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Penulis: Angie Zambrano
last update Tanggal publikasi: 2020-10-14 09:48:35

Despertarme ese día fue, sin exagerar, un acto de violencia.

No de esos que dejan moretones visibles, no. Fue más bien un atentado silencioso contra mi dignidad, mi descanso y mis ganas de existir. Abrí un ojo con esfuerzo, luego el otro, y me quedé mirando el techo como si él tuviera la culpa de todo lo que estaba pasando en mi vida.

—Esto es personal —murmuré, con la voz rasposa—. La vida la tiene conmigo.

Giré la cabeza lentamente hacia el reloj, como si cada movimiento requiriera un permiso especial. La luz entraba por la ventana con una intensidad ofensiva, como si el sol hubiera decidido despertarme a propósito.

Viernes. Era viernes.

Y en teoría eso debería hacerme feliz, pero no. Porque antes de la libertad, antes del alcohol y antes de cualquier intento de diversión… estaba el trabajo.

Ese trabajo. Ese maldito trabajo.. Solté un suspiro tan largo que podría haber movido cortinas.

—Podría renunciar —dije en voz alta, mirando al techo.

El techo no respondió. Claro. Porque el techo no paga arriendo, ni comida, ni transporte, ni absolutamente nada.

Con una dignidad que no sentía, me levanté de la cama. Arrastré los pies hasta el baño, sintiéndome como un zombie funcional, uno de esos que no muerden pero sí se quejan constantemente.

Abrí la ducha y, sin pensarlo demasiado, me metí bajo el agua fría.

Error.

Grave.

Gravísimo error.

—¡HIJA DE—! —salté hacia atrás, pegando un chillido que seguramente despertó a medio edificio—. ¿Quién puso esto en modo “castigo divino”?

Pero funcionó.

En menos de cinco segundos, estaba completamente despierta, alerta y cuestionando todas mis decisiones de vida. Me quedé ahí unos minutos más, dejando que el agua cayera sobre mí, intentando convencerme de que podía con el día.

No estaba convencida.

Pero tampoco tenía alternativa.

Cuando salí, envuelta en una toalla, me quedé frente al clóset con una expresión seria, como si estuviera a punto de tomar una decisión importante.

—Bien… ¿cómo me visto hoy para no ser acosada visualmente por mi jefe?

Porque ese era otro tema.

Mi jefe.

Un hombre de unos cincuenta y cinco años, con una energía que oscilaba entre “amargado profesional” y “villano de telenovela barata”. Su hobby favorito era gritarnos, asignarnos trabajo como si fuéramos robots y mirarnos como si sospechara que estábamos conspirando en su contra.

Spoiler: no lo estábamos.

No teníamos tiempo.

Después de analizar mis opciones (que tampoco eran muchas, siendo honestos), elegí lo más neutral posible: jeans, camisa blanca de manga larga y cero intención de destacar.

—Modo invisible activado —murmuré.

Me hice una coleta alta, me puse un poco de maquillaje —lo justo para no parecer recién salida de un hospital— y me miré en el espejo.

Una vez.

Dos veces.

Tres veces.

Incliné la cabeza.

—Bueno… tampoco es que tenga mucho material para trabajar.

Suspiré.

—Pero sobrevivimos.

Salí a la sala y el olor a café me golpeó como una bendición inesperada. Eso sí era amor.

—¡Buenos días, querida! —cantó Tania desde la mesa, con una energía sospechosamente alta.

La miré con desconfianza.

—¿Quién eres y qué hiciste con mi amiga?

Ella no respondió. Estaba demasiado ocupada sonriendo al celular como si le hubieran enviado un mensaje que cambiara su vida.

Me acerqué, tomé una tostada y me senté a su lado.

—¿Con quién hablas? —pregunté, ya sabiendo la respuesta.

—Con Pacho —dijo, sin despegar la mirada.

Ah.

Claro.

Pacho.

El “amigo” de toda la vida con el que claramente había algo más… pero que Tania seguía negando como si le pagaran por hacerlo.

—Parece que llega mañana —dijo Jessica entrando desde la cocina, con un plato de tostadas.

Jessica, la responsable. La organizada. La que probablemente sabía exactamente cuánto dinero teníamos, cuánto debíamos y cuánto nos faltaba para sobrevivir el mes.

Dejó el plato frente a mí… y el de Tania vacío.

