MasukDestruyeron a mi padre, así que cuando los Valcázar me ofrecieron un anillo, dije que sí. Salvador Valcázar no es el monstruo que esperaba. Descubre cada mentira que le cuento y me mira como si ya fuera suya, aunque entré en su familia con un solo objetivo: quemar su imperio desde dentro. Entonces un desconocido se ofrece a ayudarme a derribar a Salvador y me pide solo los horarios y las rutas a los que puedo acceder a través de él. Creí que podría controlar hasta dónde llegaría aquello, hasta que un buen hombre murió por la información que entregué y comprendí que ya no era la única que pagaba el precio. Ahora escondo una confesión, dos latidos que Salvador aún no conoce y una verdad sobre mi padre que amenaza con destruir todo lo que creía saber. Salvador debía ser mi enemigo, pero es el hombre que pasó toda la noche sentado frente a mi puerta cerrada, el que ve cada pedazo roto de mí y se queda de todos modos. Es también el único que se prendería fuego por mí sin dudarlo. Pero alguien lleva moviendo nuestros hilos desde antes de la boda, alguien que me sonrió, me dijo que tenía fuego y supo exactamente cómo volver ese fuego contra el hombre al que yo debía destruir. Cuando el hombre al que juraste destruir es el que incendiaría el mundo por ti, ¿a quién traicionas de verdad?
Lihat lebih banyakNOELIA—¿De verdad creíste que me casaría contigo sin pelear, Salvador?Durante un segundo, el arma estuvo en mi mano. Al siguiente, sus dedos se cerraron alrededor de mis muñecas y las torcieron. El peso abandonó mi palma y el cañón quedó apuntándome a mí. Ni siquiera lo vi moverse.—Maldito loco…La sonrisa arrogante se fue borrando de su rostro y comprendí que acababa de cometer un error estúpido. Apretó el gatillo. Mi corazón golpeó contra mis costillas… clic… y no pasó nada.Bajó el arma unos centímetros, la miró, sacó el cargador y lo inclinó para que yo pudiera ver el interior. Corrió la corredera. No cayó nada. Estaba vacía.—¿En serio? —Su voz sonó plana—. Intentas matarme y ni siquiera compruebas si el arma está cargada. ¿Sabes siquiera usar una?El calor me trepó por la nuca mientras miraba el cargador vacío. Nunca me había sentido tan idiota en toda mi vida.Tiró el cargador al suelo.—Si quieres verme muerto, Noelia, asegúrate de que el arma pueda hacer el trabajo. Si no,
NOELIA—¿Qué esperabas? —Mi voz aguantó, y eso me enorgulleció—. ¿Que me casara con el asesino de mi padre y hiciera de esposa agradecida?Se rio, una risa baja y genuinamente divertida, como si hubiera contado un chiste en un funeral. Luego juntó las manos delante de sí, como un hombre que espera a que empiece el sermón, y señaló la pistola con un gesto de la cabeza.—Entonces dispárame.—¿De verdad crees que no puedo?—Creo que quieres hacerlo. —Dio un paso hacia mí, hasta que el cañón casi le rozó la camisa—. Te desafío, Solcita.Mi dedo se curvó sobre el gatillo y la habitación se redujo a dos centímetros de metal y al hombre que sonreía al otro extremo.Entonces desapareció.No lo vi moverse. En un latido la pistola estaba en mis manos y en el siguiente estaba en las suyas, y ni siquiera me escocieron las muñecas. Me la quitó como se le quita un vaso a un amigo borracho, con dedos cuidadosos que no dejaron marca. No me hizo daño, y de algún modo eso era peor.Sacó el cargador con
NOELIA—Mi coche está ahí —susurró Inés—. No tienes por qué hacerlo. Di la palabra y nos vamos.Era la oferta más tentadora que me habían hecho en la vida. Estábamos en los escalones de piedra frente a la capilla, con su vestido naranja tostado ondeando al viento y su cochecito plateado esperando al otro lado de la calle como una promesa. Durante un segundo me permití imaginar el motor y la carretera abierta, al diablo las alianzas y la política, y entonces pensé en la cara de Joaquín y en lo que estaba en juego.—Lo que yo quiera es irrelevante —dije—. Esto tiene que pasar.A Inés no le gustó mi respuesta, pero asintió de todos modos, y por eso era la mejor amiga que había tenido nunca.Lo peor era que había creído que me había librado. Cuando la sangre de Ramiro empapó mi dobladillo, de verdad pensé que la boda se aplazaría, o se cancelaría, o se enterraría junto a él. Y entonces Salvador llamó, menos de veinticuatro horas después, para decir que seguiría adelante según lo previsto,
NOELIALa campanilla de la puerta tintineó y entraron dos hombres que no pintaban nada en una tienda de novias.Los vi en el espejo desde la tarima, todavía con el vestido de novia puesto. Llevaban abrigos oscuros y tenían la quietud de quienes nunca han necesitado alzar la voz; mientras uno recorría la sala con la mirada, el otro se plantó junto a la puerta. La sonrisa de la dependienta se congeló y Inés se detuvo con la copa de champán a medio camino de la boca. El champán burbujeaba inútilmente, ajeno al peso que de pronto ocupaba todo el aire. Fuera, los guardias de Salvador ni se habían inmutado, lo cual significaba que alguien les había ordenado dejarlos pasar.Entonces lo oí, desde algún punto a espaldas de los hombres: el golpeteo de un bastón sobre el mármol, lento y sin prisa, sostenido por alguien a quien nunca le había hecho falta correr por nada. Los hombres se apartaron.—Vaya, vaya. —La voz era ronca, cálida y demasiado satisfecha de sí misma—. Qué estampa.Ramiro Valcá












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