LOGIN«Su nueva vida» Las tres palabras seguían girando en la cabeza de Franklin mucho después de que la llamada termina. Permanecía junto a la ventana, con el teléfono todavía en la mano, mirando fijamente a la nada.
Yulia lo observaba desde la cama, con una pequeña sonrisa de satisfacción en los labios. Había oído cada palabra. «Bien. Que sienta la primera grieta». Ya no necesitaba temer la sombra de Thalia. Franklin marcó de nuevo el número de Thalia. Y otra vez. Pero nadie contestó. «¿Así de fácil? ¿Ya había seguido adelante tan rápido? ¿Ya había encontrado a alguien más?», pensó para sí. No. Confiaba en ella. Thalia nunca le sería infiel. Pero la voz de aquel hombre —serena, segura, posesiva— seguía repitiéndose en su mente. «Su nueva vida». ¿Qué significaba eso? Tragó saliva, sintiéndose inquieto. Yulia se levantó y se acercó a él, rodeándome la cintura con los brazos. «Frank… estoy tan feliz de que por fin estemos juntos». «Yo también», respondió él, depositando un ligero beso en su frente. Pero su mente seguía en la voz que había oído en la llamada. La puerta principal se abrió abajo con fuerza. Los tacones golpearon las baldosas pulidas con chasquidos agudos y rápidos. «¡Franklin!» gritó su madre, Delilah. La voz de Delilah subió por la escalera como una cuchilla. No esperó permiso. Subió de dos en dos, con el costoso abrigo ondeando detrás de ella, y empujó la puerta del dormitorio. Se detuvo, con los ojos llenos de sorpresa. Yulia estaba en brazos de Franklin, todavía con el suave vestido de novia color melocotón. El gran diamante de su dedo captó la luz cuando ella dio un paso adelante con dulzura ensayada. «Tía Delilah…» Sin pensarlo, Delilah se acercó y le propinó una bofetada en la mejilla. El sonido resonó en la habitación. En ese momento a Delilah no le importaba; estaba furiosa. Yulia se tambaleó hacia atrás, llevándo la mano a la cara. El color le invadió la piel: dolor y humillación se mezclaban en su expresión. «¡Mamá!» Franklin se movió rápido, empujando a Yulia detrás de él. «¿Qué demonios te pasa?» «Me ha pegado», dijo Yulia con voz suave y temblorosa. «No he hecho nada». «Claro que no has hecho nada». El brazo de Franklin se mantuvo firme a su alrededor. «Ahora eres mi esposa; ella no tiene derecho a tocarte». Los ojos de Delilah se abrieron de par en par. «¿Esposa?» «¿Dónde está Thalia?» exigió. «Se ha ido para siempre», respondió Franklin con tono plano. «He terminado nuestro matrimonio. No la amo en absoluto». El silencio que siguió fue denso. Delilah dio un paso atrás, como si las palabras mismas la hubieran golpeado. «¿Dejaste a tu esposa… por ella? Increíble», se burló de él. «Cuida tu boca», advirtió Franklin. Delilah soltó una risa amarga. «¿De verdad crees que ella te ama? ¿Crees que esto es real?» Él se volvió hacia Yulia en cambio, rozando con suavidad la marca roja de su mejilla. «¿Estás bien?» Yulia asintió, con los ojos bajos. «Está bien. Entiendo por qué está enfadada». «No importa», dijo Franklin. «Eres mi esposa. Su opinión es irrelevante». Delilah miró a su hijo como si viera a un extraño. «Yulia. De todas las personas. Sobre su propia hermana». «Esta es mi vida», espetó Franklin. «Yo elijo con quién la pasó». «Abre los ojos», cortó Delilah. «Ella nunca te amó como a Thalia. La envidiaba. Esperó. Y en el momento en que Thalia estuvo vulnerable, se lo quitó todo». «Thalia no supo retener», replicó Franklin. «Esa es la verdad». Delilah se estremeció. «No, tú la traicionaste. ¿Y ahora esperas que sonría y lo acepte? ¡Me avergüenzo de ti, hijo!» La voz de Franklin bajó. «He tomado mi decisión. Puedes aceptarla o no». La expresión de Delilah se endureció hasta convertirse en algo más frío que la ira. «Entonces yo tomaré la mía. Pero créeme: te arrepentirás de esto antes de lo que piensas». Se giró y se fue. Sus tacones golpean los escalones como