Mag-log inpunto de vista de Madeleine
El frío aire nocturno me helaba la piel, pero un escalofrío diferente me recorría la sangre. —¿La encontraste? —pregunté con voz ronca, un susurro apenas audible por encima del zumbido en mis oídos. Las palabras no tenían sentido. ¿Encontrar a quién? Me dolía la cabeza, cada latido era como un martillazo contra mi cráneo. El hombre se arrodilló a mi lado; su aroma era una mezcla de cuero, algo penetrante como el bosque salvaje y un toque de desesperación. Se quitó el pesado chaleco de cuero. —Ya estás bien, pequeña —murmuró, con una voz grave y sorprendentemente suave. Con cuidado, me puso el chaleco sobre los hombros. El calor me inundó, un alivio bienvenido frente al frío penetrante, pero se sentía mal. Se sentía inmerecido. ¿Qué estaba pasando? ¿Y a quién llamaba «pequeña»? Me alzó en brazos, fuertes y firmes, acunándome con una facilidad que sugería que no pesaba nada. Mi cabeza se apoyó en su hombro, mi visión se nubló en los bordes. Vi el brillo del metal, la silueta oscura de una motocicleta. Me acomodó en el asiento, con mi espalda contra su pecho. Incluso a través de la bruma, me estremecí ligeramente. Esto era demasiado cerca, demasiado personal, con un desconocido. —¿Quién… quién eres? —logré balbucear, con la voz más débil de lo que quería. Necesitaba saberlo. Necesitaba entender qué pesadilla era esta. No respondió. Al menos no con palabras. En cambio, su mano presionó con firmeza, pero con suavidad, contra mi estómago, atrayéndome hacia él. Su aliento rozó mi oído. —Agárrate —ordenó, sus palabras resonando como un leve zumbido contra mi piel. Entonces el motor rugió bajo nosotros, una tos violenta que rompió el silencio de la noche. La moto aceleró bruscamente, ganando velocidad rápidamente. El viento me azotaba los oídos, me picaba los ojos y me hacía llorar lágrimas que no sabía que tenía. Cerré los ojos con fuerza, aferrándome a él instintivamente, con las manos apretadas contra su chaqueta. A través de las rendijas de mis párpados, un destello de luz atravesó la oscuridad tras nosotros. Otra motocicleta. Luego otra. Pasaron a toda velocidad, una mancha oscura en movimiento. Una de ellas, más grande e imponente que las demás, giró bruscamente, cruzando la carretera. Bloqueó el paso, formando un muro impenetrable de metal y sombras cambiantes. El sonido de gritos furiosos, lejanos y amortiguados, flotaba en el viento. La patrulla de Damon. No pasarían. Mis párpados se volvieron pesados, cada vez más. El mundo daba vueltas. La oscuridad me envolvió una vez más. Desperté sobresaltada, con el cuerpo dolorido. Mis brazos seguían rodeando al hombre, mi rostro apoyado en su espalda. El chaleco seguía puesto, un peso reconfortante. ¿Dónde estábamos? Abrí los ojos con dificultad, luchando por enfocar. El bosque pasaba velozmente, una pared verde borrosa, pero algo era diferente. El camino no era el sendero de tierra limpio y desgastado de nuestro territorio. Este era más accidentado, menos cuidado. Mis ojos entrecerrados registraron formas que no habían estado allí antes, dispersas entre los árboles. Estructuras oscuras e imponentes. Viejas. Olvidadas. Disminuimos la velocidad, luego nos detuvimos. Sentía la cabeza pesada, desconectada de los hombros. El hombre se movió, ayudándome a bajar de la moto. Sentía las piernas como gelatina, a punto de fallar. Abrí los ojos de par en par, finalmente captando mi entorno más allá de la imagen borrosa en movimiento. Motocicletas estacionadas. Muchísimas. No solo una o dos, sino docenas, alineadas como soldados frente a los edificios antiguos y ruinosos. Las estructuras eran de piedra, oscuras y cubiertas de musgo, del tipo que solo se ve en lo más profundo del bosque, lejos de cualquier territorio de manada. Entonces los vi. Lobos. Pero no como nuestros lobos. No como la manada de Damon. Estos lobos eran más grandes, más rudos, con los ojos brillando en la penumbra. No llevaban uniformes, ni marcas ni símbolos de clan. Vestían cuero, igual que el hombre que me había cargado. Chaquetas, chalecos, algunos con parches que no pude distinguir bien en la oscuridad. Se