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SEDÚCEME SI TE ATREVES
SEDÚCEME SI TE ATREVES
Author: Déesse

Capítulo 1: El Desafío 1

Author: Déesse
last update publish date: 2026-04-26 19:44:46

Valentina

La música de cumbia barata martillea un ritmo desesperado contra las paredes de la Cantina La Última Lágrima. El aire está saturado, una sopa grasienta de olores a cerveza derramada, tabaco frío y fritanga rancia. Serpenteo entre las mesas, una bandeja cargada de botellas de Tecate y pequeños cuencos de cacahuates pegajosos que se me adhieren a los dedos. Mi vestido, una blusa negra vieja demasiado ajustada, está húmedo bajo los brazos, en la parte baja de la espalda. Una segunda piel miserable. Aquí no soy Valentina, la chica que soñaba con pintar cielos inmensos sobre grandes lienzos blancos. Aquí soy la güera, la mesera, un elemento del decorado, tan invisible e intercambiable como el polvo que baila, moribundo, en los rayos de luz espectral de los neones.

Todo se congela, se desgarra, cuando la puerta se abre.

No es una entrada, es una invasión, una violación del equilibrio precario de este lugar. El estruendo de la noche sobre Avenida Insurgentes —cláxones, música lejana, gritos— se cuela un instante, brutal, antes de que la pesada puerta de madera se cierre con un suspiro ahogado. Y él entra.

El silencio no se hace, pero se desplaza, se concentra. Una onda de tensión recorre la sala como una corriente de alto voltaje, haciendo vibrar los vasos sobre las mesas. Las risas groseras cerca de la barra se apagan en seco, engullidas. El viejo Don Rosendo, cuyas manos nunca tiemblan, deja de pulir su vaso, sus ojos ensombreciéndose. Mi propio aliento se bloquea, una piedra atascada en mi garganta seca.

Diego.

Todo el mundo en el barrio conoce ese nombre, murmurado con temor. Nadie lo mira realmente a la cara. Viste un traje antracita que se ciñe a su silueta larga, poderosa, una anomalía insultante de gracia y potencia en este lugar mugriento. Su camisa es de un blanco deslumbrante, demasiado pura, abierta al cuello, revelando una cadena de oro fino y el nacimiento de un tatuaje oscuro que parece querer trepar hacia su mandíbula. Sus rasgos están cincelados por un escultor cruel —pómulos altos, mandíbula cuadrada, labios finos—. Guapo de una manera que duele, que alerta todos los instintos. Y sus ojos… Ojos tan negros que parecen agujeros en el mundo, absorbiendo la luz, sin devolver nada. Recorren el lugar con una indiferencia absoluta, un desprecio tranquilo, y terminan posándose sobre mí.

No es una mirada. Es una toma de posesión. Una evaluación brutal, completa, que me palpa el alma a través de las telas gastadas de mi vestido. Siento mi sangre helarse en mis venas, para luego afluir, ardiente, a mis mejillas, a mi cuello. Desvío los ojos demasiado rápido, traicionando mi miedo, mi turbación, mi fascinación maldita. Me inclino para dejar una botella sobre una mesa, un gesto mecánico, y mis manos tiemblan, haciendo tintinear el vidrio.

Lo siento acercarse antes de verlo. Una presencia física que modifica la presión del aire, que vuelve pesada la atmósfera. Elige la mesa del fondo, la más alejada de la puerta, de espaldas a la pared, dueño de todo lo que ocurre frente a él. Un trono en su reino de miseria. Tomo una inspiración profunda, demasiado profunda, que me quema los pulmones, y me acerco, la libreta de pedidos apretada contra mi pecho como un escudo de papel.

Siento su olor antes de llegar a su altura. Cuero rico, jabón costoso, cítrico, y algo más áspero, fundamental, metálico, como acero frotado o el ozono antes de la tormenta. El olor del peligro encarnado.

—¿Qué va a ser? Mi voz es un hilillo ronco, estrangulado.

Levanta los ojos hacia mí. Lentamente. Su mirada es un escáner. Recorre mi rostro, se demora en el pulpejo de mis labios entreabiertos, desciende a lo largo de mi nuca, se hunde en el escote de mi vestido, con una lentitud obscena, calculada. Me siento desnuda, destripada, expuesta más allá de lo físico.

—Tequila. Don Julio 70. Su voz es grave, parece venir de las profundidades, velada por un humo imaginario. Acaricia y lacera al mismo tiempo, cada sílaba un zarpazo recubierto de terciopelo. —Nada más.

Asiento con la cabeza, un movimiento entrecortado, y me alejo, sintiendo su mirada quemar un surco de fuego entre mis omóplatos, como un hierro candente. En la barra, mis dedos, húmedos, apenas logran sujetar la botella por el gollete liso. Don Rosendo se acerca, su rostro surcado de arrugas cargado de una gravedad fúnebre.

—Muchacha, por favor. Cuidado con ese. No está hecho de carne y hueso como nosotros. Lo que corre por sus venas es hielo y sombra. Vete por la cocina. Ahora.

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