LOGINLa luz del sol se derramaba sobre las sábanas de marfil como miel líquida, dorada y suave contra el aire fresco de la mansión Blackwood.
Franklin se retiró, girándose hasta que sus brazos encontraron a Yulia. La atrajo más cerca, pasando un brazo alrededor de su cintura mientras las manos de ella se deslizaban hacia arriba hasta posarse en su cuello. El calor entre ellos se sentía merecido. Ya no más habitaciones de hotel apresuradas. Ya no más llamadas telefónicas discretas. Thalia se había ido. «Buenos días, señora Blackwood», murmuró contra su oreja. Se habían casado en secreto dos años atrás en una ceremonia íntima en el extranjero, seguida de una luna de miel discreta en Londres. Sobre el papel, Franklin seguía unido a Thalia. Había retrasado, dilatado y evitado los últimos pasos legales durante demasiado tiempo. Ahora, con Yulia esperando a su hijo, ya no le importaban las apariencias. Los votos privados que se habían intercambiado eran suficientes para él. El resto del mundo podía ponerse al día. «Buenos días, Frank». Yulia posó un suave beso en su pecho desnudo. «¿Dormiste bien?» Sus dedos se encontraron sin pensarlo. La mano libre de él se deslizó más abajo, posándose sobre la suave curva de su vientre. Aún no era grande, pero era inconfundible. Saberlo todavía calmaba algo profundo en su pecho. Ella le estaba dando la familia que siempre había deseado. «Sí», dijo ella. «Tenerte aquí me da paz. No como cuando todavía tenías que volver a casa con esa mujer estéril». El filo frío de su voz le hizo sonreír contra su piel. «Ella se fue», dijo él. «Ahora somos nosotros». La besó, más profundamente esta vez. Ella le respondió con un suave gemido, atrayéndolo más cerca. Su mano subió para cubrir el pecho, el pulgar rozando el pezón hasta que ella se arqueó hacia él. Durante unos largos minutos el resto del mundo no existió. El teléfono sonó en la mesita de noche. Ninguno de los dos lo notó. La pantalla se iluminó con el contacto MAMÁ y una cadena de emojis de corazones. Delilah Blackwood marcó de nuevo, con la mandíbula tensa. Había visto las fotos que Yulia publicó la noche anterior: una de ellas era un video corto de Yulia besando a Franklin, con la leyenda *Estamos juntos de nuevo, legalmente*. Franklin seguía casado con Thalia. ¿Cómo podía ser legal algo de esto? Su hijo no podía simplemente alejarse de la mujer que lo había estabilizado. Delilah había visto el cambio con sus propios ojos. Antes de Thalia, Franklin había vivido como un niño mimado que nunca esperaba consecuencias. Fiestas. Bebidas. Gastos imprudentes. Thalia de algún modo lo había hecho preocuparse por algo más que su propio placer. Yulia nunca lo había logrado. Franklin había estado obsesionado con ella una vez, pero el verdadero cambio en él solo había llegado con Thalia. Cuando él todavía no contestó, Delilah dejó el teléfono y habló con su chófer. «Prepara el coche. Voy a ver a mi hijo». Tenía reuniones programadas. Las cancelaría todas. Dentro del dormitorio, Franklin finalmente se separó con un sonido bajo, todavía recuperando el aliento. «Tu teléfono», dijo Yulia en voz baja. Él miró la pantalla. «Mamá». La boca de Yulia se curvó. Siempre había sabido que Delilah la detestaba. El video ya debía haber llegado hasta ella. Franklin atrajo a Yulia de nuevo contra su pecho mientras devolvía la llamada. Los dedos de ella trazaron patrones ociosos sobre su piel, con una sonrisa privada jugando en las comisuras de sus labios. «Ya es demasiado tarde, Delilah», susurró ella contra él. «Es mío. Nada de lo que digas va a cambiar eso». --- **(El apartamento de George)** Thalia abrió los ojos lentamente. Sábanas suaves. Un techo desconocido. Calor. Durante un momento permaneció allí, intentando ubicarse. Luego su mirada encontró al hombre que estaba de pie junto a la cama. Cabello oscuro. Ojos gris acero. Una barba recortada. Una camisa negra que se ajustaba a un cuerpo fuerte. Algo en él le resultaba familiar. «Tú…» Su voz salió ronca. La expresión de él se suavizó de inmediato. «¿Me recuerdas?» La memoria regresó a pedazos. Tres años atrás, antes de casarse con Franklin, su mejor amiga Eliana había acusado a este hombre de violación. Lo hicieron arrestar. Thalia nunca había creído en la historia. Ella misma reunió las pruebas de la confesión grabada de Eliana y las usó para liberarlo. Él le agradeció, le prometió que algún día le devolvería el favor y luego se fue de la ciudad. Anoche la encontró de pie bajo la lluvia y la trajo aquí sin hacer preguntas. «Sí», susurró