ANMELDENPunto de vista de MadeleineEl líder de los HellBound, un hombre corpulento con un tatuaje que le recorría el cuello, rompió el silencio. Su mirada, penetrante y escrutadora, se posó en mí, erizándome la piel. —Mis condiciones son sencillas, Alfa —gruñó, con voz áspera—. Nos llevamos a la chica.Un sonido ahogado escapó de la garganta de Silas. Contuve la respiración. Sentí cómo los hermanos se tensaban a mi alrededor, una oleada de furia contenida los recorría. Antes de que Silas pudiera siquiera formular una respuesta, antes de que cualquiera de ellos pudiera, una indignación ardiente me invadió. Esto no era una negociación territorial; era una transacción, y yo era la mercancía.Atravesé la sólida muralla formada por Silas y Jax, con el cuerpo temblando de miedo y rabia, y me abrí paso entre las dos manadas. —No soy un premio —anuncié, con la voz temblorosa pero firme. —Y me niego a serlo.Un silencio atónito siguió a mi declaración. Luego, un murmullo bajo se extendió entre la mul
Punto de vista de MadeleineEn el instante en que crucé las puertas del almacén, una ráfaga de aire frío nocturno y gritos me golpearon. Silas me seguía de cerca, sujetándome el brazo como para estabilizarme, pero apenas noté su contacto. Tenía la mirada fija en el caos que se desataba en el solar. Figuras se movían en una danza brutal y desesperada bajo el tenue resplandor de una única farola parpadeante.—¡Rook! ¡Jax! —grité, un sonido ahogado que me desgarró la garganta.Estaban allí, sí, pero no como los había visto nunca. Rook, una mancha borrosa de furia oscura, intercambiaba golpes con un bruto corpulento, los golpes secos resonando en el repentino silencio que mi grito pareció crear. Jax, normalmente tan ágil, estaba de rodillas, con la camisa ya manchada de sangre, luchando contra dos hombres que parecían esculpidos en granito. No eran simples hombres; eran un ejército, vestidos con cuero y mezclilla desgastados, con rostros marcados por expresiones agresivas y feroces, sus c
Punto de vista de MadeleineEl día había sido sorprendentemente tranquilo. Por primera vez desde que llegué a la manada de motociclistas, no tenía que estar constantemente mirando a mi alrededor ni esperando que alguien me acusara de algo que no había hecho. Casi había olvidado lo que era respirar sin un nudo en el estómago. Casi.Estaba ayudando a Silas a organizar los suministros en uno de los almacenes, un espacio cavernoso lleno de cajas polvorientas, piezas de motor y un leve olor a aceite y cuero viejo. Afuera, podía oír el lejano repiqueteo de herramientas y gritos apagados mientras los demás trabajaban en cualquier monstruosidad mecánica que estuvieran construyendo o desmontando ese día.La sencilla tarea debería haber sido aburrida y repetitiva, pero en cambio me encontré sonriendo. Silas explicaba en voz baja dónde iba cada cosa. Su voz era un murmullo grave, metódico y tranquilo, enumerando tamaños y funciones con una precisión casi académica. Yo, por supuesto, hacía todo l
Punto de vista de MadeleineSentía los párpados pesados. El aire estaba denso, como si todo estuviera humeando. Gemí, subiendo la sábana hasta cubrirme la cara; el aroma a lino fresco contrastaba fuertemente con el vacío en mi pecho. Por favor, déjenme desaparecer. La idea de volver a enfrentarlos, de que me vieran así… vulnerable, rota. Era demasiado. Me quedé allí tumbada lo que pareció una hora, escuchando el suave murmullo de la casa, intentando reunir el valor para moverme. Cada respiración era un esfuerzo.Con el tiempo, el hambre se hizo demasiado insistente para ignorarla. Me levanté de la cama, con la cabeza palpitante, y me dirigí lentamente hacia la puerta. Me detuve, con la mano en el frío pomo plateado, el corazón latiéndome con fuerza. Solo tengo que arrancar la tirita de una vez.Abrí la puerta, un poco al principio, luego más. Contuve la respiración. Dare. Estaba desparramado en el sofá, justo afuera de mi habitación, cubierto con una manta tirada sin cuidado, con un b
Punto de vista de MadeleineEl frío aire nocturno me helaba la piel, pero no era nada comparado con el escalofrío que me recorrió al verlo. Damon. El Alfa de Stone Ridge. Estaba de pie en medio del complejo, bañado por las intensas luces de seguridad, y su figura irradiaba una furia pura y absoluta. Sus ojos, normalmente de un azul sereno y calculador, ahora ardían con una intensidad casi salvaje.—Dámela —gruñó, su voz cortando el silencio como un látigo. No se dirigía a nadie en particular, pero su mirada recorrió a Rook, Dare, Jax y Silas, quienes estaban hombro con hombro frente a mí, formando un muro protector.Rook dio un paso al frente, con los puños apretados a los costados. —No se irá contigo a ninguna parte, Damon. —Su voz era baja, teñida de un desafío frío que nunca antes había escuchado.Damon esbozó una mueca de desdén. —Ella es una amenaza. Un peligro para nuestra especie. Dais refugio a una loba solitaria, una abominación. —Sus palabras, afiladas y venenosas, me hirier
Punto de vista de Madeleine—Necesitas calmarte, Maddie —la voz de Dare era más suave de lo habitual, pero aun así sus palabras me irritaron. Estaba de pie con Jax y Silas flanqueándolo, mientras Rook se apoyaba en el marco de la puerta, bloqueando cualquier intento de escapar rápidamente.El corazón me golpeaba con fuerza contra las costillas. —¿Calmarme? ¡Acaba de decir que alguien quiere matarme! —prácticamente grité, con la voz quebrada. El guerrero, el pobre hombre maltrecho, estaba sentado, desplomado en la silla, con la mirada fija en mí, no en ellos. Se sentía… importante.—Y nosotros nos encargaremos —dijo Silas, con los brazos cruzados sobre el pecho, intentando adoptar una postura tranquilizadora que no surtió efecto—. Eso es lo que hacemos. Te protegemos.—¿Así que simplemente van a ignorar lo que dijo? ¿Como si estuviera mintiendo? —La incredulidad me dejó un sabor amargo.Jax dio un paso al frente, con expresión grave. —No estamos ignorando nada, Madeleine. Estamos dicie







