LOGINCorine creía que el universo se regía por la disciplina militar y la lealtad. Única sobreviviente de una masacre en una nave ancestral cuando era una bebé, fue criada por el agente veterano Noah hasta convertirse en la mejor piloto táctica de la Flota de Recuperación de Reliquias. Su vida parecía perfecta: estaba enamorada de Cassian, su compañero de armas, y solo soportaba un obstáculo: el Comandante Adrian Miller, un aristócrata rígido y tiránico a quien aborrecía con el alma. El día de la Imposición de Cargos Oficiales en la estación La Rosa de los Vientos, su mundo se derrumba. Miller rechaza públicamente su ascenso frente al Consejo Supremo. Devastada, Corine busca refugio en Cassian, solo para descubrir la verdad más amarga: su romance fue una farsa calculada. Obedeciendo órdenes de la élite aristocrática a cambio de estatus, Cassian le apuñala en el corazón asesinándola. Sin embargo, Corine no muere. Despierta en una cápsula médica clandestina junto a un angustiado Adrian Miller, cuya túnica sigue manchada con su sangre. Adrian le revela que rechazó su ascenso para ocultarla de la élite y salvarle la vida. Corine no es una huérfana común; su ADN es el último receptáculo genético de una divinidad ancestral que habitó el cosmos antes que la humanidad, y la alta alcurnia mataría por controlar su poder. Convertidos en fugitivos, Corine y Adrian emprenden una huida desesperada a través de las ruinas arqueológicas de la Tierra y mundos olvidados. Mientras la Flota los caza bajo las órdenes del propio Cassian, Corine debe reconstruir su alma rota, aceptar la devoción incondicional de Adrian y luchar contra la consciencia divina que amenaza con borrar su humanidad antes del enfrentamiento final.
View MoreMi nombre es Corine, y hasta esta mañana creía que el universo funcionaba bajo una regla simple: si entrenas más duro que los demás, el destino termina por rendirse.
No tengo un apellido ilustre ni sangre noble circulando por mis venas. Mi historia comenzó en los restos calcinados de una nave alienígena en el espacio profundo, donde fui la única sobreviviente de una masacre que nadie supo explicar. Pero no he llegado hasta aquí para lamentarme por las sombras de mi pasado. Hoy no. Hoy es el día de la Imposición de Cargos Oficiales en La Rosa de los Vientos, la estación orbital de trasbordo más imponente de la galaxia.
A través de los ventanales del vestíbulo militar, las velas solares doradas de la estación brillaban con la luz de una estrella lejana. Mi uniforme de gala —gris oscuro, con los bordados de la Flota de Recuperación de Reliquias aún oliendo a tela nueva— se sentía rígido, pero por primera vez en mi vida me hacía sentir que pertenecía a algo más grande. Había sudado cada centímetro de esa tela.
Aún me escocían los nudillos por la sesión de combate de ayer. Estuve a un solo movimiento, a un simple desvío de cadera, de derribar a Adrian Miller en el simulador táctico. Casi le gano. Cassian, mi compañero y el hombre que me miraba como si yo fuera el único faro en medio del vacío, había estado animándome desde la barandilla. Y aunque al final Miller logró esquivar mi estocada y someterme contra el suelo con esa fría eficacia suya, vi el destello en sus ojos. Por un segundo, el impecable Comandante Miller perdió la compostura.
Dios, cómo aborrecía a ese hombre.
Adrian Miller era la definición viviente de la élite aristocrática de la Tierra. Pertenecía a la familia que poseía el monopolio absoluto sobre la antropología y el patrimonio histórico humano. Era científico, estratega, militar y un tiranuelo arrogante que caminaba por los pasillos de la estación como si las estrellas mismas le rindieran cuentas a su apellido. Para él, la tropa éramos piezas de ajedrez prescindibles, peones al servicio de la alta alcurnia. Saber que ayer casi lo pongo de rodillas me daba la suficiente adrenalina como para ignorar los nervios de la ceremonia.
—Si sigues sonriéndole al vacío de esa manera, los reclutas van a pensar que finalmente perdiste la cabeza, Corine.
Me giré bruscamente al escuchar esa voz áspera, curtida por décadas de respirar aire filtrado de naves de combate.
—Noah —sonreí, dejando que la rigidez militar se disolviera por un instante.
Mi padre adoptivo caminaba hacia mí a pasos lentos pero firmes. Su uniforme de agente veterano lucía las cicatrices de mil misiones que la Flota prefería no registrar en los libros de historia. Noah no era un aristócrata; era el hombre que me sacó de las ruinas cuando yo era solo una criatura que lloraba entre el metal retorcido, el hombre que me enseñó a pilotar antes de aprender a escribir y el único que creyó en mí cuando todos en la academia me veían como un riesgo biológico.
Se detuvo frente a mí y ajustó con torpeza el cuello de mi túnica. Sus manos, llenas de callos y viejas quemaduras de plasma, temblaban ligeramente.
—Mira nada más —murmuró, observándome con un orgullo tan denso que me oprimió el pecho—. La mejor piloto táctica de la promoción. La huérfana de la nave fantasma a punto de recibir sus galones de la mano de la junta directiva.
—Casi se los quito a Miller ayer en la arena —le recordé con tono coqueto, alzando la barbilla.
Noah soltó una carcajada corta que terminó en una tos leve.
—Ese muchacho Miller es un dolor de cabeza elitista, no te lo voy a negar. Tiene la frialdad de su padre y la arrogancia de toda su casta. Pero es listo, Corine. Ten cuidado con él. Hoy no es solo una entrega de medallas; los aristócratas van a estar observándote.
