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Protección letal: Pequeña Veneno
Protección letal: Pequeña Veneno
Autor: Petit

El circo del demonio (Parte 1)

Autor: Petit
last update Fecha de publicación: 2026-10-05 01:00:21

El metal helado le quemaba la espalda a través de la tela del vestido, pero el dolor que sentía era nada comparado con la humillación que le abrasaba las entrañas. Anna Karerina abrió los ojos muy despacio. La cabeza le retumbaba a causa del sedante que le habían inyectado dos días atrás cuando la emboscaron al salir de su edificio. Lo último que recordaba era la voz aterrorizada de su socia pidiendo auxilio mientras a ella la arrastraban hacia una camioneta con vidrios oscuros.

De pronto, la oscuridad se rompió de golpe.

Un foco de luz blanca y enceguecedora la golpeó de lleno. El ruido la alcanzó un segundo después: una marea de música estridente, risas masculinas y el chocar violento de vasos de cristal. Anna intentó ponerse de pie, pero el techo estaba demasiado bajo para cualquier persona de estatura promedio; sin embargo, inclusive para su cuerpo pequeño y compacto, la jaula dorada donde yacía encerrada era apenas lo suficientemente alta para ponerse sobre sus rodillas.

Sintió una sacudida brusca. La jaula tembló, colgada de cables de acero que chirriaban contra el techo de una carpa gigantesca. Comenzó a descender lentamente sobre una muchedumbre de hombres vestidos con trajes caros y portando armas a la vista.

—¡Miren esa cosita! —gritó un hombre ebrio desde la primera fila, alzando su copa de whisky—. ¡Carpio, tus muchachos sí que se lucieron con el regalo de cumpleaños!

—¡Es un bocadito! —gritó otro entre carcajadas de gula—. ¡Si no la quieres, pásala para acá, Doménico! ¡Nosotros nos sacrificamos por ti!

Anna Karerina sintió una oleada de asco profundo subirle por la garganta. Al comprender de qué se trataba todo eso la furia, esa rabia ciega que siempre la había definido ante las injusticias, se encendió de inmediato en su interior. Se puso de pie como pudo, aferrándose a los barrotes dorados.

—¡Sáquenme de esta porquería, m@lditos d€g€ner@dos! —rugió Anna. Su voz, clara, potente y llena de veneno, resonó con una fuerza que desentonó con su figura pequeña.

A pocos metros de la jaula, de pie junto a una mesa repleta de botellas rociadas con hielo, estaba Doménico Carpio.

Era imponente. Un hombre de cuerpo denso, de piel morena cubierta de tatuajes oscuros que se le colaban por el cuello de la camisa negra. Su rostro duro no mostraba la menor compasión. Al ver descender el armatoste con la mujer adentro, la primera reacción de Doménico fue un rechazo absoluto. Sus cejas pobladas se juntaron en un gesto de fastidio. Le molestaba el show. Le fastidiaba el escándalo. Consideraba a las mujeres pequeñas y delicadas como adornos inútiles que solo servían para estorbar en su mundo de pólvora.

Sin embargo, cuando la jaula quedó a la altura de sus ojos y la mirada azul de Anna Karerina cruzó la suya, algo animal y primitivo se sacudió en el fondo de su pecho, ni hablar en su entrepierna. El olor de ella, mezclado con el perfume dulce de las flores y el sudor de la rabia, le llegó directo al olfato. Su cuerpo, sin que su mente lo autorizara, respondió con un golpe violento de libido. La d€seó al mismo tiempo que la despreció por el circo que sus hombres habían montado y porque entre sus gustos mujeres como ella no entraban en su reino.

—¿Qué c@r@jos es esto? —murmuró Doménico con un tono de voz grave, áspera como la piedra, mirando a los capitanes que sonreían con orgullo.

—Es tu sorpresa, Jefe —dijo uno de los organizadores, acercándose sin notar el peligro—. Dijiste que querías algo fuera de lo común para este año. Trajimos a la mujercita más hermosa que encontramos en el sector corporativo para que celebres esos treinta años como mereces. Sin nombre, sin rastros. Una muñequita de lujo para que te diviertas un rato.

En ese momento, entre la multitud, un hombre alto de traje gris se quedó completamente petrificado. Aran Rauseo, el hombre de confianza de Doménico a quien se le había encomendado la vigilancia de la protegida de la familia Montes, sintió que el corazón se le salía del pecho. La sangre se le congeló en las venas.

Doménico nunca había visto a Anna Karerina, su protegida; de modo que no podía asociar a la muñeca del circo con la obligación que tenía de cuidar a la joya de los Montes.

Aran si sabía. Su mundo se tambaleó. Conocía la furia desmedida Doménico cuando algo se salía de su control.

—No... no, no puede ser —susurró Aran, cayendo en pánico. Su rostro se puso blanco como el papel.

Sabía desde hacía dos días que Anna Karerina estaba desaparecida; sabía que su socia la buscaba desesperadamente. No supo para dónde se fue, sino hasta ese momento, allí, en medio de lo que prometía ser una celebración. Le había ocultado la información a Doménico para evitar ser ejecutado por su negligencia. Había asumido que la chica andaba de viaje por trabajo, como solía hacer para eludir a la guardia. Jamás imaginó que los propios socios de la organización la habían secuestrado por error para regalarla como un trofeo a su líder.

—¡Sáquenme de aquí o juro por Dios que los voy a meter a todos a la cárcel! —gritó Anna Karerina de nuevo, pateando la puerta de la jaula con una rabia descontrolada—. ¡M@ld!tos delincuentes de m!€rd@! ¡Abran esta porquería!

Doménico dio un paso adelante, observando cómo la chica de piel blanca como la leche y cabellos rojos como el fuego que le llegaba apenas al tórax lo desafiaba con una mirada de odio. No había miedo en ella, solo un orgullo salvaje que a él le pareció una burla insoportable.

—Cállate la boca, muñeca —le dijo Doménico con sarcasmo cruento, mirándola desde arriba con marcado desprecio—. Estás demasiado pequeña para gritar tan fuerte.

—¡Vete al dEmon!o, pedazo de animal! —le respondió ella sin dudar un segundo, escupiéndole las palabras a la cara desde el otro lado de los barrotes.

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