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last update Fecha de publicación: 2026-08-12 20:52:20

Azalea

Podía escuchar los pasos atronadores detrás de mí mientras me perseguían por los pasillos apenas iluminados.

Mis pulmones ardían con cada respiración desesperada; el terror me impulsaba hacia adelante. Tenía que escapar.

Las imágenes de lo que podrían hacerme si me arrastraran de regreso pasaban por mi mente.

Una chispa de esperanza se encendió en mi pecho... Solo un poco más. Tal vez pudiera salvarme. Solo... solo un poco más lejos.

Mi esperanza se hizo añicos en mil pedazos cuando alguien me agarró el cabello con fuerza brutal, tirándome hacia atrás. El dolor estalló en mi cuero cabelludo mientras un grito se escapaba de mi garganta.

—Te atrapé, perra —escupió uno de los guardias, mientras sus dedos se clavaban más hondo en mi cabello, enviando descargas de agonía por mi columna vertebral.

—¡Suéltame! —grité, forcejeando salvajemente contra su agarre, luchando con la fuerza desesperada de alguien que tiene todo que perder.

—Ja. —Otro guardia se acercó, con el rostro contorsionado por un placer enfermizo mientras me propinaba una bofetada brutal que me hizo girar la cabeza hacia un lado.

El escozor de la bofetada se extendió como fuego por mi mejilla, y las lágrimas brotaron involuntariamente de mis ojos.

Antes de que pudiera recuperarme, un tercer guardia me clavó el puño en el estómago. El dolor me golpeó al instante, abrumador, haciéndome caer de rodillas. Un grito gutural se me escapó, crudo y desenfrenado. Me dolía. Dios, me dolía como el infierno.

Ahora eran cinco, rodeándome. Sus rostros se veían borrosos a través del velo de lágrimas mientras me dominaban con facilidad. Mi fuerza no era nada frente a ellos.

«Supongo que no sabes a quién le hiciste daño, perra», gruñó otro guardia, con un tono que rezumaba desprecio. «¿Cómo te atreves a lastimar a nuestro joven amo?»

Me acurruqué en una bola apretada sobre el piso frío, con los brazos envueltos alrededor de mi abdomen palpitante, mientras las lágrimas corrían sin control por mi rostro.

En ese momento de dolor cegador, mis pensamientos volaron hacia mi hermana, Amira, que luchaba por su vida en una cama de hospital al otro lado de la ciudad.

La imagen de su rostro pálido, con tubos que salían de su frágil cuerpo, me provocó un escalofrío de miedo.

«Ya basta. Llevémonos a esa perra de regreso. Solo el joven amo tiene el derecho de decidir su destino».

Me resistí, forcejeando contra su agarre, arañando y rasgando, desesperada por liberarme.

«Por favor. No quiero morir. Tengo una hermana que todavía me está esperando».

La idea de que Amira se despertara y se diera cuenta de que nunca regresaría me aplastaba aún más.

«Deberías haber pensado en esto antes de meterte con nuestro joven amo». El guardia me agarró el cabello con más fuerza mientras me arrastraba por el bar.

Todos por quienes pasábamos apartaban la mirada, abriéndonos paso. Ni una sola persona se adelantó. Ni una sola voz se alzó en protesta.

«Por favor, sálvenme», supliqué a la multitud anónima, con la voz ronca y desesperada.

«Cállate», gruñó el guardia, dándome otro tirón doloroso en el cabello. «Nadie aquí se atreve a salvarte a cambio de sus vidas y las de sus seres queridos».

¿Era este realmente el final? ¿Debería simplemente rendirme y dejar que ellos decidieran mi destino cuando yo soy la verdadera dueña de mi vida?

Entonces, como en un cuento de hadas retorcido, mis ojos se cruzaron con los de un desconocido al otro lado del salón. Su mirada era gélida, desprovista de calidez; sus ojos, fríos e implacables, parecían fragmentos de hielo en una tormenta invernal.

Todo en él gritaba peligro. 

Su aura irradiaba maldad, cruda e innegable. Sin embargo… tal vez… solo tal vez, él podría ser mi salvación.

«Señor, por favor, sálveme», grité, abandonando todo orgullo. «No quiero morir. Todavía no. No ahora».

Casi esperaba que me ignorara, como los demás, que se alejara de aquel caos de sangre y sufrimiento. Pero, en cambio, comenzó a caminar hacia nosotros.

Sus hombres, con impecables trajes negros, lo rodeaban, exudando un aura de poder y precisión. La multitud se abrió a su paso como si la empujara una fuerza invisible. Se detuvo al llegar a nosotros; su presencia exigía atención sin necesidad de una sola palabra.

«Esperen», ordenó, con un tono autoritario y frío. Los guardias se quedaron paralizados en el lugar. «¿Me piden que los salve?». Su pregunta no contenía compasión, solo fría curiosidad.

«¿Quién diablos eres?», exigió uno de los guardias, desafiándolo tontamente.

El disparo resonó, fuerte y definitivo, rasgando el aire. El guardia se desplomó al suelo, con un agujero limpio en la frente. Sus ojos estaban muy abiertos por la sorpresa mientras moría. La sangre se acumulaba alrededor de su cabeza.

Se desató el caos. La gente se apresuró a escapar. El guardia que me sujetaba del cabello me soltó como si estuviera en llamas.