movían con una gracia depredadora, pero sus miradas eran diferentes. No sospechosas, no desafiantes, sino… vigilantes. Silenciosas. —¿Estás bien, Omega? —Una voz grave me sobresaltó. Uno de ellos dio un paso al frente, con el rostro ensombrecido por una capucha, pero sus ojos brillaban con una intensidad penetrante. Llevaba un pesado abrigo largo de cuero, una figura oscura e intimidante. Contuve la respiración. Omega. Lo sabía. ¿Cómo? El pavor se apoderó de mí. Esto no era seguro. Esto no era un rescate. Otra mujer, con una cicatriz que le cruzaba la ceja, se acercó. —Parece que está a punto de desmayarse de nuevo. El hombre que me había traído hasta aquí, aquel al que me aferraba, finalmente les habló. «Está en estado de shock y ha perdido mucha sangre. Llévenla adentro. Rápido». Sus palabras fueron directas, con una autoridad tácita en su tono. ¿Adentro? El corazón me latía con fuerza. Este no era un sendero forestal cualquiera. Estos no eran lobos comunes. Estos eran… Lobos solitarios. La comprensión me golpeó como un puñetazo. Lobos solitarios. Los marginados. Los que no pertenecían a ninguna manada, sin lealtad. Los peligrosos. Mi cuerpo se tensó, un terror helado se me metió en los huesos. El miedo, crudo y primitivo, me atenazaba el pecho. Me temblaban las piernas. «No», susurré, intentando zafarme del agarre del hombre, aunque no tenía fuerzas. «No, no puedo…» El hombre encapuchado me miró, con un destello en sus ojos que no pude descifrar. ¿Compasión? ¿Lástima? «No tienes adónde ir, pequeña». Estaba atrapada. Había huido de Damon, de una prisión de servidumbre y humillación pública, solo para tropezar con otra. ¿Era este mi destino? ¿Ser arrojada de un amo a otro? ¿Era esta nueva jaula mejor, o simplemente diferente? «Por favor», balbuceé, una súplica desgarradora brotando de mi garganta. «Yo… solo quiero que me dejen en paz». Mi voz se quebró, delatando el terror que me invadía. Cerré los ojos. Escapar de Damon no me había traído la libertad. Me había traído a esto. El corazón se me encogió, pesado y frío. De una manada que odiaba a una guarida de lobos solitarios, un lugar de incógnitas y susurros de peligro. ¿Era realmente libre, o simplemente había cambiado una prisión por otra, mucho más aterradora?Punto de vista de MadeleineEl líder de los HellBound, un hombre corpulento con un tatuaje que le recorría el cuello, rompió el silencio. Su mirada, penetrante y escrutadora, se posó en mí, erizándome la piel. —Mis condiciones son sencillas, Alfa —gruñó, con voz áspera—. Nos llevamos a la chica.Un sonido ahogado escapó de la garganta de Silas. Contuve la respiración. Sentí cómo los hermanos se tensaban a mi alrededor, una oleada de furia contenida los recorría. Antes de que Silas pudiera siquiera formular una respuesta, antes de que cualquiera de ellos pudiera, una indignación ardiente me invadió. Esto no era una negociación territorial; era una transacción, y yo era la mercancía.Atravesé la sólida muralla formada por Silas y Jax, con el cuerpo temblando de miedo y rabia, y me abrí paso entre las dos manadas. —No soy un premio —anuncié, con la voz temblorosa pero firme. —Y me niego a serlo.Un silencio atónito siguió a mi declaración. Luego, un murmullo bajo se extendió entre la mul
Punto de vista de MadeleineEn el instante en que crucé las puertas del almacén, una ráfaga de aire frío nocturno y gritos me golpearon. Silas me seguía de cerca, sujetándome el brazo como para estabilizarme, pero apenas noté su contacto. Tenía la mirada fija en el caos que se desataba en el solar. Figuras se movían en una danza brutal y desesperada bajo el tenue resplandor de una única farola parpadeante.—¡Rook! ¡Jax! —grité, un sonido ahogado que me desgarró la garganta.Estaban allí, sí, pero no como los había visto nunca. Rook, una mancha borrosa de furia oscura, intercambiaba golpes con un bruto corpulento, los golpes secos resonando en el repentino silencio que mi grito pareció crear. Jax, normalmente tan ágil, estaba de rodillas, con la camisa ya manchada de sangre, luchando contra dos hombres que parecían esculpidos en granito. No eran simples hombres; eran un ejército, vestidos con cuero y mezclilla desgastados, con rostros marcados por expresiones agresivas y feroces, sus c
