Se connecterLa mañana siguiente, Kade revisó la hora en su teléfono. Una nueva semana. Debería estar preparándose para la universidad, habrá nuevas clases, nuevos profesores, nuevos coños para follar.
Pero no iría hoy. No cuando había una cosa atrayendo su atención más fuerte de lo que la escuela podría hacerlo jamás. Sus ojos regresaron al mensaje de texto que brillaba en su pantalla. “Hay una reunión en el almacén, asegúrate de asistir.” El nombre del contacto le devolvió la mirada: Alexa. Exhaló bruscamente, pasando una mano por su rostro antes de tocar el chat grupal etiquetado como Gangs —el que compartía con Collins y Kingsley. “Hay una reunión esta mañana. Cancelen todas las clases.” El mensaje fue corto pero lo envió, esa era su forma. Kade abotonó su camisa, vestido de negro, como siempre. Sus mangas enrolladas lo justo para mostrar las venas en sus brazos. Un cigarro metido detrás de su oreja. Se veía cada bit el chico peligroso del que la gente susurraba. “¿Debería llamarla?” murmuró por lo bajo. Su mandíbula se tensó y sacudió el pensamiento. La llamaría después de la reunión si le apetecía. Ajustó sus puños, se giró hacia la puerta y tan pronto como salió, Lewis cayó en paso a su lado. “¡Buenos días, Jefe!” Lewis saludó, tono educado, casi temeroso. “¿Has limpiado todos los…” Kade no terminó, porque ella se paró frente a Kade, su madre –Mina Gilbert, un vaso de jugo en sus manos, sus ojos suaves con esperanza desesperada. La mirada de Kade cayó al vaso, plana, fríamente y su expresión era ilegible. “Mujer, ¿qué?” medio gritó. “No comiste nada anoche,” dijo ella, forzando una sonrisa temblorosa. “Así que yo… preparé esto para ti, hijo.” Estiró su mano ofreciéndole el jugo. Lewis los miró. Todos en la mansión sabían una cosa: Kade odiaba a su madre. La odiaba lo suficiente como para ni siquiera respirar en su dirección. Así que cuando tomó el vaso, los ojos de Mina se iluminaron, demasiado rápido. Y Lewis parpadeó en shock. Tal vez, solo tal vez, Kade lo bebería. Los labios de Kade se curvaron no en gratitud sino en crueldad. Sin advertencia, estrelló el vaso contra el piso de mármol. Se rompió ruidosamente, haciendo eco a través de la mansión. Mina se estremeció, su mano volando a su boca. Sus lágrimas brotaron instantáneamente, temblando en sus ojos, la rompía cuando Kade la trataba con frialdad. La mirada de Kade se oscureció, su rostro peligroso y sin emoción. “Aléjate jodidamente de mí, Mina Gilbert,” gruñó. Luego salió, sin vacilación ni remordimiento. Pero Lewis se apresuró detrás de él rápidamente antes de perder su trabajo. Mina miró su espalda hasta que estuvo fuera de vista, corrió dentro de su habitación para llorar hasta secarse los ojos. Ni siquiera miró hacia atrás. Afuera, en los autos, Kade levantó dos dedos, su señal silenciosa. Lewis asintió inmediatamente, entendiendo la rutina: tomaría otro auto para que pareciera que estaba con Kade ya que demasiados espías del padre de Kade rondaban por ahí. Kade se deslizó en su auto y aceleró, el segundo vehículo siguiéndolo detrás. Collins y Kingsley ya sabían dónde reunirse con él. Y ya estaban esperando. El escondite estaba metido profundamente donde ningún policía o extraño curioso se atrevía a entrar. En el momento en que el auto de Kade se detuvo, Collins y Kingsley se unieron a él. “Extraño venir aquí,” dijo Kingsley, mirando alrededor. “Eres un muerto,” murmuró Collins. Kade no respondió, caminó y ellos lo siguieron. El ascensor los escaneó, tomó su calor corporal, armas, huellas dactilares y todo. Estaban acostumbrados a eso. Mientras las puertas del ascensor se abrían, la voz familiar resonó a través del edificio subterráneo, recitando las reglas grabadas. Regla 1: Como miembro de la Black Haven Gang, no rompas ninguna regla. Regla 2: Sigue todas las instrucciones. Regla 3: Lleva a cabo tus misiones y hazlas exitosas, sin importar qué. Regla 4: En todo lo que hagas, nunca te enamores. Regla 5: Rompe cualquier regla y la consecuencia es MUERTE. Kingsley se frotó la cara. El humor de Collins cambió en la Regla 4. ¿Realmente podría obedecer eso? ¿Podría alguien? Kade, sin embargo, permaneció inexpresivo. No le importaban las reglas, la gente, nada excepto él mismo. Su mirada vacía era exactamente lo que la pandilla