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Capítulo 3: Las sombras de 7 años

Autor: Cici
last update Data de publicação: 2026-06-06 15:39:16

El oficial de policía miró a Damian con expresión compasiva.

"El taxi en el que viajaba la señora Olivia fue embestido por un camión desde atrás hasta explotar y quedar completamente envuelto en llamas, señor. El estado del cuerpo de la víctima... quedó totalmente calcinado dentro del vehículo y ya no pudo ser reconocido físicamente. Sin embargo, el equipo de rescate encontró el bolso de la señora Olivia, que salió despedido por la ventana del automóvil instantes antes de la gran explosión. Al parecer, la señora intentó saltar para salvarse, pero lamentablemente... fue demasiado tarde. Dentro del bolso que salió despedido encontramos esta cartera y este anillo de matrimonio."

Catrine y Debira, que estaban detrás de Damian, se cubrieron la boca con las manos, conmocionadas e incapaces de imaginar que la partida de Olivia terminaría en una muerte tan espantosa.

Mientras tanto, Damian permaneció inmóvil. Su mirada quedó fija en el anillo de plata dentro de aquella bolsa plástica transparente. Un anillo que conocía perfectamente. El anillo que había mandado a hacer deliberadamente como una marca de pertenencia a nombre de Olivia, la mujer que apenas la noche anterior le había entregado toda su pureza y su vida entre sus brazos.

De pronto, las rodillas de Damian cedieron, incapaces de sostener el peso de su propio cuerpo. El poderoso hombre temido en el mundo de los negocios se desplomó, arrodillándose sobre el frío suelo con la mirada vacía y destrozada. Un arrepentimiento absoluto y una pérdida insoportablemente profunda golpearon su pecho hasta hacerlo pedazos. Había creído tener todo el tiempo del mundo para reparar sus errores, pero ahora aquella mujer se había ido para siempre, dejándolo sumido en la oscuridad eterna que él mismo había creado.

"¡ESTO ES IMPOSIBLE!", gritó Damian con frustración, su voz ronca rompiendo el silencio de la casa.

El golpeteo rítmico de la lluvia contra los grandes ventanales de la mansión parecía haberse convertido en una melodía familiar para Damian Christopher Sinclair. Siete años. Siete años habían transcurrido desde aquella maldita noche en que su mundo se redujo a cenizas.

Damian permanecía de pie en silencio, con la mirada fija en el gran retrato colgado en la pared. Dentro del marco, Olivia Grace, la esposa que jamás reconoció públicamente, sonreía con una sinceridad luminosa en los ojos. La mujer de figura voluptuosa que antes siempre lo recibía con una dulce timidez, ahora no era más que una hoja de papel inerte que lo torturaba a cada segundo.

Durante esos siete años, Damian había vivido como un muerto en vida. Su habitación nunca fue modificada, y el ego que una vez había sido tan inmenso como el cielo terminó sepultado bajo la culpa putrefacta que llevaba en el pecho.

"Damian..."

Una voz suave rompió el silencio. Cecilia Ashworth entró en la habitación llevando un vaso de leche caliente. Durante siete años, aquella mujer había permanecido fiel a su lado. Durante siete años, Cecilia había intentado llenar el vacío, cuidar de Damian cuando quedó completamente destruido y esperar que su posición ascendiera hasta convertirse en la nueva señora Sinclair.

Pero la realidad era amarga. A lo largo de esos siete años, la posición de Cecilia no había cambiado ni un centímetro. No era esposa, ni siquiera amante. Solo era considerada una amiga a la que se le permitía entrar y salir de la casa por compasión de Catrine.

"Hoy es el aniversario de su muerte, Damian. ¿Hasta cuándo vas a seguir torturándote de esta manera?" Cecilia dejó el vaso sobre la mesa mientras observaba con fastidio la fotografía de Olivia en la pared. En el fondo de su corazón, seguía odiando profundamente a aquella difunta mujer regordeta que, incluso después de muerta, continuaba aferrando el corazón de Damian.

Damian no respondió. Ni siquiera dirigió una mirada hacia el vaso de leche que Cecilia había llevado. Su expresión era tan fría como el hielo.

Entonces Beni entró apresuradamente, rompiendo la tensión entre ambos. Como asistente personal que conocía todos los secretos de su jefe, Beni sabía muy bien cuán frágil se había vuelto Damian durante esos últimos siete años. Debido al profundo dolor que cargaba, Damian a menudo descuidaba las reuniones de la junta directiva, provocando que el crecimiento del Sinclair Group se estancara y estuviera a punto de ser alcanzado por sus competidores.

"Disculpe la interrupción, joven amo", dijo Beni, inclinándose respetuosamente. "Esta noche hay un importante banquete de negocios en el Grand Ballroom del Hotel Central. Debe asistir."

Damian exhaló pesadamente mientras se masajeaba las sienes palpitantes.

"Cancelarlo, Beni. No quiero ir a ninguna parte esta noche."

"Señor, esta vez no es posible", interrumpió Beni con urgencia, aunque sin perder la cortesía. "Se trata de la Harrington Dynasty. La hija mayor de la familia Harrington acaba de regresar hoy de Francia y ha asumido el cargo de máxima directora ejecutiva. Es una oportunidad de oro, señor. Si no conseguimos este contrato de colaboración, la posición del Sinclair Group en el mercado global estará realmente amenazada."

