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Capítulo 4

Author: Zafira
El último día del periodo de postulaciones me encontraba durmiendo en un hotel cuando mamá me llamó.

—Cariño, el plazo termina esta noche. Vuelve a entrar en tu cuenta y asegúrate de que todo siga bien. Ayer vi en las noticias que el año pasado un familiar alteró las preferencias de un estudiante y reemplazó su primera opción por una carrera técnica. Revísala, por favor.

No le había dado mi usuario ni mi contraseña a nadie, así que en teoría era imposible que modificaran mis preferencias de carrera y universidad. Aun así, saqué la computadora para comprobarlo una vez más.

Al entrar en mi cuenta, me quedé paralizada. La carrera que había elegido en la Universidad Nacional de Monteluna había desaparecido de mi lista y, en su lugar, figuraba como primera opción una carrera técnica que ni siquiera conocía.

El corazón casi se me salió del pecho. Agradecí más que nunca que mamá me hubiera llamado.

Corregí la postulación de inmediato y avisé a mis padres. Ellos también se alarmaron, pero recuperaron la calma enseguida y me pidieron que cambiara la contraseña y no se la revelara a nadie.

Revisé el historial de seguridad de la plataforma. Allí aparecía un acceso reciente desde un dispositivo desconocido y una ubicación cercana a la casa de Diego. En cuanto lo vi, comprendí que aquel desgraciado era el responsable. Quería arrastrarme con él.

Meses antes había iniciado sesión en la plataforma desde la computadora de Diego para revisar mi inscripción a la prueba y, por descuido, había dejado guardado mi número de folio. Además, él conocía la contraseña que solía usar, basada en mi fecha de nacimiento. Con ambos datos, había conseguido entrar en mi cuenta y alterar mis preferencias.

Por suerte, la cautela de mamá me permitió corregirlas a tiempo.

Aunque me encontraba en otro país, en ese instante habría querido tomar el primer vuelo de regreso para acabar con aquel miserable.

Ya no salí del hotel. Permanecí frente a la plataforma hasta que venció el plazo, temiendo que surgiera otro problema.

Cuando el sistema cerró, por fin pude respirar tranquila.

Pero antes de que pudiera relajarme por completo, mi celular sonó.

Vanessa me había enviado dos fotografías. La primera era una captura de mi postulación alterada.

—Como de todos modos no puedes pagar la Universidad Nacional de Monteluna, reemplacé tu primera opción por una carrera técnica. La matrícula es barata, perfecta para una pobretona como tú.

La segunda mostraba a Vanessa y Diego abrazados y besándose.

—También tengo que darle las gracias a Diego. Sin él, nunca habría descubierto tu contraseña.

Guardé las fotografías, exporté la conversación y tomé capturas del historial de acceso de la plataforma. Después envié todo a mis padres para que el abogado conservara las pruebas y denunciara el acceso no autorizado a mi cuenta. Solo entonces bloqueé a Vanessa.

Yo ya había corregido la postulación y aquella satisfacción no les duraría mucho.

Ser admitida en la Universidad Nacional de Monteluna era un gran logro. El día en que se publicarían los resultados definitivos, el profesor me pidió que pasara por la escuela para revisarlos allí. Como mi puntaje era muy alto, dijo que, si se confirmaba mi admisión, quería tomar una fotografía para el boletín escolar.

Seguí sus instrucciones. Después de lo ocurrido en mi vida anterior, no pensaba presentarme completamente desprotegida, así que pedí a uno de los guardaespaldas de mi familia que me esperara frente al edificio. La escuela no permitía el ingreso de personal de seguridad privado sin autorización, por lo que tuvo que quedarse afuera.

Sin embargo, al llegar, descubrí que muchos de mis compañeros también estaban allí.

—¿Qué haces aquí? Hoy publican los resultados de la Universidad Nacional de Monteluna. Pensé que al final te habías postulado a una carrera técnica.

El grupo estalló en risas maliciosas.

—Déjenla quedarse. Así podrá ver cómo es una carta de aceptación de la Universidad Nacional de Monteluna. Probablemente sea la única oportunidad que tenga en toda su vida.

Sus burlas no me afectaron. Estábamos a punto de descubrir la verdad.

De pronto, alguien gritó entre la multitud:

—¡Ya publicaron los resultados!

Todos miraron hacia la entrada. Nuestro profesor se acercaba con una copia impresa de mi carta de aceptación en las manos.

—¿Por qué solo admitieron a Rebeca? ¿No se suponía que habíamos entrado todos?

Diego fue el primero en abalanzarse hacia él.

—Revise otra vez el sistema. Nuestros nombres tienen que aparecer en alguna parte.

Aunque sostenía una copia impresa de mi carta de aceptación, el profesor tenía el rostro sombrío.

—¿Qué les pasa a ustedes? Revisé el sistema y también llamé a la línea de atención del Sistema Centralizado de Admisiones. ¡Ninguno presentó una postulación válida!

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