admiraba. La forma en que es frío, distante y siempre luciendo muerto por dentro. Alexa lo vio y sonrió. Él no le devolvió la sonrisa, ni parpadeó ante él en absoluto, solo tomó su asiento. Kingsley saludó a Phoenix, quien lo miraba con sus ojos eléctricos mientras mantenía una postura calmada. “Esta reunión no tomará mucho tiempo,” comenzó Alexa, dando un paso adelante. Estaba cerca del líder, así que sabía todo en la pandilla. “¿El jefe está por aquí?” preguntó Kingsley. “No. Envió a su asistente.” Phoenix revisó su teléfono, luego miró directamente a los ojos de Kade. Por una fracción de segundo hubo una tensión silenciosa, luego él miró hacia otro lado, rompiendo el contacto visual abruptamente. El asistente dio un paso adelante. “El jefe me envió aquí, como todos saben,” dijo. “Ve al grano,” murmuró Kade, cigarrillo entre sus dedos. Chispas se encendieron. El asistente tragó nerviosamente. “Es para notificar a todos sobre la fiesta de la pandilla de mañana. Un político asistirá. Debe ser eliminado del camino. Está bloqueando nuestro camino.” Se inclinó y dio un paso atrás. Kade se levantó, sin decir una palabra y salió. “¡Kade!” Alexa llamó, corriendo tras él. Él se detuvo en la puerta de su auto y la miró, solo una vez. “Tengo trabajo,” dijo secamente, luego cerró la puerta y se alejó conduciendo. Collins y Kingsley salieron corriendo, pero él ya se había ido. “¡Joder!” ladró Collins. El agarre de Kade se tensó en el volante. Condujo imprudentemente, sin importarle cuyo auto casi golpeaba. Ya le había enviado un mensaje a Carter antes: “Recoge a Isabella. Llévala a la mansión segura.” Murmuró para sí mismo. “No puedo dejarla esperando.” Sonaba como si se estuviera convenciendo a sí mismo porque Kade no era del tipo que se preocupaba por la impaciencia de nadie. Era del tipo que dejaba esperar a la gente hasta el amanecer si le apetecía. Pero hoy, condujo más rápido. La mansión secreta estaba fuertemente asegurada. Bloqueada. Ni siquiera Carter podía entrar sin la verificación de Kade. En el momento en que Kade entró a la sala, Isabella se puso de pie de un salto. “Sabes que mi madre apenas se está recuperando,” espetó. “Solo porque me ayudaste no significa que puedas controlarme. Te he dicho que no soy tu esclava. No…” No pudo terminar cuando la mano de Kade envolvió su cintura con un tirón feroz, arrastrándola hacia él. Antes de que pudiera respirar, antes de que otra protesta pudiera escapar de su boca, sus labios chocaron contra los de ella con fuerza, reclamándola, silenciándola, matando las otras palabras en su garganta.Isabella permanecía inmóvil frente al espejo, mirando a la mujer que se reflejaba como si ya no se reconociera a sí misma.Sus ojos estaban opacos, desenfocados. Sus labios apretados en una línea fina y sus hombros ligeramente caídos, como si cargaran un peso demasiado pesado para su cuerpo. El espejo mostraba un cuerpo erguido, pero por dentro sentía que ya se estaba derrumbando.No podía dejar de pensar en lo que había ocurrido entre ella y Kade más temprano ese día; la escena se repetía sin cesar en su mente: su voz, su mirada, sus amenazas, la forma en que su sola presencia la hacía sentir atrapada incluso cuando no la tocaba. El recuerdo le provocó un escalofrío que le recorrió la espalda.Solo de pensarlo, el miedo se asentó profundamente en su pecho. Se abrazó a sí misma, clavando los dedos en la piel. Ojalá nunca se hubiera cruzado con él. Nunca se hubiera involucrado. Nunca se hubiera permitido ser arrastrada a su mundo.Ahora sentía que ya no se le permitía existir en sus pr
Kade 's driver condujo suavemente hacia la mansión de los Collins, el gruñido bajo del motor se apagó mientras Kade bajaba del coche. Sin dudar, entró directamente, su presencia llenando el gran salón como una sombra de advertencia.Collins se burló al verlo, con los brazos cruzados y los labios torcidos en una media sonrisa de desdén. Kingsley sonrió casi como un niño, la emoción iluminando su rostro ante la llegada de Kade.—¡Buen trabajo! —dijo Kingsley con entusiasmo, extendiendo la mano para un apretón.La mirada de Kade se oscureció, un destello de advertencia en sus ojos. Encendió su cigarro, la llama iluminando brevemente las líneas duras de su rostro, mientras Collins permanecía en silencio, su expresión ilegible.—Lo eliminé sin estrés —dijo Kade, su voz baja y calmada. Sonaba tan satisfecho y realizado, y se sentía tan bien… había probado mucha venganza, pero esta era la más dulce. Tal vez porque finalmente estaría en paz al haber vengado la muerte de Jarvis, y esta vez pod
