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Capítulo 2 - Ropa rota

Penulis: xRaconteurr
last update Tanggal publikasi: 2026-03-08 10:29:27

El tintineo de una campana de bronce oxidado anunció nuestra llegada. No esperé a que Adriana estuviera completamente a mi lado para abrir la pesada puerta de madera del local; necesitaba urgentemente poner un par de metros de distancia entre su perfume y mi cordura.

El interior de la floristería era un oasis frente al sofocante calor de Roma. El aire era fresco, húmedo, y estaba saturado de una mezcla de fragancias que habría abrumado a cualquiera: jazmines, lirios, tierra mojada y rosas. Yo, enfundado en un traje de lana fría de cinco mil euros y zapatos de diseño impecable, desentonaba brutalmente con el suelo de madera astillada y los sacos de abono apilados en las esquinas. Pertenecía a las asépticas salas de juntas, no a la tierra.

Sin embargo, para mi absoluta frustración, mi cerebro ignoró mi entorno, la botánica y el polvo, y siguió rastreando el único aroma que me importaba: la vainilla dulce y el café que emanaban de la piel de Adriana.

Ella se adentró en el local como si acabara de pisar el paraíso. La vi alisar la tela de su pantalón sobre sus caderas con ese gesto nervioso que ya me estaba aprendiendo de memoria, antes de dejarse llevar por los colores del lugar. A diferencia de mí, ella encajaba a la perfección en la calidez de aquel sitio. Sus ojos oscuros brillaban mientras recorría los estantes.

Verla en su elemento era un peligro inminente. Como enfermera, su instinto era cuidar, reparar lo que estaba roto; como creadora de contenido de viajes en sus ratos libres, su instinto era encontrar la belleza estética en cada rincón. De hecho, la vi sacar su teléfono por un segundo para tomar una fotografía rápida de un arreglo de orquídeas, buscando el ángulo perfecto con esa concentración encantadora que la caracterizaba.

Mi instinto, en cambio, era arrinconarla contra la pared de ladrillo expuesto y comprobar si su boca sabía tan dulce como aparentaba.

Apreté la mandíbula y me quedé a un par de pasos de distancia, cruzándome de brazos. Observar. Eso era lo que los escritores hacían. Y yo la estaba leyendo de pies a cabeza, descifrando cada uno de sus movimientos.

De repente, la pantalla de su teléfono se iluminó en sus manos con un mensaje entrante.

Alcancé a leer el remitente y la primera línea desde mi posición antes de que ella, con un movimiento brusco, lo ocultara contra su pecho.

«Layla: Alan me dejó la caja con el conserje. Me siento terrible, y para encimarle a mi sentir, el idiota de mi novio me gritó de nuevo. ¿Puedes venir a mi casa y hablamos un poco?»

La sonrisa deslumbrante que Adriana le dedicaba a las flores se desvaneció en una fracción de segundo. Sus hombros se tensaron bajo la blusa. El egoísmo de su mejor amiga —la misma mujer que había convertido mi confianza en cenizas y que ahora buscaba usar a Adriana como su eterno paño de lágrimas— se interpuso entre nosotros con la fuerza de un muro de hormigón.

El ambiente cambió. Adriana guardó el teléfono rápidamente en su bolso, como si el aparato quemara, y evitó mirarme. La culpa y el peso de ser "la buena amiga" le habían robado el oxígeno.

—Mi madre ama los colores vivos —murmuró apresuradamente, intentando romper el silencio mientras acariciaba los pétalos de unos girasoles, aunque su voz carecía del entusiasmo de hace un momento—. Pero creo que algo más clásico sería mejor hoy. ¿Tú qué opinas, Alan?

El sonido de mi nombre en sus labios, usado como un escudo para mantener la distancia profesional, se sintió como una provocación. Odiaba que Layla tuviera el poder de borrarle la sonrisa incluso a través de una maldita pantalla.

Me acerqué a paso lento, midiendo cada movimiento. Me detuve justo detrás de ella, lo suficientemente cerca para que mi presencia la envolviera y borrara cualquier pensamiento sobre las quejas de su amiga, pero sin llegar a tocarla.

