LOGINGaia
El sendero que nos conducía al corazón del bosque parecía haber sido tejido por las manos de una deidad antigua. Al llegar al claro donde se erigía el templo, un suspiro de asombro escapó de mis labios, incapaz de contener la impresión. Aquel lugar no era simplemente una construcción; era un santuario vivo, una manifestación mágica que parecía haber sido arrancada de las páginas de un mito olvidado. El aire estaba saturado con una mezcla embriagadora de aromas: la humedad fresca de la tierra removida se entrelazaba con la fragancia dulzona de miles de flores silvestres que bordeaban el camino, como si la naturaleza misma hubiera decidido exhalar su perfume más sagrado para nosotros. Cientos de velas, protegidas en faroles de cristal, colgaban de las ramas de los robles milenarios y alfombraban el suelo, proyectando un resplandor dorado que danzaba contra las sombras del bosque. A lo lejos, la melodía profunda y vibrante de un violonchelo comenzó a elevarse, llenando cada rincón del claro. Las notas eran tan ricas y melancólicas que se fundían perfectamente con el último y suave gorjeo de las aves que buscaban refugio en sus nidos bajo el crepúsculo. Era una armonía perfecta entre lo humano y lo salvaje. Sentí la mano de mi padre envolviendo la mía. La apreté con una fuerza desesperada, buscando en su firmeza un ancla para la marea de sensaciones que amenazaba con desbordarme. Mi cuerpo estaba experimentando una ansiedad eléctrica, una vibración que nacía en mis huesos y se extendía por mi piel como un incendio silencioso. Mi madre se acercó, depositando un beso tierno en mi mejilla antes de susurrarme que ella y Lisse irían a ocupar su lugar. Verlas alejarse me dejó una sensación de desprotección que nunca antes había sentido. Cerré los ojos, tratando de invocar la calma, pero el intento fue fútil. Mi pecho comenzó a cerrarse, el aire se volvió escaso, como si mis pulmones hubieran olvidado cómo expandirse. El pánico, frío y afilado, empezó a nublar mi juicio. Fue en ese momento de oscuridad interna cuando una voz en lo más profundo de mi ser rugió con una autoridad ancestral: "Eres un Dragón". Esa simple frase, el recordatorio de la sangre de Caos que fluía por mis venas, actuó como un latigazo de realidad. No era una debilidad lo que sentía, era mi propio poder reconociendo la magnitud de lo que estaba por suceder. Mi padre, notando el temblor de mi mano y la palidez de mi rostro, se inclinó hacia mí. Sus palabras llegaron como un susurro protector en medio del caos de mis pensamientos: —No tengas miedo, pequeña. Todo estará bien —noté el esfuerzo que hacía por mantener su propia voz estable mientras yo luchaba por recuperar el ritmo de mi respiración—Estoy seguro de que él debe estar pasando por lo mismo ahora. No lo hagas esperar más. Sus palabras fueron el bálsamo que necesitaba. Recordé por qué estaba allí, recordé el rostro de Conan y la promesa de su amor. Solo unos cuantos metros de tierra y flores me separaban del hombre que le daba sentido a mi existencia, y no permitiría que el miedo me robara ese momento. Reuní todo el valor que dormitaba en mi espíritu y comenzamos a caminar. Con cada paso, la sensación de pesadez en mis piernas desapareció, reemplazada por una ligereza etérea. Sentía que no caminaba, sino que flotaba; las hojas secas y los pétalos esparcidos bajo mis pies se sentían como nubes que me elevaban, guiándome hacia mi destino. Al levantar la mirada, vi las hileras de bancas ocupadas por los invitados. Estaban decoradas con arreglos florales de toques bohemios que colgaban con elegancia, aportando un aire de libertad y belleza orgánica al rito. Pude ver que toda la manada Serus se había congregado allí; no faltaba nadie. Drekorys y humanos, razas que en otro tiempo fueron enemigas, estaban ahora reunidos en un silencio respetuoso para presenciar la unión de su futuro Alfa. Sentí el peso de sus miradas. Sabía que no podía permitir que me vieran vulnerable. No se trataba solo de mi orgullo como hija de un dios, sino de la responsabilidad que estaba asumiendo al convertirme en la compañera de su líder. Obligué a mi espalda a enderezarse y a mi barbilla a elevarse, adoptando una postura de mando y gracia. En ese instante, la multitud se