ella con un asentimiento. Él se sentó con cuidado en el borde de la cama. Cuando ella intentó incorporarse, él acomodó las almohadas detrás de su espalda. «¿Qué te pasó?» La pregunta contenía tanto preocupación como la curiosidad que había estado conteniendo desde que la cargó dentro. La garganta de Thalia se cerró. «Es una historia larga». Él le secó una lágrima de la mejilla con el dorso del pulgar. «Tengo tiempo. Puedes contármelo». Ella le contó todo. El embarazo. El momento en que se dio cuenta de que Franklin no la había elegido. La lenta comprensión de que ella solo había sido una comodidad para él mientras él seguía enamorado de su hermana. George escuchó sin interrumpir. Cuando terminó, tomó su mano. «¿Puedo decirte algo?» Ella asintió. «Tu mundo puede haberte traicionado, pero yo estoy aquí. Por ti y por ese bebé». Las palabras cayeron con un peso silencioso. Las lágrimas rodaron por sus mejillas. Se recostó contra su pecho y él la sostuvo a través de todo, firme y en silencio. Cuando finalmente se apartó, sus ojos estaban enrojecidos. «Thalía», dijo él con cuidado, «sé que el niño no es mío de sangre. Pero me gustaría ser el padre. Quiero estar ahí para los dos, si me lo permites». Ella lo miró fijamente. «¿Harías eso?» «Una vez renunciaste a tu amistad para salvarme. Déjame estar a tu lado ahora». Ella buscó en su rostro y no encontró lástima, solo resolución. «No quiero que esto sea porque sientes que me debes algo». «No lo hago por esa razón». Su voz se mantuvo serena. «Lo hago porque mereces ser protegida. Mereces más que ser descartada». «Apenas nos conocemos». «No tienes que decidir nada hoy. Solo piénsalo». Empezó a levantarse, dándole espacio, pero la mano de ella le atrapó la muñeca. «George, por favor no te vayas. Quédate». Él se sentó de nuevo y ella apoyó la cabeza contra su pecho y cerró los ojos. La traición le hacía doler el corazón, pero en ese momento se sentía como si ya no estuviera sola. Un teléfono vibró en el bolsillo de él. Lo sacó y se lo entregó: era el suyo. Un número desconocido. Un toque abrió una imagen. Se cargó en segundos. El daño llegó más rápido. Franklin estaba de pie con un esmoquin. A su lado, Yulia llevaba un vestido de encaje color melocotón. Debajo de la fotografía había una sola línea de texto: *Tú solo fuiste un ensayo y yo fui la verdadera novia.* El cuerpo de Thalia se puso rígido. Un sonido quebrado se le atascó en la garganta. George lo notó de inmediato. «¿Thalia?» Ella le giró el teléfono con las manos temblorosas. Los ojos de él se movieron de la imagen a la leyenda. «¡¿Qué demonios?!» «Se casó con ella», susurró. Luego más fuerte, agarrándole la camisa: «Se casó con ella, George. Mi marido acaba de casarse con mi hermana». El teléfono volvió a sonar. El nombre de Franklin llenó la pantalla. George contestó antes de que ella pudiera alcanzarlo. «Ella no va a hablar contigo». «¿Quién demonios eres tú?» La voz de Franklin estalló a través del altavoz. «Su nueva vida», replicó George. «Así que aléjate y no te atrevas a llamar a este número, ¡ingrato!»Siete años habían pasado en un abrir y cerrar de ojos.«¡Thalia Frost está aquí!» Los gritos de los reporteros estallaron, cortando la noche.La elegante limusina negra se detuvo con suavidad frente a la entrada reluciente del Grand Palais.Las cámaras ya destellaban, la alfombra roja brillaba bajo las luces intensas. Thalia bajó primero.Cada centímetro de su vestido rojo ceñía su figura de forma sensual, hasta los pendientes de diamante que se mecían con cada movimiento elegante, irradiando sofisticación en cada respiración.Sujetaba la mano de su hija de seis años, Tracey, que llevaba una versión a juego de su vestido.La miró hacia abajo con una preciosa sonrisa.Al otro lado, se abrió la segunda puerta. George salió, vestido con un esmoquin negro. En sus brazos, su hijo Jay se aferraba a la solapa de su padre, igual de elegante con un traje a juego y pajarita.George se acercó a su lado y entrelazó sus dedos con los de ella de forma romántica.Eso provocó un gran grito entre lo