—Que observen lo que quieran —dije, acomodándome los guantes—. Gané este puesto con esfuerzo, no con un apellido. Hoy me asignan oficialmente a la unidad de exploración de reliquias primarias. Cassian y yo vamos a liderar la vanguardia.
El rostro de Noah se suavizó al oír el nombre de Cassian. Sabía lo importante que él era para mí; era mi ancla, mi compañero en la nave y la persona que había logrado derribar mis muros defensivos durante los últimos dos años.
—Ese chico te cuida las espaldas, lo sé —dijo Noah, poniendo una mano pesada sobre mi hombro—. Solo... no olvides quién eres, hija. No importa cuántos títulos te impongan hoy ni qué tan alto vueles en esta Flota. Tu fuerza no viene de sus insignias.
—Viene de donde me enseñaste que viene —respondí con firmeza, cubriendo su mano con la mía—. De sobrevivir.
El timbre de la estación resonó por los altavoces, anunciando el inicio del protocolo en el Gran Salón de Ceremonias. El eco de los pasos de cientos de oficiales comenzaba a llenar los corredores neoclásicos de La Rosa de los Vientos.
—Es hora —dijo Noah, dándome una palmadita en la mejilla—. Ve allí y demuestra de qué estás hecha. Yo estaré en el balcón del fondo.
Lo vi alejarse hacia la zona de observadores con la cabeza en alto. Acomodé mi postura, me erguí con la disciplina que me había salvado la vida tantas veces y caminé hacia las puertas principales.
Hoy comenzaba mi verdadera carrera. Hoy me convertiría en una oficial de pleno derecho, dejando atrás la etiqueta de la niña rescatada del espacio profundo. Nada podía salir mal.
Aún sentía el eco helado de la masacre retumbando en cada rincón de mi ser. Las cenizas de aquellos inocentes —mis hijos, pequeñas llamas de vida que yo misma había visto florecer sobre la tierra— quemaban el aire que respiraba. Para una divinidad ciega como Isiri, eran solo piezas defectuosas en una ecuación; para mí, que los había amado desde el primer destello de su existencia, cada uno de sus rostros, sus risas y sus breves sueños eran fragmentos de un tapiz sagrado cuya pérdida me laceraba el alma. Cruzaba la galería de los espejos rumbo a mis aposentos privados cuando la sombra de Vaelen emergió de la penumbra de las columnas. Su postura era serena, erguida con esa compostura rancia y distante que siempre adoptaba cuando creía hablar en nombre de la rectitud. —Mi señora... —dijo, inclinando apenas la cabeza en una reverencia helada—. Os ruego un momento. Debéis escuchar la voz de la razón antes de que el cimiento de vuestro imperio se desmorone por completo. Me detuve, gi
Las palabras de advertencia de mi hermana aún flotaban en el aire denso de la sala cuando el rostro de Isiri se tornó de una serenidad completamente inhumana. No hubo grito de ira ni un atisbo de furia pasional; solo la fría y matemática convicción de una ley cósmica que se disponía a ejecutarse. —La enfermedad debe extirperse antes de que gangrene todo el tejido —susurró Isiri, alzando lentamente su mano envuelta en constelaciones. Antes de que pudiera mover un músculo para detenerla, una onda de luz plateada, tan fría como el vacío entre las estrellas, atravesó el suelo de piedra. El anciano arrodillado a nuestros pies no tuvo tiempo de exhalar un último lamento. En una fracción de segundo, su cuerpo se desintegró, transformándose en una columna de ceniza gris que el viento de la sala barrió al instante. Pero el horror no se detuvo allí. El pulso estelar que Isiri desató no se limitó al salón. A través de nuestra conexión con el mundo, sentí cómo su poder se extendía co
Los altares de arcilla y flores no tardaron en multiplicarse. Lo que comenzó como un culto silencioso en los caminos secundarios pronto estalló a la luz del día en una abierta peregrinación. Los humanos, desbordados por el deseo de aferrarse a algo tangible que reflejara la luz de los cielos, desataron una celebración espontánea. Banderas con cintas rojas, cánticos que resonaban en los valles y procesiones bulliciosas comenzaron a avanzar hacia los dominios del palacio, llevando en volandas figuras talladas que imitaban los rasgos severos y la imponente estampa de Oruk. Lo aclamaban no solo como al comandante de la legión, sino como al protector terrenal, al compañero sagrado de la Guía.Oruk observaba la marea humana desde los torreones con el rostro ensombrecido, sintiendo que el peso de esa idolatría no era un honor, sino una soga invisible que se cerraba lentamente alrededor de su cuello. Yo, por mi parte, contemplaba el fenómeno con una serena aceptación, entendiendo que la fe
El eco del mundo exterior siempre encontraba la forma de filtrarse a través de los muros de mi palacio, incluso cuando me esforzaba por mantener el tiempo suspendido entre las sábanas de mi lecho. Pero lo que comenzó como un murmullo distante en los mercados de la ciudad pronto se materializó en una realidad que Oruk no pudo seguir ignorando. Era una noche templada cuando el comandante entró en mis aposentos con el paso pesado, despojándose del yelmo de bronce con una brusquedad inusual. No arrojó su armadura como otras veces; la dejó sobre el banco con un cuidado casi reverente, aunque sus manos grandes y poderosas temblaban ligeramente. Me encontraba sentada en el borde del pedestal, observándolo en silencio, adivinando la tormenta que traía en la mirada. —Los soldados de la tercera cofradía regresaron hoy de la meseta baja —comenzó Oruk con voz ronca, deteniéndose a pocos pasos de mí—. Encontraron un santuario improvisado al borde del camino real. Pequeñas figuras talladas en
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