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Capitulo 2

last update publish date: 2025-11-07 05:45:19

Gaia

Caminé por el sendero que se alejaba de la manada, dejando que el crujir de las hojas secas y el susurro de las ramas bajo mis pies compusieran la única melodía que mi mente estaba dispuesta a tolerar. Mis pasos eran firmes, casi urgentes, buscando el refugio sagrado del río. Para el resto del mundo, ese era solo un rincón de agua cristalina y piedras pulidas, pero para mí era el único lugar en toda la Tierra donde la vibración de mi sangre encontraba un ritmo humano.

Llevaba el peso de un destino que no pedí, y el fuego de un dragón latía bajo mi piel como una bestia impaciente tras una reja oxidada. Perder el control no es una opción para alguien como yo. Mi cabeza, en ese instante, era un mar embravecido de pensamientos catastróficos, una marea negra que amenazaba con ahogar la poca calma que me quedaba. No me preocupaba la ceremonia en sí, ni me invadían los nervios típicos de una novia; de hecho, la idea de pertenecer espiritualmente a Conan era la única luz que brillaba en mi horizonte. Lo que me asfixiaba era la sombra del mañana.

Me detuve frente a la orilla, allí donde el río se ensancha y el agua parece detenerse para contemplar el paisaje. Me senté sobre una enorme roca grisácea, cuyas aristas habían sido suavizadas por siglos de corrientes incesantes. El cielo, despejado y vasto, se reflejaba en la superficie del agua, pintándola de un azul tan profundo y vibrante que parecía una joya líquida. Ese color era mi ancla. Me quedé allí, observando cómo la corriente arrastraba pequeñas ramas y hojas muertas, deseando por un momento tener esa misma sencillez: ser algo que fluye, que no decide, que simplemente se deja llevar por el cauce de la existencia sin el peso del cosmos sobre los hombros.

¿Cómo podía ser tan egoísta? Me preguntaba una y otra vez. Conan era luz, era fuerza, era la promesa de un futuro sólido. ¿Qué derecho tenía yo de arrastrarlo a mi caos? Sabía que no podía garantizarle una vida de paz. Mi naturaleza era una invitación constante al desastre, un faro para peligros que él no debería enfrentar. Al unirme a él, sentía que le estaba robando la oportunidad de encontrar a alguien que no llevara el fin del mundo en las venas.

Estaba tan sumergida en ese pozo de dudas que no escuché su llegada, aunque él nunca se esforzaba por ser silencioso conmigo. De repente, sentí unas manos enormes y cálidas que rodearon mi cintura con una delicadeza que siempre me sorprendía, dada la fuerza que contenían. Un escalofrío de reconocimiento recorrió mi espalda y me sobresalté levemente, solo para girarme y chocar de frente con el rostro que habitaba todos mis sueños.

Conan me sonreía. Era una sonrisa que nacía en sus ojos y terminaba por desarmarme por completo. Antes de que pudiera decir una palabra, se inclinó y depositó un beso suave en mis labios, un roce que sabía a protección y a una paciencia infinita. Al alejarse apenas unos centímetros, me permití admirarlo con una intensidad casi dolorosa. Hoy, bajo la luz dorada que se filtraba entre los árboles, parecía una deidad tallada en piedra pálida. Su altura de casi un metro noventa era imponente, haciéndome sentir como una pequeña criatura de cuento a su lado con mi escaso metro cincuenta y cinco. Su cuerpo era pura fibra y músculo, la complexión de un guerrero Drekory que no conocía la fatiga. Pero lo que realmente me atrapaba eran sus ojos: dos abismos de color negro azabache en los que podía perderme durante horas sin miedo a no regresar. Su cabello corto, del color de la noche más profunda, caía sobre su frente con un descuido elegante; extendí mi mano casi por instinto para acariciarlo, disfrutando de esa suavidad que contrastaba tanto con su apariencia feroz.

Incluso si no fuéramos almas destinadas, incluso si el universo no hubiera gritado nuestros nombres al unísono el día que nací, sabía que lo habría amado igual. Me habría enamorado de su risa, de su honor y de la forma en que su sola presencia acallaba mis demonios internos.

Sin embargo, mi agitación no pasó desapercibida para él. Conan me conocía mejor de lo que yo me conocía a mí misma. Sus cejas pobladas se fruncieron y esa sonrisa que iluminaba el bosque se desvaneció, siendo reemplazada por un semblante de preocupación que tensó sus facciones.