George regresó de la empresa después de recoger a los gemelos del colegio. Había cancelado todas sus reuniones solo para pasar el resto del día con su familia. Era un momento raro, porque su teléfono no paraba de vibrar, sus asistentes siempre llamaban a la puerta y los informes lo esperaban en el escritorio… pero ese día no quería nada de eso. Ese día solo quería a su esposa y a sus hijos. Como de costumbre, Jay iba en sus brazos, aferrada a su hombro, mientras Tracey caminaba a su lado con la pequeña mochila rebotando a su espalda. Si Thalia hubiera estado allí, Tracey no habría caminado sola: habría ido en sus brazos, igual que Jay iba ahora en los de George. Los guardias se inclinaron al pasar frente a ellos. —La vida no se acabó cuando papá cargó a Jay en sus brazos y me dejó caminar sola —murmuró Tracey en voz baja, con una vocecita minúscula pero llena de la tristeza que solo un niño puede sentir. La cabecita de Jay se levantó de inmediato. —¡Admite que estás celo
—Esposa —su voz bajó lenta, poseída—. Voy a follarte hasta que olvides que alguna vez estuviste casada con Franklin. Y el único nombre que recordarás será el mío. La respiración de Thalia se entrecorta cuando las palabras de George se posaron sobre ella como una promesa y una amenaza al mismo tiempo. Sus manos eran firmes e inflexibles, y sin embargo su tacto cargaba esa extraña reverencia que reservaba solo para ella. Cada beso se sentía como una reclamación; cada roce de su palma por su espalda era un recordatorio de que no estaba pidiendo: la estaba tomando. Su bata quedó amontonada en el suelo, olvidada. La camisa de él desapareció; las manos de ella acariciaban su pecho desnudo mientras sus lenguas se deslizaban y se entrelazan. La boca de George bajó lentamente, encendiendo sus venas. Ella se arqueó hacia él, los dedos aferrados a sus hombros. George no solo la tocaba: la desnudaba hasta la parte más cruda de su alma. En aquellos momentos no existía Franklin. Ni Yulia. Ni
Las manos de Yulia no dejaban de temblar. Lo último que recordaba era haber sido expulsada del Grand Palais hacia la fría noche, con el teléfono vibrando en su palma. La voz del médico había sido calmada y distante.Ahora el olor a antiséptico se aferraba a su ropa, amargo y sofocante. El pitido agudo del monitor cardíaco resonaba en su cráneo, un recordatorio de lo frágil que estaba. Franklin yacía allí: pálido, inmóvil, la frente envuelta en gasas blancas.Lo había mirado largo rato, memorizando la forma de su rostro quieto, antes de enfrentarse al médico.—Doctor —suplicó—, por favor, manténgalo con vida hasta que regrese.—Sin un donante y el pago, lo siento, no está en mis manos. —La voz del médico había sido calmada y fría al mismo tiempo.Se le apretó la garganta. No sabía a dónde ir ni a quién llamar. Thalia la había negado frente al mundo. Delilah había cortado todo lazo con Franklin años atrás. Sus supuestos amigos habían desaparecido. Y su propia madre había dejado de conte
{Grand Palais}Cada paso se sentía como una vuelta de victoria. Siete años de silencio, de reinvención, de convertirse en algo más de lo que le habían dejado... todo había conducido a ese momento.Le colocaron el premio en la mano. El presentador sonrió con calidez antes de dejar a Thalia en el centro del escenario.—Gracias —comenzó, con la voz cálida y firme. Se secó la comisura de los ojos con un pañuelo; las brillantes luces resplandecían sobre la humedad allí.—Guau... ni siquiera sé por dónde empezar. —Una suave sonrisa curvó sus labios.El salón estaba en absoluto silencio; pares de ojos fijos en ella. No era la primera vez que subía a un escenario, pero esa noche se sentía diferente.—Cuando empecé este camino, hace siete años, todo lo que tenía, todo lo que apreciaba, se me escapó entre los dedos. Pensé que no podría hacerlo, pensé que se había acabado. —Su mirada recorrió al público—. Pero hay algo sobre la vida: no importa si caes o no; lo que importa es si te levantas.—Y
Siete años habían pasado en un abrir y cerrar de ojos.«¡Thalia Frost está aquí!» Los gritos de los reporteros estallaron, cortando la noche.La elegante limusina negra se detuvo con un suave ronroneo frente a la entrada reluciente del Grand Palais.Las cámaras ya destellaban, la alfombra roja brillaba bajo las luces intensas. Thalia bajó primero.Cada centímetro de ella irradiaba seducción: el vestido rojo se ceñía a su figura de forma sensual hasta los pendientes de diamantes que se balanceaban con cada movimiento sereno, irradiando elegancia con cada respiración.Sostenía de la mano a su hija de seis años, Tracey, que llevaba una versión a juego de su vestido.La miró hacía abajo con una sonrisa preciosa.Al otro lado, se abrió la segunda puerta. George salió, vestido con un esmoquin negro. En sus brazos, su hijo Jay se aferraba a la solapa de su padre, igualmente elegante con un traje a juego y un lazo.George caminó hacia su lado y entrelazó sus dedos con los de ella de manera ro







