FAZER LOGINUna antigua profecía anunció el regreso de la Luna en un linaje imperfecto. Un Alfa, convencido de que ese poder le pertenecía, tomó por esposa a una bruja para engendrar a su heredero. Pero la Luna rechazó esa ambición y renació en una joven criada como humana. Mientras ella ignora su identidad, el hijo del rey se convierte en el Alfa más temido. Cuando sus destinos se crucen, el poder, la sangre y una atracción prohibida decidirán quién merece gobernar.
Ver maisEl rey alfa arrastró a la bruja por los cabellos hasta el centro del salón del trono; sus uñas se clavaron en el cuero cabelludo de ella, y la sangre goteó sobre las losas de piedra.
—¡Arrodíllate! —rugió. Ella cayó; sus ojos, lo miraron sin miedo. —La luna no se doblega, Aldric, ni siquiera ante ti. —La luna me debe un heredero —escupió él, sujetándola por la barbilla—. Tú eres mi esposa, tú me darás un hijo con su poder. La bruja sonrió. —El poder no se exige, se concede. Aldric apretó el puño, sintió cómo la furia le quemaba las venas, cómo la bestia en su interior arañaba por salir. Su alfa interior quería desgarrarla, pero necesitaba su vientre. La profecía era clara: la luna regresaría en una descendencia mixta y él, el rey más poderoso de los territorios del norte, la poseería. —Me darás un hijo con el poder de la luna —repitió, esta vez en un susurro— o te arrancaré la piel a tiras mientras vives. La bruja bajó la mirada por primera vez y el miedo cruzó sus facciones. —La luna decide, Aldric. —No, yo. Nueve lunas después, el salón del trono se llenó de gemidos. La bruja empujaba entre gritos, mientras Aldric observaba desde la penumbra. Sus dedos arañaban el reposabrazos de su trono, dejando surcos en la madera. —¡Empuje, maldita sea! —gruñó el curandero. Un grito desgarrador y luego, el llanto de un bebé. El mundo se oscureció. Las llamas de las antorchas parpadearon hasta casi extinguirse. Una sombra densa, como de luna eclipsada, cubrió la estancia. Aldric sintió un escalofrío recorrerle la columna vertebral. La profecía —Mi hijo —susurró, levantándose lentamente—, la luna ha venido. Avanzó hacia el curandero; sus ojos ardían con la certeza de que el poder finalmente estaba en su sangre, en su linaje, en el frágil fardo que temblaba entre los brazos del anciano. —Dámelo. El curandero le entregó al bebé. Aldric sostuvo al niño, sintió su peso y escuchó sus gemidos. Buscó en el interior de la criatura, buscó esa chispa divina que haría a su hijo el alfa más poderoso que jamás hubiera existido. Y no encontró nada. Solo carne, un latido común y corriente, un cachorro como cualquier otro, sin el más mínimo rastro del poder de la luna. —No —murmuró. —Aldric —intentó decir la bruja desde el lecho, agotada. —¡No! La lámpara de aceite del curandero estalló en mil pedazos. El bebé comenzó a llorar con desesperación, pero Aldric apenas lo oía; solo sentía el vacío. —Me diste un hijo sin poder —dijo, con su voz peligrosamente calmada—. Me diste un bastardo débil. —La luna —jadeó la bruja, incorporándose con esfuerzo—, la luna elige. —¡La luna me eligió a mí! —le arrebató el bebé al curandero y lo levantó por encima de su cabeza—. ¡Me lo prometió! —¡No lo mates! ¡Es tu hijo! —No es más que un insulto —siseó, bajando al niño lentamente, observando su rostro arrugado por el llanto—. Un recordatorio de que la luna me ha escupido en la cara. El bebé seguía llorando. Aldric sintió el asco recorrerle los dedos; era débil, patético y sin poder. Un alfa no podía tener un hijo débil. —Aldric, por favor —la bruja se arrastró hasta sus pies—. ¿Podrías devolvérmelo? Ámalo. Él la miró, la despreció. —Amor —repitió, como si la palabra fuera veneno—. Tu amor no vale nada, tu poder no vale nada, tú no vales nada. Le arrojó el