Tania ni se enteró.

Seguía sonriendo como si estuviera en una novela romántica.

—Bueno, yo me voy —dije, tomando tres tostadas como si fueran provisiones para una guerra.

—No olvides que hoy vamos al bar —me advirtió Jessica.

Eso me devolvió un poco el alma al cuerpo.

—Eso es lo único que me mantiene viva.

Le di un beso en la mejilla, tomé un vaso de jugo de naranja y me lo bajé como si fuera una competencia.

—Nos vemos en la noche.

Salí del apartamento pensando en lo mismo de siempre: necesitaba independizarme. Tener mi propio espacio. No depender de nadie.

Luego recordé mi cuenta bancaria.

Y me reí sola.

—Sí, claro… en otra vida.

Tomé un taxi y, como si fuera un ritual de sufrimiento, abrí mi cartera.

Mala decisión.

Muy mala.

—No… no puede ser —susurré.

Conté el dinero.

Volví a contar.

Hice cuentas mentales.

—Siete días… necesito que esto dure siete días…

Perfecto.

Sin presión.

Cuando llegué al trabajo, pagué el taxi y miré la hora.

Dos minutos tarde.

Sentí cómo mi alma abandonaba mi cuerpo lentamente.

—Dios, si existes… este es tu momento —murmuré mientras corría.

Entré al ascensor y empecé a caminar en círculos.

—Vamos, sube, sube, sube…

Pero no.

Ese ascensor tenía problemas existenciales.

Cuando finalmente se abrió, salí disparada… y ahí estaba.

Mi jefe estaba ahí.

Esperándome.

No caminando, no ocupado, no distraído… no. Quieto. Plantado frente a su oficina como si llevara minutos —o peor, horas— aguardando específicamente mi llegada. En la mano tenía una hoja. Una simple hoja blanca que, por alguna razón, en ese momento me pareció más peligrosa que cualquier arma.

Mi cerebro reaccionó antes que yo.

Corre.

No corrí.

Porque soy una adulta responsable… que paga arriendo… y no puede darse el lujo de huir de sus problemas.

—Entre —ordenó, sin siquiera saludar.

Claro. Porque la educación también la despidieron hace años en esa empresa.

Tragué saliva y avancé. Cada paso se sintió más pesado que el anterior, como si el suelo estuviera en mi contra. Entré a la oficina, cerré la puerta con cuidado y me quedé de pie frente a él.

Respiré.

Una vez.

Dos veces.

No funcionó.

—¿Sabe qué día es hoy? —preguntó, con ese tono que ya conocía demasiado bien.

Sí, el día en que decides arruinarme la vida, pensé.

—Viernes, señor —respondí en voz neutra.

No iba a darle el gusto de verme nerviosa.

Aunque lo estaba.

Mucho.

Él levantó la hoja lentamente, como si estuviera a punto de revelar un secreto importante.

—¿Sabe qué es esto?

Miré el papel. Luego a él. Luego otra vez al papel.

—No, señor.

Silencio.

Un silencio incómodo, pesado, que se alargó más de lo necesario. Sentí cómo algo en mi estómago se contraía, como una advertencia que llegaba demasiado tarde.

—Su carta de renuncia.

El mundo no se detuvo.

Pero debió hacerlo.

Parpadeé.

Una vez.

Dos.

Tres.

—¿Mi qué? —pregunté, porque claramente mi cerebro necesitaba más tiempo para procesarlo.

—Su renuncia —repitió, esta vez con más firmeza—. Y su liquidación.

Ah.

Perfecto.

Maravilloso.

Fantástico.

Increíble manera de empezar un viernes.

Sentí cómo mil pensamientos se atropellaban en mi cabeza al mismo tiempo. El arriendo. La comida. El transporte. Las cuentas. Mi dignidad.

Bueno, la dignidad no tanto.

—Señor, yo puedo explicar, fueron solo dos minutos, el tráfico, el ascensor—

—¡NO QUIERO ESCUCHARLA!

El grito retumbó en la oficina.

Cerré la boca.

Apreté los puños.

Respira.

No lo insultes.

No lo insultes.

No pierdas lo poco que te queda.

—Firme y lárguese —dijo, empujando el papel hacia mí como si fuera basura.

Me quedé mirándolo unos segundos.

Podía discutir.

Podía pelear.