percató de mi avance. Se pusieron de pie como un solo cuerpo; algunos ojos brillaban con asombro, otros con una admiración que me hizo comprender la importancia de este lazo. Y entonces, al final del pasillo, lo vi a él. Conan estaba de pie, esperándome. Se veía impecable, casi irreal. El traje negro se amoldaba con precisión a la potencia de sus músculos, resaltando su porte de guerrero y su elegancia natural. Pero no fue su vestimenta lo que me detuvo el corazón, sino su rostro. En sus labios se dibujaba una sonrisa enorme, cargada de una devoción absoluta, pero en sus ojos negros brillaban lágrimas contenidas que reflejaban una felicidad tan pura que me dolió. En ese momento, toda la coraza que había construido para protegerme de la mirada pública se desmoronó. Sentí como si mi alma abandonara mi cuerpo para volar directamente hacia él. Mi paso se apresuró por puro instinto. Cada fibra de mi ser gritaba por estar a su lado, por tocarlo, por fundirme con mi otra mitad. Al llegar frente a él, mi padre, con un gesto cargado de significado, entregó mi mano a la suya. Conan la tomó con una reverencia y depositó un beso suave sobre mi piel. El roce de sus labios provocó un choque eléctrico que me sacudió hasta la médula. Fue una sensación nueva, una corriente de fuego que no se quedó en la superficie, sino que descendió con una fuerza abrasadora, provocando un calor intenso y desconocido en mi entrepierna que me hizo jadear levemente. Me sorprendí a mí misma con un pensamiento que me hizo arder las mejillas: «¿Estoy excitada?». No podía creer que en un momento tan sagrado, mi cuerpo estuviera respondiendo con tal intensidad carnal. En ese instante, el resto del mundo se desvaneció. Los invitados, las velas, el bosque... todo desapareció. Solo existíamos nosotros dos en una burbuja de tiempo suspendido. El deseo de huir, de llevármelo a un lugar donde nadie pudiera vernos para explorar este nuevo fuego que nos consumía, era casi insoportable. Sus ojos negros conectaron con los míos y, por un segundo fugaz, vi un destello dorado en sus pupilas. Era un brillo salvaje, la mirada de su bestia Drekorys que luchaba por salir a la superficie, reclamándome como suya ante los ojos del universo. Gourus, el padre de Conan y Alfa de la manada, se aclaró la garganta. Ese sonido fue lo único que me devolvió a la realidad. Él también parecía haber notado la tensión eléctrica y el destello en los ojos de su hijo, pues su mirada era sabia y comprensiva. —Queridos miembros de la manada Serus —comenzó Gourus con una voz que resonó como un trueno amable sobre el claro—, hoy nos reunimos en este santuario natural para presenciar el rito más antiguo de nuestra estirpe: la unión de almas entre Conan y Gaia. Dos seres destinados a encontrarse desde antes de nacer, porque la Gran Madre, la tejedora de todos los destinos, así lo dispuso. Al unirse en este momento, sellarán un lazo que no conoce el final, un vínculo que será imposible de romper por cualquier fuerza terrenal o divina. De mi parte, como Alfa, les otorgo mi bendición y les pido que pronuncien las palabras que sellarán su eternidad. Conan volvió a tomar mis manos entre las suyas. Podía sentir el temblor ligero en sus dedos, la lucha feroz que mantenía por no dejar que su instinto dominara su juicio. Cuando empezó a hablar, su voz era una caricia profunda que vibraba en mi pecho: —Gaia, diosa de mi corazón y de mi alma —dijo, y el mundo pareció contener el aliento—Desde el primer instante en que te conocí, supe que mi vida entera, cada gramo de mi fuerza y cada suspiro de mi aliento, estarían unidos a ti. Eres la luz que disipa mi oscuridad, la calma que apacigua mi tormenta más feroz. Prometo amarte mucho más allá de las fronteras de la vida y de la muerte. Juro que atravesaré cualquier infierno por ti, sin temor y sin una sola duda. Seré tu refugio cuando el frío apriete, tu hogar en el desierto más árido y tu protector inquebrantable contra cualquier sombra que se atreva a acercarse a tu luz. Con cada latido de mi corazón y con cada respiración que me sea concedida, te prometo amor eterno y una devoción que no conoce límites. En este mundo de caos, yo seré tu paz. Gaia, mi amor... yo te acepto como mi alma destinada y te ruego que aceptes pasar el resto de tu eternidad conmigo. Sus votos no eran solo palabras; eran la respuesta que mi alma había estado buscando para acallar todas sus dudas. Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas, limpiando cualquier rastro de miedo. Ahora era mi turno. —Conan, mi amor —comencé, sintiendo que mi voz cobraba una fuerza que no sabía que poseía—, en ti encuentro mi propósito, mi razón de ser y el sentido que le da significado a mi existencia en este mundo extraño. Eres la calma en mi tormenta y la paz en mi guerra personal. Eres el único hogar donde mi alma puede descansar sin temor a ser juzgada o herida. Me prometo a ti con todo lo que soy, con cada latido de mi corazón y cada respiración que el destino me otorgue. Prometo amarte sin fronteras y sin miedo a lo que el futuro nos depare. Seré tu sombra en el sol y tu luz en la noche; seré tu verdad y tu compañera fiel en cada paso, en cada sueño, en cada victoria y en cada amarga derrota. Te prometo escucharte cuando el mundo guarde silencio y abrazarte cuando la vida te lastime. Te prometo amarte más allá del tiempo y más allá de la muerte misma. Conan, mi amor... te elijo para siempre. Un silencio absoluto se apoderó del bosque. Parecía que los árboles, la tierra y el mismo aire se detenían para reconocer el lazo que acababa de nacer. Pero algo había cambiado en el aire. Podía sentirlo. Por primera vez, nuestras emociones estaban conectadas por un hilo invisible pero indestructible. Podía sentir su deseo ardiente, su hambre de mí, su urgencia por alejarnos de la multitud y perdernos el uno en el otro. Su lucha interior era ahora la mía. Conan no esperó más. Me tomó por la cintura con una posesividad que me hizo jadear y me atrajo hacia él con una fuerza arrolladora. Me besó con una intensidad que me robó el aliento y el juicio. Sentí su lengua enredarse con la mía, reclamándome, devorándome, como si quisiera sellar nuestro destino no con palabras, sino con fuego. Su agarre se volvió más firme, sus manos marcando mi piel a través de la seda del vestido, recordándome que ahora éramos uno solo. Traté de recuperar un poco de cordura, separándome apenas unos milímetros, jadeando contra sus labios. Al mirar de reojo a los invitados, vi que todos nos observaban con una mezcla de respeto y alegría. Mis mejillas ardieron de vergüenza, pero al mismo tiempo, una oleada de orgullo me recorrió. Fue en ese momento cuando el silencio se rompió por los gritos de júbilo y celebración. La voz de Lisse se elevó por encima de todas, cargada de una felicidad contagiosa.Tour 80s: “Highway of Yesterday” (Autopista del ayer) *** AMARA Siete meses después Dejo escapar un suspiro de frustración mientras aparto la cara del libro para mirar por la ventanilla. No puedo creer que la gente juzgue tanto a Elizabeth por rechazar al Sr Darcy, el tipo, aún que guapo era un maldito engreído , grosero y egocéntrico que se creía el culo del universo. Además ella no dijo más que la verdad; "Desde el principio, casi desde el primer instante de mi conocimiento con usted, su comportamiento me convenció de su arrogancia, de su presunción y de su egoísta desdén por los sentimientos ajenos... y no hacía un mes que le conocía cuando supe que usted era el último hombre en el mundo con el que yo querría casarme". Suspiro una vez más, no sin dejar de recalcar lo insensibles y arrogantes que pueden llegar a ser los hombres. Intentó retomar mi lectura dejando de lado mi evidente molestia, pero me es imposible por el escándalo ensordecedor de mis compañeros. Lanzo una
Requiem 22 Almas en pena, prisioneras de sus propias cadenas. ***AMARA Tengo mucho miedo. Mis sábanas están mojadas y mi pijama me aprieta el cuello, como si la tela también me tuviera miedo y quisiera ahorcarme. No quiero estar aquí. Hace un ratito, antes de que los gritos empezaran, yo estaba en un lugar muy, muy bonito. Era un lugar donde no había paredes y yo podía volar sin que me dolieran las piernas. Todo era luz, una luz que no lastima los ojos, y yo era muy grande, tan grande que podía tocar el cielo y sentir el pulso de las flores. Pero de repente, algo me jaló. Me caí muy fuerte, como cuando te tropiezas en el patio, y aparecí aquí, adentro de este cuerpo que es chiquito, que pesa mucho y que se siente como una cárcel de carne. Me siento sucia, aunque mamá me haya bañado antes de dormir. Me duele mucho el pecho porque el aire de este cuarto está rancio, huele a cerrado y a cosas viejas. Lloro y lloro porque quiero regresar a mi casa, pero mis ojos solo ven las pared