bebé a la bruja ella lo atrapó con el último de sus esfuerzos, abrazándolo contra su pecho —Lárgate —ordenó Aldric—. Lleva a tu cría y desaparece de mis tierras; si te vuelvo a ver, te arrancaré el corazón. La bruja lo miró. —La luna no te eligió —dijo, mientras se ponía de pie con el niño en brazos— y nunca lo hará. Aldric sintió cómo su bestia interior rugía; su alfa quería desgarrarla, pero ella ya se había ido, arrastrando su sangre negra por el suelo mientras salía del salón. Y entonces, en ese mismo instante, a kilómetros de distancia, en una cabaña perdida en el bosque, otra mujer gritaba. —¡Empuje, Alma! —exclamó la comadrona, sujetando las manos temblorosas de la humana—. ¡Ya casi está! Alma sudaba; su pelo castaño estaba pegado a la frente, su cuerpo se estremecía con cada contracción, pero en sus ojos había algo que ninguna bruja ni alfa había tenido jamás: amor puro. —Mi esposo —jadeó—, Joren… dijo que vendría. La comadrona negó con la cabeza; no tenía corazón para decirles que Joren. El licántropo que había renunciado a su manada, a su poder y a su rango por ella, había sido asesinado esa misma noche; su cuerpo yacía a pocos metros, atravesado por lanzas de plata. —Él vendrá —mintió la comadrona—. Ahora empuje. Alma empujó y el mundo, de pronto, se oscureció. La luna, que brillaba a través de la ventana de la cabaña, se ocultó tras una nube de sombra. Las antorchas parpadearon; la tierra tembló. Y en la cabaña, un llanto rompió el silencio. Era un llanto diferente; no era un llanto de mera vida; era un llanto que resonó en los huesos del bosque, que hizo que los árboles se inclinaran, que las bestias se arrodillaran. —Es una niña —susurró la comadrona, sosteniendo a la criatura entre sus manos—, una niña. Alma extendió los brazos; sus dedos, manchados de sangre, rozaron la mejilla de su hija. En ese instante, sintió en las venas el calor de la luna y percibió el poder que su esposo había perdido para salvarla. —La luna —murmuró Alma, con lágrimas en los ojos—, la luna la eligió. La comadrona miró a la niña y luego a la ventana. La luna volvía a brillar, pero ahora era diferente; era más blanca, y más pura. —¿Qué vas a hacer? —preguntó la comadrona. Alma acunó a su hija; el llanto de la niña se apaciguó, y sus ojitos, aún cerrados, buscaron el pecho de su madre. —Viviré —dijo Alma, con voz firme— por ella y por Joren. En el salón del trono, Aldric sintió un estremecimiento recorrerle la columna por un instante; todo a su alrededor pareció detenerse. La oscuridad que había envuelto su salón se disipó, y en su lugar una luz plateada atravesó las ventanas. Se giró, buscó la luna, pero no estaba. —¿Qué? —susurró. Sintió algo, algo que no podía explicar: una chispa, un poder que se encendía en algún lugar lejano, burlándose de él. —No —dijo, apretando los puños—, no es posible. Se volvió hacia sus consejeros, que observaban temblando la escena. —¡Busquen! —rugió—. ¡Encuentren a la bruja! ¡Encuentren a mi hijo! ¡Algo ha pasado! Pero ya era demasiado tarde. La luna había elegido, y no lo había elegido a él. En la cabaña del bosque, la hija de Alma abrió los ojos por primera vez; eran plateados, como la luna, como el poder que acababa de depositarse en su interior. Y en el salón del trono, el hijo de la bruja lloraba en brazos de su madre, mientras Aldric observaba cómo la luz de la luna se desvanecía en el horizonte, sabiendo que lo había perdido todo. —Maldita seas, Luna —escupió, y su rugido llenó de terror los pasillos del castillo—. Maldita seas. Pero la luna no escuchó. Porque la luna ya tenía una nueva hija.No se movieron.Lyra sentía el aliento de Kael contra su rostro, sentía el latido de él resonando en su pecho, sentía el sabor de su propia sangre en los labios. Y lo odiaba. Lo odiaba con cada fibra de su ser.Pero también lo deseaba. Y eso era peor.