólogo

Author: sheyla garcia
last update publish date: 2026-08-12 11:04:33

El reloj marcaba las ocho de la mañana cuando Alanne Fritz salió de su pequeño apartamento en Kensington. La bruma matutina de Londres flotaba sobre las calles de adoquines húmedos, y el aire fresco de la ciudad le pareció el escenario perfecto para un día que, en su mente, representaba el triunfo de la lógica y la planificación.

Alanne tenía veinticinco años, una mente ordenada y un futuro perfectamente trazado. Trabajaba en la gestión de proyectos para una firma de diseño de interiores, un empleo que alimentaba su amor por la estructura, el orden y la previsibilidad. Para ella, la vida era un rompecabezas cuyas piezas debían encajar con precisión milimétrica. Y en el centro de ese diseño estaba Michael Reed.

Michael era todo lo que una mujer sensata podía desear: atento, trabajador, proveniente de una buena familia de Surrey y con una sonrisa tranquila que transmitía seguridad. Llevaban tres años juntos y se habían prometido hacía apenas dos meses. Todo entre ellos funcionaba como un reloj suizo. Habían hablado de sus metas con una claridad casi profesional. La hoja de ruta era simple y perfecta: casarse en verano, ahorrar durante cinco años mientras consolidaban sus carreras, y luego tener exactamente tres hijos en un plazo de cinco años. Un plan impecable.

Por esa razón, Alanne caminaba hacia la estación del metro sola. Michael se había ofrecido a acompañarla, insistiendo en que era un paso importante para los dos, pero ella se negó con una sonrisa amable. No había necesidad de convertir una cita médica de rutina en un drama de pareja. Era un procedimiento sencillo, una simple colocación de un método anticonceptivo de larga duración que mantendría sus planes a salvo durante los próximos cinco años. A sus ojos, ir sola era una muestra de independencia y madurez.

Llegó a la Clínica Saint Jude, un prestigioso centro médico privado ubicado en una zona exclusiva de Marylebone. El edificio era una imponente estructura victoriana remodelada con interiores de cristal, mármol blanco y un silencio sepulcral que solo se interrumpía por el murmullo de voces educadas y el tecleo en las recepciones.

—Buenos días. Tengo una cita a las nueve y media a nombre de Alanne Fritz —dijo al acercarse al mostrador principal.

La recepcionista, una mujer de impecable uniforme azul marino, le sonrió sin levantar del todo la mirada de su pantalla.

—Bienvenida, señorita Fritz. Pase a la sala de espera de la tercera planta, por favor. El área de salud reproductiva. La Dra. Evans la atenderá en breve.

Alanne subió en el ascensor sintiendo una pequeña punzada de satisfacción. Estaba tomando el control de su vida, asegurándose de que nada se saliera del carril.

La sala de espera de la tercera planta era amplia y olía a lavanda y antiséptico. Había otras mujeres allí, algunas acompañadas por sus parejas, agarradas de la mano con caras de nerviosismo o ilusión. Alanne tomó asiento cerca de una ventana, sacó su libro y se dispuso a esperar.

A las nueve y veinticinco, una enfermera salió por una puerta doble.

—¿La señorita Fritz?

—Sí, soy yo —contestó Alanne poniéndose de pie y ajustándose el abrigo.

—Acompañeme, por favor.

La enfermera la guio por un pasillo iluminado por luces LED blancas hasta un consultorio amplio. En el centro había una mesa de exploración ginecológica y al fondo un escritorio donde una doctora madura, de cabello canoso recogido en un moño tirante, revisaba unos documentos en una carpeta de color azul oscuro.

—Señorita Fritz, pase —dijo la médica sin rodeos, ofreciéndole una sonrisa ensayada—. Soy la Dra. Evans. Veo que viene para el procedimiento programado para hoy.

—Así es, doctora. Queremos asegurarnos de no tener sorpresas durante los próximos cinco años —comentó Alanne con ligereza, buscando conversación mientras se quitaba la chaqueta.

La doctora no levantó la vista del expediente. Solo asintió, tecleando algo en la computadora antes de firmar una hoja suelta.

—Muy bien. El consentimiento ya está firmado en recepción, según veo. Todo está en orden. Pásese detrás del biombo, desvístase de la cintura para abajo y colóquese la bata. La enfermera la asistirá.

Alanne obedeció sin cuestionar nada. Para ella, los entornos médicos eran fríos por naturaleza y confiaba ciegamente en la reputación de la clínica. Detrás del biombo, se quitó el pantalón y la ropa interior, se puso la bata de tela desechable y se sentó en el borde de la camilla, sintiendo el frío del metal en los muslos.

La enfermera entró poco después con una bandeja cubierta por un paño esterilizado.

—Acuéstese, por favor, y coloque los pies en los estribos. Respire hondo, el procedimiento es rápido, aunque puede sentir una leve molestia o presión.

Alanne se acostó, mirando el techo blanco. Cerró los ojos y pensó en Michael, en la casa que querían comprar en las afueras y en la cena que prepararían juntos esa noche para celebrar que el plan seguía su marcha.

