LOGINMi respiración se detiene. —¿Los tres? —Seis mil euros. Ahora mismo. Saca un fajo de billetes del bolsillo y lo deja sobre una mesa. Miro a Lucien, que asiente discretamente. Tomo el dinero y lo guardo en mi bolso. Me tiemblan los dedos. —¿Por qué? —pregunto—. ¿Por qué quiere mis cuadros? Enrico sonríe. Su expresión es extraña, casi triste. —Porque cuentan la verdad. La prisión, el amor, el dolor... Todo eso se percibe en sus pinceladas. Se marcha llevándose mis cuadros enrollados bajo el brazo. Me quedo en medio del almacén, con el peso de los billetes junto a mi muslo y el corazón latiéndome con fuerza. Llegan otros compradores. Hombres con trajes elegantes, mujeres cubiertas de pieles, miradas furtivas, manos que ex
Retira las manos bruscamente, se levanta y retrocede hasta quedar junto a la pared.—¿Cómo sabes eso?—No importa. ¿Es verdad?—Diego...—¡RESPONDE!Mi grito resuena por toda la habitación.Ella se encoge y levanta las manos instintivamente para protegerse.—Sí —susurra—. Sí, tenía un contacto. Sí, quería marcharme.El mundo parece derrumbarse a mi alrededor.Apenas consigo escuchar lo que añade después.—Pero no habría podido hacerlo. No sin ti. No de verdad.—¿Qué?Ahora está llorando. Las lágrimas silenciosas recorren sus mejillas.—Soy una idiota, lo sé. Quería escapar, pero te amo, Diego. Te amo como se ama un veneno, un incendio, un desastre. No puedo marcharme. No puedo.Se arroja contra mí y golpea mi pecho con los puños.—¿Por qué eres así? ¿Por qué me haces esto? ¿Por qué no puedo odiarte?La estrecho entre mis brazos. Mis ded
Sé que está sufriendo.Y eso me satisface.—Diego. Ven.Finalmente se levanta y me sigue escaleras arriba. Entramos en la habitación y le indico que se siente en la cama.Lo observo durante unos segundos.Está allí, con el rostro endurecido y la mirada perdida.Mi castigo.Mi victoria.—Ahora —digo mientras acomodo mi bata—, vas a regresar a casa y la mirarás directamente a los ojos. Y recordarás que, mientras ella te mentía, yo estaba aquí contigo.No responde.No puede hacerlo.Salgo de la habitación y lo dejo allí, sumido en sus pensamientos.DiegoPermanezco tumbado en la cama de Chiara, respirando con dificultad. Siento el cuerpo pesado y la cabeza llena de imágenes que se atropellan unas a otras.Valentina en la galería.Valentina contando sus billetes.Valentina con el número de un contacto en el bolsillo.Y Chiara, util
ChiaraLa luz de la mañana se desliza sobre mis hombros desnudos y acaricia la seda roja de mi bata, que se ajusta a cada curva de mi cuerpo como una segunda piel. Estoy sentada a la mesa del desayuno, con los dedos rodeando una taza de café que todavía no he probado y la mirada fija en el montón de documentos que Rosa me ha hecho llegar al amanecer.Los registros GPS.Cada movimiento de Valentina, cada paso, cada mentira, está impreso en blanco y negro. La galería. Los horarios. La duración de su visita. Tiempo suficiente para vender, tiempo suficiente para traicionar.La puerta se abre. Diego entra vestido con una camisa blanca, las mangas remangadas hasta los antebrazos musculosos. Sus ojos todavía parecen hinchados por el sueño o por los remordimientos. Se detiene al verme, contempla mi bata, la mesa preparada y los documentos esparcidos.—¿Qué es esto?Su voz suena ronca y desconfiada. Lo sabe. Presiente la trampa.
Demasiado.Finalmente, vuelve a guardar el dinero en mi bolsillo y se incorpora.—Quédatelos. No voy a quitarte tu dinero. Pero recuerda algo...Se inclina y deposita un beso en mi frente.Es un gesto tan inesperadamente tierno que me deja sin palabras.—...Si necesitas algo, me lo pides a mí. No a desconocidos.Se marcha y me deja completamente inmóvil, con el corazón golpeándome el pecho.¿Lo sabe?¿No sabe nada?¿Sospecha algo?Estoy perdida.DiegoMe detengo en el pasillo y apoyo la espalda contra la pared.Tengo las manos temblorosas.Yo, Diego, estoy temblando.Quinientos euros.Dijo que eran de unos dibujos.Mentira.Conozco sus dibujos. Sé que trabaja por encargo para algunos galeristas y que el dinero suele pasar por cuentas que controlo.Esos billetes vienen de otra parte.Rosa.Bajo las escaleras rápidamente y me dirijo a las habitaciones del servicio.La encuentro en la cocina, tomando una taza de té.—Rosa. Habla.Se sobresalta y deja la taza sobre la mesa.—¿Patrón?—Val
Mi propia voz resuena en el cuarto de baño.Suelto una risa sin alegría.Cuando regreso a la habitación, Valentina está sentada en la cama, con las sábanas cubriéndole el pecho. Mira fijamente hacia la ventana.Parece una imagen religiosa, una mujer que ha perdido toda esperanza.La culpabilidad me retuerce el estómago. Es una sensación desconocida, casi insoportable.—Valentina.Gira lentamente la cabeza.Su mirada está vacía.—¿Quieres comer?—Quiero volver a mi casa.—Esta es tu casa.—No.Una sola palabra, pero pesa más que cualquier reproche.Me siento en el borde de la cama y extiendo la mano para acariciar su mejilla. No se aparta, pero tampoco busca mi contacto.Y eso es mucho peor.—Ayer...—Sé dónde estuviste.La mentira sale de mi boca por instinto.Ella se sobresalta. Sus ojos se abren durante una fracción de segundo antes de recuperar su expresión habitual.—¿Qué?—Sé lo de la galería.Su respiración se detiene.Veo el miedo aparecer en sus ojos y una parte oscura de mí d