Isabella acababa de acomodarse en un rincón tranquilo de la biblioteca, con la nariz enterrada en un grueso libro de texto, intentando concentrarse. La biblioteca estaba casi vacía; los estudiantes ya se habían ido. Estaba tan absorta en sus estudios que no notó los suaves pasos que se acercaban hasta que una voz familiar rompió el silencio… “¿Isabella?” Levantó la vista y vio a Phoenix, con la expresión tensa pero calmada. Detrás de ella estaban Cassandra y Theresa, igualmente nerviosas. Isabella parpadeó, insegura de si debía confiar en aquel acercamiento repentino. “Phoenix…”, dijo Isabella; ya las conocía. “Hola… ¿necesitas algo?”, preguntó. Phoenix dio un pequeño paso adelante. “Yo… quería disculparme por todo lo que pasó anoche. La forma en que te tratamos… estuvo mal y lo siento.” Cassandra y Theresa asintieron al unísono. “Estábamos… estábamos celosas, y no lo manejamos bien. No debimos pedirte que te follaras…” “No es para tanto, la verdad… quiero decir, es solo un
Isabella tomó la toalla y pasó suavemente el agua por el rostro sonrojado de Ava.“Ahora, respira profundo”, le indicó con suavidad. Ava obedeció, el pecho subiéndole y bajándole despacio.“Muchas gracias, Izzie”, susurró Ava, una débil sonrisa tirándole de los labios.Isabella asintió. “Prometiste que me contarías sobre esta escuela. Empecemos por ahí. Olvida a cualquiera que te haya gritado antes, ahora no importa.”“Está bien… vamos”, respondió Ava, y juntas salieron del baño.Mientras caminaban, Ava empezó a guiar a Isabella, señalándole aulas, oficinas y rincones ocultos, zonas que los estudiantes nuevos podían conocer y otras estrictamente prohibidas.“En este colegio hay tres estudiantes varones de élite”, empezó Ava, con una voz entre asombro y cautela. “Kade, Kingsley y Collins. Están en el último año, y sinceramente… Kade es prácticamente el dueño de esta escuela. Tiene su propia oficina, y créeme, es un chico malo. Peligroso. Deberías temerle.”Los labios de Isabella se apr
“Si alguien te vuelve a tocar, míralo cómo subo esto”, gruñó Kade, su voz baja como una amenaza tallada en hielo. Antes de que ella pudiera reaccionar, la empujó con tanta fuerza que cayó al suelo, un dolor agudo disparándose por su codo.El aliento de Isabella temblaba mientras se levantaba. Asintió porque ¿qué más podía hacer bajo una amenaza así? Pero en el momento en que se giró para irse, Kade le agarró la mano con brusquedad y ella jadeó.La arrastró de vuelta y la estrelló contra la puerta, atrapándola entre la superficie fría y su cuerpo ardiente. Ni siquiera alcanzó a dar un jadeo completo antes de que sus labios se estrellaran contra los de ella, con rabia y salvajismo, como un animal hambriento de comida.“¡Kade…!” Su protesta murió dentro de su boca.Intentó empujarlo, pero él era demasiado fuerte. Su mano le sujetó las muñecas por encima de la cabeza, inmovilizándola como si le perteneciera cada hueso de su cuerpo.Rompió el beso de repente, sus alientos chocando, ambos j
Isabella se mordió el labio inferior en el momento en que bajó del taxi; la brisa cálida de la mañana le rozaba las mejillas, llevando el leve aroma a hierba húmeda y el murmullo de cientos de estudiantes que inundaban los terrenos del campus. Le pagó al taxista con una sonrisa forzada antes de girarse hacia la enorme puerta de la universidad, el corazón retorciéndose de ansiedad en el pecho. En el momento en que entró, lo sintió: las miradas, los susurros, los pequeños murmullos. —Es una chica nueva… —¿Su vestimenta de anoche? De primera. —Es una perra. Besó a Kingsley. La última palabra le dio como una bofetada. Perra. Tragó saliva con fuerza, los ojos bajando al suelo al instante. Sus pasos se hicieron pequeños, casi vacilantes, como si los pies quisieran desaparecer bajo las baldosas. Los dedos le temblaban mientras sujetaba el bolso con más fuerza, inhalando bruscamente para contener la vergüenza que le ardía bajo la piel. Ni siquiera prestaba atención a adónde iba