—Gaia, ¿qué pasa? —preguntó, y noté esa chispa de diversión forzada en sus ojos, ese intento suyo por rescatarme del abismo antes de que cayera— No me digas que el hijo del Alfa te parece poca cosa ahora y ya te arrepentiste de unir tu vida conmigo.

A pesar del nudo que me quemaba la garganta, solté una pequeña carcajada. Sus bromas eran el bálsamo que siempre lograba agrietar mi armadura de frialdad.

—Claro que no. Pasar el resto de mi vida contigo es lo único que mantiene mi corazón latiendo en este momento —respondí, esforzándome para que mi voz no flaqueara, aunque mis ojos me traicionaron.

Él se puso serio de inmediato. Me tomó de las manos, y su calor, ese fuego interno de los Drekorys, se filtró en mi piel como un refugio contra el frío de mis propios pensamientos.

—¿Entonces qué es lo que te atormenta? —insistió. Su mandíbula se tensó, una señal clara de que no aceptaría una respuesta evasiva.

Había pasado días, semanas, tratando de ocultar este miedo. Odiaba verme vulnerable, odiaba que alguien, incluso él, pudiera ver las grietas en mi seguridad. Me aterraba la posibilidad de que, si veía lo rota que me sentía por dentro, terminara por alejarse. Pero la presión en mi pecho era ya insoportable.

—Lo que quiero saber es... si realmente estás seguro de esto, Conan —solté finalmente, obligándome a sostenerle la mirada mientras las palabras salían como una confesión—No puedo evitar sentir que estoy siendo el ser más egoísta de la Tierra. Al unirte a mí, te estoy arrebatando la oportunidad de un futuro feliz, tranquilo y seguro. Quiero saber, de verdad, si estás convencido de querer un destino a mi lado, sabiendo lo que soy, sabiendo lo que mi linaje trae consigo.—Lo dije.

Las palabras quedaron flotando en el aire entre nosotros, pesadas y cargadas de una verdad que me quemaba. Me obligué a observarlo, esperando ver una duda, un rastro de incertidumbre. Pero lo que vi fue algo mucho más poderoso: una decisión absoluta. Su rostro ya no mostraba preocupación; ahora irradiaba una firmeza que me hizo temblar.

—Gaia, mírame —me pidió, apretando mis manos con suavidad pero con una fuerza inquebrantable— Sabes perfectamente que nada de eso me importa. No busco una vida tranquila, te busco a ti. Quiero estar contigo cada día de mi existencia, sin importar lo que el cielo o el infierno nos envíen. Si algo intenta alejarte de mi lado, no descansaré hasta encontrarte. Si alguien se atreve a querer hacerte daño, te protegeré con mi propia vida, pedazo a pedazo, hasta que no quede nada de mí. Te juro por todos los dioses antiguos y por la sangre que corre en mis venas que bajaría hasta el mismo infierno, caminaría sobre brasas y no descansaría hasta que estuvieras conmigo de nuevo. Eres el amor de mi vida, mi otra mitad, y eso no cambiará nunca, ni en este mundo ni en el que sigue.

Me abrazó con tal fuerza que sentí que nuestros corazones latían en un solo ritmo. En el refugio de sus brazos, toda duda se evaporó como la niebla ante el sol. Me sentí segura, fuerte, como si el peso del cosmos que cargaba en mis hombros hubiera desaparecido por completo. Ese día, bajo el azul del cielo reflejado en el río, dejé de temerle al futuro. Comprendí que, con Conan a mi lado, cualquier destino valía la pena ser vivido.

El tiempo se nos escapó entre los dedos. Después de tomar el té con nuestras madres —una reunión llena de consejos, risas suaves de Mirla y la impaciencia vibrante de mi madre—, regresamos a casa. Mi madre me repitió mil veces que no me preocupara, que ella y Lisse se habían encargado de que todo fuera perfecto. Al verla tan entusiasmada, me sentí más aliviada; si el evento estaba bajo su control, al menos ella dejaría de perseguirme con listas de tareas.

De vuelta en mi habitación, el ambiente cambió. El aire olía a flores frescas y a esa emoción eléctrica que precede a los grandes cambios. Lisse, mi mejor amiga de toda la vida, me ayudaba a ajustar el corset de mi vestido. Tiraba de los cordones con una precisión casi quirúrgica, mientras mi madre, con manos que temblaban apenas un poco, colocaba una corona de flores silvestres sobre mi cabeza, entrelazándolas con mi cabellera rubio plata.