disparos hasta que la puerta principal se cerró de un portazo. El silencio que dejó atrás se sentía pesado. Yulia volvió a rodear a Franklin con los brazos, apoyando la mejilla contra su pecho. «Lo siento, cariño. No quería causar esto». «Tú no lo causaste», dijo él. «Ella sí, ¿verdad?» Pero su propia voz le sonó hueca incluso a él. Acababa de defender a Yulia contra la única persona que siempre había estado a su lado. La mujer que trataba a Thalia como a una hija. Algo se le retorció en el estómago, pero lo forzó a bajar. Yulia levantó el rostro. «Tal vez deberíamos posponer la luna de miel hasta que las cosas se calmen». «No». La respuesta de Franklin fue inmediata. «Nos vamos como estaba planeado. No necesito su bendición. Ya estamos casados». Ella sonrió. «Claro, cariño. Soy tuya. Completamente». Mientras le besaba la mejilla, la mirada de él se desvió por la habitación y se posó en el marco de fotos olvidado en el estante. Él y Thalia, riendo en su primer aniversario. Yulia siguió su mirada. En el momento en que reconoció el rostro del marco, su expresión cambió. Cruzó la habitación en tres pasos silenciosos, levantó el marco y lo estrelló contra la pared. El cristal estalló por el suelo. «¡Su capítulo ha terminado!» --- Tres días después, Thalia estaba acurrucada en el sofá del apartamento de George, con una manta fina alrededor de los hombros. Su teléfono no dejaba de iluminarse con notificaciones. Los seguidores de Yulia habían encontrado la sección de comentarios. «Puta.» «Destrozahogares.» «Fea. Inútil. Se lo merecía.» Las palabras se le metían bajo la piel como cristal. Dejó el teléfono boca abajo y presiona los talones de las manos contra los ojos. Todavía amaba a Franklin, a pesar de todo, y esa era la peor parte. Llevaba a su hijo y la herida que él le había dejado se negaba a cerrarse. Solo ardía. George llegó de la cocina con una taza de té y se la puso delante. Se sentó a su lado sin decir nada. «No sé por qué no puedo simplemente…» empezó ella. «Todavía lo amas», dijo George en voz baja. «Está bien decirlo». Ella lo miró. «¿Eso me hace débil?» «No, es normal. Es su pérdida, porque tú lo amaste de verdad». Ella tomó el té. «No lo quiero de vuelta, pero sus recuerdos… Dios, no me abandone». «Lo sé». «No estoy curada. Todavía se siente como si fuera ayer». George asintió. «No tienes que curarte de golpe. Solo tienes que seguir respirando». Sonó el timbre. George se levantó. «Quédate aquí». Abrió la puerta a un hombre de traje oscuro que sostenía un sobre sellado. «Entrega para la señorita Thalia Frost». George lo tomó. El hombre se fue sin decir una palabra más. Thalia abrió el sobre con manos inestables. Dentro había una sola hoja de grueso papel marfil. *Felicitaciones, señorita Thalia Frost. Ha sido seleccionada como una de las finalistas de élite para la Experiencia de Pasarela Internacional de París, organizada por Maison de Lumière. Su portafolio ha captado la atención de diseñadores globales. Esta es su invitación oficial para representar a su país en el escenario mundial.* Miró las palabras. Luego las leyó de nuevo. París era el sueño que llevaba consigo desde los diecisiete años. La única cosa que siempre le había pertenecido solo a ella. El papel se le escapó de los dedos; toda esperanza la abandonó porque llegaba demasiado tarde. George lo recogió y lo leyó. «¿No estás contenta?» «Estoy embarazada», susurró ella. «Déjame eso», dijo él. «No se renuncia a un sueño así por nadie». Le tomó la mano. Después de un momento ella asintió. «¿Cuándo vas a enviar los papeles de divorcio?» preguntó él. «Hoy». «Puedo hacer que los entreguen». Ella negó con la cabeza. «Lo haré yo misma. Algunos adioses necesitan ser cara a cara». George la estudió y luego llamó a su chófer. Su voz fue baja y definitiva. «La proteges. Si vuelve con tan solo un rasguño, no terminará bien