En ese preciso momento, Catrine Sinclair entró en la habitación con pasos elegantes, aunque su rostro reflejaba preocupación. Ya había escuchado el informe de Beni sobre la reciente caída de las acciones de la empresa.

"Damian, esta vez te suplico que escuches a Beni", dijo Catrine mientras apoyaba una mano sobre el rígido hombro de su hijo. "Tu abuelo ya no está, y tú eres el único sostén de la familia Sinclair. ¡Has llorado durante siete años por esa mujer! Basta, Damian. Debes levantarte. Nuestra empresa necesita esta alianza con la familia Harrington."

Cecilia aprovechó la oportunidad para acercarse, mostrando la sonrisa más dulce y comprensiva que poseía.

"Es cierto, Damian. Yo te acompañaré esta noche. Lo enfrentaremos juntos, ¿de acuerdo? No puedes permitir que el legado del abuelo se destruya solo por aferrarte al pasado."

Damian cerró los ojos con fuerza. Por alguna razón, el apellido Harrington hizo que su pecho latiera de forma extraña. Sabía que la familia Harrington era un gigante imposible de igualar, pero ese mismo apellido también pertenecía a su difunta esposa, Olivia Grace, aunque en el pasado Damian había creído que Olivia no era más que una chica pobre y común debido a la sencillez con la que vivía.

Miró una vez más la fotografía de Olivia, como si le pidiera permiso. Finalmente abrió los ojos, recuperando el brillo afilado de su mirada.

"Está bien. Prepara todo, Beni. Iré."

La noche llegó envuelta en un lujo deslumbrante. El Grand Ballroom del Hotel Central estaba repleto de cientos de destellos de cámaras y figuras prominentes del mundo empresarial. La música clásica fluía suavemente, pero la atmósfera del salón se tensó de inmediato cuando el maestro de ceremonias anunció la llegada de la invitada de honor de aquella noche.

Las grandes puertas del salón se abrieron de par en par.

Una mujer entró, y al instante todas las miradas del lugar quedaron completamente cautivadas por su presencia.

Livia Harrington. La hija mayor y nueva CEO de la Harrington Dynasty.

Era una mujer tan fascinante que hizo contener la respiración a más de uno. Vestía un elegante vestido de noche que se ajustaba a la perfección a su figura ideal, esbelta y de proporciones armoniosas. Su cabello negro estaba recogido en un sofisticado peinado moderno, dejando algunos mechones enmarcando su hermoso rostro y la firme línea de su mandíbula. Cada uno de sus pasos irradiaba autoridad, proyectando el aura fría, altiva e inaccesible de una auténtica multimillonaria.

A su lado caminaba un hombre extranjero de rasgos mestizos, vestido con un costoso traje. Se decía que era el esposo de Livia Harrington: Nicholas Owen Carter.

Damian, que acababa de llegar al borde del salón acompañado por Cecilia y Beni, detuvo sus pasos. Sus ojos, antes apagados, quedaron súbitamente clavados en la figura de Livia mientras avanzaba entre la multitud de invitados. Sin razón aparente, el pecho de Damian comenzó a agitarse violentamente. Una extraña sensación de familiaridad golpeó todos sus sentidos, un déjà vu tan intenso que le robó el aliento.

"Vaya, ¿así que ella es la señorita mayor de los Harrington? Es hermosa y muy distinguida, ¿no crees, Damian?", susurró Cecilia a su lado, intentando llamar su atención.

Pero Damian ni siquiera la escuchó. Sus pensamientos se habían convertido en un torbellino caótico.

Livia siguió avanzando con el mentón en alto, respondiendo a los saludos de los empresarios con una sonrisa formal y distante. Deliberadamente dirigió sus pasos hacia el área VIP, justo donde Damian se encontraba. En lo más profundo de su corazón, una sonrisa cínica y oculta ya había florecido por completo. Durante siete años se había forjado a sí misma, había eliminado la grasa de su cuerpo, cambiado su identidad y reclamado el trono que verdaderamente le pertenecía, todo para este momento.

"Hola, exesposo. ¡He vuelto!", pensó Livia.

Demasiado absortos en sus propios pensamientos, la distancia entre ambos desapareció con excesiva rapidez.

Al doblar junto a una gran columna apenas iluminada del salón...

Tum.

El esbelto cuerpo de Livia chocó accidentalmente contra el amplio pecho de Damian.

La copa de champán que sostenía se tambaleó ligeramente, pero la fuerte mano de Damian reaccionó de inmediato, sujetando la estrecha cintura de la mujer para evitar que cayera. Aquel contacto inesperado envió una descarga eléctrica devastadora a través del cuerpo de Damian. El aroma a rosas negras que emanaba de Livia desordenó repentinamente los recuerdos sellados en su mente.

Damian se quedó completamente inmóvil. Su cuerpo se tensó, y la mano que reposaba sobre la cintura de Livia comenzó a temblar.

Lentamente, Livia levantó el rostro. Unos ojos penetrantes, cristalinos y tan fríos como el hielo se encontraron directamente con los de Damian, que se habían abierto de par en par por la conmoción.

Damian la observó fijamente, buscando una respuesta a la locura que empezaba a invadir su mente. Aquellos ojos... la manera en que miraban... eran exactamente iguales a los de la mujer por la que había llorado cada noche durante siete años.

"Olivia, tú..."

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