Podía decirle exactamente lo que pensaba de él, de su empresa y de su pésima actitud como ser humano.

Pero eso no iba a cambiar nada.

Solo me iba a quitar tiempo.

Y energía.

Y probablemente la poca paciencia que me quedaba.

Así que hice lo único que podía hacer.

Firmé.

Sin drama.

Sin lágrimas.

Sin dignidad, pero con eficiencia.

Tomé el bolígrafo, escribí mi nombre y dejé el papel sobre el escritorio.

Listo.

Fin de la historia.

—Tome su liquidación —dijo, extendiendo el cheque sin mirarme realmente.

Lo tomé.

Cuatrocientos mil pesos.

Cuatro.

Cientos.

Mil.

Hice una pausa mental.

—Bueno… al menos no me fui con las manos vacías —murmuré, más para mí que para él.

No respondió.

Claro que no respondió.

Salí de la oficina sin mirar atrás.

Porque si miraba… probablemente regresaba a decirle todo lo que no dije.

Y eso no iba a terminar bien.

Cuando crucé la puerta principal de la empresa, el aire me golpeó el rostro con una sensación extraña.

Ligera.

Inesperada.

Estaba desempleada.

Sí.

Tenía problemas.

Muchos.

Pero también…

Estaba libre.

Me quedé quieta unos segundos, mirando la calle, procesando todo.

—Bueno… peor sería seguir ahí —dije en voz baja.

Y, contra toda lógica…

Sonreí.

Esa noche, el bar estaba exactamente como lo necesitaba.

Lleno.

Vivo.

Ruidoso.

Perfecto para olvidar que oficialmente mi vida acababa de desmoronarse un poco.

Las luces se movían al ritmo de la música, la gente reía, bailaba, gritaba… y por unas horas, nada más importaba.

Nos sentamos en una mesa con nuestros mojitos, como si ese fuera el plan desde siempre, como si todo estuviera bajo control.

Jessica fue la primera en desaparecer, arrastrada por un tipo que parecía sacado de una revista.

Tania dijo que iba al baño.

Mentira.

Ni ella misma se cree eso ya.

Y yo…

Me quedé sola.

Con mi bebida.

Con mis pensamientos.

Con mi nueva realidad de “desempleada funcional”.

—Bueno… esto es deprimente —murmuré, girando el vaso entre mis manos.

—¿Estás sola?

Levanté la mirada.

Y en ese momento…

Entendí algo muy importante.

La vida sí sabía compensar.

Porque el hombre frente a mí no era normal.

No en el mejor sentido.

Alto, atractivo, con una sonrisa segura… de esos que uno ve y automáticamente desconfía porque nadie debería verse así de bien sin consecuencias.

—Sí —respondí.

Porque sí.

Estaba sola.

Pero aparentemente eso estaba a punto de cambiar.

—¿Te molesta si mi hermano y yo te acompañamos?

Lo miré.

Luego, sin poder evitarlo, imaginé al hermano.

Y si se parecían aunque fuera un poco…

Acepta inmediatamente, gritó mi mente.

Volví a mirarlo.

—No —respondí, con una sonrisa.

Se fue.

Y en esos segundos de espera, mi cerebro trabajó demasiado.

¿Y si el hermano es raro?

¿Y si es peor?

¿Y si…

Volvió.

Y con él…

Respiré hondo.

Dios mío.

Eso no era un hermano.

Era una bendición.

Ese hombre no estaba bien.

Demasiado perfecto.

Demasiado serio.

Demasiado todo.

—Yo soy Joshua y él es Benjamin —dijo.

Benjamin.

El nombre se me quedó pegado como si tuviera peso propio.

—Soy Tarah.

Pero en ese momento, con ese nivel de hombre frente a mí…

La verdad no era prioridad.

—¿Son británicos? —pregunté, intentando mantener algo de dignidad.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó él.

Y su voz…

No.

No, no, no.

Esto era injusto.

—Estudié lenguas… —respondí, aclarando la garganta.

Porque claramente mi cerebro había decidido tomarse la noche libre.

Tomé un sorbo de mi bebida mientras lo observaba.

Disimuladamente.

Bueno…

Lo intenté.

Y entonces pensé, con una claridad sorprendente:

Perdí el trabajo… pero gané esta noche.

Y sinceramente…

No estaba tan mal

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