Se connecterEl jardín privado del palacio no había sido diseñado para la instrucción ni para la guardia, sino para el recogimiento. Era un santuario enclaustrado entre muros de mármol blanco por donde trepaban enredaderas de flores violetas, cuyo perfume dulce impregnaba el aire fresco de la mañana. Allí, lejos del bullicio de las avenidas humanas y de las miradas vigilantes de la legión, el mundo parecía haber detenido su marcha.Caminaba despacio sobre el sendero de gravilla clara, con la túnica de seda oscura rozando el suelo a cada paso. Oruk guardaba su distancia habitual, aunque en la tensión de sus hombros y en la rigidez de su cuello se adivinaba el peso de la promesa que me había hecho la tarde anterior.Me detuve en medio del pasaje, bajo la sombra de un frondoso árbol de hojas doradas, y me volví hacia él.—Dijiste que una sonrisa nace de lo que se siente en el pecho —recordé, rompiendo el murmullo del viento—. Pero si intento moldear mi rostro mediante la voluntad de la forma, el
El suelo de este nuevo mundo poseía una textura densa, viva y húmeda, impregnada del aroma acre de la vegetación en constante expansión y del susurro incesante de sus ríos. Al descender de la nave insignia, el palacio de piedra blanca y aleaciones estelares ya se erigía majestuoso en el corazón del gran valle, levantado por las unidades de reconocimiento en un punto estratégico donde los caminos de la tierra convergían de forma natural.Los habitantes nativos de este planeta me recibieron con un asombro reverencial que rayaba en el temor. Físicamente, guardaban una similitud sorprendente con los Austreliam en la estructura de sus miembros y el porte de su torso, pero carecían de la musculatura masiva y la densidad ósea que los guerreros de la estación habían desarrollado tras eones de condicionamiento militar. Eran seres moldeados para trabajar la tierra, cultivar los campos y moldear la arcilla. Poseían, es cierto, sus propios defensores y cazadores, pero sus armas rudimentarias y
Las cámaras de carga y los pasillos de servicio de la estación resonaban con el estruendo metálico de los preparativos finales. El momento de zarpar hacia el nuevo mundo había llegado. A través de la vibración de las paredes, sentía el pulso del buque insignia esperando mi orden para desplegar sus alas de energía e iniciar la travesía. Todo estaba dispuesto para el salto estelar que nos llevaría a sembrar la chispa de la civilización en aquellas tierras vírgenes.Me encontraba en el salón del trono, observando la formación que se extendía a lo largo de la nave central de piedra. Oruk aguardaba al frente de la alineación, luciendo una armadura de gala recién pulida, con la capa militar de su estirpe cayendo con elegancia sobre sus hombros. A sus espaldas, ordenados en bloques perfectos, se hallaban los soldados que él mismo había seleccionado para integrar la nueva legión a mi servicio exclusivo.El coloso avanzó dos pasos con la marcha firme que lo caracterizaba y se inclinó en una
El salón de los sectores inferiores resonaba con una energía vibrante y primaria que hacía estremecer el metal de los cimientos. Tras el impacto inicial de mi llegada, la música de los Austreliam volvió a abrirse paso entre la multitud de guerreros. El retumbar pesado de los tambores de guerra, fabricados con la piel curtida de bestias estelares, se mezclaba con el soplo grave y prolongado de los cuernos de bronce, llenando el aire de un ritmo denso, constante y envolvente.Aprovechando que la multitud de soldados había comenzado a dispersarse en pequeños grupos de conversación y brindis, decidí alejarme sutilmente del centro del salón para recorrer la estancia en soledad. Caminé con pasos vaporosos por el perímetro en penumbra, fascinada por la conducta de los mortales cuando asumían que la mirada atenta de la divinidad ya no se posaba de forma directa sobre sus hombros.Al doblar un amplio arco de piedra que conducía hacia las galerías de acceso secundario, mis pasos se detuviero
El trayecto hacia los sectores inferiores de la estación estuvo marcado por un silencio tenso y denso. Oruk caminaba a medio paso por delante de mí, con la mandíbula apretada y la mano apoyada en la empuñadura de su espada corta. Podía percibir la agitación en el pulso de su sangre, una corriente acelerada de nerviosismo que intentaba disimular bajo su estricta disciplina militar. Me resultaba profundamente fascinante: Oruk sabía perfectamente que ni uniendo a todas las legiones de la armada Austreliam habrían sido capaces de hacerme frente o infligirme el menor daño. Mi esencia trascendía el acero, el plasma y la materia. Yo no necesitaba custodia alguna en ningún rincón de la creación. Y, sin embargo, proteger mi integridad se había convertido en la máxima prioridad de su existencia.A medida que nos adentrábamos en los pasillos secundarios del complejo, el murmullo de la celebración comenzó a vibrar en las paredes de piedra. Al cruzar el umbral del salón principal, el ruido de la
El pulso de la creación no espera. A través del tejido invisible que me conecta con cada rincón del cosmos, podía sentir cómo la atmósfera de aquel nuevo planeta había alcanzado finalmente el punto exacto de equilibrio. La tierra estaba lista, madura y fértil; las especies primarias que habitaban sus valles necesitaban mi presencia para dar el gran salto, para abandonar la penumbra de la supervivencia instintiva y evolucionar hacia la luz de las grandes civilizaciones. Era el momento de cumplir mi propósito esencial como guía y principio. Mis pensamientos se volcaban por entero hacia ese destino, imaginando los mapas de las futuras urbes, la arquitectura de sus saberes y la chispa del intelecto que encendería en sus espíritus. Ese pensamiento ocupaba toda mi mente cuando el sonido de unos pasos rítmicos y pesados rompió la atmósfera silenciosa del recinto. Oruk se aproximaba con la marcha impecable que caracterizaba a los de su estirpe, deteniéndose a la distancia exacta que exigía