La doctora se colocó entre sus piernas. Alanne sintió el tacto frío de los guantes de látex, el espejo vaginal acomodándose y luego una leve molestia, un pequeño pellizco profundo en el vientre que la hizo apretar los puños contra la sábana.

—Un momento más, casi terminamos —dijo la Dra. Evans con voz monótona—. La cánula ya está en posición... introduciendo el contenido ahora.

Alanne sintió una presión fluida, algo que no encajaba del todo con lo que había leído sobre la inserción de un dispositivo anticonceptivo, pero asumió que cada organismo reaccionaba de forma distinta. Apretó los dientes, soltando el aire despacio por la boca.

—Listo. Ya hemos terminado —anunció la doctora unos segundos después. Se escuchó el chasquido del látex al quitarse los guantes y el ruido metálico de los instrumentos al caer en el contenedor de desechos.

Alanne se incorporó lentamente, sintiendo un leve mareo y una punzada sorda en el bajo vientre.

—¿Salió todo bien? —preguntó, limpiándose con un pañuelo.

—Perfectamente. Sin complicaciones —contestó la doctora, guardando la carpeta en un carrito metálico sin volver a mirarla a los ojos—. Puede vestirse. Descanse un par de minutos en la sala antes de salir y recuerde no hacer esfuerzos pesados hoy. Que tenga un buen día.

Alanne caminó de regreso al biombo. Se vistió despacio, acomodándose la ropa mientras la molestia en el vientre se transformaba en un calor extraño, un latido suave en su interior. Se sintió aliviada. El trámite estaba hecho. Su futuro estaba blindado.

Salió de la clínica a las diez y media de la mañana. El sol londinense había logrado atravesar la capa de nubes, iluminando la ciudad con una luz clara y fría. Decidió no regresar inmediatamente a la oficina; se había tomado el día libre para descansar. En su lugar, caminó hasta una pequeña cafetería en la esquina de Regent’s Park, pidió un té negro con un chorro de leche y un pastelillo, y se sentó junto a la ventana a disfrutar de su tranquilidad.

Le envió un mensaje a Michael: «Todo listo. Sin problemas. Nos vemos en casa a las siete para cenar. Te quiero.»

La respuesta de Michael no tardó en llegar: «Perfecto, mi amor. Eres increíble. Yo llevo el vino. Te amo.»

Alanne sonrió, guardando el teléfono en el bolso. Observó a la gente pasar por la acera: ejecutivos apurados, madres con cochecitos de bebé, turistas fotografiando los autobuses rojos. Todo en su mundo estaba en perfecto orden.

Pasó las siguientes horas paseando por la ciudad de manera pausada. Visitó una librería cerca de Piccadilly, compró un par de novelas y luego comió un sándwich ligero en un banco frente al lago de St. James’s Park. La molestia en el vientre había desaparecido casi por completo, reemplazada por una sensación de cansancio leve pero placentero.

A las tres de la tarde, decidió poner rumbo a casa para preparar la cena con calma. Tomó el metro de vuelta a Kensington, compró algunos ingredientes frescos en el mercado local —pasta, albahaca fresca, tomates cherry y queso parmesano— y subió las escaleras de su edificio tarareando una melodía suave.

Eran las cuatro y diez cuando cruzó el umbral de su apartamento. Dejó las bolsas del mercado sobre la mesa de la cocina, se quitó los zapatos de tacón y se puso unos pantalones cómodos de estar por casa. Puso la pava a calentar para prepararse otro té y se dispuso a acomodar los libros que había comprado.

A las cuatro y veinticinco, su teléfono móvil empezó a sonar sobre la barra de la cocina.

Alanne se acercó y miró la pantalla. Era un número desconocido con el prefijo telefónico de un conmutador céntrico.

—¿Hola? —respondió, sosteniendo el teléfono entre el hombro y la oreja mientras llenaba una taza.

—¿Hablo con la señorita Alanne Fritz? —preguntó una voz femenina. Sonaba acelerada, con un tono tenso que contrastaba drásticamente con la calma profesional que solía haber en ese tipo de llamadas.

—Sí, soy yo. ¿Quién habla?

—Señorita Fritz, le habla la supervisora médica de la Clínica Saint Jude. Necesito que escuche con mucha atención. ¿Se encuentra en un lugar seguro? ¿Está sentada?

Alanne se detuvo en seco. Dejó la taza sobre la mesa. La seriedad casi frenética de la voz al otro lado de la línea le hizo erizar la piel de los brazos.

—Sí, estoy en mi casa. ¿Qué ocurre? ¿Pasó algo con mi expediente?

Hubo un silencio pesado al otro lado de la línea. Se escuchaba el murmullo lejano de varias personas hablando acaloradamente y el sonido de papeles moviéndose con prisa.

—Señorita Fritz... ha habido un error gravísimo esta mañana en el área de procedimientos. Un error de protocolo absolutamente inaceptable por parte del personal de enfermería y recepción.

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Comments (1)
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Naxi G.
uuuf ya me engancho
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