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Capítulo 5

Author: Diva Noir
last update Petsa ng paglalathala: 2026-08-05 07:06:04

Punto de vista de Madeleine

—No. —Mi voz salió quebrada, apenas más fuerte que el viento que soplaba entre los árboles. Intenté apartarme del hombre que me sostenía, pero mis piernas flaquearon antes de que pudiera dar un solo paso. Un dolor me atravesó el costado y apreté los dientes para no gritar.

—Quiero irme.

Mis palabras sonaron lastimeras incluso para mis propios oídos.

El hombre no apretó más su agarre. Tampoco me obligó a avanzar. Simplemente me sostuvo hasta que recuperé el equilibrio.

—Necesitas un curandero —dijo en voz baja.

—No.

—Sí.

—Me las arreglaré.

Bajó la mirada hacia la sangre que empapaba la tela que presionaba contra mi costado antes de volver a mirarme a los ojos.

—No —dijo con voz tranquila pero firme—. No podrás.

Sentí un nudo en el pecho.

—No quiero quedarme aquí.

—No tienes por qué hacerlo.

Lo miré fijamente. Por un momento, me pregunté si lo había oído bien.

—¿Qué?

—No tienes por qué quedarte.

Su expresión no cambió.

—Si después de que curen tus heridas aún quieres irte, nadie te lo impedirá.

Busqué en su rostro alguna señal de burla. No había ninguna. Ni una sonrisa cruel. Ni diversión. Ni una amenaza oculta. Solo una silenciosa certeza.

—¿Esperas que crea eso?

—No tienes que creerme.

Su respuesta solo me confundió más.

—Nunca he conocido a un lobo solitario que le suplicara a alguien que se quedara.

—Nunca dije que estuviera suplicando.

Antes de que pudiera responder, la mujer de la cicatriz se acercó.

—Está perdiendo más sangre.

El hombre asintió brevemente antes de volver a mirarme.

—¿Puedes mantenerte de pie el tiempo suficiente para caminar?

Lo intenté. En el instante en que cambié el peso, el mundo se inclinó violentamente bajo mis pies. Mis rodillas cedieron. Unos brazos fuertes me sujetaron antes de que cayera al suelo. Un sonido de frustración escapó de mi garganta.

—Dije que quería irme.

—Y lo harás.

Habló con tanta naturalidad que casi me irritó.

—Pero no así.

Sin esperar otra discusión, me levantó como si no pesara nada y me llevó de vuelta hacia la motocicleta.

—Puedo caminar.

—No.

—No necesito…

—Ni siquiera puedes mantenerte de pie.

Odiaba que tuviera razón. Me acomodó en la motocicleta una vez más antes de subirse delante de mí. Por un segundo, pensé en deslizarme hacia el otro lado. Mi cuerpo se negaba a cooperar. Él miró por encima del hombro.

—Tendrás que agarrarte.

—Preferiría no hacerlo.

—Si te caes, se te reabrirá la herida.

A regañadientes, lo rodeé por la cintura con los brazos. El motor rugió bajo nosotros antes de que la motocicleta avanzara de nuevo. Nadie habló. El silencio se extendió entre nosotros mientras seguíamos el camino sinuoso, adentrándonos en el bosque. No dejaba de observar los árboles, memorizando cada curva. Si tenía la oportunidad, correría. No sabía adónde. A cualquier parte menos aquí.

La motocicleta comenzó a disminuir la velocidad. Delante de nosotros se alzaban unas altas puertas de hierro integradas en gruesos muros de piedra. Varios lobos estaban cerca, vestidos de cuero en lugar de uniformes de manada. Mientras la motocicleta se acercaba, una idea cruzó por mi mente. No era buena. Pero era la única que tenía. Ya no íbamos muy rápido. Si saltaba ahora…

El suelo me dolería. La herida probablemente se reabriría. Pero aún podría correr. Lentamente, solté una mano de su cintura. Solo un poco. Un centímetro más. Antes de que pudiera moverme más, su voz rompió el silencio.

—Si estás pensando en saltar —dijo con calma—, no lo hagas.

Mi mano se quedó inmóvil.

—No estaba pensando en eso.

—Sí lo estabas.

Sentí que el calor me subía a la cara.

—Tengo que irme.

—Puedes hacerlo.

Parpadeé. —¿Qué?

—Puedes irte.

Su tono se mantuvo tan firme como antes.

—Después de que tus heridas sanen.

Fruncí el ceño. —¿Me dejarías?

—Si eso es lo que decides.

La respuesta no tenía sentido. Ningún Alfa permitiría que alguien se marchara. Ningún lobo solitario debería hacerlo tampoco.

—¿Por qué?

No respondió. En cambio, las pesadas puertas comenzaron a abrirse lentamente. La motocicleta entró. Lo primero que noté fue la cantidad de gente que había dentro. Las motocicletas estaban estacionadas en filas ordenadas frente a los viejos edificios de piedra. Algunos lobos reparaban motores. Otros transportaban cajas entre los almacenes. Varios practicaban combate en un patio abierto. No se parecía en nada a las historias que me habían contado sobre los campamentos de lobos solitarios.

Entonces alguien levantó la vista. Otro lo siguió. En cuestión de segundos, todas las conversaciones cesaron. Bajaron las herramientas. La gente se giró. Las miradas nos siguieron desde todas direcciones. Mi corazón se aceleró. Bajé la cabeza instintivamente. Conocía esa sensación. Sabía lo que siempre venía después. Alguien se reiría. Alguien me llamaría inútil. Alguien preguntaría por qué habían traído aquí a una Omega patética.

Me preparé. No pasó nada. El silencio se extendió por todo el recinto. Nadie se rió. Nadie se burló. Nadie susurró lo suficientemente alto como para que yo lo oyera. Simplemente me miraban fijamente. No con asco. No con odio. Casi… casi como si me hubieran estado esperando.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Sin darme cuenta, apreté con más fuerza la chaqueta de cuero del hombre. No tenía ni idea de por qué todas las miradas del recinto estaban fijas en mí. Y, de alguna manera… eso me asustaba mucho más que si se hubieran reído.

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