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Capítulo 4: El Imán 1

Autor: Déesse
last update Data de publicação: 2026-04-26 20:37:02

Valentina

Su mirada regresa a mí. Recorre mi rostro, lee en él mi terror absoluto, mi repulsión física, la náusea que me retuerce las entrañas, la traición de mi propio cuerpo que tiembla sin control. Y en sus ojos, yo no veo ni remordimiento, ni excitación sádica, ni siquiera satisfacción. Nada. Un vacío profundo, pulido como un espejo negro. Y en el fondo de ese vacío, un destello minúsculo, una curiosidad mórbida, como si observara el efecto de su veneno sobre un animal raro.

Entonces se levanta, lentamente, desplegando toda su altura, dominando el espacio a su alrededor, absorbiéndolo. Arroja un fajo de billetes sobre la mesa, mucho más que el precio de la botella. Lo suficiente para pagar la limpieza, el silencio y el alma de todos los testigos. Se acerca a mí. Mis pies están sellados al suelo, mi cuerpo se niega a obedecer. Estoy clavada, petrificada por esa mirada que vuelve hacia mí, engulléndome.

Se detiene tan cerca que puedo oler de nuevo su olor, esta vez mezclado de forma indeleble con el efluvio cobrizo, dulzón, de la sangre fresca. El contraste es atroz. Se inclina, sus labios a unos milímetros de mi oreja. Su aliento es cálido, su voz un murmullo íntimo que parece vibrar en mis huesos, atravesarme.

—Ves lo que soy, Valentina. Ves el abismo del que te hablaba. Donde la negrura no es un accidente, sino una morada.

Se endereza, sus ojos negros sumergiéndose en los míos, buscando más allá del miedo, buscando esa chispa de la que ha hablado. Su expresión es un desafío, un desprecio, y algo más, algo mucho más peligroso: un apetito.

—Ahora, si esa luz que dices tener enterrada es real… si crees que puedes acercarla sin que sea devorada por la sombra…

Esboza una sonrisa, la primera verdadera de la noche, una mueca de una belleza cruel y magnética que te promete a la vez el paraíso y la aniquilación.

—Sedúceme, si te atreves.

Y con esas palabras, gira sobre sus talones. Atraviesa la cantina, indiferente a las miradas bajas, a las respiraciones contenidas, y desaparece en la noche de Ciudad de México, dejando tras de sí el silencio de muerte, el olor metálico de la sangre que empieza a corromperse, y un desafío imposible que, lo siento ya en el fondo de mis entrañas heladas, ha dejado de ser una simple frase. Se ha convertido en un imán. Una maldición. Y el principio de todo.

---

Tres días. Tres días desde que las palabras «Sedúceme, si te atreves» se incrustaron en mi carne como una bala perdida, imposible de extraer. Tres días en que el olor a cuero, acero y sangre no abandona mis fosas nasales, incluso bajo la ducha hirviendo. Tres noches en blanco, con los ojos abiertos en la oscuridad de mi habitación miserable, viendo en bucle la botella abatirse con una elegancia mortal, y esa mirada negra que me buscaba más allá del horror.

Me he convertido en un fantasma en La Última Lágrima. Sirvo las cervezas, limpio las mesas, sonrío vagamente a las bromas pesadas de los clientes habituales. Pero estoy en otra parte. En ese abismo del que él habló. Y lo peor es que me demoro en él. Me interrogo sobre esa frontera entre la luz y la sombra, le doy vueltas a sus palabras como quien ingiere veneno a pequeñas dosis, para probar su efecto.

Don Rosendo me vigila con mirada triste. Ya no me habla de la «salida por la cocina». Sabe que algo ha cambiado. Que el anzuelo está clavado. Se limita a suspirar pesadamente mientras pasa la fregona sobre la mancha marrón, apenas difuminada, del suelo de baldosas. Un memorial discreto.

Esta noche, el aire está eléctrico. Una tormenta amenaza sobre Ciudad de México, y la presión asfixia la ciudad. La cantina está medio vacía, los clientes prefieren quedarse en casa. El silencio relativo es peor que el ruido habitual. Deja demasiado espacio para mis pensamientos.

Y entonces, él regresa.

No como la primera vez. No como una invasión. Como una aparición. Estoy contando la caja detrás de la barra, mis dedos manchados de tinta de los billetes ajados, cuando levanto la vista. Él está allí, ya sentado a su mesa, como si nunca se hubiera ido. Como si el espacio se hubiera moldeado para acogerlo permanentemente. No me mira. Mira fijamente la calle oscura a través del vidrio sucio, una copa de tequila ya delante de él, llena. La ha traído consigo, o Don Rosendo, mudo de terror, ya se la ha servido.

Mi corazón da un brinco desagradable en mi pecho, una mezcla nauseabunda de miedo, rabia y esa fascinación maldita que me llena de vergüenza. Termino de guardar los billetes, las manos temblorosas. Tomo una servilleta, me seco las manos con un vigor inútil. Ignóralo. Sirve a los otros. Haz como si no estuviera allí.

Pero es imposible. Su presencia emite una frecuencia que perturba todas las demás. Siento su atención, incluso dirigida hacia la ventana. Es un peso físico sobre mi nuca.

Sirvo a dos hombres en una mesa, mi voz es un murmullo mecánico. Al regresar hacia la barra, mi camino pasa a dos metros de él. Miro fijamente el suelo, el rastro de sangre apenas visible. Acelero el paso.

—Valentina.

Mi voz. Mi nombre. Pronunciado con esa misma voz grave, sin entonación, que sin embargo se impone por encima del murmullo del televisor y el tableteo de los dominós. Una orden disfrazada de constatación.

Me detengo. Mis dedos de los pies se encogen dentro de mis sandalias gastadas. Me doy la vuelta, lentamente, esforzándome por mantener mi rostro neutro, liso. Una máscara.

Ha girado la cabeza hacia mí. Su rostro está en la penumbra, iluminado solo por el resplandor azulado del neón de la barra que atrapa el filo de su pómulo, el borde de sus labios. Sus ojos son dos manchas de tinta impenetrables.

—¿Quiere algo más? Mi voz es fría, profesional. La de la mesera. No la de la chica que ha temblado y se ha estremecido durante tres noches seguidas.

Hace girar su vaso entre sus dedos. El anillo de serpiente desliza un destello plateado.

—Siéntate.

—Estoy trabajando.

—Siéntate. Esta vez ya no es una sugerencia. Es suave, pero es un muro.

Miro a mi alrededor. Don Rosendo ha desaparecido en la trastienda. Los otros dos clientes fingen no ver nada, absortos en sus vasos. Estoy sola. Completamente sola con él. De nuevo.

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