Caí con fuerza al suelo, pero me obligué a ponerme de pie, con las piernas temblando. Siseé de dolor mientras me ardía el cuero cabelludo, aún en carne viva por el brutal agarre.

«No tienes derecho a hablar mientras yo sigo hablando», le espetó el desconocido al hombre muerto antes de dirigir su atención hacia mí, con total naturalidad, como si no acabara de asesinar a alguien a sangre fría. «Me pediste que te salvara».

Los guardias me habían soltado. Podía correr. ¿Aún necesitaba la ayuda de este hombre peligroso cuando ya estaba libre?

«Sí, señor. Pero ya ha hecho suficiente. Por favor… solo váyase», respondí, forzando una sonrisa de agradecimiento mientras retrocedía. Todos mis instintos me gritaban que huyera.

«No tan rápido, piccola bambola (muñequita)», dijo. «Mi presa».

Mi cuerpo tembló violentamente ante sus palabras, traicionándome. Sus ojos me escudriñaban, y su mirada me provocaba escalofríos que me recorrían la espalda.

Su presencia era magnética: poderosa, peligrosa. Enfrentarme a él o negarme a obedecerlo no era una opción que pudiera permitirme.

Mis ojos lo recorrieron ahora que podía verlo con mayor claridad. Perfección. Él era la encarnación misma de la perfección. Su rostro parecía sacado de una estatua griega, con rasgos bien definidos, casi esculpidos por la mano de un artista.

Sus ojos penetrantes tenían una intensidad dominante, obligándome a mirarlo, a pesar de que el miedo impregnaba cada uno de mis pensamientos.

Las palabras no lograban captar lo devastadoramente hermoso que era. Era de una belleza deslumbrante, de una manera peligrosamente cautivadora.

Llevaba un traje negro a la medida, cuya tela se ceñía a sus anchos hombros y a su físico esbelto, irradiando autoridad y elegancia.

Su cabello estaba impecablemente peinado, sin un solo mechón fuera de lugar a pesar de la violencia que acababa de cometer. Y sus ojos… sus ojos exigían atención, atravesándome por completo.

Sin previo aviso, me agarró por la cintura, mientras con la otra mano me sujetaba la barbilla, obligándome a levantar la vista hacia sus fríos ojos.

“Me suplicaste que te salvara, y lo hice”, afirmó, como si estuviera completando una simple transacción.

Antes de que pudiera formular una respuesta, se dio la vuelta, sin aflojar su férreo agarre sobre mí. “Pueden irse”, les dijo a los guardias restantes con frialdad desdeñosa. “Díganle a su joven señora que ahora ella es mi presa”.

Los guardias se movieron incómodos, intercambiando miradas nerviosas.

«Supongo que no entiendes las palabras humanas».

«Señor, su nombre», preguntó uno de ellos.

«Mi nombre...», dejó la frase en el aire, casi pensativo. «No tienes por qué saber mi nombre».

El segundo disparo fue tan inesperado como el primero. Otro guardia cayó al suelo, muerto antes de tocar el suelo. 

Los guardias restantes se estremecieron y salieron corriendo, tropezándose entre sí en su prisa por escapar.

Diablo. La palabra resonó en mi mente mientras temblaba, atrapada en sus manos. Había rezado por la salvación, y esta había llegado en forma del mismísimo diablo.

Rescatada de un infierno solo para ser reclamada por otro.

«Ahora, vámonos. ¿Vamos?».

—¿Adónde? —espeté, con la voz temblorosa. No podía irme con él. No podía dejar que se me llevara.

—A mi infierno —respondió simplemente. Esas palabras me dejaron sin palabras. ¿Infierno? ¿Acaso no estaba ya viviendo en uno? Mi vida no había sido más que sufrimiento desde que mis padres murieron, dejándome sola a cargo de mi hermana.

«Una palabra más de tu parte y te convertirás en un cadáver».

Apreté los labios con fuerza, tragando saliva con dificultad; la amenaza sofocó cada palabra que se formaba en mi lengua. Ya casi habíamos llegado a la salida cuando una voz nos llamó por detrás.

«¿Eres tú quien mató a mi gente?». La voz me resultaba familiar: pertenecía al joven amo al que le había dado una patada, el monstruo que había intentado abusar de mí.

El desconocido se giró lentamente, con el brazo aún firmemente alrededor de mi cintura. El rostro del joven señor mostró una mezcla inmediata de sorpresa y reconocimiento, y la sangre se le retiró de los rasgos.

—Adriano Rion Giordani —soltó de repente—. Señor.

Ese nombre —«Rion»— me sacudió la memoria, despertando algo familiar. Pero el miedo que nublaba mi mente me impedía recordar dónde lo había oído antes.

—Supongo que sabes quién soy —se burló Adriano, con evidente satisfacción en su tono—. Entonces, ¿todavía me preguntas por qué maté a tu gente?

Con una reverencia profunda y respetuosa, el joven amo bajó la cabeza hasta que sus ojos se fijaron en el piso. —No me atrevo, señor.

—Bien —dijo Adriano, dándose la vuelta con desdén. Su agarre sobre mí se hizo más fuerte y posesivo mientras pronunciaba sus siguientes palabras—. Vamos, muñequita.

Mientras me llevaba hacia la noche, un pensamiento se arraigó profundamente en mi interior: había escapado de un depredador solo para convertirme en la presa de algo mucho más peligroso. El Diablo.

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