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Capítulo 137. Perdiendo el Control. Parte II.

Author: N.Mordon
last update publish date: 2026-10-14 10:12:05

Elizabeth Wardwell.

Todos los hilos negros convergieron en su cuerpo. La armadura de espejos se cerró sobre ella. Cada fragmento reflejó una versión distinta de su rostro: la reina que había sido, la bruja que había traicionado, la mujer que había iniciado guerras y la criatura que había aprendido a sobrevivir convirtiendo a los demás en instrumentos.

—Mátame —susurró—. Hazlo delante de ellos. Dales una razón para temerte.

—No necesito una razón.

—Sí la necesitas. Siempre la has necesitado. Has
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    Elizabeth Wardwell. Respiré profundo y me aparté de él. —Yo Elizabeth Wardwell… —No lo hagas, Beth, por favor… —… Emperatriz de todas las brujas… —¿Emperatriz? —Luna de la Manada Sangre de Medianoche… Drake intentó tomar mis manos, pero yo me aleje dos pasos hacia atrás. —… te rechazo a ti Rey Alfa Benjamín Drake… —¡No Beth! —como mi pareja destinada… El vínculo empezó a romperse. Aquel quera fuego y tormenta, creado desde las discusiones, la desconfianza y el deseo. Fue como arrancar una parte de mí que había crecido alrededor de sus huesos. La conexión se resistió. Se aferró a Drake. Se aferró a mi corazón. Me mostró cada momento en que lo había buscado sin saber por qué, cada vez que su voz había logrado atravesar mi rabia, cada instante en que su presencia me había devuelto la certeza de estar viva. Drake cayó de rodillas… Yo grité. La magia salió de nuestros cuerpos en un hilo de luz roja. Se quedó suspendida entre los dos, temblando. Durante un segundo pareció que po

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    Elizabeth Wardwell. El patio estaba entero. Eso fue lo primero que vi al regresar. Las murallas seguían en pie. Las columnas no estaban partidas. No había sangre sobre las piedras ni cuerpos extendidos entre los escombros. Los soldados permanecían en sus posiciones, con las armas levantadas y la atención puesta en las puertas que Cressida todavía no había conseguido abrir. Las familias seguían refugiadas detrás de ellos. Martha sostenía a Josef por el brazo. Michael estaba a mi derecha. Drake, frente a mí. Todo había vuelto al punto anterior a la batalla. Todo menos nosotros. No tuve que preguntar si recordaban. Drake me miraba como si hubiera despertado de una pesadilla sin salir de ella. Michael tenía una mano sobre el pecho y la otra cerrada alrededor de la empuñadura de su espada. Martha observaba mi rostro con los ojos muy abiertos. Josef había palidecido. Los soldados que habían muerto durante la primera versión de la batalla respiraban, pero algunos temblaban como si todavía

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    Elizabeth Wardwell No hubo trueno. Ninguna parte del umbral se quebró. Hécate no protestó. Hera solo dejó caer la palabra entre nosotras y esperó a que yo comprendiera su peso. —No —dije. —Sí. —No quieres que muera. —No estoy hablando de lo que quiero. —Hécate dijo que soy necesaria para la profecía. —Lo eres. —Entonces no puedo morir. —No puedes continuar siendo lo que eres y devolver el tiempo. Esa es la diferencia. Hera extendió una mano. En su palma apareció una esfera formada por incontables hilos luminosos. Cada hilo contenía un instante. Un nacimiento, una traición, un beso, una muerte. Algunos avanzaban. Otros estaban detenidos. Otros se cruzaban y desaparecían dentro de nudos imposibles. —Tu cuerpo es el recipiente —dijo—. Tu magia es la fuerza. Tus vínculos son los anclajes que mantienen esa fuerza orientada hacia el presente. Si rechazas a Drake y a Michael, retiras los anclajes. Cuando mueras, el recipiente dejará de existir y la fuerza no tendrá dónd

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    Elizabeth Wardwell. —Hera. —El nombre de la diosa permaneció suspendido entre Hécate y yo. La luz blanca no desapareció, pero dejó de parecer infinita. Se contrajo alrededor de mi cuerpo invisible, como si el espacio hubiera reconocido una presencia nueva y estuviera tratando de apartarse de ella. Hasta ese momento, Hécate había sido el centro de aquel lugar. Su magia ocupaba cada rincón, suave y antigua, con la autoridad de quien había construido el umbral mucho antes de que yo pudiera comprender qué era. La llegada de Hera cambió la forma de la luz. Aparecieron sombras. No eran oscuras, sino siluetas que nacían de los recuerdos. El patio destruido. Las columnas partidas. El muro contra el que Michael había sido lanzado. Drake tendido entre los restos de la fortaleza. Martha arrodillada junto a Josef. Ámbar. Dominico. Cressida. Los vi a todos de nuevo. Esta vez no estaban lejos ni eran imágenes incompletas. Podía reconocer cada rostro. Podía sentir cada muerte como si el go

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    Elizabeth Wardwell.No había oscuridad. Era lo primero que noté cuando intenté ubicarme. Cuando las personas pierden la memoria en los relatos que alguien me había leído de niña, siempre caían en una oscuridad. Un pozo negro. Una niebla densa. Pero esto no era oscuridad. Era luz. Mucha luz. Una luz blanca sin origen, sin bordes, sin temperatura. Floté en ella como flota el polvo cuando no hay viento que lo mueva.No tenía nombre. Lo sabía de la misma forma en que se sabe que el cielo existía, aunque no se podía ver: por la ausencia que deja cuando desaparece. Había tenido un nombre. Hacía un momento. O hacía siglos. El tiempo tampoco funcionaba bien aquí.Había una mujer que me miraba con la mano sobre la boca. Había un hombre con una herida en la ceja. Había murallas desmoronándose. Pero esas imágenes eran planas, como páginas de un libro mojado, y yo no podía leerlas.Me moví dentro de la luz. Sin cuerpo. Sin peso. Solo la conciencia de que había algo que debería recordar y no podía

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    Elizabeth Wardwell.Todos los hilos negros convergieron en su cuerpo. La armadura de espejos se cerró sobre ella. Cada fragmento reflejó una versión distinta de su rostro: la reina que había sido, la bruja que había traicionado, la mujer que había iniciado guerras y la criatura que había aprendido a sobrevivir convirtiendo a los demás en instrumentos.—Mátame —susurró—. Hazlo delante de ellos. Dales una razón para temerte.—No necesito una razón.—Sí la necesitas. Siempre la has necesitado. Has pasado toda tu vida demostrando que no eres un monstruo. Hoy podrás dejar de fingir.La palabra monstruo atravesó el ruido. Algo dentro de mí se quebró y no fue la magia… Fui yo. Dejé de intentar recordar mi nombre. Dejé de buscar el rostro de Drake, la voz de Michael o la risa de Ámbar. Dejé de escuchar a Hera. Dejé de escuchar a Freya. Simplemente dejé de escuchar. La magia llenó el vacío y Cressida extendió los brazos.—Eso es, pequeña reina. Ven a mí.La luz la alcanzó. No fue un ataque. F

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