Bajo su mirada

Bajo su mirada

last updateLast Updated : 2026-10-13
By:  GenariOngoing
Language: Spanish
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Kayla nunca imaginó que una simple mirada pudiera cambiar tanto las cosas. Desde el primer encuentro con Dylan, algo queda suspendido entre ellos. No hay confianza, ni explicaciones, ni una razón clara para que él parezca tan interesado en ella. Solo una tensión difícil de ignorar y la incómoda sensación de que, cada vez que levanta la mirada, él ya la está observando. Kayla intenta mantener la distancia. Pero Dylan siempre parece estar un paso adelante. Sabe dónde encontrarla. Nota cuando cambia sus rutinas. Aparece cuando menos lo espera y deja claro que su interés por ella no es algo pasajero. Lo que al principio parece una atracción imposible de explicar comienza a convertirse en algo mucho más intenso. Entre ellos nacen los celos, el deseo, la desconfianza y una conexión que ninguno consigue controlar. Cuando quedarse significa perderse a sí misma, huir parece la única salida. Pero hay vínculos que no se rompen fácilmente. Hay obsesiones que no desaparecen. Y hay miradas que, incluso en la distancia, siguen reclamando lo que una vez fue suyo. Una novela de romance oscuro donde la atracción es tan peligrosa como irresistible, y donde amar puede ser el acto más temerario de todos.

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Chapter 1

Capítulo 1

Dylan

El sonido de los disparos no me despertó.

Nunca lo hacía.

Lo que me arrancó del sueño fue el silencio posterior, ese segundo espeso que llega después del caos, cuando sabes que alguien acaba de morir y el mundo sigue girando como si nada. Abrí los ojos lentamente, observando el techo oscuro de mi habitación mientras mi mente terminaba de ordenar la información.

Había habido un ataque.

El olor a pólvora tardó unos segundos en llegar hasta mí, filtrándose por las rendijas de las ventanas abiertas. Afuera, el amanecer apenas comenzaba a teñir el cielo de un gris enfermizo. Me incorporé y pasé una mano por mi rostro, sintiendo el cansancio acumulado en los huesos.

Malditos rebeldes.

Me levanté de la cama sin mirar atrás. Sabía que la chica que había dormido conmigo esa noche seguiría ahí, envuelta en sábanas caras, creyendo que había compartido algo más que un par de horas con un desconocido peligroso.

No recordaba su nombre.

Tampoco me importaba.

Nunca lo hacía.

Caminé hacia el baño y me lavé la cara con agua fría. El reflejo del espejo me devolvió una imagen que conocía demasiado bien: ojos negros, ojeras marcadas y una expresión que no se suavizaba ni siquiera en reposo.

Había aprendido a vivir con eso. A aceptar que la persona que era no tenía espacio para la debilidad.

Me vestí como siempre: pantalones negros, botas pesadas y una chaqueta oscura. El negro no era una elección estética, sino una declaración.

Bajé las escaleras de la mansión con pasos firmes, mientras el eco de mis botas se mezclaba con voces apagadas y movimientos apresurados.

En la sala principal encontré a Jack, recostado contra el respaldo de un sofá, con los brazos cruzados y la mandíbula tensa. Tenía manchas de sangre en la camisa. No era suya.

—¿Qué haces en mi casa? —pregunté con frialdad, aunque conocía perfectamente la respuesta.

Jack alzó la vista hacia mí sin mostrar sorpresa.

—La pandilla Waith cruzó el límite esta madrugada. Entraron armados por el sector norte.

Sonreí apenas, una mueca sin humor.

—¿Y cuántos tuvieron la estupidez suficiente para intentarlo?

—Seis. Pensaron que podían negociar.

Solté una risa baja y seca.

—Nadie negocia conmigo.

Jack asintió. Sabía que no hacía falta decir más.

—Haz lo de siempre —ordené—. Que no quede rastro.

Se enderezó y se dirigió a la salida sin hacer preguntas. Era eficiente. Por eso seguía vivo.

Tomé las llaves del garaje y salí.

El aire estaba frío y húmedo. En el patio trasero, dos cuerpos cubiertos con lonas negras yacían en el suelo, custodiados por hombres armados. Ni siquiera los miré.

Subí a mi moto y encendí el motor.

El rugido rompió el silencio matutino mientras abandonaba la propiedad rumbo al instituto.

No necesitaba ir.

Pero lo hacía de todos modos. Mantener una fachada era parte del juego, y había aprendido hacía mucho tiempo que incluso las apariencias podían ser útiles.

La ciudad despertaba lentamente a mi paso. Las calles me pertenecían más que a nadie, aunque legalmente no llevaran mi nombre.

Cuando aparqué frente al instituto, el efecto fue inmediato.

Un grupo de estudiantes dejó de hablar. Otros se apartaron de la entrada, y algunas miradas desaparecieron detrás de los teléfonos o se desviaron hacia cualquier lugar que no fuera yo.