—Depende de lo que quieras comunicar, Adriana —respondí, mi voz vibrando baja y ronca cerca de su oído—. Las flores nunca son solo flores. Son un mensaje.

La vi estremecerse levemente. Su mano dudó sobre un enorme arreglo de rosas blancas.

—Las blancas significan pureza —dijo ella, con un hilo de voz, aferrándose a la botánica para no girarse y enfrentar mi mirada.

—Aburridas —sentencié, deslizando mis ojos desde su nuca hasta la curva de su espalda baja—. No van contigo. Eres demasiado ruidosa para el blanco.

Adriana soltó una carcajada suave, girando por fin el rostro para mirarme por encima del hombro. El rojo de sus mejillas me confirmó que el mensaje de texto, y su estúpida lealtad, habían pasado a segundo plano gracias a mi cercanía.

—¿Ruidosa? Te recuerdo que soy enfermera. Sé ser muy silenciosa y delicada cuando la situación lo requiere.

—Lo dudo. —Di medio paso al frente. El espacio entre nosotros volvió a evaporarse, obligándola a levantar la barbilla—. Creo que eres de las que hacen mucho ruido cuando pierden el control.

Sus pupilas se dilataron al instante. El doble sentido de mis palabras aterrizó de lleno, pesado y cargado de una electricidad que casi hacía chispas. Adriana me miró con esa mezcla letal de desafío y vulnerabilidad. Quería retroceder por lealtad, pero su cuerpo se inclinaba imperceptiblemente hacia el mío por puro deseo.

Antes de que la tensión nos hiciera cometer una locura frente a los tulipanes, la dueña del local, una anciana italiana de baja estatura y manos manchadas de tierra, emergió de la trastienda.

Buongiorno! —exclamó la mujer, secándose las manos en un delantal, con una sonrisa maternal—. Che bella coppia. Cercate qualcosa di speciale per la tua fidanzata, signore? (¡Buen día! Qué hermosa pareja. ¿Busca algo especial para su prometida, señor?)

Adriana, que no dominaba el idioma a la perfección pero captó la palabra fidanzata, se ruborizó violentamente. El color carmesí le bajó por el cuello, haciéndola lucir aún más exquisita. Abrió la boca para negar, moviendo las manos con nerviosismo, presa de esa inseguridad crónica que la dominaba cuando la ponían en el centro de atención.

No la dejé hablar. Mi lado calculador como empresario me gritaba que la corrigiera, que marcara la maldita distancia que nos exigía el sentido común y las jerarquías sociales. Pero el monstruo posesivo que Adriana había despertado en mí tomó el volante.

Sì, qualcosa che sia all'altezza della sua bellezza (Sí, algo que esté a la altura de su belleza) —respondí en un italiano fluido, grave y sin un ápice de duda, mirando fijamente a Adriana.

Ella me miró de golpe, con la boca entreabierta, el pecho subiendo y bajando con rapidez.

—¿Qué... qué le dijiste? —susurró, acercándose a mí mientras la anciana iba encantada a buscar unas rosas de edición especial.

—Le dije que no somos nada —mentí con la cara de piedra, sosteniéndole la mirada para que viera el fuego oscuro en mis ojos—. Y que solo buscas flores para tu madre.

Ella frunció el ceño, claramente no del todo convencida, pero terminó asintiendo. Acabó eligiendo un arreglo espectacular de lirios y rosas de un rojo tan profundo que casi parecía negro. Rojo veneno. Una flor hermosa, letal y adictiva. Exactamente igual a lo que ella estaba siendo para mí en ese momento. Extremadamente irónico y malditamente perfecto para ella.

Pagué la cuenta en efectivo antes de que ella pudiera siquiera abrir su billetera, ignorando sus protestas sobre ser independiente. Tomé el pesado arreglo floral con una mano y le abrí la puerta con la otra para salir de nuevo al horno que era Roma.

El trayecto de regreso al auto fue silencioso, pero era un silencio denso. Yo caminaba a su lado, mi mente trabajando a mil por hora para reconstruir las barreras lógicas. Cuando llegamos al deportivo, le pasé las flores para poder abrirle la pesada puerta de diseño.