para ti». --- La mansión estaba silenciosamente silenciosa cuando Thalia entró. No había personal en la puerta. Ningún movimiento en los pasillos. Los encontró en la sala de estar. Yulia estaba en el centro, dando instrucciones secas a una criada sobre cómo reorganizar los muebles. En el sofá estaba sentada su madre, Tina, con la postura recta y fría. Tina se levantó en el momento en que la vio. «Vaya. Mira quién ha decidido aparecer». Thalia se detuvo, sorprendida de ver a Tina. «Me dijiste que estabas en el hospital», la confrontó. «Estaba harta de ti», se burló Tina. «No esperes que deje a Yulia por ti. Oh, déjalo ya». Thalia sabía, en algún lugar profundo, que su madre siempre había preferido a Yulia. «Vaya», asintió. La voz de Franklin llegó desde detrás de ella. «¿Qué haces aquí?» Se colocó frente a ella. Yulia se movió de inmediato a su lado. Él la besó brevemente, abiertamente, antes de dirigir toda su atención a Thalia. Ella le tendió la carpeta. «Habría sido una falta de respeto enviarlos a través de un abogado. Así que vine yo misma». Franklin tomó los papeles sin ceremonias. «Por fin», respiró Yulia. La boca de Thalia se curvó. «Si él pudo dejarme a mí por ti, puede dejarte a ti por alguien más. Disfrútalo mientras dure». La sonrisa de Yulia no llegó a sus ojos. «Claro que lo haré. Lo tengo a él y siempre me pertenece». Franklin no dijo nada. Su silencio dolió más que cualquier respuesta. «Fuera de mi casa», dijo por fin. Thalia se giró antes de que las lágrimas pudieran caer. Salió de la mansión y se metió en el coche con el que había llegado. Luego se quitó el anillo de bodas del dedo y lo dejó caer por la ventanilla abierta. George tenía razón: no era demasiado tarde para empezar de nuevo. Y ella lo haría.Siete años habían pasado en un abrir y cerrar de ojos.«¡Thalia Frost está aquí!» Los gritos de los reporteros estallaron, cortando la noche.La elegante limusina negra se detuvo con suavidad frente a la entrada reluciente del Grand Palais.Las cámaras ya destellaban, la alfombra roja brillaba bajo las luces intensas. Thalia bajó primero.Cada centímetro de su vestido rojo ceñía su figura de forma sensual, hasta los pendientes de diamante que se mecían con cada movimiento elegante, irradiando sofisticación en cada respiración.Sujetaba la mano de su hija de seis años, Tracey, que llevaba una versión a juego de su vestido.La miró hacia abajo con una preciosa sonrisa.Al otro lado, se abrió la segunda puerta. George salió, vestido con un esmoquin negro. En sus brazos, su hijo Jay se aferraba a la solapa de su padre, igual de elegante con un traje a juego y pajarita.George se acercó a su lado y entrelazó sus dedos con los de ella de forma romántica.Eso provocó un gran grito entre lo
George regresó de la empresa después de recoger a los gemelos del colegio. Había cancelado todas sus reuniones solo para pasar el resto del día con su familia. Era un momento raro, porque su teléfono no paraba de vibrar, sus asistentes siempre llamaban a la puerta y los informes lo esperaban en el escritorio… pero ese día no quería nada de eso. Ese día solo quería a su esposa y a sus hijos. Como de costumbre, Jay iba en sus brazos, aferrada a su hombro, mientras Tracey caminaba a su lado con la pequeña mochila rebotando a su espalda. Si Thalia hubiera estado allí, Tracey no habría caminado sola: habría ido en sus brazos, igual que Jay iba ahora en los de George. Los guardias se inclinaron al pasar frente a ellos. —La vida no se acabó cuando papá cargó a Jay en sus brazos y me dejó caminar sola —murmuró Tracey en voz baja, con una vocecita minúscula pero llena de la tristeza que solo un niño puede sentir. La cabecita de Jay se levantó de inmediato. —¡Admite que estás celo
