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Capítulo 2: El Desafío 2

Author: Déesse
last update publish date: 2026-04-26 19:45:46

Valentina

Niego con la cabeza, un minúsculo gesto de negación. No sé por qué. Regreso hacia él, dejando delicadamente la copa de cristal y la botella ambarina sobre la mesa. En el momento en que me enderezo, su mano surge. Un relámpago de plata y carne pálida. Sus dedos, largos y fuertes, ceñidos por un pesado anillo de plata con cabeza de serpiente, se cierran alrededor de mi muñeca. La presión es de hierro, implacable, pero calibrada. No lo suficiente para aplastar, para hacer daño. Solo lo justo para aprisionar, para significar que solo puedo irme si él lo decide. Su piel es asombrosamente cálida, casi ardiente.

—¿Cómo te llamas? —pregunta, sin aflojar su presa. Sus ojos no abandonan los míos.

—Valentina.

—Valentina. Hace rodar mi nombre en su boca como si degustara un vino raro, un fruto prohibido. Un nombre de ángel para una mesera de infierno. El contraste es… intrigante.

—Suélteme.

—¿Por qué? Inclina la cabeza, una vaga sonrisa en los labios que no alcanza a llegar a sus ojos, que siguen siendo de un negro absoluto. —¿Tienes miedo?

Levanto la barbilla, una bravata inútil, pueril frente a un depredador de su calibre.

—No.

—Mientes con tus ojos bien abiertos. Por fin suelta mi muñeca. Mi piel conserva la huella perfecta de sus dedos, una marca blanca y luego roja, ardiente, un tatuaje efímero. Veo el miedo. Te queda bien. Pone un brillo en tu mirada, un estremecimiento en tu piel. Te vuelve más viva que todas las mujeres muertas que andan por aquí.

Se sirve un vaso de tequila, lo contempla. El fulgor amarillo y dorado del líquido se refleja en sus pupilas negras, encendiendo en ellas dos minúsculas llamas frías.

—Deberías irte, Valentina. Este lugar es demasiado pequeño para ti. Demasiado oscuro. Te roba tu luz.

Sus palabras me golpean en pleno corazón. Es lo que me digo todos los días, por la noche, mirando mis manos manchadas de grasa y cerveza.

—Uno se las arregla con lo que tiene. La vida no es un cuadro perfecto.

—Eso es exactamente lo que mata a la gente, ángel. Levanta su vaso, lo bebe de un trago sin pestañear, su cuello musculoso trabajando. La aceptación. La resignación. Es el primer paso hacia el olvido.

Llena de nuevo su vaso, el gesto preciso, fluido.

—¿Crees que hay luz en ti? ¿Claridad verdadera? Su pregunta cae como un hacha.

—Todo el mundo tiene luz y sombras —murmuro, hipnotizada por su mirada.

—Error. Deja el vaso, el choque del cristal contra la madera es seco. La mayoría de la gente no es más que zonas grisáceas, crepúsculos permanentes. Sombras que se creen vivas. La verdadera negrura… y la verdadera luz… son territorios extremadamente raros y peligrosos.

Me escruta, como buscando algo.

—La negrura, Valentina, no es hacer el mal por ira o por estupidez. Es comprenderlo, aceptarlo y elegirlo. Es una fuerza fría y consciente. Es mirar el abismo y decidir habitarlo.

Un escalofrío me recorre la espina dorsal.

—¿Y la luz, entonces?

Sonríe, una verdadera sonrisa esta vez, que descubre unos dientes muy blancos. No por eso es menos aterrador.

—La luz es peor. Es creer en la pureza en medio del barro. Es negarse a ensuciarse las manos cuando todo el mundo te arroja tierra al rostro. Es una locura dulce y testaruda. Una llama que atrae a todas las polillas para mejor quemarlas. —Se inclina un poco hacia mí—. Muéstrame tus manos.

Se las tiendo, a mi pesar. Son pálidas, finas, con una pequeña mancha de pintura azul en el índice izquierdo que nunca quiso irse.

—Manos que querrían crear —dice, sin tocarlas—. No servir. No sobrevivir. Aspiras a la luz, Valentina, pero vives en la sombra por cobardía. Tu claridad la has enterrado aquí, bajo los cacahuates y la cerveza tibia.

Sus palabras son cuchillas. Cortan más hondo que cualquier insulto.

—Usted no me conoce —exhalo, la cólera y la humillación subiendo en mí, barriendo por un instante el miedo.

—Veo la chispa. Pero una chispa que se niega a convertirse en llama no es más que un remordimiento. Y los remordimientos, al final, no son más que negrura que no se atreve a decir su nombre.

Se recuesta contra su silla, midiéndome con la mirada.

—¿Quieres un consejo, ángel?

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