El auto era excesivamente bajo. Un capricho aerodinámico hecho para la velocidad, no para la comodidad del día a día. Adriana, con el enorme arreglo floral en una mano y su bolso en la otra, intentó maniobrar para entrar al asiento del copiloto.

Se giró, apoyó el peso en su pierna izquierda y se agachó para deslizarse hacia adentro.

El sonido fue inconfundible.

Un desgarro seco. El sonido de la tela gruesa cediendo ante la presión.

Adriana se quedó congelada a mitad de camino. Las flores rojas temblaron en sus manos. Vi cómo el pánico absoluto borraba cualquier rastro de la mujer alegre y extrovertida. Lentamente, llevó su mano libre hacia el costado exterior de su muslo derecho. La costura de su pantalón ajustado había estallado a lo largo de unos quince centímetros, dejando a la vista una seductora franja de piel pálida y suave, justo debajo de la cadera.

Para ella, fue el fin del mundo. Conocía la guerra constante que libraba con los espejos, su miedo a no ser suficiente, especialmente cuando vivía a la sombra de una amiga que exigía ser siempre el centro de atención. Sus ojos se llenaron de lágrimas de mortificación en una fracción de segundo.

—Oh, Dios... no, no, no —tartamudeó, intentando inútilmente juntar la tela rota con los dedos temblorosos—. Alan... se rompió. Mi pantalón. Dios mío, qué vergüenza. Soy un desastre. Mírame, no encajo ni en la ropa.

Cualquier otro hombre habría apartado la mirada por cortesía, o peor, habría hecho una broma estúpida para aligerar el ambiente. Yo no.

El instinto protector rugió en mi interior con una violencia que me dejó sin aliento. En menos de dos segundos, solté la puerta del auto. Me quité la costosa chaqueta de diseñador a medida con movimientos rápidos y precisos, mandando al diablo el calor de la ciudad y el valor de la prenda.

Di un paso hacia ella, acortando la distancia a cero, bloqueando con mi cuerpo grande cualquier posible mirada de los transeúntes que caminaban por la acera opuesta.

—Suelta la tela —ordené en voz baja y ronca.

—Alan, por favor, la gente va a ver... vas a arruinar tu traje por mi culpa...

—Dije que sueltes la tela, Adriana —repetí, mi tono no admitía réplicas. Era el empresario tomando el control absoluto de una crisis, pero con un nivel de posesividad salvaje.

Ella dejó caer la mano, temblando, rindiéndose a mi autoridad. Envolví su cintura con mi chaqueta, pasando las pesadas mangas de lana fría por delante de su vientre y atándolas con firmeza. Mis nudillos rozaron la piel desnuda de sus caderas en el proceso, y sentí la quemadura de su tacto viajar directo a mis venas.

La estaba envolviendo en mi olor, en mi prenda. La estaba marcando visualmente como mía ante el resto de Roma, y a mi instinto más primario le fascinó la idea.

Me acerqué tanto que mi pecho rozó el suyo. Mi boca quedó a centímetros de su oído, aspirando ese aroma a vainilla por el que estaba perdiendo la cabeza.

—No eres un desastre. Eres la mujer más hermosa de toda esta maldita calle —le susurré, asegurándome de que mi voz cortara su pánico y sus inseguridades de raíz—. Y si alguien se atreve a mirarte, le sacaré los ojos. Ahora, entra al auto.

Ella tragó saliva de forma audible. Asintió, completamente desarmada por mi reacción. Sus lágrimas no llegaron a caer. Se terminó de sentar con cuidado, ahora protegida por la pesada tela de mi traje que cubría sus muslos a la perfección.

Cerré su puerta con fuerza. Mientras caminaba hacia el lado del conductor, aflojándome la corbata, el calor del asfalto no era nada comparado con el fuego que corría por mi sistema. La coraza de hielo se había resquebrajado por completo. Ya no me importaba la lealtad, ni Layla, ni las reglas. Solo la quería a ella.

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