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Capítulo 2 — Killian

last update publish date: 2026-07-31 02:58:08

Me quedo mirando la puerta mucho después de que ella se ha ido.

El eco de sus palabras todavía resuena en el salón vacío, clavándose más hondo que cualquier golpe físico que haya recibido en mi vida como Alfa. *Lo harás como el hombre que va a suplicar mi perdón.*

Aprieto los puños hasta que las garras amenazan con salir, hasta que el dolor en las palmas es lo único que me impide seguirla y arreglar esto de la peor manera posible: con desesperación, con torpeza, como un cachorro y no como el Alfa que gobierna esta manada desde hace tres años.

Porque eso es lo que soy ahora frente a ella. Un cachorro. Un idiota que dejó ir lo único real que la Luna le había concedido en toda su vida.

La puerta se abre sin que yo lo permita. Solo Marcus se atrevería.

—¿Estás bien? —pregunta, y por el tono de su voz sé que ya sabe la respuesta.

—No.

Es lo único que puedo decir. La verdad más simple y más devastadora que he pronunciado en años.

Marcus cierra la puerta detrás de él y se queda ahí, con los brazos cruzados, esperando. Hemos sido hermanos de manada desde que ambos éramos cachorros peleando por el mismo hueso. Él estuvo ahí aquella noche, en el claro. Vio lo que hice. Nunca me lo ha reprochado directamente, pero sé que lo ha pensado cada uno de estos cinco años.

—Ha cambiado —dice al fin, con cuidado, como quien camina sobre hielo delgado.

—No tienes idea.

—Killian, lo que sentí cuando entró al territorio... —Marcus sacude la cabeza—. Eso no es la Selene que rechazaste. Ese poder... no sé de dónde lo sacó, pero es real. Es fuerte. Más fuerte que la mitad de los guerreros de esta manada.

Cierro los ojos. Por supuesto que lo es. Lo sentí en el instante en que crucé la puerta y la vi de pie frente a mí, con la espalda recta y esos ojos que ya no bajaban la mirada frente a nadie.

Cinco años atrás, Selene era una sombra. Una mujer que caminaba por los bordes de la manada tratando de no ocupar espacio, disculpándose por existir. La rechacé porque —me digo esto cada noche, como una letanía que nunca termina de convencerme del todo— un Alfa necesita una compañera capaz de proteger a su manada, y ella no tenía ni la fuerza ni el rango para sobrevivir a lo que se avecinaba.

Eso es lo que me dije aquella noche. Eso es lo que sigo diciéndome.

Pero la verdad, la verdad que nunca he admitido en voz alta ni siquiera frente a Marcus, es otra: tuve miedo. Miedo de atarme para siempre a alguien que el consejo de ancianos consideraba débil. Miedo de que mi manada, la misma que había luchado tanto por consolidar tras la muerte de mi padre, me viera como un Alfa que elegía con el corazón y no con la cabeza.

Elegí la cabeza.

Y perdí lo único que la Luna me había dado sin condiciones.

—¿Qué vas a hacer? —pregunta Marcus.

—No lo sé.

—Killian.

—¡No lo sé, Marcus! —La fuerza de mi propia voz me sorprende, retumbando contra las paredes de madera del salón—. ¿Qué se supone que haga? ¿Disculparme? Ella tiene todo el derecho a odiarme. La humillé frente a toda la manada. Rompí el vínculo con mis propias palabras, sabiendo exactamente lo que le hacía.

—Entonces empieza por ahí. Discúlpate.

—Ella no quiere disculpas. —Recuerdo la mirada en sus ojos, esa mezcla de desprecio y algo más profundo, algo que quema más que cualquier rechazo—. Quiere verme arrodillado.

—¿Y no lo harías? —pregunta Marcus, con una ceja levantada—. ¿No te arrodillarías si eso significa recuperar lo que perdiste?

La pregunta cuelga en el aire, y por primera vez en cinco años, me permito considerar la respuesta con total honestidad.

Sí. Lo haría.

Me arrodillaría frente a toda la manada, frente al consejo de ancianos, frente a cualquiera que se atreviera a juzgarme por ello. Porque la verdad es que cada noche desde aquella maldita ceremonia he sentido el hilo roto del vínculo tirando de mi pecho, un dolor sordo que nunca desaparece del todo, que se intensifica en las noches de luna llena hasta volverse insoportable.

Y hoy, cuando la vi entrar por esa puerta convertida en alguien que ninguna manada podría rechazar jamás, ese hilo roto se tensó con una fuerza que casi me hizo caer de rodillas ahí mismo.

—Sí —digo en voz alta, y la palabra se siente como una confesión—. Me arrodillaría.

Marcus asiente, satisfecho, como si hubiera estado esperando esa respuesta durante cinco años.

—Entonces tienes trabajo que hacer, Alfa.

Se da la vuelta para irse, pero se detiene en la puerta.

—Una cosa más —dice, sin mirarme—. Necesitas saber de dónde sacó ese poder. Porque algo me dice que quien se lo dio no lo hizo gratis. Y si viene por ella...

No termina la frase. No necesita hacerlo.

Se marcha, dejándome solo con el peso de esa advertencia y el eco todavía vivo de la voz de Selene en mis oídos.

*La próxima vez que hables conmigo, no lo harás como el Alfa que una vez me rechazó frente a toda su manada.*

Camino hacia la ventana. Afuera, el sol comienza a caer sobre el territorio, tiñendo los árboles de un naranja profundo. En algún lugar de este bosque, o quizás ya lejos de él, Selene está reconstruyendo su vida sin mí, tal como ha hecho durante cinco años.

Pero el vínculo sigue ahí. Roto, pero no muerto.

Y si hay una sola oportunidad de repararlo, pienso tomarla, cueste lo que cueste.

Aunque tenga que arrastrarme por ello.

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