Punto de vista de MadeleineEl día había sido sorprendentemente tranquilo. Por primera vez desde que llegué a la manada de motociclistas, no tenía que estar constantemente mirando a mi alrededor ni esperando que alguien me acusara de algo que no había hecho. Casi había olvidado lo que era respirar sin un nudo en el estómago. Casi.Estaba ayudando a Silas a organizar los suministros en uno de los almacenes, un espacio cavernoso lleno de cajas polvorientas, piezas de motor y un leve olor a aceite y cuero viejo. Afuera, podía oír el lejano repiqueteo de herramientas y gritos apagados mientras los demás trabajaban en cualquier monstruosidad mecánica que estuvieran construyendo o desmontando ese día.La sencilla tarea debería haber sido aburrida y repetitiva, pero en cambio me encontré sonriendo. Silas explicaba en voz baja dónde iba cada cosa. Su voz era un murmullo grave, metódico y tranquilo, enumerando tamaños y funciones con una precisión casi académica. Yo, por supuesto, hacía todo l
Punto de vista de MadeleineSentía los párpados pesados. El aire estaba denso, como si todo estuviera humeando. Gemí, subiendo la sábana hasta cubrirme la cara; el aroma a lino fresco contrastaba fuertemente con el vacío en mi pecho. Por favor, déjenme desaparecer. La idea de volver a enfrentarlos, de que me vieran así… vulnerable, rota. Era demasiado. Me quedé allí tumbada lo que pareció una hora, escuchando el suave murmullo de la casa, intentando reunir el valor para moverme. Cada respiración era un esfuerzo.Con el tiempo, el hambre se hizo demasiado insistente para ignorarla. Me levanté de la cama, con la cabeza palpitante, y me dirigí lentamente hacia la puerta. Me detuve, con la mano en el frío pomo plateado, el corazón latiéndome con fuerza. Solo tengo que arrancar la tirita de una vez.Abrí la puerta, un poco al principio, luego más. Contuve la respiración. Dare. Estaba desparramado en el sofá, justo afuera de mi habitación, cubierto con una manta tirada sin cuidado, con un b
Punto de vista de MadeleineEl frío aire nocturno me helaba la piel, pero no era nada comparado con el escalofrío que me recorrió al verlo. Damon. El Alfa de Stone Ridge. Estaba de pie en medio del complejo, bañado por las intensas luces de seguridad, y su figura irradiaba una furia pura y absoluta. Sus ojos, normalmente de un azul sereno y calculador, ahora ardían con una intensidad casi salvaje.—Dámela —gruñó, su voz cortando el silencio como un látigo. No se dirigía a nadie en particular, pero su mirada recorrió a Rook, Dare, Jax y Silas, quienes estaban hombro con hombro frente a mí, formando un muro protector.Rook dio un paso al frente, con los puños apretados a los costados. —No se irá contigo a ninguna parte, Damon. —Su voz era baja, teñida de un desafío frío que nunca antes había escuchado.Damon esbozó una mueca de desdén. —Ella es una amenaza. Un peligro para nuestra especie. Dais refugio a una loba solitaria, una abominación. —Sus palabras, afiladas y venenosas, me hirier
Punto de vista de Madeleine—Necesitas calmarte, Maddie —la voz de Dare era más suave de lo habitual, pero aun así sus palabras me irritaron. Estaba de pie con Jax y Silas flanqueándolo, mientras Rook se apoyaba en el marco de la puerta, bloqueando cualquier intento de escapar rápidamente.El corazón me golpeaba con fuerza contra las costillas. —¿Calmarme? ¡Acaba de decir que alguien quiere matarme! —prácticamente grité, con la voz quebrada. El guerrero, el pobre hombre maltrecho, estaba sentado, desplomado en la silla, con la mirada fija en mí, no en ellos. Se sentía… importante.—Y nosotros nos encargaremos —dijo Silas, con los brazos cruzados sobre el pecho, intentando adoptar una postura tranquilizadora que no surtió efecto—. Eso es lo que hacemos. Te protegemos.—¿Así que simplemente van a ignorar lo que dijo? ¿Como si estuviera mintiendo? —La incredulidad me dejó un sabor amargo.Jax dio un paso al frente, con expresión grave. —No estamos ignorando nada, Madeleine. Estamos dicie