Requiem 21 "Para los que se reconocen en el caos: que su único réquiem sea el eco de un beso que supo a despedida y a principio." *** ARYA Subo las escaleras del edificio sintiendo el cansancio del día en cada paso; el trabajo en la cafetería suele ser abrumador y más ahora que Amara no trabaja conmigo. He tenido que esforzarme el doble mientras Alaric contrata a otra mesera y, aunque es agotador, no me quejo, ya que mis jefes son buenas personas. Entro al departamento y lo encuentro en penumbras. Sé que mi amiga ya llegó, pues su bolso está en el sillón de la sala. Paso de largo directo a la cocina y veo que Amara ya ha preparado la cena. No puedo evitar sentirme más relajada al saber que ya ha comido; la última vez que cambió la dosis de su medicamento, pasó varios días sin probar bocado por el cambio tan drástico. Después de cenar, me dirijo a la habitación de Amara. Toco un par de veces y no hay respuesta, así que giro el pomo para percatarme de que está ahí. La veo pr
Requiem 20:«De la mano que bendice para luego golpear, líbralas. Del fuego que purifica consumiendo la inocencia, líbralas. Del silencio de un cielo que mira y no interviene, líbralas.» *** Psiquiatra Livia Sterling El Dr Marcos Ferrel recibió el expediente de cuero negro con una delicadeza casi ritual, como si sospechara que entre aquellas hojas no solo había notas clínicas, sino el peso de una tragedia. Lo depositó sobre su escritorio de nogal, justo al lado de un café que ya empezaba a exhalar sus últimos hilos de vapor. Durante varios minutos, el silencio en la oficina fue absoluto, roto únicamente por el roce rítmico del papel y el tic-tac de un reloj de pared que parecía marcar el pulso de una historia que se negaba a ser olvidada. Yo, lo observaba desde el otro lado, manteniendo mi postura rígida y mi mirada clínica, esperando el veredicto de la lógica. Para mí, Amara era un caso severo de fragmentación psíquica y riesgo suicida inminente; pero vi cómo la expresión d
Requiem 19: "Dales, Señor, el descanso que el mundo les negó; que la luz perpetua brille sobre sus heridas abiertas." *** Psiquiatra Livia Sterling. El consultorio quedó sumergido en un silencio gélido cuando Amara terminó de hablar. Como profesional, mi mente empezó a trabajar a una velocidad vertiginosa, procesando cada señal, cada microexpresión de su rostro. La Amara de la sesión anterior me había engañado; había intentado sostener una máscara de mejoría, o quizás yo quise creer en ella. Pero hoy, lo que veía frente a mí era el vacío absoluto. Esa forma de encogerse, el peso de sus hombros y, sobre todo, esa mirada fija en la nada, eran banderas rojas que no podía ignorar. Como psicóloga, sé que cuando el dolor deja de ser ruidoso y se vuelve una rendición silenciosa, el riesgo es inminente. El abismo ya no le daba miedo; la estaba seduciendo. Me quité los lentes y suspiré, sintiendo una punzada de preocupación real que trascendía los libros de texto. Tenía que actuar, t
Requiem 18: "Es el deseo de volverse humo cuando el cuerpo pesa como el plomo. Es buscar la paz de las cenizas porque el incendio de estar viva ya no tiene tregua." *** AMARA La oscuridad me estaba asfixiando, pero no era el aire lo que me faltaba; era él. Aunque mis ojos estaban abiertos, no podía verlo. Era una ceguera selectiva, una condena de sombras que me separaba de la única luz que mi alma reconocía. Estaba atrapada en un abismo helado, obligada a sentirlo todo sin el consuelo de una imagen, viviendo en la agonía de un recuerdo que se negaba a materializarse ante mí. Lo escuché llamarme, no era el que ahora poseo y la voz no entró por mis oídos; me partió el pecho por la mitad, destrozando cada defensa, cada muro de mi cordura. Grité. Fue un alarido de puro dolor, el llanto animal de quien lleva siglos muriendo de sed. Busqué con la mirada, desesperada, pero solo había vacío, un castigo absoluto: amar a un fantasma con una devoción que me aniquilaba, llevar su esencia