El miedo siempre llegaba antes que yo.

Entré al edificio y avancé por el pasillo principal. Todo parecía seguir el mismo patrón de siempre: profesores que fingían no verme, alumnos que se apartaban y conversaciones que se apagaban a mi paso.

Nada que mereciera mi atención.

Hasta que la vi.

Estaba junto a uno de los pasillos laterales, sosteniendo una hoja doblada entre los dedos mientras miraba de un lado a otro. Llevaba la mochila colgada de un hombro y tenía el ceño ligeramente fruncido, como si estuviera intentando descifrar un mapa que alguien había dibujado a propósito para confundirla.

No parecía pertenecer a aquel lugar.

No por su ropa ni por su aspecto, sino por la manera en que observaba todo. Con cautela, sí, pero también con una curiosidad que no parecía haberse rendido todavía.

Era nueva.

Lo supe sin necesidad de preguntarlo.

Y habría seguido caminando si ella no hubiera levantado la cabeza justo cuando pasé frente a su pasillo.

Nuestros ojos se encontraron.

Fue un instante.

Una mirada entre cientos de personas que veía todos los días.

No debería haber significado nada.

Sin embargo, por alguna razón que no supe identificar, volví a mirarla.

Ella ya había apartado los ojos, concentrada otra vez en la hoja que sostenía. Un mechón de cabello le cayó sobre el rostro y se lo apartó con un gesto distraído, murmurando algo para sí misma.

No había hecho nada extraordinario.

No me había sonreído. No había intentado llamar mi atención. Ni siquiera parecía haberse dado cuenta de quién era yo.

Y, aun así, algo en aquella escena me hizo aminorar el paso.

Qué estupidez.

Seguí caminando.

O lo intenté.

—Disculpa, ¿sabes dónde queda el aula…?

Su voz me alcanzó justo cuando giraba hacia el pasillo principal. Se había acercado sin que me diera cuenta, con la hoja extendida hacia mí.

Me volví.

Ella también se detuvo.

Por primera vez estuvimos lo suficientemente cerca como para observarnos de verdad.

Tenía los ojos oscuros, grandes y atentos. No eran especialmente diferentes a los de otras personas, pero había algo en su manera de mirarme que me hizo sentir incómodamente consciente de la distancia entre ambos.

De su rostro.

De su voz.

De que, por alguna razón absurda, estaba prestándole una atención que no le habría dedicado a nadie más.

—¿El aula? —repetí, mirando la hoja.

Ella parpadeó, como si acabara de recordar lo que iba a preguntarme, y se acercó un par de pasos, concentrada en mí mientras intentaba explicarse.

—Sí. Estoy buscando la sala de…

No terminó la frase. Sin apartar la mirada de mí, avanzó otro paso y chocó de lleno con alguien que venía en dirección contraria. El impacto la hizo tambalearse, perdiendo el equilibrio hasta caer contra mi pecho.

Fue un contacto breve.

Su mano se apoyó en mi pecho para recuperar la estabilidad, mientras yo la sujetaba por el brazo antes de que pudiera retroceder.

Y entonces volvió a mirarme.

No sé qué esperaba encontrar en sus ojos. Sorpresa, tal vez. O el miedo que solía aparecer en el rostro de cualquiera que terminara demasiado cerca de mí.

Pero lo que vi fue desconcierto.

El mismo que, para mi irritación, debía de reflejarse en los míos.

Algo cambió en aquel instante.

No a nuestro alrededor. El pasillo continuó lleno de voces, pasos y puertas que se abrían y cerraban. Nadie pareció notar nada especial.

Pero yo sí.

La cercanía se volvió extrañamente incómoda. No porque quisiera apartarme, sino porque fui consciente de que todavía la estaba sujetando y de que no había soltado su brazo cuando ya no era necesario.

Ella también pareció notarlo.

Su mirada descendió hacia mi mano.

La solté.

—Lo siento —dijo, acomodándose la mochila—. No estaba lo suficientemente atenta.

La observé un instante antes de hablar.

—Procura mirar por dónde caminas.

Ella frunció ligeramente el ceño.

—¿Siempre eres así de amable? —preguntó.

La miré.

No esperaba esa respuesta.

Ella pareció darse cuenta de lo que acababa de decir, porque sus labios se entreabrieron ligeramente, como si estuviera considerando la posibilidad de retractarse. Pero no lo hizo.

Una sonrisa amenazó con aparecer en mi rostro.

No lo permití.

—Depende de la persona.

—Qué suerte la mía, entonces.

Había ironía en su voz.

Una pequeña, casi imperceptible.

Y, por algún motivo, me dieron ganas de escucharla decir algo más.

No tenía sentido.

No sabía quién era. No conocía su historia, sus gustos ni siquiera el motivo por el que había terminado en aquel instituto. Era una desconocida con una hoja doblada entre los dedos y una habilidad bastante cuestionable para orientarse.

No había ninguna razón para que me interesara.

Ninguna.