—Esposa —su voz bajó lenta, poseída—. Voy a follarte hasta que olvides que alguna vez estuviste casada con Franklin. Y el único nombre que recordarás será el mío. La respiración de Thalia se entrecorta cuando las palabras de George se posaron sobre ella como una promesa y una amenaza al mismo tiempo. Sus manos eran firmes e inflexibles, y sin embargo su tacto cargaba esa extraña reverencia que reservaba solo para ella. Cada beso se sentía como una reclamación; cada roce de su palma por su espalda era un recordatorio de que no estaba pidiendo: la estaba tomando. Su bata quedó amontonada en el suelo, olvidada. La camisa de él desapareció; las manos de ella acariciaban su pecho desnudo mientras sus lenguas se deslizaban y se entrelazan. La boca de George bajó lentamente, encendiendo sus venas. Ella se arqueó hacia él, los dedos aferrados a sus hombros. George no solo la tocaba: la desnudaba hasta la parte más cruda de su alma. En aquellos momentos no existía Franklin. Ni Yulia. Ni
Las manos de Yulia no dejaban de temblar. Lo último que recordaba era haber sido expulsada del Grand Palais hacia la fría noche, con el teléfono vibrando en su palma. La voz del médico había sido calmada y distante.Ahora el olor a antiséptico se aferraba a su ropa, amargo y sofocante. El pitido agudo del monitor cardíaco resonaba en su cráneo, un recordatorio de lo frágil que estaba. Franklin yacía allí: pálido, inmóvil, la frente envuelta en gasas blancas.Lo había mirado largo rato, memorizando la forma de su rostro quieto, antes de enfrentarse al médico.—Doctor —suplicó—, por favor, manténgalo con vida hasta que regrese.—Sin un donante y el pago, lo siento, no está en mis manos. —La voz del médico había sido calmada y fría al mismo tiempo.Se le apretó la garganta. No sabía a dónde ir ni a quién llamar. Thalia la había negado frente al mundo. Delilah había cortado todo lazo con Franklin años atrás. Sus supuestos amigos habían desaparecido. Y su propia madre había dejado de conte
{Grand Palais}Cada paso se sentía como una vuelta de victoria. Siete años de silencio, de reinvención, de convertirse en algo más de lo que le habían dejado... todo había conducido a ese momento.Le colocaron el premio en la mano. El presentador sonrió con calidez antes de dejar a Thalia en el centro del escenario.—Gracias —comenzó, con la voz cálida y firme. Se secó la comisura de los ojos con un pañuelo; las brillantes luces resplandecían sobre la humedad allí.—Guau... ni siquiera sé por dónde empezar. —Una suave sonrisa curvó sus labios.El salón estaba en absoluto silencio; pares de ojos fijos en ella. No era la primera vez que subía a un escenario, pero esa noche se sentía diferente.—Cuando empecé este camino, hace siete años, todo lo que tenía, todo lo que apreciaba, se me escapó entre los dedos. Pensé que no podría hacerlo, pensé que se había acabado. —Su mirada recorrió al público—. Pero hay algo sobre la vida: no importa si caes o no; lo que importa es si te levantas.—Y
Siete años habían pasado en un abrir y cerrar de ojos.«¡Thalia Frost está aquí!» Los gritos de los reporteros estallaron, cortando la noche.La elegante limusina negra se detuvo con un suave ronroneo frente a la entrada reluciente del Grand Palais.Las cámaras ya destellaban, la alfombra roja brillaba bajo las luces intensas. Thalia bajó primero.Cada centímetro de ella irradiaba seducción: el vestido rojo se ceñía a su figura de forma sensual hasta los pendientes de diamantes que se balanceaban con cada movimiento sereno, irradiando elegancia con cada respiración.Sostenía de la mano a su hija de seis años, Tracey, que llevaba una versión a juego de su vestido.La miró hacía abajo con una sonrisa preciosa.Al otro lado, se abrió la segunda puerta. George salió, vestido con un esmoquin negro. En sus brazos, su hijo Jay se aferraba a la solapa de su padre, igualmente elegante con un traje a juego y un lazo.George caminó hacia su lado y entrelazó sus dedos con los de ella de manera ro