—Suéltame —dijo.—Ya te solté —respondió Kael, sus ojos negros brillaban con un destello burlón—. Tú eres la que no se mueve.Lyra sintió la rabia quemarle las venas. Sin pensar, sin medir las consecuencias, levantó la mano y le cruzó la cara.Kael giró la cabeza lentamente. Cuando la volvió a mirar, sus ojos ya no eran negros. Eran dorados.—¿Me has abofeteado? —preguntó.—Te lo merecías —escupió Lyra, aunque su corazón latía tan rápido que casi se desmayaba—. No puedes besarme y tratarme como basura al mismo tiempo.—Claro que puedo. —Kael sonrió—. Soy el Alfa. Hago lo que quiero.—Pues yo no soy tuya.—Eso ya lo veremos.Kael
Lyra no durmió.El latido de Kael seguía ahí, clavado en su pecho; cada vez que cerraba los ojos, sentía su calor, su rabia y su presencia, aunque estuviera a kilómetros de distancia, y eso la volvía loca.Se levantó de la cama de piedra y caminó hasta la puerta; la llave seguía en la cerradura. ¿Por qué? ¿Acaso Kael confiaba en que no se iría? ¿O acaso quería que lo intentara?Empujó la puerta y se abrió sin resistencia.Lyra salió al pasillo; estaba vacío y oscuro, con antorchas que parpadeaban en las paredes.Caminó sin rumbo, siguiendo el latido que no era suyo. Quería encontrarlo, quería enfrentarlo, quería decirle que no aceptaba su destino, que no sería suya, que prefería morir antes que pertenecer a alguien que la odiaba.Llegó a una puerta grande, de madera tallada con figuras de lobos y lunas; detrás, escuchó voces.—No me importa —dijo la voz de Kael—. Lárgate.—Alfa, por favor —respondió una voz femenina, suave y pegajosa—. He esperado toda la noche.Lyra empujó la puerta
Kael caminó durante horas con ella en brazos; no la miró ni una sola vez, solo sentía su peso, su calor, su aliento entrecortado contra su pecho y cada latido de ella era una puñalada en su propia sangre.—¿Cuánto falta? —preguntó Lyra.—Cállate.—Solo quiero saber...—Dije que te calles.Lyra apretó los dientes; el dolor en su costado era insoportable, pero el desprecio en la voz de él era peor. Lo odiaba, lo odiaba con tanta fuerza que le dolía más que la herida.—No pedí que me salvaras —susurró.Kael se detuvo en seco, la bajó al suelo sin cuidado y la agarró por los hombros.—¿Crees que quiero hacer esto? —gruñó y su rostro estaba a centímetros del de ella—. ¿Crees que disfruto cargando una carga inútil como tú?—¡Entonces suéltame!—No puedo —la soltó y dio un paso atrás, pasándose una mano por el cabello—. No puedo y eso me vuelve loco. Cada vez que te lastiman, lo siento; cada latido tuyo resuena en mi pecho y no quiero eso, no quiero estar atado a una humana débil y patética.
Lyra sintió la luz antes de entender qué pasaba. La luna la envolvía, metiéndose por sus heridas como si quisiera repararla desde dentro. El dolor se amortiguó, pero no desapareció. Solo se volvió más profundo, como si algo estuviera despertando en su pecho.—No —susurró, escupiendo sangre—. No quiero.Pero la luz no pidió permiso.Y entonces los escuchó. Los cascos. Decenas. Galopando sobre la tierra como un terremoto que se acercaba.El lobo que la había atacado levantó la cabeza y sus ojos amarillos se entrecerraron.—Ya era hora —gruñó.Lyra no entendió. Su costado ardía y su visión se nublaba, pero pudo ver cómo el lobo se transformaba, cómo su cuerpo se erguía y se volvía hombre. Un hombre alto, de cicatrices en el pecho y garras que aún goteaban sangre.—¿Quién..? —intentó preguntar.Él la ignoró. Se giró hacia la puerta derrumbada del orfanato.Y entonces la entrada explotó.La madera voló en astillas. En el umbral, una figura se recortó contra la luna.Kael.Lyra no sabía qui












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