INICIAR SESIÓNDurante tres años como esposa por contrato y con sobrepeso, Olivia solo recibió el frío rechazo de Damian Sinclair. El golpe final llegó cuando estaba convencida de que ese día Damian la presentaría públicamente como la Joven Señora Sinclair, su esposa. Sin embargo, todas sus esperanzas se hicieron añicos. En su lugar, presenció cómo su esposo abrazaba a su primer amor. Destrozada por el dolor y sintiéndose traicionada, decidió marcharse. Firmó los documentos de divorcio y fingió su propia muerte en un trágico accidente. Siete años después, Damian vivía como un cadáver ambulante, consumido por un arrepentimiento eterno. Pero durante un elegante banquete, su mundo volvió a derrumbarse cuando se encontró con Livia Harrington: una multimillonaria hermosa, esbelta y orgullosa, que llevaba de la mano a una pequeña niña cuyo rostro se parecía inquietantemente al suyo. La reina de la Dinastía Harrington había regresado para exigir su venganza. ¿Será el arrepentimiento de Damian capaz de ablandar el corazón de Olivia, un corazón que se ha congelado para siempre?
Ver másUna nueva oportunidad Aquella mañana, el patio del Tribunal de Distrito, que hasta hacía poco había estado congelado por la tensión, ahora se había derretido en una oleada de emoción incontenible. Los gritos de los periodistas, el estruendo de los flashes de las cámaras y los murmullos de asombro del público se fueron desvaneciendo lentamente hasta convertirse en un ruido de fondo sin importancia. Para Damian Morgan y Olivia, el mundo parecía haberse reducido hasta dejar únicamente a los dos y a su pequeña hija en medio del frío corredor de mármol. Starla rodeó con sus pequeños brazos los cuellos de Damian y Olivia al mismo tiempo, apoyando la cabeza entre los hombros de sus padres. El llanto de felicidad de la niña fue calmándose poco a poco, reemplazado por un suspiro de alivio tan puro e inocente. —Papá... Mamá... ¿de verdad vamos a volver juntos a casa? —susurró Starla con voz ronca, mirando alternativamente los rostros de su padre y de su madre. Damian bajó la cabeza y besó
El abrazo perdido La palabra «Olivia» atravesó los oídos de Damian como un rayo en pleno día. Aquel nombre no era simplemente una sucesión de letras; era el epitafio de un pasado hecho pedazos, un nombre que alguna vez había pronunciado con todo su amor antes de que los malentendidos, la sangre y las intrigas políticas de las familias lo destruyeran todo. Bajo las frías luces fluorescentes de la sala de audiencias, el tiempo pareció detenerse. Todas las miradas de los presentes quedaron clavadas en la mujer que permanecía erguida en medio de las ruinas de la conspiración que acababa de derrumbar. Olivia continuó hablando mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Su voz temblaba con fragilidad, pero cada palabra que pronunciaba llevaba consigo el peso de una sinceridad imposible de ignorar. —Durante siete años, me enterré a mí misma junto con mi odio. No solo perdí la confianza que tenía en ti, Damian... también me perdí a mí misma. Hoy quiero volver a ser Olivia. La mujer
La confesión de la demandante El ambiente dentro de la sala principal del Tribunal de Distrito se volvió de repente estremecedor cuando Livia Harrington entró. Caminó directamente a través de las filas de asientos para el público, sin prestar atención a la amenaza que el misterioso hombre acababa de susurrarle afuera, y sin siquiera volver la mirada hacia la fila de abogados de la familia Harrington, cuyos rostros comenzaban a mostrar señales de preocupación. El aire de aquella sala de techo alto se sentía increíblemente pesado, oprimiendo cada respiración que se escapaba en medio del silencio sofocante. En la mesa de enfrente, Damian Morgan, quien había llegado apenas unos segundos antes de que cerraran las puertas de la sala, permanecía sentado con el pecho agitado. Sus ojos penetrantes seguían cada movimiento de Livia. Había querido intervenir, apartar a aquella mujer y advertirle sobre la trampa de los documentos que Julian había sustituido. Sin embargo, la autoridad del tribuna
Determinación en el pasillo del tribunal Al otro lado del tenue pasillo del tribunal, Livia Harrington permanecía inmóvil frente a una polvorienta pared de vidrio que daba hacia el exterior. Al otro lado del grueso cristal, podía ver los destellos de las cámaras de los periodistas, que no dejaban de parpadear, como un enjambre de insectos sedientos de escándalo. Sin embargo, la atención de Livia no estaba puesta en la multitud de medios de comunicación que se encontraba afuera. Sus ojos contemplaban inexpresivamente su propio reflejo, tan pálido y frágil bajo aquel elegante vestido formal de color gris oscuro. Sus dedos se habían puesto blancos de tanto apretar una gruesa carpeta blanca que sostenía contra el pecho, como si aquel objeto fuera la única muralla que le quedaba para impedir que su corazón saltara fuera de su pecho. Dentro de aquella carpeta blanca no había ningún acuerdo de divorcio. No había documentos para repartir bienes conyugales valorados en billones de rupias, n












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