—¿Tu nombre? —pregunté.

Ella levantó las cejas.

—¿Para qué?

La pregunta me tomó desprevenido.

No porque fuera difícil responderla, sino porque no tenía una respuesta concreta.

Quería saberlo.

Eso era todo.

Y no estaba acostumbrado a querer cosas sin una razón que pudiera explicar.

—Para saber a quién estoy ayudando —respondí finalmente.

No era del todo cierto.

Ella me observó durante un segundo, como si intentara decidir si creerme.

—Kayla.

Su nombre encajó en mi cabeza con una facilidad que no me gustó.

Kayla.

Lo repetí mentalmente una vez, sin necesidad de hacerlo.

—¿Y tú nombre? —dijo.

—¿Mi nombre?

La miré con una ceja ligeramente levantada.

Ella se encogió de hombros.

—Si voy a darte mi nombre, supongo que es justo que me des el tuyo.

Solté una risa breve, casi inaudible.

No recordaba la última vez que alguien me había pedido algo con tanta naturalidad sin saber a quién tenía delante.

—Tienes carácter, Kayla.

—Y tú tienes la costumbre de responder preguntas con otras preguntas.

Esta vez no pude evitar que una sonrisa fugaz apareciera en mis labios.

Ella la vio.

Lo supe por la manera en que su expresión cambió apenas, como si hubiera descubierto algo que no esperaba encontrar.

Y yo me descubrí preguntándome qué otras cosas podría hacer para verla reaccionar de esa manera.

La idea fue suficiente para borrar mi sonrisa.

—Dylan —respondí.

Kayla repitió mi apellido en silencio, moviendo ligeramente los labios mientras parecía buscarlo en algún rincón de su memoria.

No lo reconoció.

O, al menos, no mostró ninguna señal de hacerlo.

Curiosamente, eso me llamó más la atención que si hubiera reaccionado como los demás.

—Bien, Dylan —dijo, mirando otra vez la hoja—. ¿Podrías decirme dónde queda el aula o tendré que recorrer todo el instituto hasta encontrarla?

Miré el número escrito en la esquina superior.

—Segundo piso. Pasillo del fondo. Puerta a la izquierda.

—Gracias.

Se acomodó la mochila y empezó a alejarse.

Y ahí estaba otra vez.

Aquella sensación absurda de que la conversación no debía terminar todavía.

No tenía nada que preguntarle. No había ningún motivo para detenerla. Ni siquiera sabía por qué había prolongado aquel encuentro más de lo necesario.

Pero cuando dio unos cuantos pasos, mi atención siguió sus movimientos sin que yo lo decidiera.

Observé cómo se detenía frente a las escaleras, revisaba una vez más el papel y levantaba la vista hacia el segundo piso.

Después miró por encima del hombro.

Nuestros ojos volvieron a encontrarse.

Fue apenas un segundo.

Ella apartó la mirada primero y continuó caminando.

Yo permanecí inmóvil.

No tenía sentido.

Había conocido a cientos de personas. Había compartido noches con mujeres cuyos nombres olvidaba antes del amanecer. Había aprendido a reconocer el interés, el miedo y la ambición en una sola mirada.

Pero aquello no se parecía a nada de eso.

No sabía si Kayla me había encontrado atractivo, si le había caído mal o si simplemente estaba intentando entender por qué un desconocido podía ser tan desagradable al responder una pregunta.

Y, sin embargo, quería volver a verla.

Quería escucharla hablar otra vez.

Quería descubrir si aquella ironía era parte de su carácter o si yo había tenido la suerte de encontrarla en un mal día.

Eran preguntas insignificantes.

No deberían haberme importado.

—Dylan.

La voz de Jack me sacó de mis pensamientos.

Me volví hacia él.

—Todo resuelto —informó—. No habrá más problemas.

Asentí, aunque mi atención tardó un instante en regresar por completo a la conversación.

Jack frunció el ceño.

—¿Qué mirabas?

—Nada.

Siguió la dirección de mis ojos hacia las escaleras, donde Kayla había desaparecido.

—¿Quién era ella?

—Una estudiante.

—Eso ya lo veo.

Lo miré con una expresión que habría bastado para cerrar la conversación con cualquier otra persona.

Jack, por desgracia, me conocía demasiado bien.

—¿Y desde cuándo te interesan las estudiantes?

—No me interesa.

La respuesta salió demasiado rápido.

Jack arqueó una ceja.

No dije nada más.

Porque lo cierto era que no tenía una explicación para lo que acababa de suceder.

No había sido amor. Ni siquiera podía llamarlo deseo, no todavía.

Había sido algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más molesto.

Una desconocida había aparecido frente a mí y, durante unos pocos minutos, había conseguido que quisiera saber más de ella.

Nada más.

Eso me repetí mientras reanudaba el paso.

Pero, cuando llegué al final del pasillo, volví la cabeza hacia las escaleras.

Solo una vez.

Y me descubrí esperando verla aparecer de nuevo.

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