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Capítulo 9: Las Máscaras del Alba 2

作者: Déesse
last update 公開日: 2026-04-29 02:11:09

Valentina

El servicio es una prueba. Cada vez que la puerta se abre, el corazón me da un salto en el pecho. Cada silueta masculina en la penumbra adquiere por un instante sus rasgos. La tensión crece en mí, un resorte que se comprime hasta romperse. Estoy a la vez aterrorizada ante la idea de verlo, y furiosa de que aún no esté aquí. Como si me hiciera esperar a propósito, para desgastar mis nervios, para mostrarme que el tempo de esta danza macabra es el suyo.

Luego, hacia la medianoche, la atmósfera cambia. Una ola de silencio se propaga desde la entrada, más profunda que las anteriores. No necesito darme la vuelta. Lo siento. Una presencia que aspira el sonido, la luz, el aire mismo de la sala.

Termino de servir una cerveza, me seco las manos en el delantal y respiro hondo. Demuéstraselo. Demuéstrale que no tienes miedo. O, al menos, que tu miedo no te controla.

Cuando al fin me giro, él está ahí.

Sentado a su mesa, en la sombra. Esta vez no lleva traje, sino unos vaqueros sencillos y una camisa oscura, con las mangas remangadas sobre los antebrazos, dejando ver las líneas nítidas de sus músculos y los dibujos complejos de sus tatuajes. Está solo. No mira a su alrededor, no busca a nadie. Sus ojos, dos brasas en la penumbra, están ya fijos en mí. Una sonrisa ínfima, apenas un pliegue en la comisura de su boca, juega en ellos. Una sonrisa que dice: Sabía que volverías. Sabía que no podrías resistirte.

Todo mi cuerpo se rebela. El miedo quiere que baje los ojos, que dé media vuelta, que me esconda en la trastienda. La rabia, esa nueva aliada ardiente, me mantiene erguida.

Camino hacia su mesa, lentamente, consciente de cada paso, del balanceo de mis caderas, del latido de mi corazón que debe de resonar en todo el bar. Siento todas las miradas clavadas en nosotros, un público cautivo y horrorizado.

Al llegar ante él, no digo nada. Simplemente apoyo las manos en el borde de la mesa, inclinándome ligeramente, y sostengo su mirada. El choque es casi físico. Es como mirar dentro de un pozo sin fondo, un abismo que promete a la vez el olvido y una caída mortal.

Un silencio se alarga, cargado de todas las palabras no dichas, de todas las amenazas, de todo el desafío.

Es él quien lo rompe, su voz un ronquido bajo y sensual que me recorre como una caricia de hielo.

—Valentina.

Mi nombre, en su boca, es a la vez una posesión y una pregunta.

—Diego.

Respondo con una voz que quiero firme, y que solo tiembla con una vibración ínfima.

Su sonrisa se ensancha, dejando ver un destello de dientes blancos.

—Pareces distinta.

—La gente cambia. Cuando la empujan a sus últimas trincheras.

Él inclina la cabeza, con aire divertido, como un felino que observa una nueva e intrigante conducta en su presa.

—Y a mejor, espero.

—Depende del punto de vista.

Me inclino un poco más, reduciendo la distancia entre nuestros rostros a solo unos centímetros. Puedo oler su perfume, una mezcla de cuero, tabaco frío y algo metálico, peligroso.

—Me has puesto bajo el microscopio, Diego. Has conseguido que todo el mundo me mire con miedo. Que mi propia madre me suplique que huya.

Él no niega nada. Su mirada es de una franqueza aterradora.

—El miedo es una frontera. Separa a los que viven de los que sobreviven. Quería ver de qué lado estabas.

—¿Y entonces? ¿Cuál es tu conclusión?

Mi voz es ahora un susurro ronco, solo para él.

Él adelanta la mano, con una lentitud deliberada, y roza un mechón de mi cabello que descansa sobre la mesa. Un simple contacto, pero electriza todo mi ser.

—Mi conclusión es que no estás del lado de los supervivientes. Estás aún del lado de los vivos. Brillaste, incluso en el miedo. Sobre todo en el miedo. Es fascinante.

Es un cumplido. El cumplido más aterrador que he recibido jamás.

—Dijiste «sedúceme». La seducción no es solo el miedo.

Le recuerdo, sin moverme, permitiendo que su contacto permanezca. Es mi primer movimiento en este juego. Permitir.

—No.

Concede, su dedo siguiendo el contorno de mi mechón hasta rozar mi sien.

—Es también el valor. El valor de quedarse cuando todo te dice que corras. El valor de mirarme como lo haces en este momento.

Su mirada se vuelve intensa, casi voraz.

—Es un comienzo. Un muy buen comienzo.

Por primera vez, veo algo distinto a la diversión o a la frialdad en sus ojos. Veo interés. Un interés vivo, aguzado. He franqueado la primera barrera. Ya no soy solo una camarera bonita, una luz en su oscuridad. Me he convertido en un puzle, un enigma que reacciona de forma inesperada.

Me enderezo lentamente, rompiendo el contacto. Su dedo permanece un instante suspendido en el vacío, antes de volver a caer sobre la mesa.

—Entonces, ¿qué quieres beber?

Pregunto, retomando mi papel de camarera, pero con un matiz nuevo, una complicidad forzada, peligrosa.

Él me mira, largamente, y esa sonrisa regresa, más cálida, más verdadera esta vez.

—Tequila. Reposado. Y… quédate. Siéntate. Bebe conmigo.

No es una petición. Es la siguiente etapa del desafío. Beber con el diablo. Sentarse a su mesa, voluntariamente, delante de todo el mundo. Sellar públicamente mi destino al suyo.

Miro el vaso vacío ante él, luego su rostro. El abismo me llama. Y en lugar de retroceder, doy el primer paso hacia él.

—De acuerdo.

Y al sentarme frente a él, al ver el destello de sorpresa satisfecha y luego de intensa curiosidad en su mirada, sé que la partida acaba de comenzar de verdad. He aceptado el desafío. Ahora, hay que jugar. Y en este juego donde las fronteras entre seducción y destrucción, amor y odio, son inexistentes, la única regla es no perderse.

Pero mientras el primer vaso de tequila quema mi garganta, y su mirada ya no me abandona, una pregunta terrible y excitante me invade:

¿Soy yo la que intenta seducirlo para salvarme?

¿O es él, haciéndome creer que tengo una oportunidad, quien está seduciéndome para perderme para siempre?

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