Mi vestido era una visión sacada de un sueño que ni yo misma sabía que tenía. Era una cascada de seda color marfil, tan ligera que parecía tejida con la textura de una telaraña atrapada bajo la luz del atardecer. Mis hombros, desnudos, contrastaban con la fuerza etérea de las mangas, que flotaban a mi alrededor como alas de libélula con cada pequeña brisa que entraba por la ventana. El encaje era un secreto susurrado sobre mi piel, un mapa intrincado de venas y flores que se extendía hasta terminar en una cola larga y majestuosa. Me sentía como una reina de los elfos antigua o una doncella rescatada de una leyenda, envuelta en la promesa de un poder que apenas comenzaba a comprender. Realmente era perfecto.

—Te ves... simplemente hermosa, Gaia —aseguró Lisse, y pude ver el brillo de las lágrimas en sus ojos mientras terminaba de anudar el corset.

—Un vestido digno de una princesa, no, de una deidad —reafirmó mi madre, mirándome a través del espejo con un orgullo que me conmovió— Estoy segura de que Conan no podrá pronunciar una sola palabra cuando te vea entrar. Quedará totalmente impresionado.

—Eso espero —dije entre risas, tratando de disipar la emoción que amenazaba con hacerme llorar y arruinar el trabajo de Lisse— De verdad, les agradezco tanto por encargarse de todo esto. No tienen idea de lo feliz que me hacen.

—Claro que teníamos que encargarnos de todo —contestó Lisse con una sonrisa pícara—, porque si hubiera sido por ustedes dos, ya se habrían casado en secreto en alguna cueva del bosque solo para evitarse el protocolo y la gente.

Solo pude dedicarle una sonrisa cómplice porque sabía que decía la verdad absoluta.

—Solo falta el ramo, lo dejé refrescándose abajo. Ahora regreso —anunció Lisse mientras salía de la habitación con paso rápido.

Al cerrarse la puerta, el silencio que quedó entre mi madre y yo fue denso, cargado de una gratitud que las palabras rara vez alcanzan a cubrir. La observé a través del reflejo, con los ojos vidriosos. Aunque yo hubiera sido engendrada por Caos, en mi corazón no había duda: ella era mi madre. Me había amado con una entrega que desafiaba cualquier lógica divina, aceptándome con mis fuegos y mis sombras.

—Mamá... nunca terminaré de agradecerles todo lo que han hecho por mí —le dije, girándome para tomar sus manos— Gracias por el amor, por la paciencia y por haberme brindado este hogar cuando no tenían por qué hacerlo.

—No agradezcas nada, mi amor —respondió ella, acariciando mi rostro con una dulzura infinita— Tú no fuiste una carga, Gaia. Llegaste a nuestras vidas para hacernos felices, para darnos un propósito. Eres nuestra luz en medio de la oscuridad. Eso es lo que siempre haces: iluminarlo todo por donde pasas.

Le di un abrazo tan fuerte que sentí que mi cuerpo se aferraba a ella como si fuera un naufrago a una balsa. Era mi lugar seguro, el origen de mi humanidad.

El sonido de alguien aclarándose la garganta nos interrumpió. En la puerta estaba mi padre, Kilar. Se veía impecable, pero sus ojos delataban la lucha interna que sostenía para no romper en llanto.

—¡Princesa! —exclamó. Al salir la palabra de su boca, noté un ligero temblor en su voz. Comprendí de inmediato que no podía decir más sin quebrarse por completo. No necesité que hablara. Corrí hacia él y lo rodeé con mis brazos, hundiendo mi cabeza en su pecho mientras le susurraba: «Gracias papá, te amo».

Era la verdad más grande de mi vida. Aunque no compartíamos la sangre, él me había amado y protegido con una ferocidad que ningún dios podría igualar. Siempre recordaré lo que solían decir: que no tuvieron más hijos porque conmigo lo habían tenido todo. Yo era su universo, y ellos eran mi tierra firme.

Lisse regresó y se detuvo un momento en el umbral, observándonos con la mirada vidriosa y una sonrisa llena de afecto.

—Gaia, lamento interrumpir este momento tan hermoso —dijo con la voz suave—, pero ya está todo listo. El pueblo espera, el Alfa espera... y Conan cuenta los segundos. Es hora de irnos.

Respiré hondo, sentí el peso de la corona de flores y la suavidad de la seda, y supe que estaba lista para caminar hacia mi destino.

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