LOGINEl amanecer en el espacio era una ilusión marcada únicamente por los ciclos de luz artificial de los camarotes. Tras una noche agitada, poblada por sombras y pesadillas donde el rostro de Adrian se entrelazaba con el de Oruk en una danza de traiciones e intimidades perdidas, me incorporé del lecho con una sensación de opresión insoportable en el pecho.Esperé a que los patrones de patrulla de la guardia exterior se alejaran del pasillo para sacar el intercomunicador de frecuencia reducida que Kenia me había entregado. Con las manos frías y el corazón latiéndome a ritmo desbocado, inicié la llamada secreta, rezando para que los escudos de la nave no sofocaran la señal cuántica.El holograma de Kenia se desplegó en la diminuta pantalla con una nitidez deficiente. Su rostro lucía pálido, surcado por ojeras profundas y una tensión que me heló la sangre antes de que pronunciara la primera palabra.—Corine... —susurró, mirando frenéticamente por encima de su hombro—. Ya dictaron sentencia e
Una vez de regreso en la nave, crucé el umbral de mi habitación con el corazón martilleándome contra las costillas. La pesada compuerta blindada se cerró tras de mí con un chasquido sordo, devolviéndome el silencio helado del camarote. Asegurándome de estar completamente sola, caminé hasta el rincón más alejado de los sensores de vigilancia y, con dedos temblorosos, saqué de mi manga el pequeño rectángulo de papel sintético.Lo desplegué con extrema precaución. Escritas a mano con un trazo apresurado pero firme, leí las pocas palabras que contenía:«Mi señora, cuidado. Debe escuchar la otra parte de la historia.»Apreté los dientes mientras un escalofrío me recorría la espina dorsal. Acerqué el trozo de papel a la boquilla del incinerador táctico del lavabo hasta que una llama corta y azulada lo redujo a cenizas volátiles, las cuales se disolvieron en el drenaje sin dejar rastro.Me apoyé contra la pared metálica, dejándome caer despacio mientras me llevaba las manos a la cara. La par
Mantuve el papel sintético apretado contra el pulso en el interior de mi manga, sintiendo la textura fría del mensaje clandestino. No podía leerlo allí, bajo la mirada escrutadora de Iniri y la vigilancia discreta de los guardias. Necesitaba desviar su atención, ganar tiempo y, sobre todo, exigir la última pieza de un rompecabezas que amenazaba con despedazarme por dentro.Apoyé los cubiertos sobre la mesa con un chasquido seco. El sonido cortó el silencio del restaurante de la estación orbital.—Dices que soy Sainet —comencé, sosteniéndole la mirada a Iniri con una firmeza que no admitía evasivas—. Dices que soy una deidad de la estirpe inmortal, hija del tiempo y del cosmos mismo, capaz de moldear o destruir mundos con la voluntad. Si mi poder era tan vasto y mi perfección tan absoluta... ¿cómo es que fui destruida?Iniri hizo una pausa. Sus ojos oscuros parecieron profundizarse, envueltos en una sombra de tristeza antigua. Dejó su copa sobre la mesa y se reclinó levemente en el asi
Las compuertas neumáticas de la nave de Iniri se abrieron con un silbido prolongado, dejando entrar una corriente de aire denso, cargado con el olor metálico de los combustibles pesados y el rastro de ozono característico de los grandes enclaves espaciales. Al descender por la rampa de desembarque, la escala del puerto me dejó sin aliento por un instante.El vestíbulo principal del planeta estación era una colmena de actividad frenética donde confluían las más diversas formas de vida de la galaxia. Mis ojos no alcanzaban a procesar la variedad de seres que cruzaban los corredores: entidades de morfología insectoide con caparazones bioluminiscentes, criaturas de piel escamosa y andar pesado, seres de luz contenida en trajes de presión transparente y humanoides de rasgos estilizados que caminaban con un orgullo militar ancestral.Iniri tomó el liderazgo del grupo con una serenidad absoluta. Caminó a paso firme hacia el perímetro de seguridad, donde varios oficiales custodian las vías de
Un punzante dolor de cabeza me atravesó las sienes de repente, como una aguja helada perforando el centro de mi cerebro. Llevé ambas manos a la frente, ahogando un gemido de dolor mientras la vista se me nublaba entre destellos dorados. El peso de las revelaciones de Iniri, sumado a la tensión constante que quemaba mis nervios, terminó por fracturar mis fuerzas.Iniri reaccionó de inmediato. Sosteniéndome con firmeza por el brazo, me guio a través del corredor hacia la bahía médica de la nave. Allí, me ayudó a recostarme en una cápsula de regeneración y descanso de líneas orgánicas, cuyo cristal se cerró sobre mí proyectando una tenue neblina azulada. El dolor punzante comenzó a ceder poco a poco bajo el efecto de la atmósfera sedante, sumergiéndome en un sopor profundo donde la realidad se disolvió por completo.Pero el descanso no me trajo paz; me arrojó sin piedad al torbellino de mi mente.Las memorias de la divinidad y los recuerdos de mi vida terrenal se entrelazaron en un caos
Las visiones de la noche aún quemaban en mi memoria. La mezcla confusa entre la figura del guardián Austreliam y el rostro de Adrian, sumada a la calidez de esos recuerdos íntimos en el sueño, me habían dejado una marejada de incertidumbre que la lógica no lograba calmar. Necesitaba respuestas. Necesitaba entender la naturaleza de esos seres que me habitaban, la razón de las sombras que arrastraba en la mente y qué papel jugaba mi propia esencia en este juego de deidades y conspiraciones.Salí de mis aposentos y busqué a Iniri. Lo encontré en la cubierta de observación, contemplar el manto de estrellas que se deformaba a causa de la velocidad de curvatura. Sus ojos oscuros captaron mi presencia al instante y, como siempre, inclinó el torso en un saludo pausado.—Mi señora —pronunció con esa solemnidad imperturbable—. La noto distante. Las sombras de la Tierra aún parecen rondar su espíritu.—No son las sombras de la Tierra, Iniri —dije, acercándome al gran ventanal para quedar a su la







